30 marzo, 2017

31 AÑOS SIN MANOLÍN ÁLVAREZ

El Padre de la Radio en Cuba
   Hoy recuerdo  a mi amigo y gran consejero profesional.

                                                    El asturiano Manolín en  su primera estación,
la 6EV en Céspedes 7, Caibarién, Villa Clara.

Jesús Díaz Loyola
Fotos: Archivo del autor

SU nombre es Manuel, para Cuba Manolín Álvarez, mi amigo y gran consejero profesional, el padre de la radio. Hoy, 30 de marzo, se cumplen 31 años de su deceso. Otra vez me vuelvo a regocijar con su obra, porque la radio cubana le debe mucho a este asturiano de la emigración. 

En Caibarién, mi pueblo cubano junto al mar, donde residió toda una vida, reza una placa en Céspedes, 7: “Desde este lugar trasmitió en 1917 Manolín Álvarez las primeras señales de radio de Cuba. Caibarién. Instituto Cubano de Radio y Televisión. 10 de Octubre de 1982”.

Mil novecientos diecisiete fue el año de los grandes emprendimientos por la radio  en la isla. Y ese año, y muchos otros, hay que agradecerlos a la figura de Manolín.

Un lustro faltaba para que su vida llegara al centenario: ¡el Siglo!, cuando Manuel Antonio Álvarez Álvarez (Santiago de Ambás, 1891- Caibarién, 1986),  quebró su vida en Caibarién, adonde llegó con 14 años.

En La Habana de 1905, Manolín vivió en Tiscornia la cruenta página de la leyenda negra de la inmigración en Cuba. Después, a lo largo del camino toreó el chantaje y las incomprensiones de petulantes cuando pretendió enseñar la radio como "el invento mas humano que se ha hecho".

En 1917 transmitió las primeras señales y en 1920 ya estaba en posesión de la primera estación de radiotelefonía de Cuba: la 6EV desde  Caibarién, a la que luego sucedieron la 6LO y la CMHD, sin contar los lugares adonde llegó su impronta de forjador de las ondas.

Yo no tenía veinte años cuando comenzaba mis andaduras por el periodismo, y tuve la suerte fortuita de conocer a este hombre extraordinario, el maestro y padre de la radio cubana.

Lo  voy a recordar siempre, porque  la muerte  no se lleva a un amigo, sino que lo guarda y lo retiene en sus momentos más adorables como los días en que él me contaba su historia y yo escuchaba a Manolín todo entusiasmado.
Querido Manolín: 
Este amanecer, cuando desperté, viajé 31 años atrás a Caibarién, mi pueblo que también fue tuyo. Escuché doblar las campanas de la iglesia, y el Caribe parecía salpicar lágrimas en la ciudad, donde los dos estiramos la vida, tú con tu tiempo ido y yo con los años nuevos. Me resistí a saber que no estás.
Aquel día cruento de 1986, te escribí esta crónica para recordarte siempre, con esa entereza glorificante con que irrumpiste en el éter cubano.
Te voy a recordar toda la vida con tus historias amontonadas y enriquecidas, frescas y llenas de verdades irrebatibles. Por eso, las campanas de mi pueblo, que acabó siendo tuyo, seguirán doblando por ti, señor y amigo Manolín.
Un abrazo,
Jesús,
30 de marzo de 2017.

Señor y amigo, Manolín
La vieja costumbre colonial despertó a todos recién el amanecer.  Las campanas de la iglesia parroquial no cesaban en su repiqueteo constante, como si dijeran el último adiós a uno de sus hijos más queridos.
Muchos preguntaban en plena confusión por quién lloraba el bronce a cada golpe de badajos. La triste repuesta corrió de boca en boca, y el dolor no pudo aplacarse: había quebrado su último suspiro en tierra cubana un hijo adoptivo nacido en España, era Manolín, pionero de la Radio en Cuba y de los radioaficionados del planeta.
Seis años faltaban para que su vida llegara al centenario, pero la muerte, con su inusitado paso y su presencia cotidiana, cortó la risa y dejó un profundo vaho de tristeza en todos los habitantes de la Villa Blanca. Lejos de su infancia en el terruño de Santiago de Ambás, en Carreño, reposa bajo la tierra que le moldeó el carácter. Manolín, hombre digno y de mirada amplia, fue también expresión de fuerza, vitalidad y enseñanzas.
Entonces, vienen a la mente las antológicas coplas de Antonio Machado sobre Don Guido, o mejor aún, ese canto postrero en que dice: «Son buenas gentes, que aman, sueñan y piensan, y que un buen día, como tantos, reposan bajo la tierra».
No equivocaba su mirada insomne y triste el lírico español. Así era Manolín, a quien las campanas, en sueños libres, lo despidieron como si tocaran simplemente la aldaba de una puerta amiga.
Vuelven a la memoria los versos legendarios impregnados de sabia de ambos españoles. Parece que escuchó a Manolín Álvarez, cuando a principios de la década del veinte dejó impreso su primer éxito al instalar la única planta radial cubana de la época: la 6EV, de 20 watts de potencia.
Era de los buenos, enérgico y varonil, lleno de vitalidad insospechada, aunque los años marcaron demasiado su paso. Nunca falló su memoria, que era como de golpes macizos desbrozados por el boxeo entre la vida y la muerte, y así parecía cuando me concedió su última entrevista y estampó el placer de vivir para acariciar la radio como primogénito y veterano de un medio que dominó a sus anchas.
Lloraron, pues, los habitantes de Caibarién, y entre ellos yo, que conocí las caricias de un profesional que amó a su medio y a la Asturias, Patria querida y tierra de sus amores, como solía cantar, a menudo, en su medio familiar.
En Cuba le recordarán para siempre cual emigrado emprendedor cuando golpeaba risueño el esplendor de la madurez, lo recordarán en las descripciones que hiciera de los más importantes eventos deportivos y en la instalación de radioemisoras que le hicieron vestir paradójicamente el aquello de la modestia y la ejemplaridad.
Sintió tanto el terruño bañado por el mar que lo acogió a los catorce años, como por la España querida. Por eso devoró sus mejores días para propiciarle esplendor a Caibarién, puerto del norte de Cuba. No obstante, ya su vida nonagenaria presentía el dolor y el corazón apretaba su caja torácica con más fuerza. Era el presagio españolino del «caminante, no hay camino, se hace camino al andar, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar».
Era el sueño por Asturias y por Cuba. Amores a la Patria, amores de sueños desempolvados por la vida en perfecta añoranza del bien. Por eso, en Cuba, no dejarán de repiquetear las campanas de su Caibarién, y en plegaria merecida a lo Hemingway, dirán, estoy llorando por ti… Señor, compañero, amigo Manolín Álvarez.





