23 marzo, 2017

ANA VALDÉS-MIRANDA: UNA ARQUITECTA REAL DE LA PINTURA

▪️La pintora cubana-española echa mañana el cierre a su última exposición en Madrid.

Un cuadro imponente: "Praga en vertical"

UNA GEÓMETRA CONSUMADA DEL CUBISMO

El cubismo en la obra pictórica de Ana Valdés-Miranda
Su serie "Habana", un viaje nostálgico y melancólico por las fisonomías de sus raíces cubanas.

La más reciente imagen de la cubana-española, Ana Valdés-Miranda, en Madrid.

🖌El cubismo representa la ruptura clara y definitiva con la pintura tradicional. El particular estilo de Ana Valdés-Miranda, pintora cubana-española afincada en Madrid, es la clara confirmación del cubismo que se mueve en sus manos, porque como de ella dijeron en la exposición que concluye mañana en la capital española, "Ana es una arquitecta real de la pintura." 

Durante tres semanas, Ana Valdés ha compartido la muestra 'Encuentro' en la galería Ulmacarisa de Madrid, junto a la artista alemana Sigrid Acker. 
Pero antes lo hizo en los espacios de Unus, en el madrileño barrio de Arturo Soria. De manera que la vida de Ana se mueve en un constante avatar entre la pintura y la música, su otra cualidad artística, además de su labor pedagógica en diferentes Centros Culturales del país.

La pintora alemana Sigrid Acker (abajo izquierda) conversa con Ana Valdés-Miranda.
Su paso por dos escenarios de Madrid
 en los últimos meses, la confirma como el referente que ya es dentro del cubismo contemporáneo. Basta con atender solo a la vitalidad de la obra que la artista llevó al breve espacio de la galería Ulmacarisa, en el 26 de José Abascal. 

En el conjunto de más de una decena de cuadros, resplandece el cubismo en cualquiera de sus obras enmarcadas en el estilo pictórico que brotó a principios del siglo XX.


"Praga en vertical" o "Praga en horizontal" (en la foto), la interpretación con la técnica del acrílico que Ana hace de uno de los viajes más memorables de su vida, son dos de las obras que atrapan al visitante en la exposición de Ulmacarisa, como lo son también los cuatro cuadros de la serie "Habana", un viaje nostálgico y melancólico por las fisonomías de sus raíces cubanas y todo su pasado. 

La Habana la pinta con el dramatismo de una ciudad sumergida. Una Habana contaminada. Una Habana en ruinas, pero que Ana la hace bella.

El estilo estructural de Ana Valdés-Miranda dentro de la arquitectura lineal, confirma su fijación artística en el marco de una modernidad estilística que tiene su antecedente en el movimiento cubista que abrieron Picasso y Braque como parte del movimiento pictórico de los albores del siglo XX. 

ANA PINTA COMO CANTA

Ana pinta oyendo música, una cualidad particular en ella. He tenido el privilegio de asistir a la sensación placentera que provoca escucharle cantar. Su voz es maravillosa y su canto, penetrante; pero confieso que con la misma pasión con que vocaliza un bolero o un danzón, Ana pone todo el empeño frente al caballete y  crea sus cuadros con una armonía pincelada como si de sus manos salieran poemas sin palabras, lo que me lleva a concluir que esta artista engendrada en Cuba, canta como pinta y pinta como canta. 

La exposición que dice adiós mañana y en la que han sido reunidas solo algunas de sus mejores obras, justifica en toda su dimensión el cubismo en la obra pictórica de Ana Valdés, impregnado del tratamiento vivaz de su colorido, de un gran manejo de la geometría y de las técnicas de la superposición de formas planas que predomina en sus paisajes. 

Ya en la antesala de la exposición que ha mantenido durante todo el mes de marzo en Ulmacarisa, la escritora, periodista y crítica de arte, Julia Sáez Angulo, definió su pintura como una expresión escultural en una arquitectura lineal y elogió su "trazado preciso con estética y romanticismo".  
La escritora, periodista y crítica de arte, Julia Sáez Angulo (izquierda) dijo sobre Ana Valdés-Miranda (derecha): Tiene "un trazado preciso con estética y romanticismo".  

Ana Valdés-Miranda ha  compartido protagonismo en esta muestra llamada 'Encuentro' con la pintora alemana Sigrid Acker, y que ha sido más bien un viaje entre el cubismo que a Valdés-Miranda le brotó al borde del Caribe y el arte proliferante del retrato europeo de la mano cuidada de Sigrid Acker.
Dos estupendos retratos de Sigrid Acker: "Mujer con botella" y "Fugitivas".

En su casa-taller de Madrid, todo el horizonte creativo de Ana Valdés-Miranda se mueve a base de acrílicos sobre lienzo y lienzo tabla, porque es donde más le gusta desarrollar su técnica, en "bases sólidas como la madera", dice.

Hay algo positivamente repetitivo en Ana, y es su tendencia al azul. En casi toda su obra es un color que prevalece, porque sencillamente así se siente feliz y es un referente irreprochable de su identidad y todo su pasado. Así ocurre con la serie "Habana" y con la "Noche azul" que consigue en el acueducto de Segovia, ciudad donde Ana recibió los primeros impactos de las fisonomías españolas que han ido llenando su obra. 

