13 octubre, 2015

Félix José Hernández París: 34 años de exilio y no olvida


LAS «CARTAS A OFELIA», 
SU HISTORIA DE TODA UNA VIDA

—•Un viaje entre el pasado y el presente

Félix José Hernández París, ha compilado en 28 textos recurrentes y costumbristas, toda una vida  de emociones desde que aterrizó en el exilio parisino en la década de los 80, un viaje entre su pasado no menos feliz y el destino que le deparó la vida en París.

"Son narraciones —cuenta Félix— surgidas a partir de las cartas que escribía cada semana a mi madre, Ofelia Valdés Ríos, contándole mis experiencias" allende los mares.
           La joven Ofelia Valdés Ríos.

Un valioso documento para testificar las ingratitudes y alegrías de la vida en la impronta del desterrado; veintiocho libros que reúnen todas las crónicas que Hernández París  ha escrito desde mayo de 1981 hasta septiembre de 2015, entrelazando los encantos de su nueva vida en la Ciudad Luz y el pasado maravilloso junto a su madre.

Un extraordinario documento para la posteridad y ulteriores estudios sobre la huella de la emigración, que llega en español, francés e italiano, y en las que Félix José ha contado con el apoyo incondicional del historiador cubano Ferrán Núñez. 

Están al alcance de la vista en el siguiente  enlace de Google Drive:
https://drive.google.com/folderview?id=0B2JGTV0Z-vJ5fkwyck1hbENQT2pDWC1ZLUFqZTBqVjZNQUR4aGJWblllT09kYmpWeUhlSGc&usp=sharing

Son documentos sin desperdicios, porque como advierte Félix, es la crónica de su vida en la lejanía si escamotear el pasado de su más tierna infancia en el pueblo cubano de Camajuaní, donde al niño Félix se le estiró el cuerpo y conoció los sentimientos de la vida, gracias al amor de su madre. Es un viaje entre la infancia en su natal Camajuaní (1949-1959), la adolescencia y juventud habaneras (1959-1981) hasta su llegada al París de los ochenta.

Son crónicas excepcionales que recuerdan los momentos más gratos de un cubano desperdigado por el mundo y que no ha abandonado jamás le amor por su tierra y por su gen. Todo lo debe a esa mujer de nombre breve pero inmensa que es Ofelia.

Ella es la razón de toda la felicidad que lleva dentro para que Félix José cuente lo que ve afianzado en todo su pasado: filmes, obras de teatro, museos, exposiciones, libros, afectos, sociedad, en fin, todo un cúmulo de satisfacciones que siempre apuntan al sentimiento de bien que le inculcó su madre hasta que lo vio consumado como profesor universitario y de nuevas generaciones. 

En sus crónicas, Félix va y viene a una Cuba que nunca ha salido de sus entrañas, y más bien ha estado latiente en los viajes que se ha dejado por 66 países a lo largo de los 34 años de exilio a los que ya asoma su vida.

Aquí está, la crónica inacabada de toda una vida que Félix sigue aporreando sobre las cuartillas de su escritorio, entre alegrías y sinsabores, pero con el ingrediente esencial de toda la nostalgia y el amor que le impregnó Ofelia. 
La gran virtud es que hoy puede contarlo y lo ha contado estupendamente en las «Cartas a Ofelia» que son su mejor memoria. Y sé que lo seguirá haciendo, porque es un colega que disfruta y vive el arte de escribir que lleva en sus venas.

 ¡¡ENHORABUENA!!, colega y amigo!! Sigue navegando y escribiendo las cartas de cada día, sin barreras; tu pensamiento es ya un gran legado.