En el crepúsculo de su vida, Manolín muestra el hórreo de plata que le obsequió el Ayuntamiento de Carreño, como recuerdo de su tierra asturiana que no volvió a hacer nunca.


Junto a estas líneas la mítica 6EV, la primera estación de radio telefonía cubana, salida de las manos de un asturiano de la emigración: Manuel Álvarez Álvarez, de Ambás, en Carreño (a la derecha)

28 marzo, 2017

¡53 AÑOS! GRACIAS A LA VIDA QUE ELLOS ME DIERON

▪️CUANDO yo era un hijo de la inocencia y me perdía en los arrabales de mi pueblo, mi madre enloquecía cuando pasaban tres y cuatro horas y no regresaba a la casa. Ella dejaba todo lo que hacía y salía en mi búsqueda desenfrenada por todas partes. A la casa de los amigos, de los vecinos más cercanos, y nunca tenía la menor idea de cómo encontrarme. 

Entonces, cuando justamente llegaba mi papá después de todo un día de faenar en los almacenes del puerto y se zafaba de sus polainas, mi mamá en su desesperación compulsiva, le decía:
—Ay José, mira que hora es y tu hijo anda solo por ahí. 

A mi me asaltaba la curiosidad por todo lo que pasaba en aquella vida lúgubre de mi pueblo y por eso me perdía en el mundo interior de los almacenes o correteando sobre los vagones del ferrocarril junto a Pepito Turo, los hijos de Cirilo o de la comadre Matilde y con cuanto amigo tenía en aquel barrio callado, al pie de la misma vía férrea por donde cada día iban y venían los trenes con los embarques de azúcares desde Caibarién, mi pueblo costero en el norte centro de Cuba, a más de 400 kilómetros al este de La Habana.

Esa es una de las vivencias más gratas que yo guardo de mi niñez, siendo un hijo de la timidez todavía que acababa sus días más tiernos completamente embarrado y chorreando agua sucia por todo el cuerpo escuálido de un niño de siete años. Ese niño, irremediablemente era yo, Jesús Díaz Loyola.

Son recuerdos gratos de los años en que se me estiraba el cuerpo cuando mis padres me llevaban a la escuela y me daban un beso en la mejilla, y yo corría a formar fila junto a los demás chicos de mi aula en el matutino de cada día frente al busto de Martí, pintado de blanco entre  jardineras florecidas. Formábamos una ordenada fila, porque sino la maestra Angélica Caturla nos ponía de castigo y nos mandaba diez veces a escribir una oración.  

Cuando mi papá no podía llevarme a la escuela, porque tenía que madrugar para irse a los muelles, entonces les tocaba a los abuelos, Leonor y Juan Coronado que ya están con Dios. Me llevaban ellos, porque yo empezaba con la perreta de que me llevaran mis abuelitos. Ellos fueron, en realidad, los mejores veladores de mi enseñanza y de mis sueños cuando ya estaba en edad de aprender a leer y escribir y me dormía en sus piernas repasando las lecciones de cada día. 

En los encuentros con los amigos, cuando  no nos veíamos en la zona de los almacenes, nos íbamos a trepar las matas de mango en los patios colindantes de los vecinos, a buscar caimitillo en el solar o a jugar en las noches a darle 12 vueltas a la ceiba de la escuela, a ver si era verdad que nos salía un fantasma. 

Cuando me volvía a casa  con mi carga arrebatada de los frutales, saltaba de alegría bajo los aguaceros torrenciales de mayo que recibíamos como baños de felicidad. 
Una vez, con un saco de mangos a cuestas, traté de saltar una zanja cuando estaba llegando a mi casa frente al Cuartel de la Marina   —pudiendo pasar por el puentecillo— y caí despatarrado dentro del agua. Mientras más me empeñaba en salvar los mangos más me hundía en la zanja. 
Aquella caída —que considero como el primer accidente de mi niñez— además de provocarme una brecha lateral en mi rostro, por la que me dieron los tres puntos más terroríficos de mi vida, fue ocasionada por mi natural, irreprimible y afortunada vocación de querer hacerlo todo y de prisa. Pero en circunstancias como esas, siempre aparecía mi papá, como en los días en que mi mamá no daba con mi paradero en aquel pueblo. Aparecía mi papá, y yo no lloraba ni con el mayor de sus regaños, porque mi papá —que era alto, fuerte y benévolo con todos sus hijos— era también mi mejor amigo.

