No se podrá perdonar jamás a España que saque a un perseguido de Cuba, le conceda asilo político y le deje morir en la más absoluta marginación.
Emigrar a España como asilado político se ha convertido en una vía –un negocio- de muchos perseguidos para zafarse de sus dictaduras, cobrar las ayudas de los fondos públicos y largarse después a América.
Julito se pasó quince años en España para nada, tocando puertas que nunca se abrieron. Se desgajó de su familia y de todo su pasado, para nada. Y lo peor de todo es que acabó sus días marginado y en la más cruenta soledad. Por defender su derecho más inalienable: expresarse libremente, Julito hizo de todo en Cuba y por Cuba.
A su paso fugaz por el periodismo oficialista, probó el olor de la censura. Le bastó pasar por la jefatura de la página cultural del periódico Victoria de Isla de Pinos (Isla dela Juventud ) y afrontar los sinsabores del periodismo de opinión como columnista del diario Trabajadores, en La Habana, para convencerse finalmente de que él pensaba distinto.
Emigrar a España como asilado político se ha convertido en una vía –un negocio- de muchos perseguidos para zafarse de sus dictaduras, cobrar las ayudas de los fondos públicos y largarse después a América.
Julito se pasó quince años en España para nada, tocando puertas que nunca se abrieron. Se desgajó de su familia y de todo su pasado, para nada. Y lo peor de todo es que acabó sus días marginado y en la más cruenta soledad.A su paso fugaz por el periodismo oficialista, probó el olor de la censura. Le bastó pasar por la jefatura de la página cultural del periódico Victoria de Isla de Pinos (Isla de
Fue a la luz de los noventa cuando saltó la barrera y empezó su largo batallar por una Cuba diferente.
Pero de qué le valió a Julio Feliciano Martínez García (Julio San Francisco) haber sido cofundador de Habana Press, la primera Agencia de Prensa Independiente de Cuba sin estatus legal.De qué le valió ser fundador del incipiente Movimiento Cubano de Periodismo independiente y del llamado Concilio Cubano que proliferó en los noventa.
De que le valió formar fila tantas veces desde la información en el lanzamiento sobre La Habana de las octavillas de las avionetas de la organización humanitaria Hermanos al Rescate, y difundir después, arriesgadamente, sobre el derribo de las mismas por fuerzas de la aviación cubana.
De nada le valió a Julito levantar su escritura como un arma inteligente y afilada en contra del régimen de La Habana, como de él escriben sus amigos Belkis Bigles. y Nicolás Águila.
No consiguió el cambió dentro de Cuba y, mucho menos, que le escucharan, y lo más fácil en su desenfreno fue apostar por el camino de todo perseguido. Entonces ahí estaba España, y España le abrió la puerta.
Por su lucha tenaz en contra del oficialismo, Julio fue desterrado en 1997. Me acuerdo del día en que partió. Lo despedí en una turbulenta Habana. Julito salió y llegó solo en alma a España, sin saber que el peor de los presagios rondaba su vida.
Había salido también lastimado por una mala salud. Julio Martínez estuvo internado en Cuba en el Sanatorio San Juan de Dios, marcado ya por dolencias que le castigaban la vida. Pero eso parece que nunca lo supo España, porque se le pasaron 15 años de vida exiliada sin el más mínimo cuidado, dando tumbos por todas partes, lejos del deterioro físico que lo consumía.
Lo hizo en Madrid primero (12 años), donde yo conviví con él. Tocó a mil puertas y muy pocas se le abrieron, soñó de mil maneras y soñó despierto, pero, sobre todo, Julito no cejó nunca en su lucha indetenible por un cambio para Cuba.
Hizo de todo, desde figurar en las listas de una futura transición en Cuba hasta hacer lo que más le gustaba: escribir y crear.
A saber donde estará su más preciado ensayo, que Julio ultimaba al morir: Apuntes para el estudio del Movimiento cubano de Periodismo Independiente. Tenía acabada también Prensa Gulag, una novela sobre la apasionante lucha de un periodista cubano disidente, que le prologó el decano académico español Luís María Anson. Su vida estaba llena de proyectos, pero sobre todo del sueño de ver el cambio de Cuba, y volver.