FRAGMENTO
_____________________

Cuba



El día 14 de septiembre recibí  el  sobre con las tres fotos. ¡Qué bello regalo me has hecho! Las conocía muy bien. En la que aparecen mis padres, fue tomada al día siguiente de su boda en Camajuaní, el 27 de diciembre de 1940. Esa foto estuvo siempre en la sala de mi modesta casa. Mi padre tenía 23 años y mi madre 22. Las otras dos fotos de mi padre, le fueron dedicadas por él  a la que sería la mujer de su vida, unos meses antes de contraer nupcias. Ambas estaban en portarretratos en el cuarto de ellos, sobre la cómoda, en unión de varias más.


París, 25 de septiembre de 2015.
Mi  querida Ofelia,                                                                                                                                                                El día 14 de septiembre recibí  el  sobre con las tres fotos. ¡Qué bello regalo me 
Amado Hernández, Cuba, 1940
has hecho! Las conocía muy bien. En la que aparecen mis padres, fue tomada al día siguiente de su boda en Camajuaní, el 27 de diciembre de 1940. Esa foto estuvo siempre en la sala de mi modesta casa. Mi padre tenía 23 años y mi madre 22. Las otras dos fotos de mi padre, le fueron dedicadas por él  a la que sería la mujer de su vida, unos meses antes de contraer nupcias. Ambas estaban en portarretratos en el cuarto de ellos, sobre la cómoda, en unión de varias más.
Cuantos recuerdos han venido a mi mente gracias a esas fotos.
Mi madre falleció en San Cristóbal de La Habana, el 22 de abril de 1988, después de varios días en estado de gravedad. Pero estuvo rodeada de  seres queridos hasta el último suspiro. Yo desde este lado del océano, tuve que imaginar cómo fue el  entierro, cómo fue el recorrido desde la Funeraria Bernardo García de Zanja y Belascoaín hasta el Cementerio  de Colón. Mi padre y mi hermano me lo  explicaron por teléfono y después en largas cartas. Muchos amigos y familiares asistieron a sus exequias.

Dos años después, mi padre en persona trasladó sus restos hasta el Cementerio de Camajuaní, allá en las inquietas Villas. También “lo viví” casi en directo gracias al teléfono.
No sé como pueden hacer los ateos, pues a mí sólo la Fe y la oración ante la Virgen y Cristo, me trajo serenidad.
A la entrada de las murallas la bella ciudad croata de Dubrovnik, en el Mar Adriático, vi esculpida en la piedra su divisa:“Non bene pro toto libertas venditur auro” (La Libertad no se vende ni por todo el oro del mundo). Creo que es una gran verdad, pero a veces me parece que los que hemos escogido la Libertad, nunca terminaremos de pagar el precio por ella.

Amado Hernández, Santa Clara 1940


Mi padre fue llamado por Dios el 27 de julio de 2004. Su nueva esposa no le avisó a nadie. Sólo tres personas asistieron a su entierro. Mi hermano, que vive con su familia en Italia, se enteró por casualidad y me lo hizo saber. Fue sepultado en una de esas tumbas anónimas colectivas color ratón por la “compañera” esposa, exmilitar de las heroicas Fuerzas Armadas Revolucionarias. En la sepultura colectiva número 8 de la fila ll. 
Mi dolor fue tremendo. Un hombre que hizo tanto bien en su vida. Ni siquiera sus sobrinos de Santa Clara o Miami lo supieron, ni mi hermana de crianza que vive en Cuba. ¡Nadie!
Durante  dos años  viví con la preocupación que cuando exhumaran sus restos en el Cementerio de Colón,  esa « compañera » decidiera no reclamarlos y que los tiraran a la fosa común, allí donde los brujeros van a servirse como si fuera un supermercado gratuito, para hacer sus brujerías y preparar sus maleficios con los huesos de los difuntos.
Por suerte, gracias a mis  primos Alberto y Néstor, se pudieron recuperar y llevar en forma rocambolesca hasta Camajuaní, primero  en coche, después en autocar y hasta el cementerio en bicicleta. Lo enterraron mis dos primas, María y Aurelita. Esta última lo quería como  si fuera su padre. Eso ocurrió el 14 de septiembre, el mismo día que llegó  el sobre con tus tres fotos.
Ofelia y Amado Hernández, Camajuaní,1940


