Yo le confesaba todo lo que hacía desde que tenía uso de razón y mi papá no me peleaba; al contrario, se reía cuando yo volvía hecho un guiñapo, pero volvía gracias a mi papá . 

Hoy todos esos recuerdos de infancia se amontonan en mi memoria, mucho más que la justa dimensión de los 53 años.

Por eso, desde este muro que es bien poco para lo que la entereza de los padres representa, rindo honor a los dos seres más extraordinarios que he conocido, los que me dieron la existencia con la que hoy toco los 53, uno más o uno menos en este viaje indefectible que es la vida y que solo a ellos agradezco.

Por eso, digo que padre no es solo el que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el ser que da el amor. Y si yo he llegado hasta hoy, ha sido gracias al amor que mis padres —Elisa y José— me dieron y, sobre todo, ese ímpetu de no rendirme nunca.

¡¡Gracias a la vida y todo el amor que me inculcaron, hoy comparto con todos mis 53!!

26 marzo, 2017

CUANDO YO ERA UN BENJAMÍN


▪️Las décimas costumbristas que me escribió desde Cuba, el colega y amigo José Antonio Fulgueiras Domínguez.

🇨🇺Cuando a principios de los 80 yo llegué a la redacción del periódico Vanguardia (Santa Clara, Villa Clara), mi mejor escuela, me encontré un tándem de reporteros jóvenes, de quienes siempre se dio fe por la bocanada de aire fresco que significaba aquella generación que llevaba el periodismo en la sangre a toda hora y todos los días del año. Entre ellos estaba José Antonio Fulgueiras y algunos ya más curtidos como el decano maestro Guido de Armas Bermúdez, que murió el 25 de marzo de 2015 en Santa Clara, a los 80 años. 

Yo era el benjamín de aquel tándem y como todo principiante, cada día salía dispuesto a comerme el mundo a cualquier precio. 

A veces íbamos a dúo, Fulgueiras y yo, otras éramos un trinomio o un grupo numeroso cuando se nos sumaban Guido de Armas, Nelson García Santos y otros nombres de aquella generación. 

Con a penas 20 años llegué a la redacción, todo flaquito e imberbe aún. Fulgueiras imponía por su estatura con la misma grandeza que destacaba en el oficio. Cualquier hecho o acontecimiento era una crónica en sus manos por su arte de relatar la vida deportiva. 
Guido de Armas era un hombre de tez trigueña y tenía los ojos y el cabello negros como la noche. Su frente era ancha como la capacidad que tenía y nunca soltaba el pañuelo que de vez en cuando se llevaba a la cara, porque era pulcro hasta la saciedad.
Guido consumió sus años vitales entre la redacción de Vanguardia y la corresponsalía de la Agencia de Información Nacional (AIN) 

Lo que si no se me olvida jamás, era la satisfacción que exteriorizábamos cuando en la calle los lectores se improvisaban en torno a nosotros y entablábamos charlas espontáneas sobre los temas más versátiles del día a día.

Nuestros días de prensa, muchas veces acababan al pie de los rones en las tabernas del centro de Santa Clara. Cuando nos despedíamos, lo hacíamos entre miradas sigilosas con el ímpetu puesto siempre en escribir, tal vez cocinando en la memoria el clavo noticioso del siguiente día.

Muchas veces, los sábados o domingos, cuando Fulgueiras, Rodrigo Ruano, Rafael Rofes y muchos afanados con el deporte, se iban al campo a echar un partido de pelota  entre colegas del gremio, yo me empeñaba en jugar también. Pero, en realidad, nunca le di a la bola. Por eso, al recordar a Guido a dos años de su muerte y la manera costumbrista de Fulgueiras para evocarlo, hoy me escribió estas décimas para el recuerdo. 
¡¡Gracias, hermano!!

Un día le pregunté a Guido:
¿A qué edad comenzó a hacer periodismo? 
Y respondió:
 —Cuando comprendí que antes de hablar es mejor escribir.
Y escribiendo se le fue la vida.
Junto a Guido de Armas, en uno de los últimos encuentros en Santa Clara, hace unos años. 

«TAREA DE GUIDO»

Guido me metió en un rollo
cuando en un tono imperioso
quiso que hiciera famoso
pelotero a su “hijo” El Loyo.
Para zafar este embrollo
hablé con Loyola, quien
me dijo” Yo en un pitén
entrenaba con un viejo
carapacho  de cangrejo
en mi natal Caibarién.”

Un primero de febrero
tomé un bate y una bola
e intenté hacer de Loyola
un místico pelotero.
Le hice un gorro de un sombrero
y se semejó bastante
a un pelotero brillante.
Él vistoso se agachaba
mas bola que le tiraba
ninguna caía en el guante.

“Este no da pelotero
te lo digo sin intrigas:
puede jugar Grandes Ligas
pero como reportero.
Guido respondió: “Yo quiero
que le prestes atención,
y le des la formación
de reportero y artista”;
y como buen periodista
sí la botó de jonrón.
 (Fulgueiras, Santa Clara, marzo del 2017)
▪️GUIDO, ENTRE LOS COLEGAS MERCEDES RODRÍGUEZ Y LUIS MACHADO ORDETX. AL FONDO, NELSON GARCÍA, EL CÉLEBRE «MUERTO» QUE INMORTALIZÓ UNA DÉCIMA DE FULGUEIRAS.

23 marzo, 2017

ANA VALDÉS-MIRANDA: UNA ARQUITECTA REAL DE LA PINTURA

▪️La pintora cubana-española echa mañana el cierre a su última exposición en Madrid.

