20 febrero, 2017

LA DESOLACIÓN DE MI PUEBLO: CAIBARIÉN


CAIBARIÉN ERA UNA CIUDAD 
BONITA, ERA PUES, PORQUE 
YA SE HA QUEDADO EN NADA 🌊

AÚN "hay belleza en las ruinas", me dijo el maestro y paisano Flores Chaviano, que estos días dejó la guitarra en Madrid y, cámara en mano, tomó un avión y se fue a un viaje por todo su pasado.
Flores Chaviano junto a otro gran maestro: Marcos Urbay Serafín, director de la centenaria banda de Caibarién. Hubo tiempo para entregar a Urbay un ejemplar de mi libro "Crónicas del Caribe", un viaje por la historia de ese pueblo cuando era la moda de Noche de Ronda, El Limonero, Mi jaca, Allá en el Rancho Grande o Ya tú no soplas... y Manuel Álvarez, el asturiano que se sembró en Caibarién, las inmoratalizaba en la radio.


▪️CON la mirada vacía, Flores Chaviano recorre estos días el Caibarién de sus ancestros y de su infancia. 
Lo que queda del edificio de la Colonia Española. Abajo en sus años de esplendor.

Flores Chaviano Jimenez, una de las grandes figuras de la guitarra contemporánea, nació en Caibarién, puerto del norte de Cuba, en 1946 y reside en España desde 1981. 

Todo el recuerdo que viaja con él tiene más de 35 años, el tiempo que lleva fuera de Cuba,  o mucho más a juzgar por su edad  septuagenaria.

No tenía 10 años cuando el Caibarién de los 50 era una villa con esplendor y color.
Flores Chaviano durante sus años jóvenes en Cuba.
Los Ensenachos, una de las playas más deseadas en la cayería norte de Caibarién, que ha dejado de ser un paraje natural para ceder espacio a las construcciones hoteleras que han golpeado la belleza del entorno. 

Flores ha vuelto a su terruño cubano —siempre la tierra— como parte de un periplo que lo llevará también en marzo a la ciudad de Miami, donde recibirá el homenaje —que no le hicieron en Cuba— en el ámbito del Festival de Música nueva de la Florida International University (FIU) por toda una vida consagrada a la música. 

Hoy me envió esta imagen de ese Caibarién quieto y callado que se encontró y que se sobrepone al tiempo como si de martillazos a la historia se tratara. 

Flores se encontró a un pueblo que llora su desgaste. Era un llanto aguantado por muchos años. Por el desgaste paulatino y la desolación de su gente.
La imagen del litoral callado que guarda tras de sí la fisonomía de los muelles centenarios (abajo) que protagonizaron su historia.

Etiqueta de una de las fábricas de habanos en los años del gran auge productivo de Caibarien. Ya de eso, nada queda.

La imagen del litoral callado que guarda tras de si la fisonomía de los muelles centenarios que protagonizaron su historia, la tomó Flores Chaviano esta misma semana, contemplando con nostalgia todo el tiempo ido de una ciudad envilecida. "Hay belleza en las ruinas", me dijo con el sobresalto del disgusto de haber encontrado a un Caibarién sumergido.

Entonces el maestro echó a andar por el litoral con un cúmulo de recuerdos de aquellos años de infancia maravillosa, en que todo era jolgorio, fiesta y alegría con los cruceros yendo y viniendo tras el esplendor de la Villa, con fábricas por todas partes que justificaban todo el empuje industrial de una ciudad que ya la nutrían peninsulares y foráneos asentados en Cuba desde principios del siglo pasado.

El teatro Cervantes (en la foto) como el América y el Cinema, los tres escenarios del pueblo, destacaban por la calidad acústica, porque fueron construidos a semejanza de los grandes escenarios europeos. Ahora solo son nombres para el recuerdo y por los que varias generaciones habrían pasado. 

Lo que queda del café Central frente al cine-teatro Cervantes. 

Cuando Flores Chaviano nació (1946) en aquel pueblo de portuarios y pescadores, eran todavía los tiempos en que hacia Caibarién fluía un fuerte comercio de importaciones desde los Estados Unidos. Era entonces cuando Cuba, realmente, estaba más cerca de Norteamérica, y Caibarién era un punto neurálgico del ocio y los negocios en todo el centro del Caribe, y le unía una línea regular de vapores con viajes directos todas las semanas, desde y hacia Nueva York. 
El Caibarién de principios del siglo XX.

Han pasado más de 70 años, la misma edad que ahora tiene Flores Chaviano. En cualquier parte del pueblo, sus hijos lloran a Caibarién como lo hizo Flores esta vez. Se llora al pueblo y al lugar en que se ha nacido cuando el contraste es de un pasado sepultado por la testarudez de sus gobernantes y la dejadez burocrática.

Caibarién, en el centro-norte de Cuba, ya no es como el recuerdo guardado de Flores Chaviano hasta ahora en que regresó a sus raíces, se encontró con sus hermanos, y con ellos buscó el consuelo por aquella ciudad inmensa que el tiempo y la corrosión han ido dejando en la nada. 

