Lo que pasa en Cuba

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30 septiembre, 2016

LA DEUDA DE CARREÑO CON "MANOLÍN" ÁLVAREZ, PADRE DE LA RADIO EN CUBA

Un hijo poco conocido de Santiago de Ambás!!
En 1917, transmitió las primeras señales de radio de Cuba; y murió en 1986 sembrado en la isla, sin que su vida tuviera el reconocimiento de las dimensiones y trascendencia de su gran obra en el Caribe: la invención de la radio. Cuba le reconoció su supremacía y Carreño le debe los honores de la tierra que no volvió a hacer nunca.
Sobre estas líneas, la ya mítica 6EV, primera emisora cubana de radio creada en 1920, gracias a la invención de un asturiano, Manuel Antonio Alvarez Alvarez, un hijo De Santiago de Ambás, en Carreño.

Se cumplen 125 años del nacimiento de un carreñense ilustre, Manuel Antonio Alvarez Alvarez, un emigrante, adelantado de su tiempo, que llevaba en su equipaje el mayor tesoro de la comunicación social al Caribe: la radio. Toda su historia está contada en «Crónicas del Caribe», la vida del asturiano que emigró para fundar la radio en Cuba.

Está en pie la propuesta de conceder a su obra un mérito post mortem en su tierra asturiana y que le haga perdurar de por vida en el recuerdo de todos los carreñenses.

En abril de 2015, durante la presentación de mi libro "Crónicas del Caribe" en Asturias,  hice la sugerencia de "Que un lugar de Carreño le haga perdurar con su nombre y le recuerden toda la vida", lo que el Consistorio entonces valoró de "excelente propuesta a la memoria y el recuerdo de este hijo ilustre" de Carreño. La propuesta sigue en pie y está en conocimiento de la actual corporación municipal.


Coincidentemente, este 29 de septiembre, se cumplen 125 años del natalicio de este personaje en un año en el que también hemos recordado los 30 años de su muerte (el pasado 30 de marzo) 

Desde el primer momento, el Concejo de Carreño mostró interés por rescatar este episodio para la historia. Hoy, me reitero en la propuesta de que D. Manuel Álvarez Álvarez  es merecedor de un reconocimiento en su tierra: Carreño.

Manolín Alvarez, activo aún en el crepúsculo de su vida. Murió con 94 años.

Desde este muro propongo que se valore por parte de esa Corporación, darle su nombre a una calle del Concejo y que en algún lugar de Candás se levante en su honor un sitial que perpetúe la vida y gloria de este carreñense. De esta manera su legado quedará siempre como una estampa imperecedera de su existencia y sus virtudes, lo que no es mucho para lo que la obra de Manuel merece.

El autor Jesús Díaz Loyola y Manolín Alvarez en los 80 en Caibarién, puerto del norte de Cuba que fue su segunda patria chica. 

El libro de su vida en el punto de vista asturiano http://www.lne.es/oviedo/2015/04/10/jesus-diaz-loyola-padre-radio/1739262.html

29 septiembre, 2016

MANOLÍN ÁLVAREZ: ¡125 AÑOS!

HOY, 29 de septiembre, se cumplen 125  años del nacimiento de Manolín Álvarez, el asturiano que introdujo la radio en Cuba. Su nombre es Manuel Antonio Álvarez y Álvarez, y vio la luz primera el 29 de septiembre de 1891, en la aldea de Santiago de Ambás (Carreño). A este hombre se debe, en gran medida, la introducción y expansión de la radio en la isla. A él y no otro, la radio cubana y en buena parte de Centroamérica, le debe la pujanza y el ímpetu de haber conquistado el éter cuando no existía emisora alguna.


El asturiano Manolín en  su primera estación,
la 6EV, en Céspedes 7, Caibarién, Villa Clara, Cuba.



Jesús Díaz Loyola

Fotos: Archivo del autor


El Padre de la 
Radio en Cuba

SU nombre es Manuel, para Cuba Manolín Álvarez, mi amigo y gran consejero vocacional, el maestro de la radio. Se cumplen 125 años de su natalacio, y me vuelvo a regocijar con su obra, porque la radio cubana, su radio, le debe mucho a este hombre extraordinario. 

Su paternidad sobre la radio fue ninguneada por mucho tiempo en la isla que lo acogió en 1905 y donde hizo gloria en las ondas. No fue hasta 1982, cuando ya ciego y sembrado en su vejez, el oficial Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) reivindicó en Álvarez el mérito de padre indiscutible de la radio.

En Céspedes, 7, donde tuvo su primera residencia y estación cubanas, el propio Manolín develó la tarja que por fin hizo justicia: “Desde este lugar trasmitió en 1917 Manolín Álvarez las primeras señales de radio de Cuba. Caibarién. Instituto Cubano de Radio y Televisión. 10 de Octubre de 1982”.

Ya nadie niega en Cuba que mil novecientos diecisiete fue el año de los grandes emprendimientos por la radio. Y ese año, y muchos otros, hay que agradecerlos a la figura de Manolín, que se fue a La Habana un día en  los albores del siglo veinte y no volvió nunca.

Un lustro faltaba para que su vida llegara al centenario: ¡el Siglo!, cuando Manuel Antonio Álvarez Álvarez (Santiago de Ambás, 1891- Caibarién, 1986),  quebró su vida en Caibarién, mi pueblo cubano junto al mar, adonde llegó con 14 años y se sembró para siempre.

Yo no tenía veinte años cuando comenzaba mis andaduras por el periodismo, y tuve la suerte fortuita de conocer a Manolín,  el maestro y padre de la radio cubana.

Hoy, como siempre hacíamos cada vez que lo visitaba en su casa de Caibarién, me vuelvo a sentar junto al amigo Manuel en los sillones de mimbre de su salón, siempre junto a Olimpia Casado Mena (La Habana, 1898-Caibarién, 1985) la cubana que le acompañó toda la vida, y que fue también la primera mujer operadora de radio en Cuba.