Un cuadro imponente: "Praga en vertical"

UNA GEÓMETRA CONSUMADA DEL CUBISMO

El cubismo en la obra pictórica de Ana Valdés-Miranda
Su serie "Habana", un viaje nostálgico y melancólico por las fisonomías de sus raíces cubanas.

La más reciente imagen de la cubana-española, Ana Valdés-Miranda, en Madrid.

🖌El cubismo representa la ruptura clara y definitiva con la pintura tradicional. El particular estilo de Ana Valdés-Miranda, pintora cubana-española afincada en Madrid, es la clara confirmación del cubismo que se mueve en sus manos, porque como de ella dijeron en la exposición que concluye mañana en la capital española, "Ana es una arquitecta real de la pintura." 

Durante tres semanas, Ana Valdés ha compartido la muestra 'Encuentro' en la galería Ulmacarisa de Madrid, junto a la artista alemana Sigrid Acker. 
Pero antes lo hizo en los espacios de Unus, en el madrileño barrio de Arturo Soria. De manera que la vida de Ana se mueve en un constante avatar entre la pintura y la música, su otra cualidad artística, además de su labor pedagógica en diferentes Centros Culturales del país.

La pintora alemana Sigrid Acker (abajo izquierda) conversa con Ana Valdés-Miranda.
Su paso por dos escenarios de Madrid
 en los últimos meses, la confirma como el referente que ya es dentro del cubismo contemporáneo. Basta con atender solo a la vitalidad de la obra que la artista llevó al breve espacio de la galería Ulmacarisa, en el 26 de José Abascal. 

En el conjunto de más de una decena de cuadros, resplandece el cubismo en cualquiera de sus obras enmarcadas en el estilo pictórico que brotó a principios del siglo XX.


"Praga en vertical" o "Praga en horizontal" (en la foto), la interpretación con la técnica del acrílico que Ana hace de uno de los viajes más memorables de su vida, son dos de las obras que atrapan al visitante en la exposición de Ulmacarisa, como lo son también los cuatro cuadros de la serie "Habana", un viaje nostálgico y melancólico por las fisonomías de sus raíces cubanas y todo su pasado. 

La Habana la pinta con el dramatismo de una ciudad sumergida. Una Habana contaminada. Una Habana en ruinas, pero que Ana la hace bella.

El estilo estructural de Ana Valdés-Miranda dentro de la arquitectura lineal, confirma su fijación artística en el marco de una modernidad estilística que tiene su antecedente en el movimiento cubista que abrieron Picasso y Braque como parte del movimiento pictórico de los albores del siglo XX. 

ANA PINTA COMO CANTA

Ana pinta oyendo música, una cualidad particular en ella. He tenido el privilegio de asistir a la sensación placentera que provoca escucharle cantar. Su voz es maravillosa y su canto, penetrante; pero confieso que con la misma pasión con que vocaliza un bolero o un danzón, Ana pone todo el empeño frente al caballete y  crea sus cuadros con una armonía pincelada como si de sus manos salieran poemas sin palabras, lo que me lleva a concluir que esta artista engendrada en Cuba, canta como pinta y pinta como canta. 

La exposición que dice adiós mañana y en la que han sido reunidas solo algunas de sus mejores obras, justifica en toda su dimensión el cubismo en la obra pictórica de Ana Valdés, impregnado del tratamiento vivaz de su colorido, de un gran manejo de la geometría y de las técnicas de la superposición de formas planas que predomina en sus paisajes. 

Ya en la antesala de la exposición que ha mantenido durante todo el mes de marzo en Ulmacarisa, la escritora, periodista y crítica de arte, Julia Sáez Angulo, definió su pintura como una expresión escultural en una arquitectura lineal y elogió su "trazado preciso con estética y romanticismo".  
La escritora, periodista y crítica de arte, Julia Sáez Angulo (izquierda) dijo sobre Ana Valdés-Miranda (derecha): Tiene "un trazado preciso con estética y romanticismo".  

Ana Valdés-Miranda ha  compartido protagonismo en esta muestra llamada 'Encuentro' con la pintora alemana Sigrid Acker, y que ha sido más bien un viaje entre el cubismo que a Valdés-Miranda le brotó al borde del Caribe y el arte proliferante del retrato europeo de la mano cuidada de Sigrid Acker.
Dos estupendos retratos de Sigrid Acker: "Mujer con botella" y "Fugitivas".

En su casa-taller de Madrid, todo el horizonte creativo de Ana Valdés-Miranda se mueve a base de acrílicos sobre lienzo y lienzo tabla, porque es donde más le gusta desarrollar su técnica, en "bases sólidas como la madera", dice.

Hay algo positivamente repetitivo en Ana, y es su tendencia al azul. En casi toda su obra es un color que prevalece, porque sencillamente así se siente feliz y es un referente irreprochable de su identidad y todo su pasado. Así ocurre con la serie "Habana" y con la "Noche azul" que consigue en el acueducto de Segovia, ciudad donde Ana recibió los primeros impactos de las fisonomías españolas que han ido llenando su obra. 

En el cuadro del Acueducto segoviano, la pintora cubana-española hace derroche del azul marino  de su infancia habanera. El azul resalta y da luz en su interpretación del acueducto romano del Siglo II. Sobre el cielo de su arquería y tras de si, explaya magistralmente el azul que contrasta con el paisaje del entorno de la monumental obra. Es lo mismo que le sucede con los tejados , cielos y fachadas en sus lienzos de La Habana. 

