13 febrero, 2017

«LA RADIO ERA UN ZAFARRANCHO»


HOY ES EL DÍA MUNDIAL DE LA RADIO
En el punto de escucha de todo el mundo, la labor imprescindible de la radio tras desastres y emergencias. 
El veinteañero Manolín Álvarez.

El testimonio que me contó Manuel Alvarez en 'Crónicas del Caribe' cuando la radio de la primera hora salía tras el rastro de las contingencias. "Manolín" fue un protagonista de su tiempo y también vivió la desgracia de primera mano. A punto de zozobrar estuvo muchas veces, pero le acompañó la voluntad y el tesón siempre. Nadie podrá contarlo como él me lo contó.

                —VI—
LA HORA DE LOS HURACANES

«HAY veranos apacibles en el Caribe que se vuelven una furia loca cuando arrecian los huracanes. Muchas veces mientras dormía tenía la presunción de que una desgracia iba a pasar. Sabía que de un momento a otro toda la maquinaria de la radio se pondría frente a las adversidades y sus secuelas. En temporadas de huracanes, toda la artillería de la radio estaba preparada para que al primer indicio diéramos un giro y las transmisiones emergentes se activaran rápidamente. 

Los huracanes llegan al Caribe como visitantes insospechados que se forman en sus aguas mansas y arrasan con todo lo que encuentran a su paso. Nadie olvida en Cuba las huellas de sus ciclones ni de sus terribles estelas. Nadie ha conocido un huracán más devastador como el que azotó a Santa Cruz, en la provincia de Camagüey, en septiembre de mil novecientos treinta y dos. Dejó sin vida a más de tres mil personas y miles de heridos y damnificados. La radio estaba siempre en primera fila como vía esencial en la reconstrucción de los pueblos al paso de las tragedias. Acercábamos voluntades en medio del deterioro humano y material que dejaban los ciclones...

Las programaciones se traducían en páginas e informativos abiertos a la esperanza. Pasó con el huracán de Santa Cruz y en el del cuarenta y cuatro después. La imagen demoledora de los ciclones hecha noticia fue la misma que vivimos tras cinco terremotos consecutivos que destruyeron una porción considerable del oriente del país. El tres de febrero de mil novecientos treinta y dos, un movimiento sísmico de 6,8 grados sacudió Santiago de Cuba, la segunda ciudad más importante de la isla, con el saldo de trece muertos y centenares de heridos. Ese día cruento, un médico armado de toda la sensibilidad humana, José Vivó, escribió a la radio y como un ángel de salvación, desde Caibarién abrió un tren de ayuda humanitaria para Santiago de Cuba. 



Todavía nos faltaba por vivir el rigor mayor de la desgracia. Y esa hora volvió entre las tres y las cuatro de la madrugada del veinte de octubre de mil novecientos veintiséis. El ojo del huracán embestía por el sur de La Habana cuando un torrente de lluvias y vientos cubrió todo el occidente y centro del país. La 6LO no dejó de emitir en toda la noche. El tándem de hombres de radio nos echamos a la calle rastreando la última hora en cualquier parte. La radio se volvió un zafarrancho. A cada minuto aconsejábamos todas las precauciones ante el rumbo previsible del ciclón y los riesgos sobre la isla. Otra vez se confirmó como excelente informador Feliciano Reinoso. 
Feliciano Reinoso en el
esplendor de su juventud.

Al caer la tarde del miércoles veinte de octubre le vi llegar por pies a la estación, bajo un aguacero torrencial, empapado hasta los huesos, pero como siempre con los apuntes de sus crónicas diarias bajo el brazo que escribía con toda la complacencia del oficio. Ese día con los ruidos de que un torrente de viento y agua había embestido por el sur desde occidente, Feliciano no pudo esconder su sagacidad delatora: 

—Intuyo que por tu expresividad estás puesto para el tema del día. le dije. 

—Sí, Manuel, preparo un reportaje con familias destrozadas por los embistes ciclónicos en los hogares de sus parientes en La Habana.

Son decenas de afectados y todos han perdido sus casas. Vi el texto y era un gancho formidable: «Desolación en el sur». Aquellas crónicas y los reportajes de las tragedias siguieron desencadenando maratones de ayuda con el gesto siempre agradecido de la radio. 

En el veintiséis, la desgracia dejó seiscientas muertes, lo mismo que pasó durante los días cruentos del huracán que en octubre del cuarenta y cuatro costó otras trescientas vidas. Todas las tragedias que he vivido quedan como episodios trágicos y siniestros que jamás se han borrado de la memoria. Están latientes también el ciclón del diecinueve que acabó con el barco Valbanera y cuatrocientos pasajeros a bordo; el huracán Toledo del veinticuatro; el torbellino que el diecinueve de marzo de mil novecientos treinta y siete sepultó en el mar la vida de los cuatro pescadores de la lancha Primavera y hasta las aciagas jornadas de mi vida en la navegación cuando me ocupaba como maquinista del remolcador de la Casa López, mis años duros en la mar… 


LA TRAGEDIA DE 'CAYO ANGUILA' 

La historia más cruenta llegó el jueves tres de enero de mil novecientos veintinueve. Ese día, el tiempo andaba loco y sobre toda la Cayería Norte se formó un cielo ennegrecido. La fuerza del viento y la soberbia de las aguas le cambiaron el curso a la vida cuando un torbellino sorprendió a cinco hombres de mar en un viaje del que nunca regresaron. 

