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31 marzo, 2019

RELATO DEL HOMBRE QUE LLENÓ SU PUEBLO DE GLORIAS DEPORTIVAS

⚓️CAIBARIÉN: "MELÓN”, 
EL MAR Y LAS VELAS 🌊⛵️


▪️Rolando Pérez Llada, el hombre que se pasó la vida entre remos, velas y canoas.

◾️Jesús Díaz Loyola.~
▪️📸 Fotos del camarógrafo Yosvany Mayoral 
       (Centro Norte de TV Caibarién)  
Ni “Melón ni yo, hubiéramos podido imaginar que más de treinta años después estaría contando su historia, aún después de muerto. Ahora, con 55 años vividos, sé que haber nacido en Caibarién ha sido la mejor cosa que me ha pasado en la vida. Todas las vivencias de mi juventud son gratas. Así que recuerdo al pueblo como era: un rinconcito pesquero al borde del Atlántico, donde se conocía todo el mundo y todo era ilusión por vivir cuando mirábamos al futuro sin que nos marcara todavía la nostalgia. 

En las noches, cuando la brisa soplaba desde la costa y el clima era más agradecido, el centro se llenaba de almas para entretener la vida. Los más jóvenes, nos extasiábamos dando vueltas en el parque tras las novias de entonces. Los días de verano, el calor era tan abrasador, que en Caibarién no había mejor opción que irse a la playa a refrescar el cuerpo. 

Para llegar a la playa, que estaba en la punta de una pequeña península, tomábamos unos ómnibus desgastados que recorrían las principales calles repletos de gente. Muchas veces se quedaban a mitad de camino. Por eso, algunos preferíamos hacer el trayecto caminando o en bicicleta, sin importarnos el sol castigador del Caribe. 

Aquellos años, mi vida de principiante en el periodismo  la marcaba la pasión tras las noticias del club más saludable de mi pueblo: la base de deportes náuticos que estaba en la misma ribera del balneario.

Allí siempre había un hombre: Rolando Pérez Llada, el célebre "Melón”, que con el tiempo se convirtió en la persona clave de los practicantes del yatismo en todo Caibarién. Tenía 87 años cuando se murió el pasado domingo 17 de marzo. No era el mismo hombre vital de 40 años atrás, cuando sobre él pesaba la responsabilidad de comisionado de deportes náuticos. Su vida había cambiado
mucho y ya estaba totalmente encanecido.

30 marzo, 2019

33 AÑOS SIN "MANOLÍN" ÁLVAREZ

El Padre de la Radio en Cuba
Hoy recuerdo  a mi amigo y gran consejero profesional.



El asturiano Manolín en  su primera estación,
la 6EV en Céspedes 7, Caibarién, Villa Clara.


Jesús Díaz Loyola
Fotos: Archivo del autor

SU nombre es Manuel, para Cuba Manolín Álvarez, mi amigo y gran consejero profesional, el padre de la radio. El 30 de marzo de 2019, se cumplen 33 años de su deceso. Otra vez me vuelvo a regocijar con su obra, porque la radio cubana le debe mucho a este asturiano de la emigración. 

En Caibarién, mi pueblo cubano junto al mar, donde residió toda una vida, reza una placa en Céspedes, 7: “Desde este lugar trasmitió en 1917 Manolín Álvarez las primeras señales de radio de Cuba. Caibarién. Instituto Cubano de Radio y Televisión. 10 de Octubre de 1982”.

Mil novecientos diecisiete fue el año de los grandes emprendimientos por la radio  en la isla. Y ese año, y muchos otros, hay que agradecerlos a la figura de Manolín.

Un lustro faltaba para que su vida llegara al centenario: ¡el Siglo!, cuando Manuel Antonio Álvarez Álvarez (Santiago de Ambás, 1891- Caibarién, 1986),  quebró su vida en Caibarién, adonde llegó con 14 años.

19 abril, 2018

🇨🇺 CUB🅰️: MIGUEL DÍAZ-CANEL: EL QUE YO CONOCÍ

"No es un advenedizo ni un improvisado". 
                                            ▪️Raúl Castro

¿CÓMO ES EL NUEVO PRESIDENTE CUBANO?

Jesús Díaz Loyola

H⭕️Y toma la cartera como nuevo presidente de Cuba, Se le considera un continuista, como todo lo que emerge bajo un régimen de partido único que se aproxima ya a las seis décadas. Sin embargo, lo que más trasmite ahora Miguel Diaz-Canel es la dosis de un espíritu nuevo y emprendedor con el que llegó a la más alta cúpula del poder.

En más de 20 años, los que han llegado a conocerle –me incluyo– o le conocen ahora, saben que es así. De él ha dicho su antecesor, Raúl Castro: "Tiene un alto sentido del trabajo colectivo y de exigencia con los subordinados y predica con el ejemplo en el afán de superarse cotidianamente".

Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez (Villa Clara, 1960) es un ingeniero electrónico con amplia carrera política. "No es un advenedizo ni un improvisado", justifica el presidente Raúl. Tiene tras de si una trayectoria laboral de casi 30 años.

Desde sus funciones primeras como dirigente juvenil en los ochenta, una inquieta pujanza por buscar los problemas donde están y resolverlos, se adivinó en él.

Aparecía en cualquier parte, lo mismo en una cola pública que en un esquina o un parque del lugar más insospechado de su Villa Clara natal. Pocas veces se movía en los coches Lada 1600 de las últimas herencias soviéticas en la Cuba de los ochenta, porque Díaz-Canel muchas veces iba en bicicleta.

Escuchar a todos y de todo es el mayor ingrediente de la autoridad moral que lo sienta hoy en la presidencia del país.

Promovido o no por Raúl, se lo tiene bien ganado en su avance imparable y desinteresado como hombre de masas y hombre de a pie.

Me atrevo a decir que Diaz-Canel ha hecho de todo en la vida que ha llevado, y llega lleno de lucidez al poder.

En las innumerables marchas y motivos juveniles que marcaron su primera etapa en Villa Clara, el joven Miguel siempre iba delante, no por ser el primero sino por ese espíritu afanado de verlo todo primero antes que así mismo.