Al llegar a La Habana de 1905, Manolín  vivió en Tiscornia la cruenta página de la leyenda negra de la inmigración. Después, a lo largo del camino toreó el chantaje y las incomprensiones de petulantes cuando pretendió enseñar la radio como un invento humano, "lo mas humano que se ha hecho", me decía siempre. Manolín  Álvarez pasó amarguras de todo tipo en el gran ruedo de la vida que le tocó.

En 1917 transmitió las primeras señales y en 1920 ya estaba en posesión de la primera estación de radiotelefonía de Cuba: la 6EV desde  Caibarién, a la que luego sucedieron la 6LO y la CMHD, sin contar los lugares adonde llegó su impronta de genuino forjador de las ondas.

Ahora lo voy a recordar  en sus años más vitales, porque  la muerte  no se lleva a un amigo, sino que lo guarda y lo retiene en sus años más adorables como los días en que él me contaba su historia y yo  lo escuchaba todo entusiasmado.
Caibarién
“El año 1920 será recordado
por las numerosas transmisiones
 de telefonía sin  hilos
que difundían informaciones
y programas de entretenimiento
 con el mismo espíritu
que tiene hoy la radiodifusión”.

Guillermo Marconi (BBC, 1944)





Verano de 1920


FRAGMENTO

Como empecé en la radio
                                               Manolín Álvarez.

...¡Era una voz humana! ¡Alguien hablaba!
¡Después leía! ¡Y hasta se escuchó una música!...

Llevábamos varios días sin pegar ojos en espera del momento que iba a poner a prueba todo el esfuerzo de varios años cuando en el verano de mil novecientos veinte, en el número siete de la calle de Céspedes, en la ciudad portuaria de Caibarién, nació la radio en Cuba.
El tándem de radiofonistas lo formábamos un grupo de jóvenes, a quienes  nos movía una obsesiva pasión por comunicar. El equipo era sólido y agrupaba hombres claves en materia de tecnología, redacción y creación artística, nombres que después fueron figuras en la radio.
Lo primero que hicimos fue instalar una antena en un punto alto de la ciudad, y el mejor emplazamiento estaba en el Cuerpo local de Bomberos. En pocos días teníamos dispuesto un pedestal de cien pies de altura para trasladar la señal mediante ondas eléctricas al mayor radio de distancia posible.
Aquellos días, mi casa que estaba próxima al puerto, era un centro permanente de operaciones radiofónicas por todo el caudal de equipos que había allí montado. Nada más entrar en ella resaltaba su sala inmensa, compartida en departamentos, donde estaba el grueso de los aparatos y una mesa de transmisión.
Después de mi paso por el comercio y la navegación, estaba instalado en Céspedes. Aquella casa era modesta con vistoso portal como muchas de las viviendas típicas que daban vida a la ciudad junto al mar; el suelo deslumbraba por los mosaicos estampados del tiempo español, y su altura favorecía la acústica.
Varias almas de Dios habían pasado ya sus vidas por la casa de Céspedes, pero el embrión de la radio estaba allí para comenzar a ser testigo veraz de los momentos míticos de la radiodifusión en Cuba, las Antillas y el Caribe.
En dirección norte, resaltaba el puerto; más al centro atraían la imagen imponente de la institución Hispano-Cubana de Cultura y la Sociedad Liceo; y bordeando todo el litoral estaban los barrios de las familias más adineradas.
En las tardes de la Villa, el aire fresco agradecido de la bahía corría por entre la casa levantando las cortinas de puertas y ventanas.
El día del verano inaugural, una multitud improvisada comenzó a formarse en torno a la naciente estación radiodifusora, y en cuestión de dos o tres horas, la aglomeración de público abarrotaba todos los rincones de Céspedes. Podría decirse que todo Caibarién estaba volcado al acontecimiento: políticos, intelectuales, hombres, mujeres y niños. Todo el pueblo estaba allí.
En pleno vestíbulo de la casa-planta, todo el mundo mostraba elegancia: las mujeres hechas un encanto con sus vestidos largos, trajes a tono y sus peinados imponentes; los colegas del gremio, igualmente deslumbraban con sus portes. A media mañana, mi casa era un ajetreo entre la amplia concurrencia y el ruido de los aparatos que se alistaban.
Uno de los primeros  en llegar fue el Alcalde Municipal, el liberal Francisco Bolaños Santiago. Saludó y en gesto sólido exclamó: ¡Gracias Manolín! ¡Enhorabuena y bienvenida la radio al pueblo!
Además de Feliciano Reinoso, Bernardo G. de Santamarina y el doctor José Cabrera Saavedra, fueron también partícipes Lorenzo Martín y Miguel Baláis, y muchos otros, todos hombres del pueblo convertidos después en artífices de las ondas desde sus cometidos cotidianos.
El tío Constantino, con quien comencé mis andaduras cubanas, tampoco faltó aquel día.
-¡Vuelves a ser Manuel Álvarez! –dijo nada más verme.
-¡Cuánto he tenido que pasar!
-Ya no soy el ayudante de La Covadonga ni el maquinista de la Casa López.
-¡Eres tú, Manuel, orgullo de los Álvarez de Ambás y de todo Carreño! 
-Toda mi elocuencia te la agradezco a ti.
En el fondo, Constantino manifestaba el placer de padre adoptivo al ver que un fruto de su sangre iniciaba una carrera que él y yo vaticinábamos como brillante. En ese instante lo sentí como mi padre. Su cuidada educación a lo largo de los años en que acabé de estirar el cuerpo, ahora nos premiaba a los dos.
Era un día excepcional de mi vida, en el que tampoco faltó el Vice Cónsul de España en Caibarién, Celestino Amat, quien se congratuló con el acontecimiento salido de las manos de un español.
Por primera vez llevábamos la palabra hablada a los hogares del pueblo. Todavía no la llamábamos 6EV, pero era mi primera emisora real, la primera en toda de Cuba.
Como la fachada miraba en dirección Este, el sol de levante delataba todo el esplendor de una jornada histórica.
FOTO: En el crepúsculo de su vida, Manolín muestra el hórreo de plata que le obsequió el Ayuntamiento de Carreño, como recuerdo de su tierra asturiana que no volvió a hacer nunca.