El día de su homenaje en la Tertulia Peñaltar de las Artes, le preguntaron:
 —Si tuviera que salvar un color de su paleta, ¿cuál elegiría? Ana respondió sin reparo que el azul. El azul de su isla y de sus viajes por ciudades como Praga, la isla veneciana de Burano, y españolas como Girona, Segovia, "una ciudad mágica" -como la define; también de sus años en Ponferrada y, sobre todo, Madrid, su segunda patria chica.

Ana Valdés-Miranda desarrolla el cubismo con una maestría del dominio de su técnica del acrílico con el óleo sobre lienzo o madera y consigue paisajes y tonalidades formidables como  se observa también en "La Transparencia de los peces". 

Hay otra relevancia en la pintura de Ana Valdés, y es que sus obras enmarcadas en el movimiento cubista no quedan en el simple escenario de los paisajes y las fisonomías de sus entornos. No quedan en el contexto de una naturaleza muda, porque Ana recrea los ambientes de sus objetivos, y con el dominio sobre el color y los elementos de su línea pictórica lleva luz y vida a sus cuadros. 

Hay una obra suya que a mi, particularmente me cautivó: "Gitana de Luto". Si bien no está incluido en la exposición, explaya en ella todo su dominio sobre el retrato. Es una interpretación nostálgica de los estados de una mujer como lo son sus logrados desnudos —tampoco en la Exposición– pero que encierran alegorías extraordinarias de figuras femeninas dibujadas casi de cuerpo entero y de las que impresionan la interpretación con cierta desproporción que consigue en su acabado. 

Lo que refuerza la amplia obra de Ana Valdés-Miranda es su constante desandar con la influencia del cubismo en una línea que la artista viene desarrollando en sus exposiciones por toda la geografía española desde hace mas de 20 años, cuando aterrizó en Madrid con el título para ella más amado  de graduada de Bellas Artes en la Academia San Alejandro de La Habana, impregnada de toda la sabiduría que le dieron importantes pintores cubanos como Flora Fong, Nelson Domínguez, Antonio Alejo (DEP), José Fowler y Juan Moreira.

De Ana Valdés-Miranda se pueden decir muchas cosas, pero nada mejor como la definió Evelio Domínguez, un extinto artista costumbrista cubano, amigo del alma y del oficio, quien la llamó "pintora de la canción o la voz de la pintura"

Es, precisamente, la linealidad en la mayoría de sus obras, el manejo de la geometría y de la superposición de formas planas, las características esenciales que emanan de los cuadros de Valdés-Miranda, y que hasta este viernes pueden ser visitados en la muestra 'Encuentro' de Ulmacarisa para comprender mejor los elementos imprescindibles del cubismo que destacan y prevalecen en cualquiera de sus cuadros.

Dije al principio que el particular estilo de Ana Valdés-Miranda es la clara confirmación del cubismo que se mueve en sus manos, porque como de ella dijeron, Ana es una arquitecta real de la pintura. Pero Ana es algo más, es una “geómetra consumada de su estilo” cuando en cualquier obra suya las arquitecturas de las fisonomías más diversas adquieren formas y colores.

14 marzo, 2017

Con tu implacable lápiz rojo

A PROPÓSITO DEL 14 MARZO: DÍA DE LA PRENSA CUBANA 

Con el ímpetu de un colega inolvidable en la memoria, Jorge García Sosa, me voy a reiterar en esta crónica, hoy Día de la Prensa Cubana, y recordar con él la redacción de Vanguardia de nuestro tiempo en aquel desvelo impenitente por currarnos la noticia de cada día. Gracias, Jorge por toda la sabía que nos inculcaste. 


  A Jorge García Sosa.

Con tu implacable lápiz rojo

Por Jesús Díaz Loyola.

Te lo dije la última vez que nos encontramos en Santa Clara: "He añorado siempre que volviéramos a ser la redacción de «Vanguardia» que una vez fuimos".


El testimonio más elocuente que guardo de Jorge García Sosa (Santa Clara, 1951—2013) es el de los años 80, los del gran fogueo del periodismo provinciano cuando rastreábamos la noticia palmo a palmo, sin importarnos límites ni tiempo.

Como jefe de información entonces, con tu implacable lápiz rojo, limpiabas de hojarascas y textos floripondios, las crónicas certeras que volcábamos en las gacetillas de cada día. Así nos impregnabas el aire nuevo. Por eso estuviste en la cúspide y lideraste aquel tándem de hacedores de la noticia cuando el periódico era un hervidero, un verdadero zafarrancho en el desvelo por la exclusiva de cada día. 

Después, como diseñador, nutriste de ideas nuevas el lenguaje de los formatos de las páginas que llenábamos con el día a día.

Jorge era alérgico a los actos y al reunionismo. Durante sus más de 30 años de ejercicio, la perspicacia por la novedad le había gobernado siempre en la esencial divisa de que el periodismo es para los demás, y no para uno mismo. Por eso nos concienciaba que detrás de un acto y una reunión había otra noticia mejor.

TRES DÉCADAS FECUNDAS

En el momento de su muerte, ocurrida el domingo 1 de diciembre de 2013, Jorge ocupaba el sillón de jefe de redacción en 
«Vanguardia» y dejaba tras de sí, tres décadas de ejercicio fecundo en la redacción del periódico que lo amamantó toda la vida desde que terminó sus estudios en la Universidad de La Habana.

En los años 80, todavía en la época en que «Vanguardia» se imprimía en la rotativa que tenía en la misma redacción actual de Céspedes y Plácido, por un golpe de suerte, pasé a integrar la plantilla de reporteros del diario después de tres años destinado en el Gobierno provincial de Villa Clara.