En el cuadro del Acueducto segoviano, la pintora cubana-española hace derroche del azul marino  de su infancia habanera. El azul resalta y da luz en su interpretación del acueducto romano del Siglo II. Sobre el cielo de su arquería y tras de si, explaya magistralmente el azul que contrasta con el paisaje del entorno de la monumental obra. Es lo mismo que le sucede con los tejados , cielos y fachadas en sus lienzos de La Habana. 

El día de su homenaje en la Tertulia Peñaltar de las Artes, le preguntaron:
 —Si tuviera que salvar un color de su paleta, ¿cuál elegiría? Ana respondió sin reparo que el azul. El azul de su isla y de sus viajes por ciudades como Praga, la isla veneciana de Burano, y españolas como Girona, Segovia, "una ciudad mágica" -como la define; también de sus años en Ponferrada y, sobre todo, Madrid, su segunda patria chica.

Ana Valdés-Miranda desarrolla el cubismo con una maestría del dominio de su técnica del acrílico con el óleo sobre lienzo o madera y consigue paisajes y tonalidades formidables como  se observa también en "La Transparencia de los peces". 

Hay otra relevancia en la pintura de Ana Valdés, y es que sus obras enmarcadas en el movimiento cubista no quedan en el simple escenario de los paisajes y las fisonomías de sus entornos. No quedan en el contexto de una naturaleza muda, porque Ana recrea los ambientes de sus objetivos, y con el dominio sobre el color y los elementos de su línea pictórica lleva luz y vida a sus cuadros. 

Hay una obra suya que a mi, particularmente me cautivó: "Gitana de Luto". Si bien no está incluido en la exposición, explaya en ella todo su dominio sobre el retrato. Es una interpretación nostálgica de los estados de una mujer como lo son sus logrados desnudos —tampoco en la Exposición– pero que encierran alegorías extraordinarias de figuras femeninas dibujadas casi de cuerpo entero y de las que impresionan la interpretación con cierta desproporción que consigue en su acabado. 

Lo que refuerza la amplia obra de Ana Valdés-Miranda es su constante desandar con la influencia del cubismo en una línea que la artista viene desarrollando en sus exposiciones por toda la geografía española desde hace mas de 20 años, cuando aterrizó en Madrid con el título para ella más amado  de graduada de Bellas Artes en la Academia San Alejandro de La Habana, impregnada de toda la sabiduría que le dieron importantes pintores cubanos como Flora Fong, Nelson Domínguez, Antonio Alejo (DEP), José Fowler y Juan Moreira.

De Ana Valdés-Miranda se pueden decir muchas cosas, pero nada mejor como la definió Evelio Domínguez, un extinto artista costumbrista cubano, amigo del alma y del oficio, quien la llamó "pintora de la canción o la voz de la pintura"

Es, precisamente, la linealidad en la mayoría de sus obras, el manejo de la geometría y de la superposición de formas planas, las características esenciales que emanan de los cuadros de Valdés-Miranda, y que hasta este viernes pueden ser visitados en la muestra 'Encuentro' de Ulmacarisa para comprender mejor los elementos imprescindibles del cubismo que destacan y prevalecen en cualquiera de sus cuadros.

Dije al principio que el particular estilo de Ana Valdés-Miranda es la clara confirmación del cubismo que se mueve en sus manos, porque como de ella dijeron, Ana es una arquitecta real de la pintura. Pero Ana es algo más, es una “geómetra consumada de su estilo” cuando en cualquier obra suya las arquitecturas de las fisonomías más diversas adquieren formas y colores.

14 marzo, 2017

Con tu implacable lápiz rojo

A PROPÓSITO DEL 14 MARZO: DÍA DE LA PRENSA CUBANA 

Con el ímpetu de un colega inolvidable en la memoria, Jorge García Sosa, me voy a reiterar en esta crónica, hoy Día de la Prensa Cubana, y recordar con él la redacción de Vanguardia de nuestro tiempo en aquel desvelo impenitente por currarnos la noticia de cada día. Gracias, Jorge por toda la sabía que nos inculcaste. 


  A Jorge García Sosa.

Con tu implacable lápiz rojo

Por Jesús Díaz Loyola.

Te lo dije la última vez que nos encontramos en Santa Clara: "He añorado siempre que volviéramos a ser la redacción de «Vanguardia» que una vez fuimos".


El testimonio más elocuente que guardo de Jorge García Sosa (Santa Clara, 1951—2013) es el de los años 80, los del gran fogueo del periodismo provinciano cuando rastreábamos la noticia palmo a palmo, sin importarnos límites ni tiempo.

Como jefe de información entonces, con tu implacable lápiz rojo, limpiabas de hojarascas y textos floripondios, las crónicas certeras que volcábamos en las gacetillas de cada día. Así nos impregnabas el aire nuevo. Por eso estuviste en la cúspide y lideraste aquel tándem de hacedores de la noticia cuando el periódico era un hervidero, un verdadero zafarrancho en el desvelo por la exclusiva de cada día. 