Listos los equipos, pronuncié las primeras palabras frente a un armatoste de micrófono conectado a una vitrola.
Hola, hola, me escucháis bien por ahí…
Feliciano, que era como un edecán en aquellos comienzos, estaba situado en su casa de Maceo, a varias calles de Céspedes, pero los dos intentábamos comunicarnos mediante receptores muy rudimentarios.
Con aquel saludo, aquel ¡Hola! espontáneo, mi voz llegó clara y nítida. Comprobé varias veces para asegurarme el estado de los equipos, posiciones y ajustes. Y lancé entonces un mensaje más definido. Ofrecí los buenos días al aire y me identifiqué:
¡Manuel Álvarez, desde Caibarién, Cuba!
Lo volví a decir:
¡Manuel Álvarez, desde Caibarién, Cuba!
Risas y aplausos de todos los presentes y curiosos espontáneos daban crédito a lo que oían. La voz había llegado con total nitidez y así comenzábamos a vivir el esplendor de la radio de los veinte.
¡Ahora sí, señores! ¡Nació la radio!
Aquellas primeras palabras llegaron al espacio como arte de magia, desde mi propia casa. Los rostros impávidos acuñaban el hecho, pero ninguno allí dábamos crédito a lo que oíamos. Todos estábamos sorprendidos. Mi voz sonaba extraña y hasta tuve la sensación de una voz latosa, como suenan en las míticas placas shellac que entonces se escuchaban por los fonógrafos.
La radio se pasó el día repitiendo el mismo mensaje: “Esta es la estación de Manuel Álvarez, transmitiendo desde Caibarién, Cuba”. Y dije más: “Estamos en la banda de doscientos veinticinco metros con potencia de veinte watts. Esto es la radio, escúchennos…”.
Poco a poco, el estado emocional se fue generalizando por todo el pueblo a medida que los primeros radioescuchas de las ondas daban fe de lo que captaban las pocas radios de galena improvisadas por la ciudad. Entre la concurrencia en el escenario de la transmisión, los más sorprendidos eran las autoridades locales y representantes de la prensa y la cultura.
Una tormenta intermitente de los flashes de los fotógrafos, captaron el acontecimiento para la historia. Me fotografiaban junto a los aparatos y preguntaban el por qué de la radio. Todavía no caía en la cuenta del éxito que comenzaba a ser el invento de Marconi. Después, las crónicas daban crédito del interés público y social de la radio.
La recepción en la casa-estación  la facilitaba un aparato radiorreceptor. Feliciano Reinoso, que además era activo hombre de prensa de la época, salió de su casa como un bólido, pero otros siguieron pegados a su aparato durante todo aquel célebre día.
Al filo del mediodía, la sede de la estación era de una concurrencia total.
-¡Manuel!, ¡Manuel! –la voz de Reinoso retumbó por entre la multitud aglomerada en el portal.
        -¿Qué pasa? ¿Se oye? –le pregunté con asombro.
            -¡Se oye, y muy bien!
            -¿Qué dicen en la calle?
       -¡Que es un éxito, Manuel! ¡Un éxito! –acuñó.
            -¿Le escuchasteis bien?
            -Con total nitidez –aseguró.
De entre hombres y mujeres que no paraban de desfilar, se oía todo tipo de comentarios y las miradas se volvían cada vez más atónitas.
-Tu voz sonaba amable y sencilla –calificaba una madre mi timbre relamido cuando apenas contaba veintinueve años.
-¡Lo has conseguido, Manuel!
            Ese día exclamaron de todo: ¡Te felicito! ¡Es espléndido! ¡Espectacular! ¡A ver que dura!
            Tenía la sensación de estar viviendo la emoción de un campeón en un baño de multitudes.

            En medio del tumulto inagotable de gente, apareció entonces Bernardo G. Santamarina, quien desde su puesto de editor del El Comercio, era también voz reconocida en los periódicos. El Comercio atesoraba casi veinte años de vida desde que inició sus tiradas en mil novecientos dos; Santamarina comenzaba a ser un hombre entrado en años porque se veía encanecido y rechoncho.
-¿Y qué tal, Santamarina? ¿Cómo lo ha visto usted? –le pregunté con sorpresa.
-¡Es genial lo que se oye, una maravilla de invento...! –se deshizo en elogios.
-¿Acompañó el tiempo? –indagué.
-Sólo un poco de viento del norte al principio, pero después, todo fue más diáfano y la recepción de la señal muy clara. ¡Se oían hasta las moscas, Manuel!
¡Jo’! solo exclamaba ¡Jo! 
Santamarina era un fumador empedernido. Ese día no dejaba de soltar bocanadas de humo, una tras otra, desde su inseparable cachimba y su bolsita de tabaco criollo. Las cosas que decía incentivaban mis ansias por la radio.
-¡Has encontrado la inmortalidad, Manuel!
Fue tanta la expectación, que hubo momentos en que todos soltábamos lo que teníamos en mano y levantábamos los brazos en señal de alegría. Unos a otros nos tendíamos las manos. Nos apretábamos los puños, saltábamos y expresábamos frases de satisfacción por el triunfo de las ondas: ¡Hurraaa! ¡Qué bien! ¡Lo conseguimos!
Los asistentes aclamaban el éxito alegrándose por lo que oían. Ni los más incrédulos evitaban en las calles sus elogios.