En aquellas marchas célebres que recuerdan sus años vitales de juventud, a la hora del sándwich de las meriendas y los almuerzos, Díaz-Canel era fervoroso, gentil y educado. Comía con todos y se sentaba entre todos.

No reparaba en orgullos de cargo para extender a cualquiera un bocado.
Comía a la par que charlaba e indagaba, y aprendía: "Con ustedes aprendo", nos decía a los periodistas que seguíamos el fervor de aquellos motivos de los años jóvenes cuando nos marcaba la pasión desenfrenada por los grandes reportajes y aquella juventud de donde emergió Díaz-Canel era también nuestro blanco y objetivo.

La vida de a pie es una devoción en él. Le gusta caminar. Está en forma. Su excelente estado físico le ha acompañado siempre. Ahora es un cincuentenario encanecido, pero su buen aspecto sigue igual. Como hombre bien cuidado y prevenido, en su agenda no le falta el tiempo para ejercitar. En mi tiempo, que era el suyo, le gustaba andar de chandal y camiseta como delatando la vida sana con que predicaba el joven Miguel.

Sin cortapisas, a pie de calle habla con la gente. Le rodea el realismo y hurga en los trasfondos de los problemas mas álgidos y en los más insólitos. Lo llaman por su primer apellido: Díaz-Canel, o simplemente Miguel.

En realidad, comenzó a desempeñar funciones gubernamentales en 2009, cuando fue nombrado Ministro de Educación Superior, cargo que ocupó hasta 2012, en que lo designaron Vicepresidente del Consejo de Ministros.
De sus años como ministro, cuentan en La Habana las visitas espontáneas que Díaz-Canel realizaba a la Casa del ALBA, una institución cultural en la capital, donde se presentan proyectos culturales bien elaborados, sin nada que ver con el reguetón vulgar de turno que adoran muchos jóvenes de hoy. Díaz-Canel iba allí y se sentaba en el suelo del portal a conversar sobre las preocupaciones de las personas, a escuchar y a sugerir o más bien que le sugirieran a él.

Con 58  años bien curtidos, pero con aire nuevo y renovador llegó a la vicepresidencia primera del Estado de la nación. Díaz-Canel es el hombre del relevo, Lo es desde hoy, el nuevo hombre de Cuba.

Las carteras de los cargos que ha ocupado legan su espíritu de rastreador de sus terrenos, palmo a palmo, como para que el personaje que es, permanezca siempre en la vigencia de la vida de a pie,

Ahora Miguel Diaz-Canel se sienta en el sillón del máximo poder para avenirse como la inspiración del hombre nuevo y renovador.

Le tacharán mas como continuista que como emprendedor. Su esencia es la esencia de Fidel y Raul: la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse del pueblo y del trabajador.

Que yo lo escriba no quiere decir que lo comparta. Pero todo esto explica por qué un hombre de 58 años que no combatió en la guerra tiene la confianza absoluta de los líderes máximos del país . Su tendencia no puede ser otra que el continuismo marxista de la Revolución.
Pero Miguel Díaz-Canel tendrá por delante el mismo escollo con el que han lidiado en medio siglo Fidel y Raúl: la incompetencia burocrática que en gran medida ha entorpecido el curso de la vida nacional.

Díaz-Canel tendrá que ser él con su pasión encarnizada para llegar con lucidez al fondo de los problemas y afrontarlos hasta sus consecuencias. Pero todo no estará en las manos de Díaz-Canel. Ni lo estuvo en el ímpetu de Raúl ni en la voluntad y audacia de Fidel.

Díaz-Canel viene con aires nuevos que recaba todo poder. Querrá que no le pase lo que tantas veces ha contado Fidel: "Me ocultan verdades para no inquietarme".

Con 58 lúcidas primaveras, Díaz-Canel llega hoy a la  presidencia de Cuba. Lleva mil afanes en su agenda. Desde sus años jóvenes fue un dirigente inquieto, y le gustará inquietarse ahora mas aun, y meterse en el trasfondo de la Cuba de estos tiempos.

Hay una virtud particular en él, al menos la que yo recuerdo desde mis años de periodista provinciano en Villa Clara. Canel jamás rehusaba contestar cualquier pregunta por incisiva que fuera, y nunca perdió la paciencia  ante nada ni ante nadie. Y eso es un buen síntoma para su auto de fe.
A partir de ahora,  el cincuentenario presidente  tendrá mucho con que lidiar, pero el más grave escollo estará en el encubrimiento de las deficiencias que disfrazan las mentiras de toda vida nacional.

La Revolución donde ha crecido tiene logros: científicos, deportivos, culturales y muchos mas. Pero que la incapacidad burocrática ha lastrado los caminos del país, tampoco se puede negar.

Un ejemplo, uno sólo. Nadie olvida en Villa Clara –la provincia de Díaz-Canel– el día de 1985, en que Fidel recorría el Circuito Norte, tras el paso del huracán Kate que devastó la provincia. Ese día, a bordo de su Mercedes, Fidel pidió tomar la Carretera Santo Domingo-Corralillo en afán de acortar el camino.  Castro se llevó una sorpresa. La vía no existía y la reportaban como construida. Mentira burocrática colosal. Hoy ese tramo vial es un hecho agradecido a las grandes rectificaciones del gobierno de Fidel.

Probablemente, Cuba comience  a notar muy pronto  los signos de un gran renovador. Es lo que todo cubano desea. Su desafío es mayor: demostrar que el país puede cambiar.

De él se sigue contando allá en la isla,  que es un hombre de calle, que habla con la gente y se detiene en sus vidas. Tal vez esa es la razón por la que Raúl Castro lo sentó en la vicepresidencia primero, aunque ya tiene detractores que lo miran como un partidario mas del continuismo cubano, Miguel Díaz-Canel es ya el flamante  nuevo presidente de Cuba.   .