Aurelita pidió al sepulturero que pusiera las cajas con los restos de mis padres bien juntas una a otra, antes de cubrirlas con la tierra. Lo que me recordó el final de la canción de aquella gran trovadora que fue María Teresa Vera (1895-1965) y que a mi padre gustaba tanto:  “Boda Negra”.
A continuación te reproduzco  algo que escribió el genial argentino Jorge Luis Borges. Me lo envió mi  amiga Marta desde New York: 
“Sólo con el tiempo.
Después de un tiempo uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar el alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y que una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender...
Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.
Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado... hasta el sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno es realmente fuerte, que uno realmente igual vale, y uno aprende y aprende... y con cada día uno aprende.
Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.
Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos y sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.
Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.
Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos, tarde o temprano se verá rodeado de amistades falsas.
Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste durante toda la vida.
Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes.
Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual.
Con el tiempo te darás cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir.
Con el tiempo te darás cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.
Con el tiempo te darás cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones y desprecios multiplicados al cuadrado.
Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es demasiado incierto para hacer planes.
Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas.
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.
Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado.
Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo,... ante una tumba, ya no tiene ningún sentido.
 Pero desafortunadamente, sólo
con el tiempo...”
  

Y yo, mi  querida Ofelia, después de haber salido  de Cuba, le dije a mi madre todo lo  que la amaba, le supliqué que perdonara mis majaderías y torpezas. Incluso  en un cassette de una hora de duración, en un largo monólogo le confesé como la extrañaba y todas mis nostalgias.
Sin embargo no le dije nunca a mi padre  que le quise, nunca le pedí perdón por mis faltas, ni le hice saber como lo necesitaba.  Desgraciadamente, como escribió el gran Borges,  si un día puedo ir a inclinarme ante la modesta tumba de ese cementerio perdido  en un valle de la Perla de las Antillas, ya no tendrá sentido pedirle perdón.

Mi  Cuba me duele, cada día más. Ayer por la mañana vi un excelente reportaje sobre Los Zafiros en Youtube. Volví a ver mi calle Soledad y  el Parque Trillo por donde tantas  veces pasé con mi padre y adonde él llevaba a mi hijo a jugar.
Por la tarde la tv gala pasó  un reportaje sobre las Damas de Blanco. Las vi desfilar dignamente con gladiolos en las manos desde la esquina de la  calle Neptuno  y Hospital hasta Infanta y bajar hacia el Malecón. Un hombre en bicicleta las insultaba, otro  gritaba eslóganes a la gloria de Castro  y de su régimen, un viejo las amenazaba. Pero un señor se acercó a una de ellas, tomó  un gladiolo y le dijo:  ¡Qué Dios te bendiga! 

No quiero continuar a contarte mis añoranzas, en esta tarde de llovizna otoñal parisina,  pero deseo terminar reproduciéndote dos estrofas escritas por el gran José María Heredia, el que escribió el Himno del Desterrado (1825). Nació en Santiago de Cuba y murió en México, en la pobreza y el desamparo del exilio, con  sólo 35 años, el 7 de mayo de 1839.
“Cuba, Cuba, que vida me diste,
dulce tierra de luz y hermosura,
¡cuanto sueño de gloria y ventura
tengo unido a tu suelo feliz!

(...)
¡Dulce Cuba!,en tu seno se miran,
en su grado más alto y profundo,
la belleza del físico mundo,
los horrores del mundo moral.” 

Como habrás constatado, la actualidad de ese bello poema es asombrosa.
Te quiere siempre,
Félix José*.

* Félix José Hernández (en la foto) es exiliado cubano, residente en Francia. Fue profesor de Civilización de América Latina en la Université de Marne-la-Vallée y redactor de Les Cahiers d'Histoire Sociale. 