El año había empezado con un paso económicamente muerto para la vida de muchos pescadores cubanos. Caras largas y cejijuntas les sumergían en el desconcierto. Sin importarles ciclones ni alertas, los hombres de mar siempre salían a faenar. Salieron a desafiar enero y en enero les sorprendió la desgracia, porque tres días después, el domingo seis, día de Reyes, la radio, los periódicos y todo un pueblo se volcaron en la trastienda de buscar sin esperanzas. 

La noticia del naufragio de 'La Enriqueta' estremeció a Caibarién y a toda Cuba. Una borrasca infernal sorprendió a sus hombres a la altura de Cayo Anguila, a treinta millas de la costa. Hasta ahí se supo la historia. Lo demás fue obra de la radio y de las redacciones de los periódicos en busca de una razón a la desgracia. 

Setenta y dos horas después de la tragedia todavía no dábamos crédito a la magnitud de la catástrofe. La desaparición de una tripulación entera provocó un pavor que dejaba largas pausas en las transmisiones. 

El tres de enero el cansancio y el mal tiempo se sobrepuso a los setenta y siete pescadores que a bordo de diecisiete viveros faenaban en las cercanías de Cayo Anguila. La mayoría tuvo mejor suerte y regresaron a puerto ese día muertos de miedo y de cansancio, pero los cinco tripulantes del vivero mayor 'La Enriqueta' no volvieron a ver el amanecer, no lo vieron nunca, porque esa madrugada la desgracia les tocó a ellos. Toda la dotación de la 6LO con quinientos watts de potencia que había mejorado sustancialmente la señal de transmisión fue bien poco en aquel empeño. 

En la búsqueda de los náufragos, el alcance de la emisora cubría toda la geografía central de la isla y fácilmente podía abarcar un amplio perímetro hacia la zona de pesca, pero todo fue infructuoso. En las jornadas posteriores los informes eran de incógnitas y presagios para todo un pueblo que esperaba a sus pescadores. Cuando no quedaba más espacio para el aliento sobrevino la noticia funesta: 'La Enriqueta' había sido sepultada bajo las aguas con sus cinco tripulantes a bordo. Las dieciséis tripulaciones que sí regresaron dejaron en las ondas el testimonio de un océano enfurecido. Vieron como el mar se fue rizando como si se levantara el demonio. Su hundimiento fue instantáneo, según la historia que pudo reconstruir la radio. 

Frente al timón cubierto con un cacho de lona encerada vieron por última vez a José Elías, el patrón, maniobrando desesperadamente por mantener el control de la embarcación que alojaba la desgracia en su interior. Todos fueron condenados por el mismo mar que horas antes se les abría como un remanso para su subsistencia. El tiempo que duró el torbellino, una hora tal vez, o quizás fracciones de minutos, todos habrían querido morirse instantáneamente antes que perecer en la agonía. Lo digo yo que muchas veces vi cerca la muerte en el mar. La vida de faenar del pesquero 'La Enriqueta' acabó con la tranquilidad de cinco humildes familias de Caibarién. Once niños quedaron huérfanos de padre en un solo día. Testimonios y reportajes estuvieron abordando la tragedia hasta que varios días después, los restos del barco sumergido en las profundidades del Canal del Bocoy, en las cercanías de cayo Fragoso en pleno Caribe, fueron remolcados hasta el puerto. Los cuerpos de los pescadores jamás aparecieron. Jamás reflotaron sobre el mar y solo quedaron sus nombres para recordarlos: José Elías Urbay Suárez, patrón y los marineros Roberto Urbay Escalante, José Domínguez Ruiz, Gregorio Araque Fernández y Juan Ferrer Moreno. Fueron tres días de trepidante quehacer. Con absoluta tristeza, las crónicas no hicieron más que replantear la desgracia final. Hoy confieso que tuve suerte en la mar.»

(Fragmento de «Crónicas del Caribe» / Las crónicas de la vida de Manuel Álvarez.)


11 febrero, 2017

¿Y POR QUÉ ME FUI DE CUBA?


EL DATO: ¡25,000 cubanos! que residen en Estados Unidos tienen órdenes pendientes de deportación, según cifras del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Entre ellos hay personas con cargos judiciales serios o que representan una amenaza para la seguridad nacional, y por lo tanto el ICE los considera prioritarios para deportación. Cualquiera podría estar en el pellejo de ellos. Pero HOY, el destino es más incierto aún.
¿Qué va a pasar?