04 diciembre, 2017

CRÓNICA DE UN HOMBRE DE MAR

LUISITO ECHEMENDIA, “EL CHIVO” QUERIDO DE CAIBARIÉN, PUERTO DE CUBA


“El tigre no perdona”, decía; y ahora la muerte no le ha perdonado a él.
🅰️ José Luis Echemendia Araque, “Luisito” y para muchos “El Chivo”, se le conocía la estirpe que llevaba adentro nada más mirarle a la cara. Eso me pasó la primera vez que tuve conciencia de él cuando yo era un muchachón que correteaba las calles de puerto Arturo y me subía a los chapines de los muelles a extasiarme con el encanto de la bahía.

A “Luisito” lo veía un día y otro, un año y otro, y siempre era el mismo dueño de sus instintos en la pelea de vivir, porque él nació con una aureola de valiente luchador, y esa condición no se la cambió ni Dios.

Cuando yo era un afanado en el oficio de escribir, ya Luisito era un hombre curtido por el sol y el salitre de toda una vida tras el peje fresco que aleteaba bajo lo quilla de las embarcaciones. Eran los vitales años 80, en que otro histórico del pueblo, Castro “Cañón”, guiaba el remolcador que también tripulaba Luisito. "Cañón" y todos los viejos queridos del pueblo, se dejaron sus años vitales buscándose en el mar el plato de cada día para las familias numerosas que formaron.

Ya Luisito tenía la piel tostada por los soles de muchos años y era un auténtico lobo de mar. Por eso siempre lo miré como la viva estampa de los hombres curtidos de mi pueblo que echaron vidas legendarias entre los barcos y el puerto.

Ese era José Luis Echemendia Araque, otro nombre de la estampa marinera de mi infancia que se volvió un pie de mar y forjó una familia entera, y a quien la muerte con su paso irreversible se lo llevó el último miércoles de noviembre y llenó a todos de tristeza, dentro y fuera de Cuba. Tenía 72 años.

A veces con su pequeña estatura y su mirada callada, podía pasar inadvertido sin que muchos supieran la vida de héroe anónimo que llevó. Pero lo que era en puerto Arturo, todo el mundo conocía la entereza de Luisito, quien muchas veces se pasaba horas sobre su sillón, recostado a un mostrador o en las esquinas del barrio arrancándole a los paisanos la risa con su voz rasgada y las historias recurrentes y costumbristas que guardaba en el libro de sus memorias.

Se ha ido esta misma semana Luisito, cariñosamente “El Chivo” de muchos amigos; heredero de la estirpe de Los Araques y de un patriarca de la mar: Augusto Araque, que también partió en julio pasado dejando una vida fecunda tras de sí.

“El tigre no perdona”, siempre me decía aludiendo al dejo de satisfacción que exteriorizaba con la herencia que le dejó a la vida desde que se casó con mi prima Marina; y no se esquivocaba. Con el sudor de sus años levantó su propia casa en el mismo corazón de puerto Arturo y de su unión salieron tres hijos maravillosos: Luis, Leandro y Yasmiany, ya todos emprendidos por la vida.


Junto a Luisito en la tierra cubana que no abandonó nunca, su mujer y la menor de sus hijos.

En mis años de periodismo en Cuba, cuando yo me sumaba a la odisea de los pescadores de Caibarién, contemplaba el afán parsimonioso con que disfrutaban su arte sobre el mar. En esos años eran memorables "Los Pánfilos", "Los Montenegros" y "Los Araques" también,

En alta mar, yo veía a esos héroes del silencio y de la brisa maniobrar de popa a proa y de babor a estribor; y muchas veces junto al remolcador, veía a un hombre remando sobre un chapin con un sombrero que le cubría el rostro del sol abrazador. Ese hombre era Luisito Echemendía, que en cada jornada no ponía el pensamiento en otra cosa que en sacarle algo a las entrañas del mar. Cuando levantaba la tarralla cargada de pejes aleteando, su mirada era de satisfacción.

Desde la embarcación que tripulábamos los periodistas, el veterano “Cañón” Castro, nos decía.

—Ese peje que ustedes están viendo ahí peleándose sobre el chapin, tiene como principio que el mar es como el tigre que en días embravecidos no perdona a nadie. 

Pero ese día el mar estaba sereno y Luisito era un león en el arte de faenar y sacar lo que quisiera del agua.

En julio de 2016, la última vez que lo visité en Caibarién siendo ya un septuagenario, estaba lúcido, satisfecho de la vida que había llevado, pero ya su salud se resentía. Lo estuve contemplando una tarde entera y era el mismo ímpetu de aquel hombre dueño de sus instintos que siempre veía con sus pies desnudos por casa después de todo un día de faenar en el mar, porque Luisito “El Chivo” de Caibarién nació con una aureola de luchador que nada nunca se la cambió.

Por eso no voy a andar hablando de pesares ni de las complicaciones de salud que la arrebataron la existencia. Me quedo con su viva imagen cuando la enfermedad que lo aquejaba no había estragado su cuerpo aún y Luisito, ya apartado de la vida del mar seguía siendo el mismo conversador y era un amante empedernido del fútbol que destilaba su mayor pasión cuando veía jugar al Real Madrid.



Para la familia que forjó, para los que le conocimos y para todo un pueblo donde derrochó su cariño, José Luis Echemendia Araque, “Luisito”, durará toda la vida, porque su vida está enraizada por la tierra húmeda y fecunda que lo engendró y despidió el miércoles ingrato de esta misma semana.


➕Hasta siempre Luisito, “El Chivo” querido de Caibarién. 

27 noviembre, 2017

VISIÓN GRATA DE MI HIJA 


Su devoción por estudiar se hizo más fuerte desde el mismo día de 2008, en que tuvo el pergamino de médico en sus manos y le atrapó el anhelo por hacer una especialidad.
Estos días, nueve años después, con el sobresalto de sus afanes, me dijo: “Estoy luchando para salir adelante, deseosa por llegar a tercero (de Reumatologia) para ver el final mas cerca (el nuevo título); me va bien y me siento segura.”
Sueña, siempre ha soñado. Va a buscar lo que se propone y lo consigue. El ímpetu por ser mejor cada día son propios en ella. Antes no tocaba un libro, y ahora los libros desbordan el interés por su carrera.
Me pide libros y más libros, y se los envío sin reparo porque se muy bien que ya reflejan la amplitud de los gustos de la joven que dejé con 16 años. No tiene vicios como asumiendo la autoridad moral a que le reta su profesión de médico para combatir todo mal adictivo que aqueja al paciente.
Ahora tiene 34 y es una mujer cabal en todo la dimensión de la palabra, y una madre excepcional que ya nos regaló la viva alegría de una herencia familiar: Danna Isabel.

