13 febrero, 2017

«LA RADIO ERA UN ZAFARRANCHO»


HOY ES EL DÍA MUNDIAL DE LA RADIO
En el punto de escucha de todo el mundo, la labor imprescindible de la radio tras desastres y emergencias. 
El veinteañero Manolín Álvarez.

El testimonio que me contó Manuel Alvarez en 'Crónicas del Caribe' cuando la radio de la primera hora salía tras el rastro de las contingencias. "Manolín" fue un protagonista de su tiempo y también vivió la desgracia de primera mano. A punto de zozobrar estuvo muchas veces, pero le acompañó la voluntad y el tesón siempre. Nadie podrá contarlo como él me lo contó.

                —VI—
LA HORA DE LOS HURACANES

«HAY veranos apacibles en el Caribe que se vuelven una furia loca cuando arrecian los huracanes. Muchas veces mientras dormía tenía la presunción de que una desgracia iba a pasar. Sabía que de un momento a otro toda la maquinaria de la radio se pondría frente a las adversidades y sus secuelas. En temporadas de huracanes, toda la artillería de la radio estaba preparada para que al primer indicio diéramos un giro y las transmisiones emergentes se activaran rápidamente. 

Los huracanes llegan al Caribe como visitantes insospechados que se forman en sus aguas mansas y arrasan con todo lo que encuentran a su paso. Nadie olvida en Cuba las huellas de sus ciclones ni de sus terribles estelas. Nadie ha conocido un huracán más devastador como el que azotó a Santa Cruz, en la provincia de Camagüey, en septiembre de mil novecientos treinta y dos. Dejó sin vida a más de tres mil personas y miles de heridos y damnificados. La radio estaba siempre en primera fila como vía esencial en la reconstrucción de los pueblos al paso de las tragedias. Acercábamos voluntades en medio del deterioro humano y material que dejaban los ciclones...

Las programaciones se traducían en páginas e informativos abiertos a la esperanza. Pasó con el huracán de Santa Cruz y en el del cuarenta y cuatro después. La imagen demoledora de los ciclones hecha noticia fue la misma que vivimos tras cinco terremotos consecutivos que destruyeron una porción considerable del oriente del país. El tres de febrero de mil novecientos treinta y dos, un movimiento sísmico de 6,8 grados sacudió Santiago de Cuba, la segunda ciudad más importante de la isla, con el saldo de trece muertos y centenares de heridos. Ese día cruento, un médico armado de toda la sensibilidad humana, José Vivó, escribió a la radio y como un ángel de salvación, desde Caibarién abrió un tren de ayuda humanitaria para Santiago de Cuba. 



Todavía nos faltaba por vivir el rigor mayor de la desgracia. Y esa hora volvió entre las tres y las cuatro de la madrugada del veinte de octubre de mil novecientos veintiséis. El ojo del huracán embestía por el sur de La Habana cuando un torrente de lluvias y vientos cubrió todo el occidente y centro del país. La 6LO no dejó de emitir en toda la noche. El tándem de hombres de radio nos echamos a la calle rastreando la última hora en cualquier parte. La radio se volvió un zafarrancho. A cada minuto aconsejábamos todas las precauciones ante el rumbo previsible del ciclón y los riesgos sobre la isla. Otra vez se confirmó como excelente informador Feliciano Reinoso. 
Feliciano Reinoso en el
esplendor de su juventud.

Al caer la tarde del miércoles veinte de octubre le vi llegar por pies a la estación, bajo un aguacero torrencial, empapado hasta los huesos, pero como siempre con los apuntes de sus crónicas diarias bajo el brazo que escribía con toda la complacencia del oficio. Ese día con los ruidos de que un torrente de viento y agua había embestido por el sur desde occidente, Feliciano no pudo esconder su sagacidad delatora: 

—Intuyo que por tu expresividad estás puesto para el tema del día. le dije. 

—Sí, Manuel, preparo un reportaje con familias destrozadas por los embistes ciclónicos en los hogares de sus parientes en La Habana.

Son decenas de afectados y todos han perdido sus casas. Vi el texto y era un gancho formidable: «Desolación en el sur». Aquellas crónicas y los reportajes de las tragedias siguieron desencadenando maratones de ayuda con el gesto siempre agradecido de la radio. 