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NINGUNO NACIÓ "JUDAS"

El irreparable daño del acto de emigrar


                                                              Ilustración de Ajubel
                  
Muchos se lanzaron a la odisea de la mar, a merced de su suerte, desafiando el riesgo del océano, y llegaron.

                                                                                                         

Otros, un día insospechado abandonaron todos sus cursos y la desgracia les sobrevino en tierra, hasta que se fueron.—
 Los de peor suerte, la desesperanza de un día ingrato, los sepultó para siempre en el mar.
Y nos llamaban antisociales y nos gritaban "escoria".

«Así fue como nos mataron la ilusión y acabamos desperdigados de nuestra tierra»
    
         
Jesús Díaz Loyola. 

Como empezó esta historia 

4 de enero de 1961: «Estados Unidos rompe relaciones con Cuba». La noticia dio la vuelta al mundo. Ese día, irreversiblemente Estados Unidos rompía relaciones con Cuba. La nota del drama la lanzó desde Washington el entonces presidente  Dwight D. Eisenhower. La ruptura cayó como bomba en las Naciones Unidas. El canciller cubano Raúl Roa entregó una carta al Presidente de la Asamblea General indicando que la situación entre su país y Estados Unidos se había agravado con la ruptura y el peligro de agresión a Cuba por parte de Norteamérica. 

En realidad, la decisión de Estados Unidos, obedecía a que el régimen de La Habana había ordenado la reducción de personal de la embajada, porque el presidente Fidel Castro sostenía que más del 80 por ciento de su personal, eran literales espías...

Así comenzó el culebrón del ninguneo y el sometimiento a una nación entera. Así comenzamos a padecer el síndrome de los desafectos por todas partes, y así se implicó a toda una generación, dos y hasta tres.

Así también comenzó a cobrar fuerza la era de la resistencia cubana respaldando al líder máximo como una panacea histórica, dijera lo que dijera, estuviera equivocado o no. Así pasaron los años sin que nadie le pidiera cuentas al amo, porque si algo triunfó en Cuba fue el mal sobre el bien, el odio de la adulonería encarnizada en los adeptos para alabar a Fidel, siempre a Fidel. 

Así fue como en Cuba se cimentó un modo de vida que lejos de respetar los derechos y libertades fundamentales de los hombres, se contaminó con la sumisión apestante, el espíritu obcecado, cuartelero y burocrático de los súbditos que fueron arrimándose, contagiando a toda una nación sometida al odio hacia el imperio, vejada y engañada. 

Por eso digo, que lo que no se podrá perdonar ya jamás, es que se hayan pasado toda una vida puteando al prójimo y jodiendo al compatriota, de generación en generación.

Más de medio siglo ha pasado después de las persecuciones implacables por la desviación ideológica, de las carreras de unos tras de otros para que no escucharan a The Beatles; para que no fueran a la iglesia, porque no era moralmente digno ni a fin con la causa.

Así fue como en el esplendor de mi adolescencia, los captores de la Juventud Comunista, me dieron a elegir entre dejar la iglesia o estudiar periodismo. 

Ya no digo lo de ver a mi abuela y hermanas escondiendo La Biblia bajo un periódico cada vez que se iban al culto los fines de semana. Yo no podía salir con el hijo del reverendo Nilo Domínguez​, porque era desviación ideológica y no era lo mejor para Cuba. Mucho menos entrar en la casa pastoral por mas bendito que fuera el mensaje de bien que allí recibiría de Virginia Gonzalez​ (DEP). Todos los condiscípulos de aquella generación de jóvenes cristianos, me eran prohibidos:Adrian Ramos​, Natanael Vicens​, Natanael P. Vicens​, Ramón Paradela, Pedro Julio Parrado​ y tantos otros. Y fueron las almas más buenas y nobles que he conocido nunca.

Poco a poco, en las familias cubanas se fue sembrando el sentimiento del odio, la obcecación del uno por el otro, de los dimes y diretes porque aquel no daba un paso al frente y se quedaba en casa escuchando "La Cubanísima", sintonizando la novela de las 2:00, escuchando  a "Tres Patines" o jugando a "La Bolita", absurdas razones por lo que muchos acababan ante la comisaría de la Policía. 

A mi mismo y a muchos de mi generación —cito a mi maestro Inocencio Bertoli Carvajal​, incomprendido como tantos, pero que siempre fue un consentido con las buenas causas hasta que llegó a la diáspora— nos perseguían en las noches calladas junto al Caribe cuando escuchábamos la música que no nos daban en la radio oficialista y la teníamos en la "Double" de Miami o en el 'Buenas noches América' de La Voz de los Estados Unidos.  

Todo un cúmulo de ingratas vivencias, de prácticas arriesgadas que muchas veces acababan con arrestos e imputaciones por causas injustificadas, porque en Cuba o eres fiel a la causa o eres un apátrida.