Después, como diseñador, nutriste de ideas nuevas el lenguaje de los formatos de las páginas que llenábamos con el día a día.

Jorge era alérgico a los actos y al reunionismo. Durante sus más de 30 años de ejercicio, la perspicacia por la novedad le había gobernado siempre en la esencial divisa de que el periodismo es para los demás, y no para uno mismo. Por eso nos concienciaba que detrás de un acto y una reunión había otra noticia mejor.

TRES DÉCADAS FECUNDAS

En el momento de su muerte, ocurrida el domingo 1 de diciembre de 2013, Jorge ocupaba el sillón de jefe de redacción en 
«Vanguardia» y dejaba tras de sí, tres décadas de ejercicio fecundo en la redacción del periódico que lo amamantó toda la vida desde que terminó sus estudios en la Universidad de La Habana.

En los años 80, todavía en la época en que «Vanguardia» se imprimía en la rotativa que tenía en la misma redacción actual de Céspedes y Plácido, por un golpe de suerte, pasé a integrar la plantilla de reporteros del diario después de tres años destinado en el Gobierno provincial de Villa Clara.

Aquel salto me permitió conocer mejor las dimensiones de un Jorge García, a quien ya admiraba como un "as de la redacción". La burocracia administrativa que había dejado atrás, no perdonaba que primero fuéramos periodistas y después portavoces. 

En esa manera de decir las cosas como son, tuvo mucho que ver la suspicacia de Jorge García, que cada día nos volcaba en una batalla permanente por poner sobre el tapete los problemas más acuciantes de la vida. Fue así como llegué a intimar con él, en sus tiempos memorables como jefe de información de 
«Vanguardia». En realidad, fue él y no otro, quien me propuso que me fuera a trabajar en el periódico y le sacara partido a mi entonces naciente vocación.

Y hasta lo dudó en algún momento: “Mejor te quedas en el Poder Popular, porque entonces quien nos va a sorprender a la hora del cierre cada día, diciendo: ¡Traigo un 'palo', un notición!“.

Hay una exclusiva que puedo considerar el mayor bombazo informativo que haya metido durante mis años en «Vanguardia» a la vera del ímpetu certero de García Sosa, y ese fue el reportaje denuncia a la pasividad burocrática que lastraba la ejecución de la fábrica de traviesas de Santa Clara, un tema que levantó polémica y revolucionó el espíritu constructivo de una obra que cuando la denunciamos en "Vanguardia" era como un mamut fosilizado que lastraba el desarrollo de la provincia.

De ahí salió el reportaje titulado: "Fabrica de traviesas: Un elefante blanco dormido". 
—Salió como un tiro", me dijo ese día cuando manoseábamos la plana ya impresa que fue un 'boom' que agotó bien temprano la edición en los Kioskos.

En ello, no sólo tuvo que ver Jorge, que ya era brillante emplanando las páginas del diario; también fue determinante la rienda abierta que nos daba otro as de la noticia: Ifrain Sacerio Guardado, el jefe de información que sucedió a García y que desafortunadamente también sucumbió.

Ifrain Sacerio Guardado.

Jorge y Sacerio fueron dos nombres, dos identidades de una época de «Vanguardia», que se convirtieron en los mejores confidentes de las investigaciones que una batería de reporteros tenaces llevábamos adelante cada día en el afán por revelar lo bueno y lo malo.

Pero no siempre todo se publicaba. Tanto Jorge como Sacerio se habrán llevado a la tumba muchas  historias no contadas de esa dinámica a veces infructuosa cuando a ellos tocaba la triste determinación de anunciarnos la no publicación de muchas cosas. Fue lo que me pasó con el Secuestro de Agustín García Fernandez, un pescador del puerto de Isabela de Sagua, que vivió mil desventuras en el estado norteamericano de la Florida, y aún cuando regresó, no pudo ser héroe en su tierra. Eso nunca se publicó, y no precisamente obedeció a una determinación de Jorge o Ifrain.
'El Secuestro de Agustín' se fue a la basura, pero me quedó el aliento certero de dos maestros de mi tiempo y de mi oficio. Al menos, de aquellos batacazos quedaba la sólida enseñanza que en buena lid me inculcaron Jorge y Sacerio. "¡Tú, sigue así!", me decían premiando mi afán, aunque los reportajes cocinados durante días enteros en las máquinas de escribir, a veces fueran a parar a la papelera, porque sencillamente "no ayudaban".

Así fue como yo comencé a ver un periodismo que cada día perdía más sustancia —lo veían todos— y se quedaba más rezagado, en medio de historias estremecedoras que la indolencia burocrática rechazaba ajena a toda la voluntad de mis colegas.

A pesar de ello, la dinámica que me impregnaron mis años provincianos en «Vanguardia», sirvió para que todos creciéramos periodistas ejercidos y curtidos. Muchos como yo, llegaron en los 80, recién graduados e imberbes todavía, pero con el mayor empeño puesto en publicar.  Así se nos acabó de estirar el cuerpo, arropados en el desvelo de nombres como el de Ifrain Sacerio Guardado y el mismísimo Jorge García Sosa, aunque ya sólo queden sus nombres para recordarlos.