Tan perfectamente fue el lanzamiento de las primeras señales que no hubo interferencia alguna. Los mensajes emitidos desde Caibarién volaron a la velocidad de la luz como lo hizo valer Marconi en su día. Los veinte vatios de lo que comenzaba a ser la primera estación radiodifusora cubana, superaron la prueba y todas las expectativas.
En realidad, todos nos sobrecogimos ese día, los que emitíamos y los  que recibían la señal, pero cuando en las jornadas siguientes saltó la música sobre el espacio alternando con los mensajes de voz, todo fue tranquilidad y sosiego en el arte de escuchar.
El estado de euforia era descomunal, y sentí una sensación de júbilo que jamás había vivido. Fue el primer baño de multitud de mi vida. Hasta altas horas de la madrugada fuimos unos locos obsesionados por el hecho consumado de la radio. Todo el mundo estuvo de fiesta. El alboroto entre el espectáculo que ofrecían aquella casa y los cafés de los alrededores, era de celebración total.
La élite de la prensa local se congratulaba a sí misma, los amigos y todo un pueblo se echaron a la calle. Cenamos con champán, y hasta hubo música y baile. Todos estuvimos festejando en un ambiente enloquecido.
Santamarina estrechó su mano con la mía, y tal vez me abría ganado su crónica del día. Cuando daba en la diana nunca ocultaba su sonrisa de satisfacción como buen buscador de la noticia. En toda la ciudad y sus alrededores no hubo acontecimiento con tanto revuelo desde su fundación en mil ochocientos treinta y dos como la llegada del invento de las ondas.
Esa noche me acordé de muchas cosas, sobre todo de cómo lo habrían vivido mis padres, que al partir en mil novecientos cinco, me dijeron que llevaba predestinado un futuro de éxito. Me parecía escuchar a mi padre, José: Llegarás lejos, Manuel. Ahora de seguro era tan suyo este triunfo, que se lo ofrecía desde lo más profundo de mi alma. Me acordé de muchos ese día, de mi madre, Victoria, que ya estaba con Dios, y de tanta gente que me ayudó en la vida.
Al anochecer y en las jornadas siguientes, los radiotelegrafistas de las embarcaciones que navegaban en las proximidades de la porción central de la Isla, en un radio de hasta cien millas náuticas que les retiraban hasta el Canal Viejo de Bahamas y el sur de Estados Unidos, dieron confirmación expresa de haber escuchado la señal de una radio desde Caibarién. En realidad, a los dos o tres días, ellos daban fe de lo escuchado: ¡Era una voz humana! ¡Alguien hablaba! ¡Después leía! ¡Y hasta se escuchó una música! En esos términos se expresaba una avalancha de mensajes recibidos después en Céspedes, siete. Esa noche dormí feliz.
Después de aquellos días, una programación experimental se dejó escuchar desde Caibarién en un amplio radio a la redonda por todas Las Antillas y el Caribe. Lo mismo se oía un paso doble, sonaba un vals y hasta los acordes de un danzón; a intervalos mi voz salía al aire dando las gracias y pidiendo que escribieran contando lo que oían desde Caibarién, Cuba:“Estamos en la banda de doscientos veinticinco metros con potencia de veinte watts. Esto es la radio, escúchennos…”.


Junto a estas líneas, la mítica 6EV, la primera estación de radio telefonía cubana, salida de las manos de un asturiano: Manuel Álvarez Álvarez, de Ambás, en Carreño (a la derecha)

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En mil novecientos noventa y uno, Manolín habría cumplido 100 años, ocasión en que el Ayuntamiento de Carreño le dedicó una placa en su memoria en la casa donde nació en Ambás, “como homenaje a uno de sus hijos más distinguidos y que llevó en su corazón y en las ondas, el título para él más amado de ser español y de su asturiana Ambás, en Carreño”.

27 septiembre, 2016

LAS MUJERES DE MI PUEBLO CUBANO Y MARINERO

Un CAIBARIÉN
    "Y si ella volviera" (1956)
CUALQUIER chica de mi pueblo era bella como un Cristo. Viéndolas crecer hermosas y rebosantes se nos acabó de estirar el cuerpo en Caibarién, el rincón cubano junto al mar, donde nací. 
Las veíamos caminar con sus pasos sigilosos, mientras nos reuníamos en una esquina, en el parque o hacíamos la cola del pan de cada día. 

Hace unos días, Alicia Castro, a quien siempre le acompañó una belleza incontrolable, me hizo  despertar aquellos años de encantamientos cuando todos corríamos tras las muchachas bellas de mi pueblo. 

Le iba a contestar su correo con las tecnologías de estos tiempos, pero preferí escribir esta crónica para compartirla con los amigos agradecidos del pueblo.


Con esta foto, Alicia o "Alicita" -como la llamamos-, me recordó el encuentro que tuvimos el 4 de febrero de 1989, en aquel Caibarién. La tomó para el recuerdo el fotógrafo villaclareño José Antonio López Godoy (TOM), mi compañero inseparable en los años de periodismo provinciano en Cuba. Tom (QED) disfrutaba, tanto como yo, el placer inmenso que provocaban los rostros de mujeres, imágenes que revelaba parsimoniosamente y después las obsequiaba como el mejor de sus tesoros sobre el papel.

Alicia era especialmente bella, con las curvas de su cuerpo contoneándose siempre que iba y venía por puerto Arturo; su piel era blanca como la espuma y los ojos claros como perlas marinas, y tenía un cabello alargado que le cubría toda la espalda. Pero, sobre todo, Alicia era un volcán de ternura que robaba todas las miradas y todos los momentos. Por eso, no nos importaba tanto el sentido de aquellos actos reverentes bajo el sol tórrido de una Cuba ya envilecida como los encuentros espontáneos entre los amigos. Ningún motivo era mejor que reírnos y charlar con las mujeres de mi pueblo, a ras de calle, en sus portales benditos o a la orilla de sus costas con el olor húmedo del Caribe. 

A pesar de las carencias, las muchachas de mi tiempo vestían con buen gusto. Llegaban con pantalones largos y oscuros sin importarles  el color del cielo, pero siempre imponía su candor, aunque llegarán con su pelo breve y resumido.


Ana Alicia Castro "Alicita" nació en Caibarién, nuestra Villa Blanca junto al mar, y en aquellos años adorables era un encanto tan costeño como las noches de luna llena, como lo eran las hermanas Yrasema e Iliana López Samuell (en la foto anterior) y lo siguen siendo las mujeres bellas de mi pueblo. 

El padre de Alicia es el viejo Castro alias "Cañón", y fue un emprendedor como todo padre bueno. "Cañon" y todos los viejos queridos del pueblo, se dejaron sus años vitales buscándose el plato de cada día para las familias numerosas que formaron. Muchos a bordo de uno embarcación, como lo hizo "Cañón" o el mismísimo Luisito Echemendia; otros, estibando en los almacenes centenarios del puerto, como lo habría hecho mi padre José, como lo hizo Roberto Perez Ortueta y tantos padres buenos de Caibarién. 