El sentimiento del rencor y los remordimientos nos arrancó el mejor esplendor de la vida. Y ahora resulta que es buena Norteamérica, cuando la vida de una generación entera echó sus esperanzas por la borda y otra ya reposa bajo la tierra.

Así fue como la Revolución perdió sustancia desde el primer día o quizá no la tuvo nunca, porque nunca hubo rumbos libertarios en Cuba, y nos resignaron a medio siglo de burocratismo absurdo con los corceles de la incompetencia asediándonos a toda hora. Así fue como nos mataron la ilusión, acabamos desperdigados, despojados de las raíces y las familias. Y no porque hayamos querido, sino porque no los impuso el deber absurdo por la causa.

Ni toda la diplomacia junta va a resolver ahora el daño que se nos hizo toda la vida, desde abuelos y padres hasta hijos y nietos. Es una marca tan cruenta como la guerra, que no se borrará nunca. 

Pero el mal ya está hecho, el mismo mal que empezó en la persecución contra la iglesia, aunque ahora hipócritamente los católicos pasen de seres discriminados y perseguidos a grupo tolerable y comprendido.

Nadie olvidará jamás en Cuba los años de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), eufemísticamente llamadas así para referirse a los campos de trabajos forzados, donde se recluían a religiosos y homosexuales, y a todo lo que olía a desafecto.

Barack Obama y Raúl Castro, dijeron en su día que el papel mediador de la iglesia ha sido vital en el deshielo, aunque los derechos y libertades mas inalienables de los ciudadanos siga siendo un tema vetado en la isla.

¿POR QUÉ AGUANTAMOS TANTO?

La diferencia básica para la vida de los cubanos es que los sueldos en los treinta primeros años del sacrilegio alcanzaban para cubrir las necesidades: la gratuidad en salud y educación, casas a precios irrisorios, la cartilla de racionamiento dando comida y hasta ropa, el transporte gratis al trabajo. Pero todo eso y un cúmulo de banales ofrecimientos fue el primer engaño. Y nos lo creíamos.

CUANDO YA ESTÁBAMOS DESQUICIADOS  

La historia de Cuba tiene dos grandes etapas: antes y después de la caída del socialismo europeo, en 1990. 

Cuando el apoyo soviético se acabó, empezó el “periodo especial”. Entonces Cuba se dio cuenta que no tenía recursos para comprar del extranjero lo que necesitaba todo un país.Y pregunto yo ¿qué hicieron sino durante 30 años de poder? 

Además de la comida, el recuerdo más ingrato que los cubanos guardamos es el de aquellos años en que agonizó la falta de jabón y hasta el detergente cuando nos lavábamos con agua sola desde cubos galvanizados y con calentadores criollos hechos de latas de leche condensada. Eran los tiempos en que por una cajetilla de tabacos se llegaron a pagar hasta 200 pesos cubanos, el salario medio de muchos cubanos ahora. Y así fue como las limitaciones fueron arreciando en Cuba. 

Cuando todo un pueblo agonizaba en las escaseces, una población entera empezó a inventar, que es el modo nacional de decir “buscarse la vida”. Por eso en Cuba hoy no se pregunta ¿cuánto ganas? sino ¿cuánto te puedes buscar?. 

TODOS QUIEREN IRSE

Cuando el odio se volvió pánico y nos llamaban antisociales y nos gritaban "escoria", el dolor fue mas fulminante y los cubanos masivamente optaron por largarse. Lo hacían desde mucho antes. Entonces llegaron los sucesos de la embajada del Perú en la Primavera de 1980 y estalló el éxodo del Mariel hasta que el régimen abrió las fronteras en los 90 propinando una bofetada a Norteamérica que no le resultó de nada. Todo el mundo quería irse. Todo el que quiso, se fue. 


Hoy casi un millón 800 mil cubanos viven en los Estados Unidos, y Cuba es el tercer grupo más numeroso de hispanos después de México y Puerto Rico. En mas de dos millones se cuenta la cifra de cubanos dispersos por todo el mundo, según el Censo americano de 2010. ¿Quién estímulo esas cifras que no se ha inventado nadie?

En Cuba, nadie sabe hacia dónde va la proa, pero todos quieren ganarle la batalla a la vida.
¿A cuánto asciende el perjuicio del desgaste y el endeudamiento de Cuba? Se lo preguntaba Carlos Alberto Montaner, analista cubano por excelencia. Según los economistas, la cifra es exactamente 116 mil 860 millones de dólares. Pero ni Montaner ni ningún cubano astuto tiene la menor idea sobre cómo una Cuba envilecida se levantará ahora. En 1959, Cuba tenía 6.000.500 habitantes, existían 38.384 fábricas, 65.872 comercios y 150.958 establecimientos agrícolas. Todo eso fue estatizado sin compensación real, provocando el súbito empobrecimiento de la sociedad cubana. ¿Algo ha cambiado hasta ahora?