El periódico era la mejor escuela de periodismo, pero en realidad, la escuela era Jorge García siempre que empuñaba el lápiz rojo sobre las cuartillas de los reporteros que escribíamos la crónica del siguiente día.


En la plenitud de los 80, cuando empezábamos a trajinar sobre la máquina de escribir y las grabadoras de bovinas que cobraban vida en las redacciones.
Tanto Jorge como Sacerio, tuvieron la audacia de curtirnos a muchos noveles periodistas cuando «Vanguardia» era un corrillo de corresponsales y reporteros, el diario que daba en la diana de la noticia cada día. 

09 marzo, 2017

CUBA: ¡TREMENDA CHUSMERÍA, CABALLEROS!

¡“Reagan tiene saya; nosotros pantalones, que tenemos un comandante que le roncan los co…..!” (Consigna revolucionaria popularizada por el excanciller cubano Felipe Pérez Roque, en sus tiempos de líder estudiantil)
LA CHUSMERÍA, HIJA BASTARDA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA
▪️Miriam Celaya
La Habana despierta temprano y antes de las 8:00 am es un hervidero de voces y movimiento. Trepidan los viejos autos y ómnibus por la ciudad, la gente se aglomera en las paradas y en los contenes, bulle la nueva jornada de supervivencia. Apenas a una cuadra de la céntrica avenida de Carlos III, decenas de adolescentes se apiñan en los alrededores de la secundaria básica “Protesta de Baraguá” dilatando todo lo posible el momento de entrar al matutino. Con independencia de géneros, vivaces, altaneros, irreverentes, casi todos hablan en voz muy alta, gesticulan, gritan de unos grupos a otros, de una a otra acera.
Una estudiante pulcramente vestida y bellamente peinada, se empina sobre sus pies mientras se coloca las manos a ambos lados de la boca, a manera de bocina:
—¡Dayáááán… Dayáááán! ¡Oye mi’jo, no te hagas el loco… Contigo mismo es, ¿qué bolá, qué p…. te pasa?!
El interpelado, a media cuadra de distancia, se vuelve hacia la muchacha y echa a reír:
—¡¿Eh, Carla, ¿cuál e’?, ¿se te pegó el picadillo?, ¿Yandi no te quita la picazón y te hace falta que yo te “arrasque”?!
—¡Ayyyy, papi, ya quisieras. Tú no tienes pa´ eso!
El breve diálogo va acompañado de una gestualidad exagerada, procaz.
Dayán se acerca y ambos se saludan con un amigable beso y mucho manoseo. Se integran a un grupo cercano de condiscípulos que parlotean entre sí. Cada tanto, las palabras fuertes vuelan, como los gorriones matinales de los árboles cercanos. Observo atenta el panorama general. El saludo entre estos jóvenes puede ser una nalgada, un beso o una frase gruesa digna de una taberna de bucaneros, dicha con la naturalidad que imprime la costumbre.
Me acerco al grupo y me identifico como reportera. Quiero hacerles unas preguntas rápidas y sencillas antes de que tengan que traspasar la cerca de entrada de la escuela, les aclaro que no necesito nombres, que no los voy a grabar y que no les haré fotos si no lo desean. Algunos se alejan un poco, por si acaso, pero quedan lo suficientemente cerca como para escucharlo todo. Ninguno quiso ser fotografiado.
¿Dónde aprendieron a expresarte así?, ¿sus mayores se lo permiten en casa y los maestros en la escuela?, ¿han crecido en un medio familiar violento?, ¿qué entenderían ustedes como groserías, o “malas palabras”?, ¿cómo definirían el lenguaje que utilizan?, ¿en alguno de sus libros de literatura o lengua española encuentran ese vocabulario?
Tras algunos titubeos, es el propio Dayán quien rompe el hielo. “Na’, mi tía, normal. Todo el mundo habla así y todo el mundo sabe lo que quieren decir esas palabras. En la casa hay que tener cuidado porque los padres se ponen muñecones si uno dice muchas malas palabras; pero ellos sí las dicen como si ná. Los maestros casi nunca se meten en eso. Eso no tiene nada de malo. Mire, en mi casa no hay violencia de esa. A mí  nunca me han dado golpe. Bueno, algún pescozón cuando era chiquito y hacía algo malo, pero ‘normal’, como a todo el mundo”.
Enseguida los demás se atropellan para decir y opinar, interrumpiéndose unos a otros. Todos coinciden en que lo que pasa es que en “mi época” no se hablaba así porque había mucho atraso, menos libertad, pero “eso era antes”. Decir palabrotas ahora es “normal”, (todo un adelanto, diríase). Es verdad que en sus libros no hay ese vocabulario, pero los libros son una cosa y la vida real otra; lo mismo pasa, por ejemplo, en la televisión. Indago un poco más y descubro que ninguno de ellos se ha leído jamás una novela. Menos aún conocen de poesía. En resumen, la vulgaridad no es tal para ellos, sino que las expresiones más ordinarias son la norma.
El timbre de la escuela avisa que va a empezar el matutino y los muchachos se empujan para entrar mientras ríen divertidos. Yo soy, obviamente, una “temba chea”, una especie de anacronismo pasajero de ese día. Algunos, muy pocos, se despiden de mí antes de darme la espalda y alejarse.
Pero así como no todos los jóvenes son vulgares, tampoco todos los vulgares son jóvenes. La epidemia de grosería, que se ha tornado endémica, no es un fenómeno generacional sino sistémico.
Por la tarde salgo a la avenida cercana y bordeo el portal lateral del Mercado de Carlos III, por la calle Árbol Seco, donde diariamente los taxistas se agrupan para sus cotilleos entre un cliente y otro. En la ventanita de ventas toman café o se compran alguna bebida para refrescar las abusadas gargantas. A cada momento las groserías salpican las charlas, en especial en las amigables discusiones a toda voz sobre la serie nacional de béisbol o sobre los precios de los automóviles, cuya venta recién comenzó por el Estado. La adolescencia ha quedado muy atrás entre ellos; muchos peinan canas y otros ya no conservan siquiera canas que peinar.
Le pregunto a un parqueador septuagenario que cubre el área si esos habituales del portal siempre dicen palabrotas tan gruesas o es solo por la emoción del momento. “Eso es normal aquí. Siempre dicen malas palabras, aunque haya cerca mujeres y niños. Ya no hay respeto. Y si les dices algo es peor, así que mejor quédate calladita la boca”.  Le aclaro que no pienso decirles nada.
En realidad, si fuera a reprender a todos los que se expresan con groserías tendría que pasar cada día completo regañando y hubiese recibido más de un gaznatón. En Cuba, hoy por hoy, la corrección de las maneras y del lenguaje se consideran una gazmoñería injustificable: impera el aserismo. Pero, ¿cómo y cuándo comenzó todo?
¡Asere, ¿qué bolá?!
Cierto que siempre han existido personas ordinarias y mal educadas, solo que en la actualidad la grosería ha invadido la sociedad cubana, al punto que ya no es posible sustraerse de ella. A contrapelo del discurso oficial que pregona sobre la instrucción y cultura de este pueblo, la vulgaridad –como forma particular de violencia– parece haber llegado para quedarse entre nosotros. Desde las palabrotas más gruesas hasta la impudicia masculinísima de orinar en la vía pública y a plena luz del día, la cotidianidad es cada vez más agresiva.
Si fuésemos a explicar la historia del imperio de la vulgaridad en la Isla utilizando algunos de los vocablos prosaicos que se han ido incorporando al habla cotidiana en diferentes épocas de estos 55 años a partir del igualitarismo ramplón impuesto como política de estado, probablemente solo un cubano crecido en este ambiente podría entender algo del léxico. Quizás el recuento podría sintetizarse así, y perdonen los lectores, solo pretendo ilustrar el caso:
En un principio fue un asere, que asaltó un cuartel con un grupo de ecobios, aunque él salió en pira cuando empezó la balacera. Aquello se puso malito y falto’e frío y los que se salvaron fueron pa’l tanque. Pero como eran unos locotes pinguses, al final ellos y otros moninas que se les pegaron por el camino cogieron el mazo aquí, por sus cojones, le dieron el bueno envenena’o a Batista, que era un punto, y ahí empezó la burumba esta. Se acabaron la fineza y la blandenguería, que aquí todo el mundo es la misma salsa, así que al que le pique que se arrasque, y si no, “tunturuntun”, ¡qué bolá!, ¡y quimba pa’ que suene! ¿Cuál e’?