Le gusta cocinar con un fervor inusitado. Todo lo que empieza lo acaba. Se mantiene en excelentes condiciones físicas, cual si fuera otro reto moral del médico ejemplar.
Cada día, cuando se ha bajado de su jornada fecunda entre los servicios médicos en el hospital provincial de Santa Clara y su docencia como futura especialista en Reumatologia, una de las cosas que más le gusta hacer es andar y detenerse a meditar, tal vez organizando la agenda del siguiente día.
Esa es mi hija y esta es la visión más grata que tengo de ella, que tenemos todos en la familia, al saber que en muy pocos años, Liane Díaz Pérez será una nueva especialista que ganarán Cuba y la Salud Pública.
En realidad, siento una gran satisfacción cada vez que ella me llama o me escribe y dice: “Estoy luchando para salir adelante, deseosa por llegar y ver el final”.
Entonces es el momento de la vida en que me siento ser yo mismo y pienso que mi legado de padre se ha cumplido. Es un alto grado de satisfacción como lo sentirá también mi otro emprendido retoño, Raiko Daniel. 

Los dos, en horizontes diferentes son hijos maravillosos que iluminaron una familia entera.

19 noviembre, 2017

CAIBARIÉN: LA ESCUELA DE MI INFANCIA CUBANA

LO QUE QUEDA Y LO QUE FUE 

LLEGÁBAMOS a la escuela como llegan todos los alumnos nuevos, tímidos y callados, pero llenos de muchas ilusiones.

Unos querían ser médicos, otros ingenieros, y los más ambiciosos pilotos o marineros. Todos queríamos ser algo grande en el mañana y cada día entrábamos en la escuela con unas ansias enormes por comernos el futuro. Viajar e irse a otra vida, era el deseo más anhelado en medio de las carencias que nos martillaban día a día —y lo sigue siendo hoy todavía—.

Ese niño soñador era yo, y lo fueron muchos otros de mi tiempo. A mi me gustaba más escribir; yo quería ser periodista y fui periodista. Y éste es mi recuerdo más antiguo de aquella tierna infancia en Caibarién.


Cada curso, mi primer día en las escuela era de ensueños como lo era para todos mis amigos nuevos. Llegábamos al primer día de las primarias José Martí o Francisco Ferrer, en el mismo corazón de puerto Arturo, y era un día de mucha alegría con la escuela pintada de blanco y un jardín florecido.
A la escuela nos llevaban los hermanos mayores, los padres o los abuelos. Muchos de ellos ahora están mejor emprendidos por la vida y otras ya están con Dios.

Llegábamos a clase con la bolsita de la merienda, y echábamos toda una mañana para complacencia de nuestros padres cuando estábamos en edad de aprender a estudiar, y cuando a duras penas podíamos sobrevivir.
Pero los padres ponían todas las esperanzas en nosotros. Y fueron precisamente esos años de infancia y adolescencia cuando sentíamos el incontrolable impulso de ser algo grande en la vida.

Mis padres habían atravesado años todavía menos felices, pero también pensaban que si los hijos salían con inteligencia, no podían ser pobres toda la vida. Esa visión de ellos fue lo que nos empujó a todos a luchar y salir adelante.
Por eso toda la generación de mi tiempo salía cada día a abrazar el porvenir. Y por eso leí siempre en mis padres el deseo irreprochable de hacer que cada hijo suyo fuera un hombre de futuro y jamás un ser inútil ante la vida.

La escuela de mi más tierna infancia es ahora un rincón en ruina.

Aquella escuelita «José Martí», en la calle de Falero, en Caibarién, una pequeña ciudad portuaria cubana que no llega a los 50 mil habitantes, a más de 300 kilómetros al este de La Habana, es ahora un muro de viejos recuerdos entre los restos húmedos de las paredes calcinadas por el tiempo y la corrosión costera de muchos años.

CAIBARIÉN


Caibarién llegó a ser uno de los principales puertos cubanos de la primera mitad del siglo XX, y desde mucho antes un pedazo de tierra maravillosa en la costa atlántica del país.
Hoy, sin embargo, cuando muchos hemos tomado el camino de la emigración, Caibarién asiste a una historia real de una ciudad que se deshace en ruinas sobre las que su gente aún baila, mientras se pudre y se derrumba.

En Caibarién, queda todo el recuerdo del tiempo que se nos fue. Los amigos, las maestras que nos educaron: «Beba» (preescolar), la decana María Justa Álvarez y las hermanas negritas Angélica y Dinora Caturla (1er. Grado), Georgina (2º), Gina (3º) y el temible Roberto (4º). Todos allí destacaron por sus virtudes y sus enterezas, y nos educaron.

Una calle emblemática, donde yo estiré el cuerpo y guardo gratos recuerdos de mis primeros amigos.
Nadie olvida en el entorno de la ya mítica escuela de la calle Falero –ahora presa de las ruinas– las casas de los Terol Perez, Caruca, Maritza y hmna, “Chicho” y familia, Carlos y Carlitos González Jr. y Caruquita; los hermanos Lenin y Pável Flores. Una calle que guarda la huella de una generación, por donde cada día se llenaba y se vaciaba la cuidad, hacia un extremo y otro, y donde ahora solo quedan nombres para recordarlos porque muchos están con Dios o se marcharon para siempre.

Esta es la más viva estampa del pueblo de mi niñez y juventud que yo no he olvidado jamás. 

http://atriopress.blogspot.com/2017/02/la-desolacion-de-mi-pueblo.html

14 octubre, 2017

Los nombres de mi infancia en Caibarién, rincón porteño

LAS ANDADURAS POR PUERTO ARTURO Y LOS CUENTOS DE "MONGO PEPE" 

                                   «A mi padre José, que llevó siempre mi mano de su mano por cada rincón de mi pueblo y me llenó de amor la memoria.» 