Probablemente el Estado les debe a los propios cubanos 30 veces mas de lo que hoy podría ofrecerle el mundo entero

En el verano del 2014, Vladimir Putin le condonó a Cuba el 90% de una incobrable deuda rusa de 35.000 millones. El 10% restante, que tampoco cobrará, hipotéticamente se invertiría en la Isla.


AYER

Cuba ha pasado de los primeros lugares de desarrollo en América Latina a los últimos de la lista.











HOY
Cada cubano es hoy un héroe de su propia historia. Todos son protagonistas esenciales de sus días. Pero hay héroes que merecen ser recordados toda la vida. Los miles de hermanos muertos en el mar cuando asumieron la odisea en busca de la libertad. Muchos llegaron, pero otros no han podido contarlo.

En estos tiempos, son disímiles las anécdotas del pasado cruento que todos llevamos dentro. Llegan de todas partes. Desde dentro y fuera de la isla. Se difunden en las redes, en conversaciones en los cafés o en plena calle. 

LOS QUE SE FUERON


Yrasema López​ Samuell​, que ahora vive en España, recordaba que Irma Velasquez, su profesora de inglés en la secundaria, se iba para los Estados Unidos en los 80, y movilizaron a todos para un acto de repudio; "la escuela en pleno estaba allí" -dice-, pero su madre la sacó del tumulto y le dijo. "Hija, la gente es libre de vivir donde quiera". Yrasema jamás se ha olvidado de aquello y nunca más fue a una recriminación igual. 


El Chino Siverio​, que ya vive felizmente en la Florida, también recuerda ese día en que abandonó la escuela para siempre. Hoy asume con honra la huella de su pasado. "Soy un "gusano" marcado y esperaba también salir de Cuba. Y salí".


Hilda Roselloó, una de tantos periodistas cubanos que acabaron en el exilio, se acordaba de la extinta salsera Celia Cruz. Sus intentos fueron fallidos por abrazar a su madre enferma en la isla y volver a la tierra a la que tanto cantó. Celia no pudo realizar su sueño, tampoco miles de familias divididas, madres sin hijos ni esposos a su lado en los momentos de mayor agonía, ausencias que no llenarán jamás ni el oficio de una misa, ni tres veces el Papa y mucho menos Obama.


Alberto Pis​, a quien sus esbirros habrán deseado ver sepultado en el fondo del mar cuando navegaba a la deriva por Las Bahamas, felizmente tocó tierra de libertad y pudo contarlo. Su arriesgada historia es la de muchos cubanos desgraciadamente muertos en el mar.

Hoy el exilio y toda la diáspora, los cubanos dentro y fuera, recuerdan su propia historia o la de los seres queridos que no pudieron contarla. 

Testimonios y pasajes del medio siglo frustrado que se nos fue, llenan los periódicos y los telediarios. Yo no me canso de decirlo, que aún falta para el final de una era ingrata en que hemos vivido mas puteados que nadie, vejados y sometidos, aunque al idiota le parezca ahora que todo lo pasado fue el cumplimiento del deber por la causa. 

HÉROES DE LA MAR

La odisea de un hombre extraordinario: Alberto Pis narra su propia hazaña.

"LA HAZAÑA DE MIS HERMANOS MUERTOS EN LA MAR"

A todos los que zozobraron en su intento por cruzar y nunca llegaron.
           POR Jesús Díaz Loyola.

CUANDO de cruzar el estrecho de la Florida se hable, h

Hay héroes anónimos, a veces inigualables, en la gran odisea de la vida. Mientras viven, se los juega por falsas conductas. A veces se tarda siglos en juzgarlos bien. Alberto Pis es uno de ellos, pero él prefiere hablar de las mujeres, hombres y hasta niños sepultados en las profundidades en sus intentos por cruzar el océano y abrazar una vida nueva. Esos son los verdaderos héroes de la mar.

Un día insospechado planean irse, dejan atrás una vida de penurias y agonías. No les importa nada, ni debatirse con la muerte, porque para eso quieren vivir, y se lanzan a la odisea.

En Cuba se han pasado toda una vida hasta que el día menos esperado las novias se pierden, parejas formadas se rompen, familias enteras se separan. Pocos cubanos no guardan tras de si una historia cruenta en sus instintos por salir y cruzar la mar.

Voy a corroborar esta verdad con un solo nombre: Alberto Pis y el drama que supuso su odisea para salir de Cuba.

"Mi lucha estaba en no perder las esperanzas y no pensar en la muerte", es la mayor esencia de su testimonio.

El miércoles 27 de agosto de 1997 le cambió la vida. Ese día, hace ahora 16 años, se levantó con una idea fija, y Alberto fue adelante, sin importarle previsiones ni recursos, pero sobre todo, sin miedo. 