La generalización del mal hablar y la pérdida de las buenas maneras es ya un rasgo distintivo de la sociedad cubana de estos tiempos, al punto que el propio general-presidente, Castro II, ha manifestado públicamente su alarma por tanta chabacanería. La vulgaridad social, esa suerte de hija bastarda que ahora el régimen se niega a reconocer como propia, ha traspasado los límites del populacho y ha llegado a los umbrales sagrados de sus padres. Y los asusta. ¿Qué tal si un día tanta ordinariez descontrolada se convierte en violencia contra el trono?
Los diligentes pregoneros, por su parte, han respondido de inmediato al silbato del amo. Lenguaje, ¿Las buenas formas se fueron de viaje?, es un artículo donde la periodista oficial María Elena Balán Sainz, tras lamentarse de las malas formas del habla y de los modales que rigen actualmente en Cuba, en especial entre los más jóvenes, se adentra en un análisis sobre el origen del español hablado en la Isla y su parentesco léxico con otros países de la región, sobre la teoría evolucionista del lenguaje, su importancia en la comunicación humana y de su cuidado, por lo que insiste en que “Aunque aparentemente caiga en saco roto, no podemos dejar la batalla por el uso correcto de nuestra lengua, aunque existan tendencias marcadas en los últimos tiempos al lenguaje popular chabacano, en ocasiones con ingredientes vulgares.”
No pudo sustraerse ella misma a los lugares comunes que en Cuba hacen de cada cuestión una “batalla” y donde toda “estrategia oficial” naufraga en estériles campañas, aunque hay que reconocer las buenas intenciones de su artículo. Sin embargo, de su texto parece inferirse que la chabacanería y la vulgaridad surgieron súbita y espontáneamente entre nosotros, sin motivo ni razón alguna, con la misma naturalidad que si fuesen hongos sobre heces de animales en un potrero. Balán Sainz no menciona ni una sola vez la rusticidad soez de las consignas revolucionarias, las palabrotas de los mítines de repudio, la vulgaridad de agredir y golpear a los que no piensan como indica el credo verde olivo, la grosería estimulada y arropada desde el poder para tratar de anular moralmente al diferente.
Aquellas aguas trajeron estos lodos…
Utilizando ahora mis propias palabras para el recuento, diría que en un principio fue la violencia de una revolución social que alcanzó el poder por las armas; que expropió; que expulsó; que sembró las exclusiones por cuestiones políticas, de credo religioso, de preferencias sexuales; que impuso el igualitarismo, condenó las tradiciones, separó a los hijos del hogar de sus padres para adoctrinarlos, fracturó las familias, condenó la prosperidad, secuestró las libertades, sofocó las capacidades creativas y la independencia de los individuos, estandarizó la pobreza,  empujó a una emigración infinita que nos asuela y mutila. No puedo imaginar mayor vulgaridad.
Ahora, cuando ya Cuba parece una tierra arrasada, su economía arruinada y los valores extraviados entre las viejas consignas y las constantes decepciones, el régimen se perturba por la grosería y pobreza del lenguaje, que avanzan proporcionalmente con la crisis general del sistema.
Pero en algo tiene razón Balán Sainz, cuando nos recuerda que el léxico es reflejo de la realidad social. A un país empobrecido donde cada día se palpan con mayor acento la frustración, las precariedades de la supervivencia y la tendencia a la violencia, le corresponde un lenguaje pobre, vulgar y violento. Es parte del daño antropológico, tan magistralmente definido por Dagoberto Valdés.
¿Habrá soluciones? Por supuesto, pero tampoco serán espontáneas. Solo el final de la grosera dictadura castrista podría marcar el principio del fin del aserismo en Cuba.