Aquel salto me permitió conocer mejor las dimensiones de un Jorge García, a quien ya admiraba como un "as de la redacción". La burocracia administrativa que había dejado atrás, no perdonaba que primero fuéramos periodistas y después portavoces. 

En esa manera de decir las cosas como son, tuvo mucho que ver la suspicacia de Jorge García, que cada día nos volcaba en una batalla permanente por poner sobre el tapete los problemas más acuciantes de la vida. Fue así como llegué a intimar con él, en sus tiempos memorables como jefe de información de 
«Vanguardia». En realidad, fue él y no otro, quien me propuso que me fuera a trabajar en el periódico y le sacara partido a mi entonces naciente vocación.

Y hasta lo dudó en algún momento: “Mejor te quedas en el Poder Popular, porque entonces quien nos va a sorprender a la hora del cierre cada día, diciendo: ¡Traigo un 'palo', un notición!“.

Hay una exclusiva que puedo considerar el mayor bombazo informativo que haya metido durante mis años en «Vanguardia» a la vera del ímpetu certero de García Sosa, y ese fue el reportaje denuncia a la pasividad burocrática que lastraba la ejecución de la fábrica de traviesas de Santa Clara, un tema que levantó polémica y revolucionó el espíritu constructivo de una obra que cuando la denunciamos en "Vanguardia" era como un mamut fosilizado que lastraba el desarrollo de la provincia.

De ahí salió el reportaje titulado: "Fabrica de traviesas: Un elefante blanco dormido". 
—Salió como un tiro", me dijo ese día cuando manoseábamos la plana ya impresa que fue un 'boom' que agotó bien temprano la edición en los Kioskos.

En ello, no sólo tuvo que ver Jorge, que ya era brillante emplanando las páginas del diario; también fue determinante la rienda abierta que nos daba otro as de la noticia: Ifrain Sacerio Guardado, el jefe de información que sucedió a García y que desafortunadamente también sucumbió.

Ifrain Sacerio Guardado.

Jorge y Sacerio fueron dos nombres, dos identidades de una época de «Vanguardia», que se convirtieron en los mejores confidentes de las investigaciones que una batería de reporteros tenaces llevábamos adelante cada día en el afán por revelar lo bueno y lo malo.

Pero no siempre todo se publicaba. Tanto Jorge como Sacerio se habrán llevado a la tumba muchas  historias no contadas de esa dinámica a veces infructuosa cuando a ellos tocaba la triste determinación de anunciarnos la no publicación de muchas cosas. Fue lo que me pasó con el Secuestro de Agustín García Fernandez, un pescador del puerto de Isabela de Sagua, que vivió mil desventuras en el estado norteamericano de la Florida, y aún cuando regresó, no pudo ser héroe en su tierra. Eso nunca se publicó, y no precisamente obedeció a una determinación de Jorge o Ifrain.
'El Secuestro de Agustín' se fue a la basura, pero me quedó el aliento certero de dos maestros de mi tiempo y de mi oficio. Al menos, de aquellos batacazos quedaba la sólida enseñanza que en buena lid me inculcaron Jorge y Sacerio. "¡Tú, sigue así!", me decían premiando mi afán, aunque los reportajes cocinados durante días enteros en las máquinas de escribir, a veces fueran a parar a la papelera, porque sencillamente "no ayudaban".

Así fue como yo comencé a ver un periodismo que cada día perdía más sustancia —lo veían todos— y se quedaba más rezagado, en medio de historias estremecedoras que la indolencia burocrática rechazaba ajena a toda la voluntad de mis colegas.

A pesar de ello, la dinámica que me impregnaron mis años provincianos en «Vanguardia», sirvió para que todos creciéramos periodistas ejercidos y curtidos. Muchos como yo, llegaron en los 80, recién graduados e imberbes todavía, pero con el mayor empeño puesto en publicar.  Así se nos acabó de estirar el cuerpo, arropados en el desvelo de nombres como el de Ifrain Sacerio Guardado y el mismísimo Jorge García Sosa, aunque ya sólo queden sus nombres para recordarlos.

El periódico era la mejor escuela de periodismo, pero en realidad, la escuela era Jorge García siempre que empuñaba el lápiz rojo sobre las cuartillas de los reporteros que escribíamos la crónica del siguiente día.


En la plenitud de los 80, cuando empezábamos a trajinar sobre la máquina de escribir y las grabadoras de bovinas que cobraban vida en las redacciones.
Tanto Jorge como Sacerio, tuvieron la audacia de curtirnos a muchos noveles periodistas cuando «Vanguardia» era un corrillo de corresponsales y reporteros, el diario que daba en la diana de la noticia cada día. 

09 marzo, 2017

CUBA: ¡TREMENDA CHUSMERÍA, CABALLEROS!