Alicia, en su fiesta de 15 junto a la abuela Anita (DEP), a quien tuve la suerte fortuita de conocer, cuando iba a degustar en su casa una de las mejores paellas que se hacían en puerto Arturo, el barrio marinero de Caibarién.

Hace cincuenta años, cuando nació Alicia, tal vez en Cuba soplaban aires con otro esplendor, pero todos esos sueños por vivir mejor se fueron perdiendo en el camino, entre todas las calamidades en que íbamos  creciendo. Ni Alicia ni yo, jamás creímos en  el cuento de que algún día viviríamos mejor. Han pasado 57 años y nada. Por eso se fueron familias enteras, y muchos como nosotros también han acabado yéndose de la tierra que nos vio nacer. 


Ahora Alicia es una entre cientos de miles de cubanos  que vivimos lejos del terruño y tenemos un trabajo digno que nos ayuda a sobrevivir mejor. Tal vez, todos habríamos tenido la ilusión de haber forjado una vida en nuestra tierra, pero la mentira y la sinrazón disiparon toda una generación.

Ya solo nos queda el recuerdo del tiempo ido en un pueblo cubano y marinero que en medio de las hordas de la desesperanza vio crecer la belleza de sus mujeres.


Alicia y yo teníamos poco más de 20 años en esta foto. Su belleza exótica le acompañó siempre. Por eso hoy no puedo menos que recordarla,  y con ella, a todo el encanto de las mujeres bellas de Caibarién, el rinconcito pesquero donde nací. 

Lo que hoy he contado desde el recuerdo, lo que nos contábamos y sentíamos los jóvenes de entonces, lo que nos decíamos del amor y de la modestia en que vivíamos, era todo un cúmulo de sueños irrealizables en un pueblo callado, donde lo mejor era el encanto de su gente. 

Desde que me fui hace 17 años he seguido hurgando en la memoria de mi pasado. Sueño siendo un niño, sueño con hamacas y voladores. Pero, a veces, sueño despierto. Es evidente que con el recuerdo que me trae Alicia, sigo acordándome de la belleza irresistible de las mujeres de mi pueblo. 

14 septiembre, 2016

El asturiano Padre de la Radio en Cuba, lo fue también de la narracióndeportiva en Centroamérica

¡Hace hoy 93 años!

«ÁLVAREZ—REINOSO», EL «KNOCK OUT» 
QUE LOS CATAPULTÓ A LA FAMA  


ESTE miércoles, 14 de septiembre, se cumplen 93 años de la primera narración deportiva a través de la radio en Cuba y Centroamérica. La protagonizaron tres nombres: el asturiano "Manolín" Álvarez, en los controles; Lorenzo Martín, como traductor y el cubano Feliciano Reinoso, que puso su voz.

Feliciano Reinoso Ramoso, su más cercano colega, primer narrador deportivo de la radio cubana y de América Latina.
Este hombre —Feliciano Reinoso en la foto posterior— con quien tuve la suerte fortuita de intimar en su vejez, era un veinteañero en el Caibarién de 1923, un puerto del norte de Cuba que traspasó fronteras con una pelea de boxeo ya célebre. 
Lo voy a contar.

El joven Feliciano Reinoso Ramos ( a la derecha), primer narrador deportivo de la radio en Cuba y América Latina, gracias a la proeza de la transmisión que protagonizó junto a Álvarez.

ERA un sábado el catorce de septiembre de 1923, hace ahora 93 años. Desde bien temprano, en la estación de Manolín Álvarez en Caibarién —6EV—  se ponían discos, en tanto avisaban de la proximidad de la pelea. A medida que llegaban las cinco de la tarde, hora marcada para el comienzo del combate, la aglomeración de público era cada vez mayor en torno al edificio de la Sociedad Liceo, escenario de la transmisión.
Una multitud aguardaba en las calles, y en el parque invadían hasta los tejados de las casas de los alrededores. Todo olía a presencia humana. Voces y gritos definían la impaciencia del público que saturaba  los bares y cafés del pueblo.

Me lo contaron para la historia el propio Álvarez y Reinoso:  "Cuando llegó el momento apocalíptico de entrar en acción, a las cinco en punto de la tarde, estábamos recibiendo la señal de onda media de la WLW de Powell Crosley, el hombre que dio nombre a los famosos radios Crosley", recuerda Manuel.

"La WLW emitía desde Cincinnati Ohio con una potencia de quinientos mil watts. La recepción de la señal en Caibarién era clara y se oía como si el enfrentamiento fuera al doblar de la esquina".

Lorenzo Martín, un primo de Álvarez, demostró sus dotes como traductor ese día; Reinoso se debatió ante el micrófono con los pormenores del combate, y Manolín se puso en los controles. "Los primeros minutos nos parecieron toda la eternidad por nuestras ansias de no perder un solo detalle". —cuenta Manuel—  "Íbamos retransmitiendo en español las incidencias del enfrentamiento que tenía lugar en el Polo Grounds de Nueva York, entre el norteamericano   Jack Dempsey y el argentino Luis Angel Firpo, el Toro de las Pampas".

La “Pelea del Siglo” apostaba por el título mundial de peso completo. Todos los ojos del mundo estaban en Nueva York ese sábado, y Caibarién era parte de aquel acontecimiento. Aquel trinomio de hombres de radio —Manolín, Reinoso y Lorenzo—, protagonizaban un acontecimiento que justificaba la estridencia de los comienzos de la radio.

Por lo que narraban desde Estados Unidos, había lleno total en el Polo Grounds: más de ochenta mil espectadores enfurecidos apostando por el ídolo americano; en Caibarién, en cambio, toda la preferencia estaba en El toro de las Pampas. No cabía un alma mas en el centro de la ciudad, cuando empezaron a retumbar los altoparlantes que Manolín y su equipo habían dispuesto.

Firpo tenía veintiocho años y peleaba en busca de la cúspide de su carrera enfrentando a un Dempsey que ya era uno de los mayores boxeadores de la historia.