26 febrero, 2017

CAIBARIÉN: EL PARAÍSO PERDIDO

Con fotos de José Armando Ocampo, Flores Chaviano, 
Iván Cañas y Archivos.

Este es la olvidada ciudad cubana que el tiempo y la insolencia han ido borrando.
¿Qué ha pasado con uno de los puertos claves del interior del país?

🔴CAIBARIÉN HOY

⚫️ CAIBARIÉN EN EL PRELUDIO 
   DEL SIGLO XX

Trayecto entre La Habana y Caibarién, línea que cubría el célebre tren 50.

🔵 Caibarién es una pequeña ciudad portuaria con una superficie de 425 mil kilómetros cuadrados que no llega a los 50 mil habitantes, al norte de la provincia cubana de Villa Clara, 340 kilómetros al este de La Habana. 

Caibarién llegó a ser uno de los principales puertos cubanos de la primera mitad del siglo XX, y desde mucho antes un pedazo de tierra maravillosa en la costa del Mar Caribe.

▪️Historia real de una ciudad que se deshace en ruinas sobre las que su gente baila, mientras se pudre y se derrumba. 

UNA CIUDAD QUE ENVILECE 

HACE más de 40 años, cuando parecía que con la Revolución todo iba a ser posible, Iván Cañas, fotógrafo cubano que tuvo una vigencia vital en los diarios y revistas más importantes de la isla cuando corría tras el olor del guarapo y el herrumbre de los trenes, en 1969 se encontró con la otra imagen real en la zona de los almacenes del puerto de la célebre Villa Blanca, y ya admitía: "¡El peso del socialismo!".
Feliciano Reinoso.

A mi me lo contó después el viejo Feliciano Reinoso, que acompañó a Iván en aquel recorrido y era, como nadie, un apasionado de la historia y de su pueblo cuando el país ya notaba los impactos de su maltrecho camino viendo deshacerse  fisonomías y mal atendiendo la conservación de pueblos y ciudades enteras a lo largo de la isla.

Fue lo que pasó con toda la barriada marítima de Caibarién, uno de los puertos claves del interior país, lo que sucedió con Pelaéz, Pirez y Cía (después ICRM), con hoteles majestuosos como El Comercio, con espectaculares edificios bancarios, con los tres teatros de la ciudad, de los que ya apenas queda el rastro para contarlo. En fin, es lo que ha pasado con la morfología urbana de una monumental ciudad junto al mar que se va reduciendo a ruinas, se pudre y se derrumba, sin que nadie haga nada por  rescatarla del olvido, mientras se muere lentamente con esa carga tardía de los últimos jirones del tiempo español.

El Gran Hotel Comercio en sus tiempos de máximo esplendor a principios del siglo XX.
Por el hotel Comercio pasaron celebridades de todo el mundo. Allí se alojó el poeta español Federico García Lorca durante su visita a la ciudad en 1930.