¡“Reagan tiene saya; nosotros pantalones, que tenemos un comandante que le roncan los co…..!” (Consigna revolucionaria popularizada por el excanciller cubano Felipe Pérez Roque, en sus tiempos de líder estudiantil)
LA CHUSMERÍA, HIJA BASTARDA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA
▪️Miriam Celaya
La Habana despierta temprano y antes de las 8:00 am es un hervidero de voces y movimiento. Trepidan los viejos autos y ómnibus por la ciudad, la gente se aglomera en las paradas y en los contenes, bulle la nueva jornada de supervivencia. Apenas a una cuadra de la céntrica avenida de Carlos III, decenas de adolescentes se apiñan en los alrededores de la secundaria básica “Protesta de Baraguá” dilatando todo lo posible el momento de entrar al matutino. Con independencia de géneros, vivaces, altaneros, irreverentes, casi todos hablan en voz muy alta, gesticulan, gritan de unos grupos a otros, de una a otra acera.
Una estudiante pulcramente vestida y bellamente peinada, se empina sobre sus pies mientras se coloca las manos a ambos lados de la boca, a manera de bocina:
—¡Dayáááán… Dayáááán! ¡Oye mi’jo, no te hagas el loco… Contigo mismo es, ¿qué bolá, qué p…. te pasa?!
El interpelado, a media cuadra de distancia, se vuelve hacia la muchacha y echa a reír:
—¡¿Eh, Carla, ¿cuál e’?, ¿se te pegó el picadillo?, ¿Yandi no te quita la picazón y te hace falta que yo te “arrasque”?!
—¡Ayyyy, papi, ya quisieras. Tú no tienes pa´ eso!
El breve diálogo va acompañado de una gestualidad exagerada, procaz.
Dayán se acerca y ambos se saludan con un amigable beso y mucho manoseo. Se integran a un grupo cercano de condiscípulos que parlotean entre sí. Cada tanto, las palabras fuertes vuelan, como los gorriones matinales de los árboles cercanos. Observo atenta el panorama general. El saludo entre estos jóvenes puede ser una nalgada, un beso o una frase gruesa digna de una taberna de bucaneros, dicha con la naturalidad que imprime la costumbre.
Me acerco al grupo y me identifico como reportera. Quiero hacerles unas preguntas rápidas y sencillas antes de que tengan que traspasar la cerca de entrada de la escuela, les aclaro que no necesito nombres, que no los voy a grabar y que no les haré fotos si no lo desean. Algunos se alejan un poco, por si acaso, pero quedan lo suficientemente cerca como para escucharlo todo. Ninguno quiso ser fotografiado.
¿Dónde aprendieron a expresarte así?, ¿sus mayores se lo permiten en casa y los maestros en la escuela?, ¿han crecido en un medio familiar violento?, ¿qué entenderían ustedes como groserías, o “malas palabras”?, ¿cómo definirían el lenguaje que utilizan?, ¿en alguno de sus libros de literatura o lengua española encuentran ese vocabulario?
Tras algunos titubeos, es el propio Dayán quien rompe el hielo. “Na’, mi tía, normal. Todo el mundo habla así y todo el mundo sabe lo que quieren decir esas palabras. En la casa hay que tener cuidado porque los padres se ponen muñecones si uno dice muchas malas palabras; pero ellos sí las dicen como si ná. Los maestros casi nunca se meten en eso. Eso no tiene nada de malo. Mire, en mi casa no hay violencia de esa. A mí  nunca me han dado golpe. Bueno, algún pescozón cuando era chiquito y hacía algo malo, pero ‘normal’, como a todo el mundo”.
Enseguida los demás se atropellan para decir y opinar, interrumpiéndose unos a otros. Todos coinciden en que lo que pasa es que en “mi época” no se hablaba así porque había mucho atraso, menos libertad, pero “eso era antes”. Decir palabrotas ahora es “normal”, (todo un adelanto, diríase). Es verdad que en sus libros no hay ese vocabulario, pero los libros son una cosa y la vida real otra; lo mismo pasa, por ejemplo, en la televisión. Indago un poco más y descubro que ninguno de ellos se ha leído jamás una novela. Menos aún conocen de poesía. En resumen, la vulgaridad no es tal para ellos, sino que las expresiones más ordinarias son la norma.
El timbre de la escuela avisa que va a empezar el matutino y los muchachos se empujan para entrar mientras ríen divertidos. Yo soy, obviamente, una “temba chea”, una especie de anacronismo pasajero de ese día. Algunos, muy pocos, se despiden de mí antes de darme la espalda y alejarse.
Pero así como no todos los jóvenes son vulgares, tampoco todos los vulgares son jóvenes. La epidemia de grosería, que se ha tornado endémica, no es un fenómeno generacional sino sistémico.
Por la tarde salgo a la avenida cercana y bordeo el portal lateral del Mercado de Carlos III, por la calle Árbol Seco, donde diariamente los taxistas se agrupan para sus cotilleos entre un cliente y otro. En la ventanita de ventas toman café o se compran alguna bebida para refrescar las abusadas gargantas. A cada momento las groserías salpican las charlas, en especial en las amigables discusiones a toda voz sobre la serie nacional de béisbol o sobre los precios de los automóviles, cuya venta recién comenzó por el Estado. La adolescencia ha quedado muy atrás entre ellos; muchos peinan canas y otros ya no conservan siquiera canas que peinar.
Le pregunto a un parqueador septuagenario que cubre el área si esos habituales del portal siempre dicen palabrotas tan gruesas o es solo por la emoción del momento. “Eso es normal aquí. Siempre dicen malas palabras, aunque haya cerca mujeres y niños. Ya no hay respeto. Y si les dices algo es peor, así que mejor quédate calladita la boca”.  Le aclaro que no pienso decirles nada.
En realidad, si fuera a reprender a todos los que se expresan con groserías tendría que pasar cada día completo regañando y hubiese recibido más de un gaznatón. En Cuba, hoy por hoy, la corrección de las maneras y del lenguaje se consideran una gazmoñería injustificable: impera el aserismo. Pero, ¿cómo y cuándo comenzó todo?
¡Asere, ¿qué bolá?!
Cierto que siempre han existido personas ordinarias y mal educadas, solo que en la actualidad la grosería ha invadido la sociedad cubana, al punto que ya no es posible sustraerse de ella. A contrapelo del discurso oficial que pregona sobre la instrucción y cultura de este pueblo, la vulgaridad –como forma particular de violencia– parece haber llegado para quedarse entre nosotros. Desde las palabrotas más gruesas hasta la impudicia masculinísima de orinar en la vía pública y a plena luz del día, la cotidianidad es cada vez más agresiva.
Si fuésemos a explicar la historia del imperio de la vulgaridad en la Isla utilizando algunos de los vocablos prosaicos que se han ido incorporando al habla cotidiana en diferentes épocas de estos 55 años a partir del igualitarismo ramplón impuesto como política de estado, probablemente solo un cubano crecido en este ambiente podría entender algo del léxico. Quizás el recuento podría sintetizarse así, y perdonen los lectores, solo pretendo ilustrar el caso:
En un principio fue un asere, que asaltó un cuartel con un grupo de ecobios, aunque él salió en pira cuando empezó la balacera. Aquello se puso malito y falto’e frío y los que se salvaron fueron pa’l tanque. Pero como eran unos locotes pinguses, al final ellos y otros moninas que se les pegaron por el camino cogieron el mazo aquí, por sus cojones, le dieron el bueno envenena’o a Batista, que era un punto, y ahí empezó la burumba esta. Se acabaron la fineza y la blandenguería, que aquí todo el mundo es la misma salsa, así que al que le pique que se arrasque, y si no, “tunturuntun”, ¡qué bolá!, ¡y quimba pa’ que suene! ¿Cuál e’?