En el veintiséis, la desgracia dejó seiscientas muertes, lo mismo que pasó durante los días cruentos del huracán que en octubre del cuarenta y cuatro costó otras trescientas vidas. Todas las tragedias que he vivido quedan como episodios trágicos y siniestros que jamás se han borrado de la memoria. Están latientes también el ciclón del diecinueve que acabó con el barco Valbanera y cuatrocientos pasajeros a bordo; el huracán Toledo del veinticuatro; el torbellino que el diecinueve de marzo de mil novecientos treinta y siete sepultó en el mar la vida de los cuatro pescadores de la lancha Primavera y hasta las aciagas jornadas de mi vida en la navegación cuando me ocupaba como maquinista del remolcador de la Casa López, mis años duros en la mar… 


LA TRAGEDIA DE 'CAYO ANGUILA' 

La historia más cruenta llegó el jueves tres de enero de mil novecientos veintinueve. Ese día, el tiempo andaba loco y sobre toda la Cayería Norte se formó un cielo ennegrecido. La fuerza del viento y la soberbia de las aguas le cambiaron el curso a la vida cuando un torbellino sorprendió a cinco hombres de mar en un viaje del que nunca regresaron. 

El año había empezado con un paso económicamente muerto para la vida de muchos pescadores cubanos. Caras largas y cejijuntas les sumergían en el desconcierto. Sin importarles ciclones ni alertas, los hombres de mar siempre salían a faenar. Salieron a desafiar enero y en enero les sorprendió la desgracia, porque tres días después, el domingo seis, día de Reyes, la radio, los periódicos y todo un pueblo se volcaron en la trastienda de buscar sin esperanzas. 

La noticia del naufragio de 'La Enriqueta' estremeció a Caibarién y a toda Cuba. Una borrasca infernal sorprendió a sus hombres a la altura de Cayo Anguila, a treinta millas de la costa. Hasta ahí se supo la historia. Lo demás fue obra de la radio y de las redacciones de los periódicos en busca de una razón a la desgracia. 

Setenta y dos horas después de la tragedia todavía no dábamos crédito a la magnitud de la catástrofe. La desaparición de una tripulación entera provocó un pavor que dejaba largas pausas en las transmisiones. 

El tres de enero el cansancio y el mal tiempo se sobrepuso a los setenta y siete pescadores que a bordo de diecisiete viveros faenaban en las cercanías de Cayo Anguila. La mayoría tuvo mejor suerte y regresaron a puerto ese día muertos de miedo y de cansancio, pero los cinco tripulantes del vivero mayor 'La Enriqueta' no volvieron a ver el amanecer, no lo vieron nunca, porque esa madrugada la desgracia les tocó a ellos. Toda la dotación de la 6LO con quinientos watts de potencia que había mejorado sustancialmente la señal de transmisión fue bien poco en aquel empeño. 

En la búsqueda de los náufragos, el alcance de la emisora cubría toda la geografía central de la isla y fácilmente podía abarcar un amplio perímetro hacia la zona de pesca, pero todo fue infructuoso. En las jornadas posteriores los informes eran de incógnitas y presagios para todo un pueblo que esperaba a sus pescadores. Cuando no quedaba más espacio para el aliento sobrevino la noticia funesta: 'La Enriqueta' había sido sepultada bajo las aguas con sus cinco tripulantes a bordo. Las dieciséis tripulaciones que sí regresaron dejaron en las ondas el testimonio de un océano enfurecido. Vieron como el mar se fue rizando como si se levantara el demonio. Su hundimiento fue instantáneo, según la historia que pudo reconstruir la radio. 

Frente al timón cubierto con un cacho de lona encerada vieron por última vez a José Elías, el patrón, maniobrando desesperadamente por mantener el control de la embarcación que alojaba la desgracia en su interior. Todos fueron condenados por el mismo mar que horas antes se les abría como un remanso para su subsistencia. El tiempo que duró el torbellino, una hora tal vez, o quizás fracciones de minutos, todos habrían querido morirse instantáneamente antes que perecer en la agonía. Lo digo yo que muchas veces vi cerca la muerte en el mar. La vida de faenar del pesquero 'La Enriqueta' acabó con la tranquilidad de cinco humildes familias de Caibarién. Once niños quedaron huérfanos de padre en un solo día. Testimonios y reportajes estuvieron abordando la tragedia hasta que varios días después, los restos del barco sumergido en las profundidades del Canal del Bocoy, en las cercanías de cayo Fragoso en pleno Caribe, fueron remolcados hasta el puerto. Los cuerpos de los pescadores jamás aparecieron. Jamás reflotaron sobre el mar y solo quedaron sus nombres para recordarlos: José Elías Urbay Suárez, patrón y los marineros Roberto Urbay Escalante, José Domínguez Ruiz, Gregorio Araque Fernández y Juan Ferrer Moreno. Fueron tres días de trepidante quehacer. Con absoluta tristeza, las crónicas no hicieron más que replantear la desgracia final. Hoy confieso que tuve suerte en la mar.»

(Fragmento de «Crónicas del Caribe» / Las crónicas de la vida de Manuel Álvarez.)


1 comentario:

  1. Como de costumbre, el periodismo de alta calidad en las manos de Jesús Díaz Loyola. Un fuerte abrazo desde tu Caibarién.

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