CUANDO yo vivía en Padre Varela, una de las calles por donde cada día se llenaba y se vaciaba el centro de Caibarién, mi pueblo cubano, marinero y pescador, el primer amigo que tuve delante fue "Pitirringa", y con él me fui directo a las andaduras callejeras cuando todavía éramos unos imberbes por la vida.

Había llegado allí de la mano de mi abuela Leonor, después de vivir en tres o cuatro casas más, porque esa fue una obsesión casi compulsiva de mis padres de ir cambiándose de casa cada dos por tres. Pero para mí nunca hubo mayor identidad que aquella convivencia idílica en el mismo corazón de Puerto Arturo.

Cuando ya "El Piti" era el carismático personaje de la sonrisa pícara que a cualquier hora se plantaba delante de una chica del pueblo, y ligaba, entonces me dijo con el afecto de sus mejores días:

—Serás mi amigo.

Detrás de Israel Obregón Moya, el eterno "Pitirringa" de Caibarién, apareció José Comas y una lista interminable de nombres: Vicentico Balbín (DEP) Juan Antonio Hernández y su hermano Jorge "Tiburón", que también se fue, Angel Luis Alvarez "El Indio" y Juan Carlos Dominguez, y así se fue sumando una generación entera que recorríamos palmo a palmo cada pulgada de tierra de aquel pueblo, impregnados de la esencial ilusión por vivir mejor. 

Cuando no íbamos al cine o al cabaret con la novia, nos reuníamos en el parque o en algún rincón de la ciudad otro piquete del pueblo. Entonces aparecían nombres como Remberto Delgado "El Meme", Albertico Parrado "Muñeco", Ramon Fundora Galan "Mongui", Ibrahim "El Crazy",  Juan Carlos Rojas Castro "El Peje" y un inolvidable: "Orlandito" Garciga Castex, que siempre llegaba con su música y su alegría. 
Sobre estas líneas, el parque de nuestra infancia y al fondo la cúpula de la Iglesia que señaliza el centro neurálgico de la ciudad portuaria. 

Cuando nos encontrábamos, ninguno se quería ir. Bebíamos toda la noche y amanecíamos dando voces por las calles de aquel rincón porteño con el sueño añorado de largarnos algún día. Un negro singular, Luis Tomás, estaba siempre en el centro de las juergas con su graciejo particular moviéndose sabroso. 

A pesar de tanta vida lúgubre que nos rodeaba, cada uno de mis amigos albergaba una gracia particular tras de sí. 
Cuando empezamos las andaduras por la villa, ninguno teníamos más de 10 años. Conservábamos todavía la ternura infantil de los años más inocentes y se nos pasaban los días con aquella aureola de belleza que emulaba con los retratos de las fiestas de las chicas de 15. Cada vez que quedábamos con la atracción inusitada por comernos la noche cangrejera a cualquier precio, nos decíamos:

—¿Nos vemos esta noche?
Jesús Díaz Loyola en la actualidad, paseando por Caibarién. 

Y nos quedábamos la noche entera en el silencio mudo de la ciudad acariciando parsimoniosamente la ilusión de emigrar un día. Muchos lo conseguimos con el tiempo, sin importarnos el precio del riesgo y del sentimiento familiar que rompíamos. 

En los fines de semana hacíamos lo que hacían todos los jóvenes de mi tiempo: íbamos a las matinées de la playa y el Malecón, después nos rifábamos la entrada al  cabaret Villa Blanca y acabábamos las noches en el parque, que a veces se volvía una persecución implacable sobre todos los que queríamos ir a la moda heavy cuando llevar el pelo largo y escuchar a la música prohibida de The Beatles o The Rolling Stones, era un pecado capital.    

En las mañanas de Caibarién, que está a más de 400 kilómetros de La Habana, yo prefería perderme en la biblioteca municipal, en la librería Medina o en el Kiosko de periódicos del parque, sitios adonde iba casi todos los días a conversar con otros amigos más puestos en la cultura de los libros. Allí siempre estaban Carlitos González y los hermanos Lenin y Pavel Flores, unos obsesionados por la historia de aquel pueblo y todo su pasado, y allí también nació mi temprana pasión por escribir.  

Confieso que el recuerdo más tierno que guardo de mi infancia fue el de la casa frente al Cuartel de la Marina, cuando nos dejábamos las primeras disputas tras las muchachas del pueblo.

Frente a "La Marina" vivían muchas familias numerosas como la de Cirilo con su hija Olguita, que era la más pretendida cuando salía a la calle con su cabello largo y negro hasta la cintura. De ella se podía decir “Es la mujer más hermosa que he visto nunca”. En la esquina junto a la vía férrea, vivía José "Pepe" Turó y toda la familia numerosa que formó. Al doblar, al borde de los raíles, se  hicieron inmortales las "hierroviejo" y "las bolitas". Las "bolitas" fueron célebres por la anécdota que todavía se cuenta de su madre sin cabeza. Dicen que un día se oyeron gritos ensordecedores en todo el barrio. Había sido decapitada a machete por intrusismos emocionales la mayor de las "bolitas". 

—Dile a tu madre que me deje tranquilo, estuvo pregonando días antes un negro robusto y maldito que se había emparejado con una de las bolitas.

El día que la decapitó, entró a la casa con una cara de mil de demonios y los ojos encendidos. Y pasó lo que pasó.

Esa y muchas anécdotas se las oí contar en las noches de luna llena sobre la hamaca de su portal, al viejo "Mongo" Pepe que vivía frente a frente de la misma langostera. Mi padre siempre decía: «Una cosa tan horrible solo sucede en Caibarién». 
Como horrible fue también el tiro mortal que una mañana ingrata le dieron involuntariamente a "Carioquita" en los almacenes de víveres que cuidaba en el mismo litoral, y por donde muchas veces merodeaba Oscarito "patomacho" con sus juegos de personaje distraído. El disparo certero se lo asestó el sereno que lo relevó para siempre ese día. Sus hijos vivieron días de ingrata locura. 