La generalización del mal hablar y la pérdida de las buenas maneras es ya un rasgo distintivo de la sociedad cubana de estos tiempos, al punto que el propio general-presidente, Castro II, ha manifestado públicamente su alarma por tanta chabacanería. La vulgaridad social, esa suerte de hija bastarda que ahora el régimen se niega a reconocer como propia, ha traspasado los límites del populacho y ha llegado a los umbrales sagrados de sus padres. Y los asusta. ¿Qué tal si un día tanta ordinariez descontrolada se convierte en violencia contra el trono?
Los diligentes pregoneros, por su parte, han respondido de inmediato al silbato del amo. Lenguaje, ¿Las buenas formas se fueron de viaje?, es un artículo donde la periodista oficial María Elena Balán Sainz, tras lamentarse de las malas formas del habla y de los modales que rigen actualmente en Cuba, en especial entre los más jóvenes, se adentra en un análisis sobre el origen del español hablado en la Isla y su parentesco léxico con otros países de la región, sobre la teoría evolucionista del lenguaje, su importancia en la comunicación humana y de su cuidado, por lo que insiste en que “Aunque aparentemente caiga en saco roto, no podemos dejar la batalla por el uso correcto de nuestra lengua, aunque existan tendencias marcadas en los últimos tiempos al lenguaje popular chabacano, en ocasiones con ingredientes vulgares.”
No pudo sustraerse ella misma a los lugares comunes que en Cuba hacen de cada cuestión una “batalla” y donde toda “estrategia oficial” naufraga en estériles campañas, aunque hay que reconocer las buenas intenciones de su artículo. Sin embargo, de su texto parece inferirse que la chabacanería y la vulgaridad surgieron súbita y espontáneamente entre nosotros, sin motivo ni razón alguna, con la misma naturalidad que si fuesen hongos sobre heces de animales en un potrero. Balán Sainz no menciona ni una sola vez la rusticidad soez de las consignas revolucionarias, las palabrotas de los mítines de repudio, la vulgaridad de agredir y golpear a los que no piensan como indica el credo verde olivo, la grosería estimulada y arropada desde el poder para tratar de anular moralmente al diferente.
Aquellas aguas trajeron estos lodos…
Utilizando ahora mis propias palabras para el recuento, diría que en un principio fue la violencia de una revolución social que alcanzó el poder por las armas; que expropió; que expulsó; que sembró las exclusiones por cuestiones políticas, de credo religioso, de preferencias sexuales; que impuso el igualitarismo, condenó las tradiciones, separó a los hijos del hogar de sus padres para adoctrinarlos, fracturó las familias, condenó la prosperidad, secuestró las libertades, sofocó las capacidades creativas y la independencia de los individuos, estandarizó la pobreza,  empujó a una emigración infinita que nos asuela y mutila. No puedo imaginar mayor vulgaridad.
Ahora, cuando ya Cuba parece una tierra arrasada, su economía arruinada y los valores extraviados entre las viejas consignas y las constantes decepciones, el régimen se perturba por la grosería y pobreza del lenguaje, que avanzan proporcionalmente con la crisis general del sistema.
Pero en algo tiene razón Balán Sainz, cuando nos recuerda que el léxico es reflejo de la realidad social. A un país empobrecido donde cada día se palpan con mayor acento la frustración, las precariedades de la supervivencia y la tendencia a la violencia, le corresponde un lenguaje pobre, vulgar y violento. Es parte del daño antropológico, tan magistralmente definido por Dagoberto Valdés.
¿Habrá soluciones? Por supuesto, pero tampoco serán espontáneas. Solo el final de la grosera dictadura castrista podría marcar el principio del fin del aserismo en Cuba.

La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

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El atrio triunfó en Roma tal como el ágora en Grecia como punto de encuentro y opinión tras la caída de la civilización micénica en el siglo VIII (Antes de Cristo). Hasta nuestros días, la más famosa, el Ágora de Atenas, es la única belleza arquitectónica de la Antigua Grecia que conserva, al menos, su techo original. Y allí, como marcándole el paso del tiempo está al aire libre el extenso corredor, el atrio, que se disipa al Ágora de Atenas.

En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

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