El Gran Hotel Comercio, hoy reducido a ruinas. Esta y otras imágenes del deplorable estado de la ciudad, las tomó para la historia, el fotógrafo caibarienense José Armando Ocampo. Abajo, el edificio de Pelaéz, Pirez y Cía (después ICRM), una sucursal del National City Bank de New York y vistoso teatro Atenas. Ninguno existe.
ICRM
Sucursal en Caibarién del National City Bank de New York.

Teatro Atenas. 
Los arquitectos que desde más de un siglo atrás le dieron vida y cuerpo a Caibarién, concibieron una ciudad con la arquitectura de espléndidos edificios, como todo el hilo de almacenes y terminales de embarque que se alargaban desde la costa y se mojaban en el Caribe. Ya no queda prácticamente nada en pie.

Edificios clásicos como el hotel Comercio; cuarteles, fábricas y tiendas dispersas por toda la villa, escuelas emblemáticas, factorías pesqueras, clubes sociales como la Colonia española o la sociedad china, que en sus mejores tiempos fueron centros de expansión colonial cuando la ciudad tenía otro esplendor y la nutrían peninsulares e inversores de medio mundo, todos han desaparecido de la faz de la geografía insular.
Del chalet de los Arcos Bergnes (después cooperativa de pesca) ya solo queda su nombre. El tiempo y la falta de cuidado, lo deshizo para siempre.
El célebre colegio de los hermanos Maristas en el siglo pasado. 


El Centro de Caibarién a mediados del siglo pasado, con el edificio que es actual sede del gobierno a la izquierda (antiguo Cuerpo de Bomberos) y la Colonia Española al fondo.
Uno de los almacenes que regentaba Miguel López y Cía. en la zona industrial del puerto.

La antigua zona de los almacenes, próxima al litoral. Allí, el asturiano Manuel Álvarez, emigrante a la isla en 1905, acopió los primeros artilugios que le permitieron llevar adelante la inversión de la radio: «No muy lejos de la casa donde vivía en Caibarién encontré un viejo almacén que alimentó la pasión de mi vida. Un influyente negocio local en el campo de la electrónica, Hermanos Pita, era entonces un cementerio de artilugios y cachivaches donde abundaban componentes rudimentarios de radiotelegrafía que ya llevaban la patente de Marconi."

«Desde este lugar trasmitió en 1917 Manolín Álvarez las primeras señales de radio de Cuba», acredita una placa del oficial Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) en la casa de Céspedes, 7, actualmente en deplorable estado de conservación.

Vista de Padre Varela (calle 10), una de las calles de la ciudad en sus años de esplendor a principios del siglo XX.

Fundada el 26 de octubre de 1832 por Don Narciso de Justa, a finales del siglo XIX la estructura urbana de la ciudad estaba ya muy avanzada en sus calles, parques, plazas y edificios principales. Ofrecía un trazado consolidado y todas las dotaciones necesarias, siguiendo el estilo arquitectónico de la época. 

En Caibarién se reconocen líneas marítimas que iban y venían de Norteamérica y por todo el Caribe como una estilo distintivo de una ciudad que principiando el siglo XX lucía la traza sobria de la arquitectura clásica, tradicional en las ciudades de costa con un tratamiento estilizado y geométrico, en muchos casos típico del art decó.
La casa de otro histórico del pueblo, Tirso Ferrer, frente al parque en el edificio que es hoy sede de la emisora CMHS La Voz de la Villa Blanca.
La primera iglesia Bautista de Caibarién con un tratamiento también estilizado. Su fachada poligonal segmentada le da un toque cubista.


El hospital de Caibarién a mediados del siglo pasado. 
Un chalet de Punta Brava con estilo y  características del art decó.

Desafortunadamente, hoy va quedando como epístolas pasadas de una ciudad que fue una maravilla junto al mar, y que aún lo sigue siendo con sus últimos vestigios, pero que transita lentamente hacia un final siniestro. 

Lejos de asistir a su salvación, ahora el hombre de este tiempo invade los cayos adyacentes como si de una nueva conquista se tratara. Yo mismo, en mis años de periodismo provinciano, allá en la Villa Clara de los 80, escribí una crónica en el diario 'Vanguardia', inconsciente del nuevo mal que se forjaba: "Caibarién, al encuentro de tierras vírgenes", adelantando la construcción de una descomunal carretera sobre el mar y que, en realidad, fue una puñalada visceral al entorno y la ecología. 

He maldecido siempre haber escrito aquel reportaje y haberme prestado, incluso, para los seguimientos profusos que justificaron después aquella canallada, con una columna habitual en el matutino local que se llamó "Crónicas del Pedraplén", y que estuve escribiendo mientras el contingente Campaña de Las Villas era un protagonista involuntario del desfile interminable de camiones devastando yacimientos en tierra y lanzando montones de rocas sobre el entorno marino. Así se allanó el camino pedregoso para arrebatarle al mar y a la cayería, un pedazo de su incuestionable belleza. 
El pedraplén de la maldición. 48 kilómetros de carretera sobre el mar que lentamente fueron robándole escenario al entorno marítimo y terrestre de los cayos adyacentes. 
Abajo, un plano de hasta dónde ha llegado la mano del hombre sin importar preservación ni conservación. En la foto, la invasión hotelera en Cayo Las Brujas.  