Hasta el final de sus días, Julio San Francisco –como se firmaba artísticamente- llenaba el blog El Club de los Amigos Malos, donde difundía la realidad de la isla desde la perspectiva de sus amigos cubanos dispersos por el mundo.
Desafortunadamente, la muerte con su inusitado paso lo truncó todo en el alma noble de Julito que agonizó sus días españoles este febrero, en Murcia, al borde del Mediterráneo, a donde se había marchado en 2009. Allí fue encontrado muerto por el doctor José Manuel Román Murga, la última mano tendida que encontró el desterrado en una tierra que siempre le fue ajena. Tal vez por un infarto o por la agonía de vivir solo y desolado, pero lo cierto es que Julio Martínez, con 60 años trillados, ahora está muerto lejos de su tierra, aunque a muchos les cueste creerlo. Muerto con todas las posibilidades de la salvación a su alrededor, aunque él nunca las tuviera a su alcance. Eso hay que impugnarselo a la España que lo acogió.
Y ahora diré con más claridad ¿por qué?
Que la vida de Julito en el destierro haya tenido un cruento final, nadie lo puede negar. Pero esa muerte tiene varias lecturas. No se podrá perdonar jamás a España que saque a un perseguido de Cuba, le conceda asilo político y le deje morir en la más absoluta miseria como víctima enajenada de la marginación. Eso pasó con mi colega Julito.
Desperdigado de su familia y de sus raíces, murió como un indigente el poeta, escritor y periodista cubano Julio Feliciano Martínez García. Y si eso tuviere un nombre, hay que atribuírselo al gobierno del Partido Popular que en el mandato de José María Aznar sacó a un hombre enfermo de Cuba para traerlo a morir sin familia y sin futuro.
De nada, pues le valió venirse cuando fue acogido por el Ejecutivo de Aznar. Su único mérito ha sido portar siempre el pasaporte de la ONU para los refugiados que Julio justificó hasta el final, sin importarle la familia que dejó atrás.
Pero no importaron muchas cosas en este ser desarraigado que en su sangre llevaba el gen español, porque su abuelo materno, el gallego Juan Ramón García Casas, fue un emigrado a la isla que Julio veneró toda la vida, aunque nadie se lo tuviera en cuenta. “Él me inculcó el amor por España”, dijo a La Tribuna del Noroeste cuando ya residía en Murcia.
No le tuvieron en cuenta ni raíz ancestral ni mucho menos que el haberse venido a España, a Julio le supuso renunciar a un visado para viajar a Estados Unidos y, tal vez, un mejor derrotero de vida. Pero Julio quiso a España hasta el final, aunque España no le haya acogido bien a él.
Sea como fuere, Julio Feliciano Martínez, el periodista, el refugiado, nieto de español, no debió acabar sus días en la marginación.
EL NEGOCIO DE REFUGIARSE EN ESPAÑA
Emigrar a España como asilado político se ha convertido en una vía –un negocio- de muchos perseguidos para zafarse de sus dictaduras, cobrar las ayudas de los fondos públicos y largarse después a América. Ha sido el fin de muchos cubanos, pero no fue la suerte final de Julito, aunque él, desde Cuba, ya declinara refugiarse en Estados Unidos.
Cuando llegó a España en 1997, con su estatus de asilado, Julio tuvo un brevísimo período de ayudas económicas que provenían de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) o mejor, de las subvenciones millonarias que CEAR recibe del gobierno y justifica luego en los asilados de turno para después desentenderse de ellos. Claro, van a sus "tajadas" sin importarles la razón por la que se constituyeron como organizaciones no gubernamentales (ONG). Julio siempre fue un asilado y un enfermo desprotegido, a quien no debió faltar nunca la ayuda del país que lo acogió.
Muchos otros que no fueron un Julio, cobraron sus ayudas y se desentendieron después de la razón que les trajo un día a España. Por eso digo yo, que en una especie de laberinto y trampolín aéreo se ha convertido esta madre Patria, que arropa y arropa, acoge y acoge, aunque después la vida se vuelva de espaldas.