A plena tarde, todavía con el sol refulgente del Caribe, Dempsey y Firpo se dieron los primeros golpes. Feliciano comenzó su descripción y lo hizo como si él mismo habitara entre los dos boxeadores:

¿COMO EMPEZÓ ESTA HISTORIA?


Jesús Díaz Loyola, con 18 años junto a Manolín, en una de sus largas entrevistas armando la historia del emigrante español.
Jesús Díaz Loyola, con 18 años junto a Manolín, en una de sus largas entrevistas armando la historia del emigrante español.
En Céspedes, 7, Caibarién, el puerto del norte de Cuba donde tuvo su primera residencia cubana el forjafor de la radio en la isla, hay una placa inscripta que lo justifica todo: “Desde este lugar trasmitió en 1917 Manolín Álvarez las primeras señales de radio de Cuba. Caibarién. Instituto Cubano de Radio y Televisión. 10 de Octubre de 1982”. 
Por eso, ya nadie niega en Cuba que mil novecientos diecisiete fue el año de los grandes emprendimientos por la radio. Y ese año, y muchos otros, hay que agradecerlos a la figura de Manolín, el emigrante asturiano que se fue a La Habana un día y nunca volvió a su tierra. 

A lo largo del camino toreó el chantaje y las incomprensiones de petulantes cuando pretendió enseñar la radio como un invento humano, “lo mas humano que se ha hecho”, me decía siempre justificando su auto de fe por la vida.
En 1917 transmitió las primeras señales y en 1920 ya estaba en posesión de la primera estación de radiotelefonía de Cuba: la 6EV desde  Caibarién, a la que luego sucedieron 6LO y CMHD, sin contar los lugares adonde llegó su impronta de genuino forjador de las ondas.
Ahora lo voy a recordar  en sus años más vitales, junto a Feliciano Reinoso,  porque  la muerte  no se lleva a  los  amigos, sino que los guarda y los retiene en sus años adorables como los días en que los dos me contaban sus historias y yo los escuchaba todo entusiasmado.

Caibarién, 1923
La radio cubana canta 
el primer knock out
“Mi obcecación era cada vez mayor,
pero la radio era nuestra mejor terapia”.
Manuel Álvarez, 1923
En tres años, la 6EV se había vuelto un hervidero de hombres compulsivos en el arte de comunicar. La estación en Caibarién  era una rebatiña constante tras el último acontecimiento y la última noticia.
Una recreación artística de la pelea del Siglo, en 1923, entre el norteamericano Jack Dempsey y el argentino Luis Ángel Firpo, la primera transmisión deportiva en los anales de radio cubana y de gran parte de América.
Una recreación artística de la pelea del Siglo, el 14 de septiembre de 1923, entre el norteamericano Jack Dempsey y el argentino Luis Ángel Firpo, la primera transmisión deportiva en los anales de radio cubana y de gran parte de América.
La fuerza emocional que trasladaban las ondas, corría como pólvora y trascendía las fronteras naturales del mundo que nos rodeaba. Sudábamos la camiseta a cualquier precio y nos curtíamos en pleno Caribe. Nos lo dejábamos todo por la radio.