08 octubre, 2015

48 AÑOS DESPUÉS: Las últimas 24 horas del Che




EXTRACTO




-Soy "Che" Guevara.
Gary Prado, saca una foto y mira la cicatriz sobre la mano de "Ramón".
-¡Es él!
Coger a Guevara era un sueño imposible para cualquier oficial boliviano y él tenía al "Che" delante.

La puerta se abre. El suboficial Mario Terán entra con su fusil "M2" apoyado en la cadera.
-Siéntate.
-¿Por qué, si vas a matarme? -responde el "Che" con calma.
-No. Siéntate.
Terán cierra los ojos, trata de no mirarle y hace como que se va. Se oye una ráfaga y el "Che" cae.


En La Higuera, Bolivia, donde cayó abatido hace ahora 45 años temen que el "Che" les haya maldecido, como Jesús maldijo a aquella otra higuera.

Michéle Ray
El pueblo se llama La Higuera. Todos aquellos campesinos, muy bolivianos, muy supersticiosos, no piensan para sus adentros más que una cosa, nunca les gustó el nombre de su pueblo y ahora temen que el "Che" les haya maldecido, como Jesús maldijo a aquella otra higuera.

Montañas desiertas, cubiertas de malezas, con gran número de profundos puertos. A uno de ellos, el del Churó, de unos diez kilómetros de largo y unos seis a diez metros de ancho, según los sitios, llegaron hacia la medianoche "Che" Guevara, o mejor dicho "Ramón", y sus hombres.
Habían librado la última pelea el 28 de septiembre a tres kilómetros de ahí, cerca de La Higuera. Aquel día cayó Coco Peredo, el jefe boliviano de la guerrilla.


Escogieron para acampar un campo de batatas que tendría unos seis metros por diez, a orillas de un torrente y al pie de una gran higuera.
Un campesino que se había quedado dormido allí, por casualidad, mientras cuidaba sus sembrados, les oye llegar. Ya ha pasado media noche; es domingo. El campesino corre: va a avisar a la Compañía de los "rangers" del capitán Gary Prado, que se encuentra en La Higuera.
"Ramón", "Inti", "El Mauro" y los demás se instalaron para pasar la noche.
  

A la mañana siguiente el Ejército ha tomado posiciones: cuatro pelotones a cada lado del puerto; sobre ellos, dos secciones bloqueando la salida hacia el río Grande. Habían instalado cuatro morteros y una ametralladora "Browning". El mayor Vargas confirmaría días después.

-Estaban copados. Todos deberían haber muerto. Sin embargo, sólo siete en aquellos dos días fueron muertos o hechos prisioneros.

El primer combate empieza a eso de la una; lugar: donde comienza el puerto y se une al sendero que conduce a La Higuera. Esta salida estaba cortada; por tanto, lo único que podían hacer los guerrilleros era descender por el puerto y llegar, con gran esfuerzo, hasta el río Grande.
Hubo otra colisión veinte minutos después. Lucharon durante un cuarto de hora; luego nada. Cuatro muertos en las filas del Ejército.

Aquel silencio era más impresionante que el ruido de los disparos. A la altura de los cultivos donde pasaron la noche, hacia las tres de la tarde, se desencadena un ruido infernal: morteros, metralla, armas automáticas, granadas de mano... Las rocas se parten, las piedras ruedan...
La sección del sargento Huanca, que sube al puerto procedente de río Grande, juega el papel de "tapón".

Ramón", siempre el primero, como era costumbre en él, va herido en una pierna; le ayuda a andar Willy y sólo ve una solución: escalar. Sus camaradas a lo lejos le ven avanzar y atraen sobre ellos el tiroteo. Van subiendo agarrándose a la maleza, a los espinos. Willy le ayuda, tira de su jefe que, además de estar herido, sufre una terrible crisis de asma. Se paran: Willy otea; dispara y vuelve a disparar. Siguen subiendo, las manos sangran... Ante ellos, a menos de cuatro metros, surgen cuatro soldados que les rodean antes de que Wiliy pueda soltar a "Ramón" y disparar. Cinco, diez soldados: caen prisioneros.