En Caibarién todo el mundo atesora una historia, y son más conocidas sus gentes por sus apodos que por sus nombres, como las "tiburonas" que fueron célebres en Puerto Arturo, o los "pateplancha" y "Tranquilino" y Jesús "Pájaro Loco". 

Cuando yo llegué a Padre Varela, ya la calle era célebre por haber engendrado allí al escritor costumbrista Emilio Comas Paret, a sus hijas Marlene y Lourdes Comas, y a otros personajes no menos conocidos del pueblo: Victor Manuel De la Rosa, un hombre siempre agradecido, y más al centro a la personalidad incombustible de los doctores Virgilio Hernández López y René Pocurull, que todavía vivían el esplendor de sus emblemáticas casas consultas. Todo el mundo quería ir a la consulta del doctor Pocurull antes que someterse a la mano prohibida de Lacao, más famosa por sus rollos pasionales que por sus cualidades como excelente dentista. 

Era un desandar de arriba a abajo la calle del Padre Varela hasta llegar a la misma casa de los Martinez Illa herederos de Martinez Otero y acabar en la mismísima esquina de María Escobar, donde tienen su casa todavía los Alvarez de la radio. 

"Pitirringa" era ya un nombre célebre en todo Puerto Arturo; y Chelo, la madre de José Comas, la costurera auténtica de la que todos querían un pantalón vaquero. Así éramos, y éste es mi recuerdo más claro de aquella tierna infancia. 

Me he acordado mucho de esta foto toda la vida. Sabrán  quienes son, por supuesto. Al centro está Israel Obregón Moya, el mismísimo "Pitirringa", a la derecha José Comas, el más pequeño, pero que robaba todas las miradas con su cabello fino y negro como azabache. Y por la izquierda, no podía ser otro que yo. 

Éramos muy niños . No llegábamos a 10 años. Israelito "Piti", era el hijo de Israel "Pitirringa" el panadero y José Comas, uno de los dos hijos que dio Chelo, la costurera que nos hizo esos juegos de vaqueros a cada uno. Los dos vivían a la altura de Alonso cuando yo acababa de aterrizar en Padre Varela, después de muchos años viviendo frente al Cuartel de la Marina.

El primer día en que me vio, "Pitirringa" se me plantó de frente, y con la picardía de sus días mejores, me dijo: 

—Serás mi amigo. 

Y lo fuimos por mucho tiempo hasta que yo abandoné el pueblo, del que solo las mujeres de entonces podrán contar ahora porque siempre decíamos que el amor y Caibarién es lo mejor que se ha inventado.




       — • Israel Obregón Moya • —

Postdata 
He contado sus anécdotas y las mías, 40 años después, y ha sido como estar con  él.

Lo que yo ni muchos tal vez conocíamos, es que "El Piti" ya había muerto, hasta que hoy me lo contó Gladita, la prima más íntima: «Hace cuatro años que Israel murió, y su hermano Jorge, también.»

Murió "Pitirringa" y, poco a poco, toda su familia cuando la vida les fue dando el golpe ingrato a la existencia. 

Hoy imaginé al "Piti" con la cabeza apoyada en sus manos sobre una mesa como en los años de fiestas felices a orillas del mar, oyendo el suave batir del agua sobre la costa y su acento entrecortado. Le escuchaba hasta la respiración diáfana de los veinte años cuando bebíamos como unos condenados y después dormíamos como ángeles. 

—Vámonos a casa. —me decía cuando ya no podía más. 

Tal vez en sus últimas fiestas 40 años después —cuando yo no estaba en Caibarién—, Israelito no sabía que su salud se resentía.

Ya no eran los años mozos de secundaria en que soñábamos  con sirenas. No sé qué soñaba 'El Piti' el día ingrato que se lo llevó, pero seguramente no habría podido dormir tan tranquilo si hubiera sabido que días después acabaría su existencia de hombre bueno en Caibarién.

Para Israelito "Pitirringa", aquellos encuentros de juventud serían los  últimos que celebraríamos, porque jamás lo volví a ver y hace cuatro años el efecto fulminante del alcohol acabó con su vida cuando no tenía 50 años todavía. Hoy le estarán llorando en las dos orillas.

Esta entrada de ahora, deja de ser semblanza para convertirse en homenaje póstumo a "Pitirringa" y otros que ya no están.

A todos, les voy a seguir recordando en sus años más adorables como lo harán también en Florida, como lo estarán haciendo en Caibarién. 

Un abrazo, 'Piti', amigo, allí donde estés. Hoy he estado contigo como lo hacíamos ayer. 
DEP ➕
              _____________
Un chapín, embarcación rústica a bordo de la cual crecimos en Caibarién, la Villa Blanca de Cuba.

28 abril, 2017

MI ENCUENTRO CON LOS DELFINES

En el mar callado y tranquilo de Isabela de Sagua,

un puerto del norte de CUBA


Me encontré con mamíferos adorables, los mas estudiados en el reino marino y, probablemente, en el entorno faunístico mundial. El delfín es una especie que ha recorrido la historia, desde las primeras impresiones de pinturas rupestres hasta nuestros días. Habitan prácticamente todos los mares, pero paradójicamente se siembran cada vez más en cautiverios. Protagonistas principales de mitos y leyendas a cual más de atractivos y mágicos, los delfines, sobre todo, son una lección permanente de docilidad y belleza. Yo la viví un día, hace ahora 30 años.    


    
30 AÑOS DESPUÉS 
 CUENTO MI HISTORIA 

Nadando con los delfines

Una de las franjas costeras donde mejor se conserva el delfín común de los mares y que tuve la suerte fortuita de conocer cuando yo comenzaba mis andaduras por el periodismo, está en el puerto cubano de Isabela de Sagua, en la costa noratlántica del país. Navegamos un día entero en medio del fascinante mundo de los delfines. 

ISABELA DE SAGUA AYER

Fundado en 1884, Isabela es un pueblo callado, pero espléndido, preferido por biólogos de todo el mundo para disfrutar de la compañía de delfines en libertad. 