Otros han tenido mejor suerte o la suerte se la buscaron ellos: llegaron, cobraron y se largaron. No sé cómo, pero muchos nombres que a España llegaron por el gesto generoso de sus gobiernos, no aguantaron la papeleta incierta del asilado, temieron una vida de desahucio y abandonaron para siempre el estatus de refugiados.
Con sus razones o no, sobran ejemplos de ex presos políticos emblemáticos hasta los casos de un médico, un abogado o un taxista, supuestamente perseguidos en Cuba; muchos vinieron con sus familias, fueron bien servidos por España y ahora viven del sueño americano. ¿Como llegaron? Que se lo pregunten también a España.
Justificado o no, con la razón o la sin razón, pero cierto es que muchos de los presos y perseguidos emblemáticos que bajo la cartera del ex canciller Abel Matutes salieron de Cuba, y los que han seguido saliendo después, un buen número de ellos, con pasaporte o sin él, desde la España que los acogió, un día lo decidieron y se largaron a América. Es lo que ahora mismo sucede con los beneficiados de la Primavera Negra de 2003. Entonces, ¿por qué se les abrió España?
El asunto tiene un claro trasfondo, muchos disidentes cubanos importados por España -y no incluyo a todos- no hacen otra cosa que reafirmar la imagen de la península como un corredor aéreo en el denodado afán de llegar, coger y continuar viaje hacia Estados Unidos. Llegan y reciben unas atenciones que paga toda la sociedad española para luego exigir otro destino.
La verdad está ya desmontada con los más recientes casos de los hijos de la Primavera Negra. Pero ya digo, este fenómeno no es nuevo, viene desde los tiempos del gobierno Aznar, cuando pasó lo mismo con otros que ya no están. A España llegaron nombres conocidos de ex presos cubanos -con pasaporte Matutes- Están en las listas y en los períodicos, recibieron ayudas colosales y terminaron en Estados Unidos. Este hecho desenmascara el buen negocio que tiene una inverosímil disidencia cubana, tras la que hay mucho trasfondo, pues defenderán muchas cosas menos el necesario cambio cubano que piden adentro. Para eso, mejor haber optado por la dignidad y la coherencia de haber continuado en prisión, o al menos en la isla, si de lucha pacífica se trata.
Como dijo un analista, el caso es mucho más grave de lo que parece, porque "con su posición estos ciudadanos cubanos que han aceptado la deportación de su propio país, están poniendo en riesgo la libertad de los que todavía están presos" (Carlos Carnicero, periodista y analista político).
El derrotero del asilado en España ya no es la vía del socorro por un camino de bien. Lejos se está demostrando que muy pocos de los que llegan mantienen en alto el estatus de refugiado que les concedió la ONU cuando por sus vidas temían. Al menos, Julio Martínez fue un perseguido hasta el final de sus días. No tuvo la vida que quiso, pero nunca defraudó a España, aunque no tuvo todo lo que del reino esperaba.
“Matando y escribiendo”
murió el poeta
Un día le preguntaron desde La Habana ¿Extrañas las palmeras? Y Julio respondió: “Te extraño a ti, al resto de mis amigos y a mi familia que hace 14 años que no los veo. Me gustaría regresar algún día a Matanzas, donde nací, a Corralillo, donde pasé mi adolescencia, a La Habana… La lucha por la libertad tiene un precio alto en limitaciones, inseguridades, sufrimientos y provisionalidades. Yo creo que vale la pena pagarlo y he estado dispuesto a pagarlo. Estoy, efectivamente pobre y enfermo, y parafraseando al gran César Vallejo “Matando y escribiendo”. La democracia y la libertad tienen un precio y es caro. Julio lo ha pagado consciente de lo que hacía.

















La televisión no engaña. Se le ve fuerte y vigoroso, totalmente recuperado, con su voz firme y el cerebro como un surtidor inagotable de ideas irrebatibles".
(Jesús Alvarez López / CMHW, Villa Clara)