Esas tierras dejaron de ser vírgenes para recibir una despiadada revolución turística. ¿Para qué? Para seguir exprimiendo naturaleza por dinero. 
Todavía no he preguntado por las especies exterminadas con la brutalidad de la rentabilidad humana y todo el mal que se ha hecho sobre el verde natural de un entorno protegido que era en el Caribe el mejor conservado y de especies autóctonas cuando yo le perdí la vista en los 90. Entonces, los rastros del deterioro ya dejaban sombras sobre la ciudad envilecida, y naturaleza y ecología se resentían. 

Cayo Santa María, una extensión de tierra, 58 kilómetros mar afuera, que ya no tiene nada de virgen, como otros rincones de la cayería norte de Cuba.

Con 20 años, cuando yo echaba espuelas en el oficio en la redacción de 'Vanguardia' que era entonces un corrillo permanente cocinando la crónica de cada día. 

Yo dejé tierras vírgenes, y hoy la mano despiadada del hombre nuevo las devora con edificaciones y más edificaciones, tal vez, el último suspiro que encontraron sus gobernantes sobre lo que queda de esa perla del Caribe que se llama Caibarién, y que además es mi pueblo.

Caibarién despierta callado como si de un día cualquiera se tratara y con un cúmulo de historias sumergidas. El maestro caibarienense de la guitarra, Flores Chaviano, de visita en su tierra, inmortalizó este amanecer en su cámara.

Los pilotes de madera que sirvieron de soporte a los almacenes centenarios. Ahora son ruinas sumergidas en el fondo del mar. 

Hoy la bahía del puerto de Caibarién y de muchos puertos cubanos, son un rincón nauseabundo. La dejadez y los años lo han corroído todo. 
El vistoso almacén situado frente a lo que fue el hotel Las Baleares. Ya todo es historia pasada. 


Las majestuosas edificaciones que atraían todo un mundo a la ciudad, la particularidad de sus  espigones y los almacenes emblemáticos que eran el soporte de la economía desde el siglo XIX, ahora son ruinas desvanecidas, muchas sumergidas en los abismos del mar: el muelle López, el San José, el Pita o el Zárraga; el maderero Linares, todo se han venido abajo y ya solo queda como un recuerdo lejano de las imponentes construcciones que fueron junto al mar. 
Lo que fue el maderero Linares a comienzos del siglo pasado. Hoy todo se han venido abajo. 



Poco queda, pues de aquel enclave colonial que fue un tesoro arquitectónico de ciudad al borde del Mar Caribe.
Rincones que sobreviven al desgaste y el deterioro. "Una de las pocas casas típicas que conserva su imagen", me cuenta Flores Chaviano. Con imágenes como esta se puede considerar que de cuidarse y preservarse, Caibarien habría sido hoy una ciudad de arquitectura y construcciones disímiles, con una afinidad espléndida del giro español del pasado siglo. 

El flujo desorbitado de turistas, nativos y foráneos, no se acaba nunca. Sus cayos fantásticos tupidos ahora de arquitecturas modernas ya no son tan vírgenes; allí bailan, ríen y se divierten, fuman y beben, mientras una ciudad entera a sus espaldas se cae a pedazos. 

A Caibarién se llega hoy desde cualquier parte, pero no ha llegado aún la solución sagrada que, al menos, salve a la ciudad de su siniestro final.

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▪️Fotos cortesía de José Armando Ocampo González, Flores Chaviano Jimenez y Redes Sociales.
El edificio de la antigua Sociedad Liceo, de las pocas cosas que se conservan en pie, pero con efectos ya del deterioro. 
Otra vista del centro de Caibarién en los primeros años del siglo XX.  
Noche de fiesta en el edificio de la antigua Sociedad Liceo, frente al parque, principios del siglo XX.
Poco queda pues de aquella espléndida ciudad junto al mar, que fue también, sin pretenderlo, pequeño tesoro arquitectónico.
Pero vale la pena recordarlo, que esta fue y es lo que queda de nuestra amada Villa Blanca al borde del 
Mar Caribe.🌊🇨🇺

La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

@trio press-foro de noticias es una plaza pública en la red, un epicentro de atención cultural e invitación constante al foro libre.

El atrio triunfó en Roma tal como el ágora en Grecia como punto de encuentro y opinión tras la caída de la civilización micénica en el siglo VIII (Antes de Cristo). Hasta nuestros días, la más famosa, el Ágora de Atenas, es la única belleza arquitectónica de la Antigua Grecia que conserva, al menos, su techo original. Y allí, como marcándole el paso del tiempo está al aire libre el extenso corredor, el atrio, que se disipa al Ágora de Atenas.

En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

Esto es @trio press el espacio donde invitamos a contar la historia, la de este mundo y que, a veces, pasa inadvertida. Contáctenos y cuéntenos lo que quiera en Atrio Press, el foro de noticias. Nosotros lo diremos tal como nos lo cuenten. Bienvenido a @trio press.

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