Yo viví la experiencia en a bordo Acuario 1, una expedición que se quedó para siempre en mis recuerdos, entre el gran cúmulo de experiencias de juventud.

En el verano de 1987, la expedición del Acuario Nacional de Cuba, fue celosa a la hora de impartir la doctrina ecológica en medio del agradable paseo en lanchas tras la ruta del tursiops truncatuel delfín mular o delfín nariz de botella, una de las más de 30 especies de delfines que existen, muy común en las cálidas y templadas aguas de Isabela.

Con la tripulación del

 Acuario 1 me embarqué un día a disfrutar de algo que había soñado desde niño y que no he olvidado jamás. Era un privilegio para un reducido grupo, en el que habían médicos, ecologistas, periodistas y, sobre todo, hombres de bien a favor del entorno.

Zarpamos antes del alba, y a la luz de los primeros claros del día, cuando aparecieron los primeros delfines, todos nos volvimos unos locos obsesionados con el espectáculo que contemplábamos. Yo tenia 23 años y aquel día reparaba en la sorpresa de una experiencia excepcional. Era de una felicidad absoluta ver nadar a los delfines y tras de ellos el frenesí de las lanchas de hombres de ciencia que seguían su ruta, afanados tras el misterio del mundo interior de los cetáceos.

[foto de la noticia]

No hace falta decir que yo ni me inmuté mientras los miembros de la tripulación científica hurgaban en cada pulgada de agua. Esperé pacientemente en cubierta y cuando tuve la suerte fortuita de palpar el cuerpo de un delfín comprendí el por qué de su docilidad.

Estuvimos un día entero, de sol a sol, contemplando el juego impenitente de los delfines, entre las profundidades y sobre el agua, viendo a familias enteras de cetáceos moviéndose entre la sombra incombustible de su color turquesa. 

LA FOTO DE FULGUEIRAS 

En aquel viaje, me acompañaba el colega Jose Antonio Fulgueiras Dominguez, que también se conoce a Isabela como las palmas de sus manos, porque había nacido muy cerca de allí 35 años antes, en la misma carretera que conduce al puerto desde Sagua la Grande. Vivió allí toda su infancia y juventud con el olor húmedo de la salina y el salitre costeño viéndole crecer cada día hasta que el periodismo lo sacó de su pueblo y comenzó a hacer cosas maravillosas como esta de la vida en el mar.  

Fulgueiras hizo proezas con su vieja cámara Zenit, aquella de los míticos rollos de  películas fotográficas, en medio del reto que representaba estar debatiéndonos a mar abierto con los embistes constantes de las olas.

"Una imagen vale más que mil palabras", y ese proverbio le toca muy de cerca al colega, porque había que ver en aquella expedición como se volvía un genio en el arte de buscar el mejor ángulo. Fulgueiras se revolcaba por cubierta hasta que captaba la imagen perfecta. 
Lo justificaron después, los  reportajes que llenaron la plana de Vanguardia –mi periódico escuela– y la revista cubana Bohemia. Entre los dos tejimos un amplio reportaje que recordándolo 30 años después, me dijo: "No creo que nadie en Cuba haya escrito un reportaje tan científico, periodístico y literario sobre los delfines como el que escribió mi amigo Loyola. Yo traté de brindarle la gráfica desde una cámara Zenit de rollo que estuvo varias veces en peligro de caer al agua. Han pasado más de 30 años como él mismo atestigua, pero cada vez que veo un delfín (o tonina) como también le llaman los pescadores, me acuerdo de aquella travesía y de aquel muchacho de pelo encrespado que observaba todo y escribía las notas en el cerebro, pues cuando aquello no teníamos  grabadoras pequeñas y había que echarle mano a la agenda de la memoria para luego volcar sobre una máquina de escribir todo lo ocurrido sin que se olvidara el menor detalle.

Y eso hizo Loyola para atrapar a miles de lectores que aún recuerdan su reportaje."

En realidad , el maestro fue Fulgueiras y el ingenio del viejo Machado en el laboratorio donde se imprimían las imágenes de las crónicas que cocinábamos cada  día. 

Han pasado 30 años y aquel día será inolvidable, sigue latiente como el recuerdo de la hornada fortuita en que acudimos al encuentro de los delfines y nadamos con ellos en una tentativa feliz como si conviviéramos en su hábitat.

A los delfines no hace falta ir a buscarlos en el océano profundo; ellos acuden en manadas a 'marcar' y 'controlar' de cerca cualquier cosa extraña que se desplace sobre la superficie, sea un barco o un nadador, y nosotros ese día éramos un objeto extraño sobre el océano. Pero ese día también, de cierto modo, todos nos sentimos protegidos por los delfines.

El regreso de aquella travesía espectacular por los mares que bañan a la Isabela de Cuba, no pudo tener mejor coronación: los mamíferos con los que compartimos todo un día, siguiéndonos al final de un viaje en un juego impertinente de popa a proa del Acuario 1, acomodando su ritmo al de la expedición. 

UNA LECCIÓN DE DOCILIDAD 

De aquella incursión por Isabela de Sagua, nos quedó por encima de todo, la gran empatía de los delfines con el hombre. Son muy sociales y casi nunca andan solos. Siempre realizan sus actividades acompañados de otros miembros de su familia. Ese día lo hicieron con nosotros.

Los mas adultos son respetados y suelen actuar como “maestros” de los ejemplares más jóvenes. Nosotros también los respetamos a ellos.

Los delfines en general se han considerado animales muy inteligentes debido a muestras de comportamiento que sólo se creían propias del ser humano. Y no!, los delfines demuestran cariño y empatía hacia los compañeros enfermos, ayudándolos a respirar en la superficie cuando no pueden hacerlo solos.También lo vivimos ese día a bordo del Acuario 1. Cuando un delfín muere, los demás demuestran tristeza, y cuando son reencontrados, especialmente en cautiverio, se emocionan y comienzan a jugar.