"Yo sabia que era un intento muy riesgoso, demasiadamente peligroso y difícil de lograr", narra en su relato del que ofrecemos un extracto. 

EL DRAMA DE ALBERTO PIS

«Íbamos cuatro personas a bordo de una rústica embarcación. Primero había que salir de Caibarién —un puerto del centro-norte de Cuba— Teníamos que superar el riesgo potencial que suponía  pasar frente al reflector del punto de Guardafronteras. Y lo superamos.

El estado precario de la pequeña embarcación que pudimos conseguir para marcharnos, nos exponía al peor de los riesgos. Pero a cualquier  precio había que irse, y ese día nos fuimos, jugándonos todo, a bordo de un chapín de madera vieja que hacia agua con bastante frecuencia. 

La embarcación de mi aventura no llegaba a los diez pies de largo —menos de tres metros— y los cuatro tripulantes nos amontonamos en ella. Poco a poco fuimos desafiando la mar.

En la chalupa siniestra que nos movía lentamente, no había más espacio que para la muerte. Juro que ese día llegué a pensar que me abría  al fin de mis días

En el lento avance sobre el agua, nos ayudaban dos remos de madera hechos por nosotros mismos. Una pequeña vela de sacos de harina cocidos entre si y sujetos a una vara del monte, nos servía como mástil y era todo lo que nos movía en un bote que olía a muerte. Así nos abrimos paso por las aguas mansas del Caribe con la sombra de la vela reflejándose sobre el agua a la luz de la luna.

Confieso que desde mucho antes de partir, ya era un hombre destrozado. En tierra, me despedí de mis dos hijos de nueve y quince anos. Creo que fue lo último que hice antes de abandonar la isla. La mirada de ellos, a la vez que me estremecía el alma, me daba fuerzas para partir.

Habíamos zarpado caída la noche, por el pedraplén que se prolonga desde la calle de Falero, en un rincón oscuro de la pequeña bahía de la ciudad donde nací. Eran poco mas de las nueve de la noche. Aprovechamos el horario de la telenovela y nos hicimos a la mar con el deseo de llegar en el tiempo que fuera a tierras de de libertad. Tuvimos suerte al salir, y con mucha estrategia conseguimos zafarnos de la luz detectora de los faros delatores que alumbran hacia al Caribe.

Ademas de la fuerza física que me acompañaba, llevaba conmigo una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, y un crucifijo que me llenaba de fuerza en todo momento para pensar que si habíamos salido, podíamos llegar.

Ya habíamos superado las primeras dos horas cuando pensaba que dominábamos la mar, entonces aparecieron olas enormes y comenzaron las cavilaciones y la mente a viajar por todo mi pasado.

Me acordaba de mis hijos, de mi casa y de mi gente. En tierra, cada vez que aparecía una botella de ron, acariciábamos una y mil veces le idea fija de cruzar Las Bahamas y largarnos para siempre. Ahora que era un hijo del Canal, asumía un espíritu de resignación y le soltaba una carcajada al océano. ¡Voy a llegar! ¡Lo vamos a conseguir! 

Nos tornábamos los remos cada quince o veinte minutos, conscientes de que aquella manera rudimentaria de navegar nos estaba forjando mas que la mejor escuela naval del mundo. 

No todo era la balsa o el chapin desprovisto, había que tener cojones para enfrentarse al océano. Lo que mas martillaba a bordo era la certeza casi inevitable de estar cerca de la muerte. Y la muerte la tuve encima muchas veces durante el viaje.

Cualquier cubano enfrentado a las fuertes corrientes del Canal Viejo de Bahamas, es un desafío. Nadie ha vivido peor clima de adversidad que quien atraviesa la furia de las corrientes oceánicas que baten sobre el estrecho. Ni siquiera los embistes mas cruentos de las tempestades y los ciclones que cada año azotan el Caribe se comparan con el mar embravecido de Bahamas. 

El océano es un infierno, y en el infierno nos debatíamos aquel día en una lucha constante bajo un sol tórrido, hacinados por el salitre, el embiste de las olas y la amenaza permanente de los tiburones. 

Con el peor de los presagios, mis compañeros y yo, alcanzamos el amanecer del siguiente día —jueves 28 de agosto— a la altura de Cayo La Gua. Lo que mas nos reconfortaba era vernos sanos y salvos. Ya estábamos en aguas internacionales, y como nunca antes nos sentíamos ciudadanos del mundo. Seguimos remando todo el tiempo, rumbo Norte, en una lucha constante contra el viento y las corrientes.

Teníamos por delante dos días enteros de penurias y todavía faltaba lo peor. Y lo peor llegó la misma noche del jueves 28. Dos mercantes que aparecieron en el horizonte,  se nos venían encima cuando íbamos en la misma dirección. La suerte estaba echada. Si no abandonábamos rápido el curso de la travesía,  en diez minutos más, nos tragaba el mar. 