-Soy "Che" Guevara. 
 Gary Prado, que está dirigiendo el tiro de los morteros, acude. Saca una foto que ahora lleva siempre consigo y mira la cicatriz sobre la mano de "Ramón".
-¡Es él!
Coger a Guevara era un sueño imposible para cualquier oficial boliviano y él tenía al "Che" delante. Después contó:
-Verdaderamente quedé como aturdido, como maravillado.-¿Habló usted con él?
-Casi nada. No tenía tiempo. Tenía que ocupar mi puesto de mando. Lo más probable es que no hubiera sabido qué decirle...
Confía los dos prisioneros, con las manos atadas, a cinco soldados que tienen prohibido hablarle.
Cinco minutos después, la noticia llegaba a Vallegrande, al coronel Joaquín Zenteno Anaya, jefe de la 8a División. En clave:
-"500 canzada", "500 canzada". "500" significa Guevara.
"Canzada" significa prisionero.


Durante tres horas permanece allí el "Che" con Willy, a pleno sol, sentados sobre la maleza. Le vuelve el asma, la pierna le duele. Los soldados hablan entre sí y le observan cuando él no les mira. Pasa un rato y reina el silencio. ¿Dónde están sus camaradas, sus amigos? ¿Habrán muerto? ¿Habrán podido escaparse? ¿Cuántos?
El "Che" no lo sabe. Sólo puede pensar, escuchar las detonaciones.
A la tarde regresa la Compañía. Ha caído la noche cuando llegan al pueblo con los cadáveres sobre las mulas, los heridos cubiertos con mantas, el "Che" a pie y sostenido por dos soldados. Willy va sólo con las manos atadas.

La Higuera: cuatrocientos habitantes, casas bajas de tierra seca con techos de tejas. La calle principal es el sendero de las mulas. El sendero se ensancha un poco hacia el centro del pueblo y se forma algo así como una plaza. En ésta escuela: dos puertas bajas, dos ventanas con rejas, dos salas pequeñas; el primero y el tercer grado.
Encierran a Willy en una de estas salas mientras empujan a "Ramón" a la del tercer grado. Es un poco más grande.

Un soldado lo hace sentar en el último banco, apoyando la espalda contra la pared. A requerimientos de "Ramón" le prepara la pipa y se la enciende.

El "Che", separado de su último compañero, Willy, se queda solo, en la oscuridad. No hay electricidad ni lámpara de petróleo. Está solo consigo mismo en medio del barullo de voces que llegan hasta él.

El primero de los jefes militares que le visitan al día siguiente es el coronel Selich. Llega en helicóptero hacia las cinco de la mañana para traer provisiones y una orden del coronel Zenteno: evitar que los "rangers" hablen demasiado con los prisioneros, que reine la calma hasta que Ovando sea informado y que el alto mando tome una decisión.

Una vez herido, "Ramón" había tirado en la maleza la bolsa de cuero que contenía documentos (encontrada dos días después por un campesino), pero se había quedado con la mochila. En el pueblo, Prado decide distribuir entre sus hombres los objetos pertenecientes al "Che". Todos rodean la mochila y su contenido: unos a otros se arrancan los objetos, los intercambian, se pelean por ellos.
En una cajita hay unos gemelos de plata. El subteniente Pérez va a preguntar al "Che":,
-¿Son tuyos?
-Sí, y deseo que se los envíen a mi hijo. Pérez los guardó.

El oficial Espinosa quiere la pipa. Pero la que había en la mochila ya tiene dueño y no acepta cambiarla por otra cosa. Un rato después, muy excitado, se precipita en la clase, se acerca al "Che", le agarra del pelo, le sacude y le arranca a viva fuerza la pipa que estaba fumando.
-¡Ah!, tú eres el famoso "Che" Guevara.
-Sí, yo soy el "Che". ¡Y también soy ministro! Tú no me puedes tratar así.
Y le da tal patada que Espinosa cae sobre un banco.