Su promedio de vida útil en estado natural es de 20 a 30 años. De aquellos de Isabela, tal vez ya no sobreviva ninguno, pero hoy me queda el recuerdo placentero de mi encuentro con los delfines.

LAS CASAS TÍPICAS DE ISABELA DE SAGUA 
La foto que me hizo Fulgueiras hace 30 años.





28 marzo, 2017

¡53 AÑOS! GRACIAS A LA VIDA QUE ELLOS ME DIERON

▪️CUANDO yo era un hijo de la inocencia y me perdía en los arrabales de mi pueblo, mi madre enloquecía cuando pasaban tres y cuatro horas y no regresaba a la casa. Ella dejaba todo lo que hacía y salía en mi búsqueda desenfrenada por todas partes. A la casa de los amigos, de los vecinos más cercanos, y nunca tenía la menor idea de cómo encontrarme. 

Entonces, cuando justamente llegaba mi papá después de todo un día de faenar en los almacenes del puerto y se zafaba de sus polainas, mi mamá en su desesperación compulsiva, le decía:
—Ay José, mira que hora es y tu hijo anda solo por ahí. 

A mi me asaltaba la curiosidad por todo lo que pasaba en aquella vida lúgubre de mi pueblo y por eso me perdía en el mundo interior de los almacenes o correteando sobre los vagones del ferrocarril junto a Pepito Turo, los hijos de Cirilo o de la comadre Matilde y con cuanto amigo tenía en aquel barrio callado, al pie de la misma vía férrea por donde cada día iban y venían los trenes con los embarques de azúcares desde Caibarién, mi pueblo costero en el norte centro de Cuba, a más de 400 kilómetros al este de La Habana.

Esa es una de las vivencias más gratas que yo guardo de mi niñez, siendo un hijo de la timidez todavía que acababa sus días más tiernos completamente embarrado y chorreando agua sucia por todo el cuerpo escuálido de un niño de siete años. Ese niño, irremediablemente era yo, Jesús Díaz Loyola.

Son recuerdos gratos de los años en que se me estiraba el cuerpo cuando mis padres me llevaban a la escuela y me daban un beso en la mejilla, y yo corría a formar fila junto a los demás chicos de mi aula en el matutino de cada día frente al busto de Martí, pintado de blanco entre  jardineras florecidas. Formábamos una ordenada fila, porque sino la maestra Angélica Caturla nos ponía de castigo y nos mandaba diez veces a escribir una oración.  

Cuando mi papá no podía llevarme a la escuela, porque tenía que madrugar para irse a los muelles, entonces les tocaba a los abuelos, Leonor y Juan Coronado que ya están con Dios. Me llevaban ellos, porque yo empezaba con la perreta de que me llevaran mis abuelitos. Ellos fueron, en realidad, los mejores veladores de mi enseñanza y de mis sueños cuando ya estaba en edad de aprender a leer y escribir y me dormía en sus piernas repasando las lecciones de cada día. 

En los encuentros con los amigos, cuando  no nos veíamos en la zona de los almacenes, nos íbamos a trepar las matas de mango en los patios colindantes de los vecinos, a buscar caimitillo en el solar o a jugar en las noches a darle 12 vueltas a la ceiba de la escuela, a ver si era verdad que nos salía un fantasma. 

Cuando me volvía a casa  con mi carga arrebatada de los frutales, saltaba de alegría bajo los aguaceros torrenciales de mayo que recibíamos como baños de felicidad. 
Una vez, con un saco de mangos a cuestas, traté de saltar una zanja cuando estaba llegando a mi casa frente al Cuartel de la Marina   —pudiendo pasar por el puentecillo— y caí despatarrado dentro del agua. Mientras más me empeñaba en salvar los mangos más me hundía en la zanja. 
Aquella caída —que considero como el primer accidente de mi niñez— además de provocarme una brecha lateral en mi rostro, por la que me dieron los tres puntos más terroríficos de mi vida, fue ocasionada por mi natural, irreprimible y afortunada vocación de querer hacerlo todo y de prisa. Pero en circunstancias como esas, siempre aparecía mi papá, como en los días en que mi mamá no daba con mi paradero en aquel pueblo. Aparecía mi papá, y yo no lloraba ni con el mayor de sus regaños, porque mi papá —que era alto, fuerte y benévolo con todos sus hijos— era también mi mejor amigo.

Yo le confesaba todo lo que hacía desde que tenía uso de razón y mi papá no me peleaba; al contrario, se reía cuando yo volvía hecho un guiñapo, pero volvía gracias a mi papá . 

Hoy todos esos recuerdos de infancia se amontonan en mi memoria, mucho más que la justa dimensión de los 53 años.

Por eso, desde este muro que es bien poco para lo que la entereza de los padres representa, rindo honor a los dos seres más extraordinarios que he conocido, los que me dieron la existencia con la que hoy toco los 53, uno más o uno menos en este viaje indefectible que es la vida y que solo a ellos agradezco.

Por eso, digo que padre no es solo el que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el ser que da el amor. Y si yo he llegado hasta hoy, ha sido gracias al amor que mis padres —Elisa y José— me dieron y, sobre todo, ese ímpetu de no rendirme nunca.

¡¡Gracias a la vida y todo el amor que me inculcaron, hoy comparto con todos mis 53!!

La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

@trio press-foro de noticias es una plaza pública en la red, un epicentro de atención cultural e invitación constante al foro libre.

El atrio triunfó en Roma tal como el ágora en Grecia como punto de encuentro y opinión tras la caída de la civilización micénica en el siglo VIII (Antes de Cristo). Hasta nuestros días, la más famosa, el Ágora de Atenas, es la única belleza arquitectónica de la Antigua Grecia que conserva, al menos, su techo original. Y allí, como marcándole el paso del tiempo está al aire libre el extenso corredor, el atrio, que se disipa al Ágora de Atenas.

En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

Esto es @trio press el espacio donde invitamos a contar la historia, la de este mundo y que, a veces, pasa inadvertida. Contáctenos y cuéntenos lo que quiera en Atrio Press, el foro de noticias. Nosotros lo diremos tal como nos lo cuenten. Bienvenido a @trio press.

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