Saque fuerza de donde no podía después de muchas horas de insomnio, sin beber ni comer. En ese instante remábamos con mas fijación que nunca, pero ninguno conseguía desviar el chapín de la dirección que le imponía la corriente arrasadora que se movía con los mercantes. Mis compañeros, que todavía no habían llorado, lloraban como niños enternecidos cuando veían que el final estaba cerca. "Un rato más y seremos hombres muertos en el océano".

Ya era inminente que los cuatro sucumbiríamos sepultados bajo las aguas cuando un golpe de suerte fortuita desvió aquellos trasatlánticos enormes que unos minutos antes parecía que nos devoraban.

Cuando ya estábamos a salvo,  los nervios me dieron por reírme, y me reí largamente mientras escrutaba en el horizonte: "Hoy has vuelto a nacer, Alberto", me decía a mi mismo y hasta aborrecía la imagen siniestra de los mercantes alejándose. 

Había llegado a un minuto de la vida en que a uno poco le importa cualquier cosa, pero tuve fe y se que fue Dios quien nos salvó esa noche del peligro potencial de las olas inmensas que dejan los trasatlánticos a su paso por el océano.

¡NOS RESCATAN!

Al mediodía del 29 de agosto después de la segunda noche en el mar, nos sentíamos hombres a salvo cuando alcanzamos las proximidades de  Cayo Anguila y de pronto uno de mis compañeros lanzó un grito despavorido:

-¡Miraaa!

No nos separaba ni un kilómetro desde que mis ojos incrustados por el salitre advirtieron la inconfundible presencia de los guardacostas. 
Los cuatro fijamos la vista en la misma dirección. Todo lo que buscábamos era el Norte, desde el primer minuto de la partida por Caibarién, dos noches atrás.

Hacía horas que ninguno nos sentíamos con fuerzas para remar. Pero se nos espabiló el alma y remamos con tanta prisa, de la misma manera que el guardacostas se dirigía a nosotros. En ese instante sólo queríamos estar a salvo. Estábamos dispuestos a ceder de cualquiera manera con tal de abandonar el mar. 

Ipso facto nos condujeron al Centro de Detención de Islas Nassau. Allí se me pasaron ocho meses de calvario, preso también de libertad hasta que una noche insospechada  de abril del noventa y ocho me soltaron en las calles de Nassau. Ocho meses después, yo seguía siendo un hombre sin luz ni sombra. No tenia adonde ir, y en medio de los infortunios, otro golpe esperanzador me salvó de dormir en la calle cuando la presencia de un amigo se ilumino por azar como si mi vida quisiera resistirse a mas desgracia.

EL PASO CRUENTO 
POR BAHAMAS

Bahamas es un campo de concentración donde mas bien se va a morir. Nadie tiene piedad en el reclusorio  de Bahamas. Es un destino sin Ley, escenario de la leyenda negra de la emigración. Allí van a parar todos los cubanos interceptados en alta mar y allí también viví el maltrato y la vejación de mis compañeros de la odisea de la mar. 

Vi de todo en Bahamas durante ocho meses de encierro que parecieron toda la eternidad. Desde golpes y hambre, corrupción y maltrato. Sobreviví de mil maneras, por mi propia cuenta, mendigando desde un jabón hasta una toalla con que asearme. Pero nunca pensé que era mejor quedarse, y seguí adelante.

Viendo torturar a mucha gente y destilando odio a toda hora, dejé aquel antro. No se que infierno es peor, si el océano o Bahamas. 

VIENDO AHOGARSE A 
TRES CUBANOS Y UNA NIÑA 

Mi desolación fue total. No recordaré otra cosa igual. Hasta yo también quería morirme. Fueron cuatro horas cruentas a la deriva en las mismas entrañas del océano, viendo como el mar se tragaba a vidas esperanzadas muy cerca de mi. Salieron y se sumergieron varias veces hasta que desaparecieron para siempre.

En un intento siniestro por llegar finalmente a Estados Unidos abandonamos Bahmas, pero el tiempo y las malas condiciones lo cambiaron todo. Un golpe de ola reventó sobre la embarcación indefensa que nos trasladaba a todos. En ese instante, todos perdimos la noción. 

En torno a mi, vi como flotaban todos mis documentos, fotos de familia, de mis hijos, amigos, en fin todo el pasado que llevaba conmigo se deshacía entre las olas y también se lo tragaba el mar. Ya solo me acompañaba el crucifijo que he llevado siempre desde que salí de Cuba. 

Por un instante oí gritos que después se acallaron. Ya yo había perdido de vista a tres hermanos cubanos incluyendo una nena de unos tres o cuatro anos. Todos sucumbieron en el naufragio. 

Volví a oír gritos y llantos. Ya casi había perdido todas mis fuerzas, pero saque de donde no podía y sosteniéndoles  a flote, ayudé a salvar la vida de dos menores por evitar que ellos también murieran como los otros inocentes que un rato antes se petrificaron en el fondo del mar.