Con esa fijación, casi obsesiva, fuimos al gran reto de la primera transmisión deportiva a través del micrófono y ese momento llegó con la simultánea de una pelea de boxeo desde Estados Unidos. Lo conseguimos con particular supremacía, antes incluso que la primera retransmisión de un partido de fútbol en España 
Feliciano Reinoso Ramos, discípulo desde el primer día, fungió como narrador, y lo hizo con dotes excepcionales. Reinoso era reconocido en el pueblo por sus excelentes nociones del pugilismo.
Con Feliciano venía manteniendo una sólida amistad que nació a raíz de mis primeros ensayos en el diecisiete cuando éramos unos veinteañeros y la amistad duró toda la vida.
Un día fortuito en las tertulias que manteníamos en el café Ambos Mundos de Caibarién, Reinoso pasó de ser testigo a brazo fuerte del oficio de comunicar con la voz y el sonido. Temas de actualidad, de sociedad y las novedades que llenaban la crónica diaria se descifraban en aquellas charlas.
El día que fraguamos la primera transmisión deportiva, aquella célebre taberna era un abejero impenitente de escritores, periodistas y artistas de todos los ámbitos que veníamos a discutir nuestros pareceres y confrontábamos los más personalizados criterios ideológicos. Todo el centro de la villa, era aquellos años un espacio impregnado por el conocimiento y el saber. Y en ese ambiente proyectamos llevar una pelea de boxeo por el éter radiofónico.
Cada paso, cada proyección de nuestros días, lo masticábamos en Ambos Mundos. A veces madrugábamos al pie de los alcoholes buscando el trasfondo de algún tema medular. Un día fortuito de mil novecientos veintitrés ese tema fue el boxeo y la idea acariciada de transmitir la pelea del siglo desde el Polo Grounds de Nueva York.
Ese día, mi perseverancia estaba en realizar el sueño de aquella transmisión, y asumimos que si superábamos aquel reto nos consagraríamos.
-Este será un camino largo, Feliciano –le dije.
-Pero estamos desarmados, Manuel –comentó aludiendo a todo lo que aquel empeño requería.
-Lo intentaremos, Reinoso –precisé.
Al tercer trago de aquella tertulia, nuestras voces retumbaban en Ambos Mundos.
-Te crees dueño del mundo, Manuel –me dijo con una sonrisa zumbona.
-¡Como para levantarle la moral a cualquiera! –riposté.
Con toda la fuerza de mi ira tiré contra el suelo un ejemplar de El Comercio que tenía en mis manos. Me puse negro y sentí una enorme indignación por lo que Reinoso decía.
Me asomé al portal y hasta la calle daba espanto. Habíamos pasado de la media noche. Encendí un pitillo y me volví a Feliciano:
-Mira, Reinoso, no las vamos a jugar como sea.
-Adelante entonces –asintió más optimista.
-Cuanta más audacia empleemos, más seguro será el éxito, verás.  –finalicé.
En realidad, Reinoso era un profesional consolidado. Se había formado en el campo de la ingeniería y la electrónica. Éramos contemporáneos y especialmente él gozaba de una inteligencia y cultura prodigiosas. Lo demostraba cada día en las conversaciones desenfrenadas que manteníamos en Ambos Mandos. Empezábamos por política, pasábamos por las mujeres de nuestras vidas y terminábamos en una gran disputa por los partidos de pelota de las grandes ligas americanas que ya levantaban  furor en toda América.
La noche del gran proyecto, cuando nos habíamos atizado media botella de ron, pusimos todo el empeño en la pelea del siglo y aún así, refugiado en su modestia, Reinoso no dejaba de reparar en la sorpresa de haberle elegido para aquella transmisión.
La idea de encargarle a él y no a otro aquel reto, había partido del director del periódico El Comercio, Bernardo G. de Santamarina y el doctor Pedro Luis Valenzuela, nombres vinculados a la radio desde el primer día. En definitiva, éramos un puñado de almas nuevas que nos movía el arte de transmitir, y ese día el arte estaba en el boxeo.
Reinoso era siempre preciso a la hora de comentar. Sus puntos de vista clarificaban cada vez más aquella idea. Por eso trabajamos muy coordinados en aquel empeño y con una compenetración como si nos conociéramos de toda la vida.
La mítica 6EV, la primera estación de radio telefonía cubana, salida de las manos de un asturiano de la emigración: Manuel Álvarez Álvarez, de Ambás, en Carreño (a la derecha) Ese fue el soporte técnico de la primera transmisión deportiva de Cuba y Centro América.
La mítica 6EV, la primera estación de radio telefonía cubana, salida de las manos de un asturiano de la emigración: Manuel Álvarez Álvarez, de Ambás, en Carreño (a la derecha) Ese fue el soporte técnico de la primera transmisión deportiva de Cuba y Centro América.
El sábado catorce de septiembre de mil novecientos veintitrés, el día del enfrentamiento entre Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo, la radio se puso a prueba.
Las cuarenta y ocho horas anteriores al combate fueron cruciales en el mundo interior de la emisora. Precisamos los pormenores de la transmisión, nos imaginábamos la euforia del momento de la pelea y de los días siguientes. Los dos, Reinoso y yo, mirábamos al futuro con unas ansias enormes de comernos el mundo a cualquier precio.
La noche antes, el viernes trece, ninguno de los dos pegamos ojos. Vivimos un estado de vigilia total a la expectativa del acontecimiento que relanzaría a la radio en todo Centroamérica.
Con una caña brava se improvisó una antena rústica en busca del mayor alcance de la señal de las ondas electromagnéticas. Hicimos una base resistente, empalmamos una vara, otra y otra, hasta conseguir una altura, de manera que la señal viajara con el viento. Subí a lo más alto de ella para asegurarme de que todo estaba dispuesto. A las cuatro de la tarde del catorce de septiembre, una hora antes de aquel duelo de titanes, yo estaba trepado en un mástil de más de veinte metros en medio de todo el lío que generaba aquella osadía.
Confieso que aquel día viví entre el estupor y la astucia. El viento regalaba un zumbido cuando se entrecruzaba con la antena, Y de esa manera, la 6EV.puso a prueba su entereza en la soberbia de los brazos sobre el cuadrilátero.
Desde bien temprano, en la estación se ponía discos, en tanto avisábamos de la proximidad de la pelea. A medida que llegaban las cinco de la tarde, hora marcada para el comienzo del combate, la aglomeración de público era cada vez mayor en torno al edificio de la Sociedad Liceo, desde cuya primera planta se gestó la transmisión. Toda la equitación de la emisora estaba allí.  Una multitud aguardaba en las calles y el parque lo ocupaban centenares de personas que invadían hasta los tejados de las casas de los alrededores. Todo olía a presencia humana. Al paso de cada minuto, mi obcecación era mayor con aquel reto. Voces y gritos definían la impaciencia del público que saturaba  los bares y cafés del pueblo.
Cuando llegó el momento apocalíptico de entrar en acción, a las cinco en punto de la tarde, estábamos recibiendo la señal de onda media de la WLW de Powell Crosley, el hombre que dio nombre a los famosos radios Crosley. La WLW emitía desde Cincinnati Ohio con una potencia de quinientos mil watts. La recepción de la señal en Caibarién era clara y se oía como si el enfrentamiento fuera al doblar de la esquina.