El coronel Selich interviene en aquel momento. "Che" lo conoce. Ha venido antes a interrogarle. Pero el "Che" se niega a hablar con los oficiales, a los que mira con ironía y desprecio, según confesión de los soldados que le custodiaron. Con éstos su trato era menos duro; les habla con dulzura, según confesión de Remberto Villarroel. Pero la declaración del enfermero Fernando Sanco a Jorge Torrico es muy importante:
-Tras haber pasado toda la tarde en la zona de combate y parte de la noche junto a los heridos del Ejército, fui a examinar al "Che": tenía una herida muy fea en la pierna... pero nada más en todo el cuerpo.

Tras una nueva oleada de preguntas, siempre infructuosas, que le hizo el coronel Selich, Guevara se queda solo en su celda; fuera se refuerza la guardia y todos los soldados dan el "¿Quién vive?"

Al día siguiente, el lunes por la mañana, Guevara quiere ver a la maestra de la escuela. Fue la única persona con la que "Che" quiso hablar y habló.
Es joven, tiene 22 años, morena, de ojos verdes. Julia Cortés cuenta:
-Tenía miedo de ir y enfrentarme a una bestia... y me encontré con un hombre de agradable aspecto, de mirada tranquila, dulce y bromista a la vez, al que no podía sostener la mirada.
-Con que es usted la maestra. ¿Sabe usted que no hace falta acento sobre el "se" en la frase "Ya se leer" -le dijo, como preámbulo, señalándole uno de los dibujos que colgaban de la pared.
Se burlaba sin mala intencion y sus ojos parecian alegres.
-¿Sabe usted? En Cuba no existen escuelas como ésta. Parece un calabozo... ¿Como pueden estudiar los hijos de los campesinos aquí? Es antipedagógico...
-Somos un país pobre. Usted ha venido a matar a nuestros soldados.
-Ya sabe usted, la guerra se pierde o se gana.

Y Jorge Torrico, que almorzó con ella, cuenta que no cesaba de repetirle:
-Tenía que bajar los ojos para hablarle... Su mirada era insostenible. Dulce, burlón, agudo... y tan tranquilo.

Hacia el mediodía el "Che" la volvió a llamar. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida, quizás una hora.
¿Qué querría decirle, qué iba a contarle? ¿Algo importante?
Pero ella se negó a ir.
-No sé por qué. Ahora me arrepiento. Puede que la culpa de ello la tuvieran sus ojos, su mirada.


El helicóptero del Ejército, pilotado por el mayor Niño Guzmán, no paraba de ir y venir.

-Es difícil -señala el alcalde, Aníbal Quiroga- decir quién llegaba con quién. Había mucho movimiento y no sé cuándo llegó cada uno. Sin embargo, allí estaban el general Ovando, el general Lafuente, el coronel Zenteno, el contralmirante Hugarteche, así como un agente de la CIA, González.

Nada más bajarse del helicóptero, el contralmirante recompensó a los "rangers" entregándoles dinero en propia mano.

Entonces todos pasan ante ese hombre que temen, ante ese Guevara que no tiene miedo a la muerte. Saben que los interrogatorios no servirán de nada; todo lo más que pueden sacar es una lluvia de insultos y una mirada de desprecio.

Con sus manos atadas se apoya contra la pared y se pone en pie. Su pierna le duele. Es casi la una de la tarde. Está cerca de la puerta. Oye voces. Una discusión.
-Yo también quiero ir.
-Yo voy primero.
-Tú te ocuparás de Willy y de "El maestro".