A veces ni caía en la cuenta del naufragio que estaba viviendo, y me parecía que todo aquel panorama conmigo dentro del agua era un sueño funesto. Pero recobré la razón y  me di cuenta de que no estaba solo en el mar y que los gritos zumbaban por todas partes, de unos a otros, en una lucha incontrolada por mantenernos todos a flote. Entonces yo también grité en un acto de piedad reverente por todo lo que estaba pasando. ¡Dios mío, ten piedad!

Ya yo había perdido todo el miedo al océano y así estuve  hasta que vinieron en nuestro auxilio. Me tranquilizaba saber que yo no estaba sólo en el naufragio y que a mi alrededor otros se encontraban en iguales o peores circunstancias, aunque desgraciadamente algunos estaban muertos en el fondo del mar.

Entre Bahamas y Florida, ocho meses después de mi primera detención, en la primavera del noventa y ocho, vivi cuatro horas terribles, horrendas, que no olvidaré nunca

Durante la travesía, mil veces nací. Uno de mis compañeros vio  rondar los escualos muy cerca del chapín. En realidad, no sabía ya que era mejor, si morir sepultado en las profundidades o en la boca de un tiburón. Cualquier cosa me podía haber pasado hasta que aparecieron los guardacostas de la Florida y fui rescatado junto a un grupo numeroso que si sobrevivió, 

Cuando nos encontraron los servicios de guardacostas, yo estaba más muerto que vivo. La deshidratación y las quemaduras pudieron más que todos nosotros. Pero al fin, con vida, llegamos a las costas norteamericanas. 

KROME

Después me esperaban  cinco meses en el Centro de detención de Krome por toda la investigación abierta tras el naufragio y la razón de mis hermanos muerto. No fue hasta un año después que recibí el asilo político de las Cortés de los Estados Unidos y pude traer finalmente a mis hijos y esposa conmigo.

Pero juro con toda sinceridad  que no me arrepiento de haberlo hecho, de haber estado expuesto durante más de un año a mil vicisitudes, entre el mar y las detenciones, y en las que muchas veces tuve la muerte cerca. Por eso si volviera atrás, lo volvería a hacer, por el futuro y el bien de mis hijos, y ahora de mis nietos, sin dejar de reconocer que la ausencia de la tierra que me vio nacer es un dolor que martilla toda la vida, porque Cuba se lleva siempre en el corazón.

Todavía dieciséis años después, la gente me pregunta, la misma gente que me daba por muerto las dos veces que estuve a la deriva. Aún así, a merced de todo el riesgo que supuso mi odisea en la mar, yo no me considero un héroe. Héroe, si a caso, hay que ser para ver morir delante de ti a personas con los mismos anhelos y las mismas esperanzas. Héroes son mis hermanos muertos en la mar.

EL AUTOR

Esta es solo la historia breve de Alberto Pis García, un hombre extraordinario. Su odisea es la de cientos de cubanos, miles tal vez, que han preferido enfrentar el desafío del océano antes que permanecer en su tierra, porque no les dejaron vivir.

Es así el por qué muchos protagonistas que salieron a buscar otra vida un día, vieron truncadas sus esperanzas a mitad del camino. Salieron decididos y aferrados, sin importarles que lo más seguro que tenían era encontrar la muerte en el mar. 

Por eso, digo yo que son estos los verdaderos héroes, y lo corrobora Alberto Pis. Muchos alcanzan su sueño; otros, desgraciadamente, sucumben en el intento. No se sus nombres. No hace falta. Hoy los evoco desde esta crónica, aunque ahora sólo queden sus nombres para recordarlos. La vida fue ingrata con ellos. Salieron un día en busca de la felicidad y acabaron siendo unos invitados de la muerte.

LAS FOTOS

Dos momentos en dos tiempos: Alberto Pis durante los años 80 cuando amansaba su idea, y hoy, 16 años después, gozándose de la libertad que procuró toda una vida. Los tiburones no pudieron con él, y ahora Alberto es un lobo de mar.




La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

@trio press-foro de noticias es una plaza pública en la red, un epicentro de atención cultural e invitación constante al foro libre.

El atrio triunfó en Roma tal como el ágora en Grecia como punto de encuentro y opinión tras la caída de la civilización micénica en el siglo VIII (Antes de Cristo). Hasta nuestros días, la más famosa, el Ágora de Atenas, es la única belleza arquitectónica de la Antigua Grecia que conserva, al menos, su techo original. Y allí, como marcándole el paso del tiempo está al aire libre el extenso corredor, el atrio, que se disipa al Ágora de Atenas.

En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

Esto es @trio press el espacio donde invitamos a contar la historia, la de este mundo y que, a veces, pasa inadvertida. Contáctenos y cuéntenos lo que quiera en Atrio Press, el foro de noticias. Nosotros lo diremos tal como nos lo cuenten. Bienvenido a @trio press.

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