Lorenzo Martín Álvarez, mi primo que ya hacía su vida en Cuba, demostró sus dotes como traductor ese día; Reinoso se debatió ante el micrófono con los pormenores del combate, y yo me puse ante los controles. Los primeros minutos nos parecieron toda la eternidad por nuestras ansias de no perder un solo detalle. Íbamos retransmitiendo en español las incidencias del enfrentamiento que tenía lugar en el Polo Grounds neoyorkino, entre Dempsey y Firpo, el célebre Toro de las Pampas.
La “Pelea del Siglo” apostaba por el título mundial de peso completo. Todos los ojos del mundo estaban en Nueva York ese sábado, y Caibarién era parte de aquel espectáculo. Protagonizábamos un acontecimiento que justificaba la estridencia de los comienzos de la radio.
Por lo que narraban desde Estados Unidos, había lleno total en el Polo Grounds: más de ochenta mil espectadores enfurecidos apostando por el ídolo americano; en Caibarién, en cambio, toda la preferencia estaba en El toro de las Pampas. El centro de la ciudad y todos los alrededores estaba abarrotado de gente. No cabía un alma cuando empezaron a retumbar las bocinas que habíamos dispuesto a gran altura.
Firpo tenía veintiocho años y peleaba en busca de la cúspide de su carrera enfrentando a un Dempsey que ya era uno de los mayores boxeadores de la historia.
A plena tarde, todavía con el sol refulgente del Caribe, Dempsey y Firpo se dieron los primeros golpes. Feliciano comenzó su descripción y lo hizo como si él mismo habitara entre los dos boxeadores:
¡La pelea en el primer round comenzó casi pareja! ¡Dempsey utilizó su técnica y sus velocidades frente a la fuerte pegada de Firpo que ahora mismo domina el ring! ¡Hay movimiento en el ring!
Por el enfrentamiento coordinado, daba la sensación de que iba a ser un combate largo. Me asomé a la calle y en torno a la estación 6EV, en su sede de Céspedes, había hombres, mujeres y niños por todas partes. Una multitud agolpada escuchaba atenta los altoparlantes, que provocaban una verdadera explosión social por la inmediatez que les trasladaban las ondas. Ese día, tenía la sensación de que nosotros también nos estábamos inmortalizando al propio tiempo que lo hacía Firpo frente a Dempsey.
-¡Es espectacular lo que estamos viviendo, Feliciano!, le dije gesticulando de la emoción que todos advertíamos. Lo que narraba Reinoso, le brotaba de sus entrañas.
Como si el poder de los puños oyera nuestro mandato, en los minutos siguientes, aquel pleito dio un giro de noventa grados. Aquellas dos almas se pegaban como bestias voraces, como si uno de los dos sobrara en el ring. Reinoso seguía la descripción con pelos y señales:
¡Ha sido llegando al final del primer asalto! Firpo consiguió acorralar a Dempsey contra las cuerdas y con una certera derecha a la barbilla, lo arrojó fuera del cuadrilátero. ¡Jack salió despedido diecisiete segundos por entre las cuerdas del ring! ¡Esto es lo jamás visto!
Una pelea para no olvidar,  indescriptible se puede decir. Dempsey cayó sobre los periodistas, golpeándose contra una máquina de escribir, sufrió un corte en su cabeza, y, ciertamente, estuvo entre catorce y diecisiete segundos fuera de combate. Pero sólo la magia de la radio y el poder de la palabra podían trasladar el mensaje de lo que se estaba viviendo en Nueva York.
En realidad, fue una pelea de las que pocas se habrían visto en la historia del boxeo. Feliciano, con su  medular narración, ya formaba parte de un tiempo y ese tiempo comenzaba a hacer historia. Sus comentarios fluían uno tras otro.
Dempsey tuvo tiempo de pasarse los dedos por la cabeza desangrada. Presentía su propia derrota cuando tuvo la tentación de su revancha.
¡Hay una actuación injusta! –Reinoso se emocionaba-. ¡El árbitro llegó sólo a la cuenta de nueve segundos cuando Dempsey logró regresar ayudado por los periodistas!
Feliciano  se contoneaba frente al micrófono, parecía que estuviese en el cuadrilátero. Se enardeció más cuando vio que le arrebataron la pelea a Firpo.
Dempsey se incorporó como el que despierta de una muerte súbita y con una fuerza que no habría tenido nunca arremetió sobre su rival.
¡Esto es injusto! ¡Lo nunca visto! Una cuenta increíblemente lenta, sumado al hecho de que Dempsey no volvió al ring por sus propios pies, Firpo debió haber sido declarado ya ganador por knock out. ¡Pero, no, señores, sigue el combate! –alentaba Reinoso y seguía al hilo la pelea:
¡Hay un segundo asalto! Dempsey, recuperado, se lanzó sobre su rival y se convirtió en una máquina de dar golpes. ¡La sangre brotó del rostro de El Toro Firpo! ¡Jack Dempsey logró derribarlo tres veces!
Manolín Álvarez en el crepúsculo de su vida. Sobre sus manos la réplica de un hórreo de plata, recuerdo de su tierra asturiana que no volvió a hacer nunca.
Manolín Álvarez en el crepúsculo de su vida cuando ya era un nonagenario.
En el resumen de la pelea, Reinoso fue preciso:
¡La pelea ha sido detenida a los cincuenta y siete segundos! ¡Lo nunca visto! ¡Ya lo digo yo! ¡Dempsey es el ganador por knock out!
De cierto modo, los dos huesos duros que eran Dempsey y Firpo, parecían demonios enfrentados en un duelo a muerte. El combate duró cuatro minutos. Aquel día que inmortalizó la radio quedó grabado para siempre y la caída de Dempsey fue recordada como el momento deportivo más dramático en la primera mitad del siglo veinte.
Terminado el combate, la mirada de Reinoso no podía ocultar la risa delatora por aquel primer gran triunfo del deporte por las ondas y, al propio tiempo, un dejo de insatisfacción por la pelea robada a Firpo. Desde esa transmisión, Feliciano Reinoso fue de por vida mi gran compinche de la  radio.
Al siguiente día, el domingo quince de septiembre, la radio era la noticia en las portadas de los diarios. Habíamos prometido una transmisión simultánea y la conseguimos con un éxito rotundo.. Captamos la transmisión de onda media de la WLW y sin perder un solo detalle llevamos el combate de principio a fin. En cambio, la PWX de La Habana, que anunció con bombos y platillos aquella transmisión, no lo hizo sino a medida que entraba por teleprinter.
El catorce de septiembre, la 6EV se hizo mayor entre todas las estaciones que había en Cuba y se hizo grande en el mundo, porque aquel combate radiado pasaría a la posteridad como  el primer control remoto internacional en la historia de las ondas.
Reinoso, con veinticinco años, cantó el primer knock out al aire y  llegó a apasionarse tanto con aquella transmisión que con el tiempo se ganó el mote de Dempsey, y así firmaba después sus crónicas deportivas en la radio y en los periódicos.
Con Reinoso nació un estilo para triunfar en el éter, porque con su incombustible voz le dio color y emoción  al deporte por la radio. De la máquina de escribir le brotaban las crónicas más deslumbrantes de cada acontecimiento. Cogía las noticias al vuelo y las cocinaba con su lenguaje particular.

La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

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El atrio triunfó en Roma tal como el ágora en Grecia como punto de encuentro y opinión tras la caída de la civilización micénica en el siglo VIII (Antes de Cristo). Hasta nuestros días, la más famosa, el Ágora de Atenas, es la única belleza arquitectónica de la Antigua Grecia que conserva, al menos, su techo original. Y allí, como marcándole el paso del tiempo está al aire libre el extenso corredor, el atrio, que se disipa al Ágora de Atenas.

En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

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