La puerta se abre. El suboficial Mario Terán entra con su fusil "M2" apoyado en la cadera.
-Siéntate.
-¿Por qué, si vas a matarme? -responde el "Che" con calma.
-No. Siéntate.
Terán cierra los ojos, trata de no mirarle y hace como que se va. Se oye una ráfaga y el "Che" cae.


 En la pared hay dos agujeros del tamaño de un puño, ensangrentados. Ahí está en el suelo, agonizando. El subteniente Pérez entra, saca su revólver y termina con él, pegándole un tiro en el cuello.
Al día siguiente en Vallegrande el doctor Moisés Abraham dice a los periodistas: "Ese tiro le mató".
Mientras está ahí, envuelto en su propia sangre, dos o tres quieren disparar sobre él.
Está muerto.
-De acuerdo, pero no más arriba de la cintura -señala un oficial.
Entonces disparan a las piernas. Entre los que disparan está el enfermero, Fernando Sanco, que le había visto el día anterior.
El sargento Hunca se precipita en la sala contigua.

-¡Le habéis matado!-grita Wiliy-. No me importa morir porque me voy con él.
Una ráfaga. Sentados en el suelo, caen Willy y "El maestro".


En la pared se ven unos orificios manchados de sangre mezclada con cabellos.
La maestra, que vive cerca, a unos cincuenta metros, ha oído los disparos, uno tras otro. Cuando llega, todo ha terminado. Aquel que ella no podía mirar a los ojos "porque me hacía pensar mal" está ahí tirado por el suelo, sobre un charco de sangre. Llora mientras piensa que se arrepentirá toda su vida de no haber vuelto a verle.

Llegan más campesinos interrumpiendo el almuerzo. Van corriendo y se mezclan con los militares que están buscando camillas para los cadáveres. La gente está agitada. Los que han visto, los que lo saben, se lo explican a los que llegan... En diez minutos el pueblo está enterado de cómo y de quién. Y porque lo saben, las tropas siguen allí pese a que han pasado dos meses, y está prohibido el acceso al pueblo. Están cogidos entre las promesas y las amenazas que les hacen los oficiales.

Un oficial levanta el bajo del pantalón del "Che", abre su chaqueta y cuenta las heridas.
Cinco en las piernas, una sobre el pecho izquierdo, una en la garganta, una en el hombro derecho, una en el brazo derecho. Nueve heridas y no siete, como declararon los médicos de Vallegrande.

Una mujer va a buscar agua para lavarle la cara.
-¡Qué guapo es!
El pueblo se llama La Higuera. Todos aquellos campesinos, muy supersticiosos, no piensan para sus adentros más que una cosa: nunca les gustó el nombre de su pueblo y ahora temen que el "Che" les haya maldecido, como Jesús maldijo a aquella otra higuera.


Son las tres y las camillas están cerca del helicóptero cuando llega a caballo el padre dominico Roger Schiller. Pero ya es tarde.
-Cuando llegué -dice- "ellos" ya le habían matado.
Y mientras que el padre se dirige hacia el colegio, los oficiales dan órdenes. El soldado que había tomado fotos del "Che" prisionero tiene que quemar el rollo de película ante ellos.
-Fui a la escuela -continúa el padre-. Había que limpiarla. Encontré sangre por todas partes. Encontré una bala en el suelo. Miren, está rota. La guardo como recuerdo.
Los niños, al día siguiente, volvieron a sus clases...
En la pared quedaba el recuerdo de la víspera: dos agujeros de bala, grandes como puños.

El Gobierno había prometido 50.000 pesos al que (o a los que) capturaran al "Che" Guevara, alias "Ramón", vivo o muerto.
Sin embargo, a La Higuera no llegaron más que 40.000 pesos como recompensa.
A las cinco de la tarde llegó a Vallegrande el helicóptero que transportaba al "Che". Entonces empezarían las declaraciones contradictorias.


(por Michéle Ray, 1967. Aparecido en Crisis Nº 51, Febrero 1987. ©)




Documental de las últimas horas de Ernesto Che Guevara

La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

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En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

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