Una secuencia de cómo se desmoronó el Gran Hotel Comercio desde que vivió su máximo esplendor de la primera mitad del siglo (foto inferior) hasta nuestros días. Por el Comercio pasaron celebridades de todo el mundo. Allí se alojó el poeta español Federico García Lorca durante su visita a la ciudad en 1930, y hasta tocó varias veces al piano, porque la música identificaba las noches cubanas del Comercio.


Sin embargo, no porque sus maravillas arquitectónicas se hayan reducido a ruinas, deja de ser un paisaje impresionante el Caibarién dormido que se encontró Chaviano en su desandar por la villa. Ora en el parque de su infancia, ora en los espigones de su puerto marinero y pescador, ora en el cementerio de tanta alma bendita que descansa en sus sepulcros. Entonces, el canto póstumo es inevitable para tributarle a Manuel Corona y a su musa Longina, que allí descansan, el verso ya emblemático del "lenguaje misterioso de tus ojos" que es también el de una ciudad que duerme la pesadilla de su destino.

Así encontró estos días el maestro Flores Chaviano a su rincón costeño y pescador. 
Arriba, la ruina de la Colonia española y abajo el hotel España cuando todavía estaba en pie y era referente obligado por un plato típico que todo el mundo iba a degustar allí: la célebre salsa perro. 
Hoy la bahía del puerto de Caibarién y de muchos puertos cubanos, son un rincón nauseabundo. La dejadez de los años lo ha corroído todo. Las fisonomías espléndidas en muchas partes de la Villa Blanca que todavía siendo un treintañero dejó el guitarrista, no se han salvado de nada. Los espigones y los almacenes más emblemáticos que dieron esplendor a Caibarién, ahora son ruinas desvanecidas sumergidas en los abismos del mar: el muelle López que vivió todo su esplendor hasta poco antes de partir Chaviano, el San José, el Pita o el Zárraga, todos se han corroído y solo quedan como un recuerdo lejano de las imponentes construcciones que fueron junto al mar. 

Los almacenes del puerto, ayer y hoy.

En su interior se almacenaban los azúcares que después se exportaban a América, y eran un eslabón determinante en la economía de la ciudad desde el siglo XIX. 

En las últimos años de existencia de aquellos almacenes emblemáticos, allí empezaban nuestros días de juegos Infantiles estrujándonos sobre el herrumbre viejo de los trenes. Luego, regresábamos a casa hechos un asco, con el sudor y la suciedad chorreándonos por todo el cuerpo, oliendo a mil demonios, pero con una sonrisa placentera de las travesuras de nuestro tiempo. 

Hoy, todo se ha destruido en Caibarién, hasta el célebre maderero Linares. Del chalet de los Arcos Bergnes (después cooperativa de pesca) ya solo queda su nombre. El tiempo y la falta de cuidado, lo deshizo para siempre.
 
 Las estructuras cubiertas por las aguas son testigos sumergidos de un ataque despiadado del tiempo y el hombre mismo a la historia constructiva de una ciudad que lucía como perla al borde Caribe. 

“Caibarién era una ciudad bonita e inmensa, era pues, porque ya se ha quedado en nada."


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▪️Fotos cortesía de Flores Chaviano y Archivos.
▪️Flores Chaviano Jimenez (Caibarién, Cuba, 1946) reside en España desde 1981 y es una de las grandes figuras de la guitarra contemporánea. Tanto como intérprete como compositor, sus trabajos artísticos han sido muy reconocidos por la crítica especializada y hoy en día está considerado uno de los más importantes creadores cubanos y de España.

Vista aérea de la Iglesia parroquial de Caibarién. Todavía sobrevive al tiempo.

2 comentarios:

  1. Lo mejor, estimado Jesus, es no ir, digo yo. Ahora a Flores Chaviano, le va a costar mucho trabajo deshacerse de ese sabor amargo del reencuentro con una realidad que ya no le pertenece. En lugar de aliviarnos la nostalgia, estos regresos a las raíces nauseabundas (como dices en tu escrito), lo que hacen, es llenarnos el alma de mas pena, como si ya no tuviéramos bastante, con tener vivir en tierra prestada, donde a pesar de todo, nos quieren mejor. Yo que acabo de cumplir solo 20 anos sin ir, no me atrevo, prefiero curarme en salud, respirando el aire cargado de salitre y mangle, en un mar cercano, que antes creía prestado, pero ya asumo como si fuera el de Caibarien.
    Te leo a veces Jesus, cuando me encuentro que escribes algo, sobre todo lo que pones en Facebook relacionado con nuestro pueblo. A mi me parece que tienes "ese algo de narrador", que es como un don natural, como ser poeta.
    Un abrazo desde Orlando, Fl, excelente cronica sobre el maestro Chaviano y la historia de su regreso triste.
    A propósito, mi mama, que es un poco mayor que el, fue su vecina de sus primeros anos, allá por el cruce entre las calles Comercio Y Agramonte.
    Gracias por mostrar tu talento amigo.

    Ramon Martínez

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    1. Apreciado Ramón.
      Es un placer, agotar mi existencia en lo que más me gusta hacer: escribir. Y lo hago con un placer supremo cuando viajo por todo mi pasado, porque es la historia que nos tocó y que viaja amontonada en todos nuestros recuerdos.

      Vivir para contarlo, es todo lo que nos queda y, sobre todo, no renunciar jamás al amor por el terruño y las raíces.
      Un abrazo 👋🏻

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