04 diciembre, 2017

CRÓNICA DE UN HOMBRE DE MAR

LUISITO ECHEMENDIA, “EL CHIVO” QUERIDO DE CAIBARIÉN, PUERTO DE CUBA





“El tigre no perdona”, decía; y ahora la muerte no le ha perdonado a él.


🅰️ José Luis Echemendia Araque, “Luisito” y para muchos “El Chivo”, se le conocía la estirpe que llevaba adentro nada más mirarle a la cara. Eso me pasó la primera vez que tuve conciencia de él cuando yo era un muchachón que correteaba las calles de puerto Arturo y me subía a los chapines de los muelles a extasiarme con el encanto de la bahía.


A “Luisito” lo veía un día y otro, un año y otro, y siempre era el mismo dueño de sus instintos en la pelea de vivir, porque él nació con una aureola de valiente luchador, y esa condición no se la cambió ni Dios.


Cuando yo era un afanado en el oficio de escribir, ya Luisito era un hombre curtido por el sol y el salitre de toda una vida tras el peje fresco que aleteaba bajo lo quilla de las embarcaciones. Eran los vitales años 80, en que otro histórico del pueblo, Castro “Cañón”, guiaba el remolcador que también tripulaba Luisito. "Cañón" y todos los viejos queridos del pueblo, se dejaron sus años vitales buscándose en el mar el plato de cada día para las familias numerosas que formaron.


Ya Luisito tenía la piel tostada por los soles de muchos años y era un auténtico lobo mar. Por eso siempre lo miré como la viva estampa de los hombres curtidos de mi pueblo que echaron vidas legendarias entre los barcos y el puerto.


Ese era José Luis Echemendia Araque, otro nombre de la estampa marinera de mi infancia que se volvió un pie de mar y forjó una familia entera, y a quien la muerte con su paso irreversible se lo llevó el último miércoles de noviembre y llenó a todos de tristeza, dentro y fuera de Cuba. Tenía 72 años.

A veces con su pequeña estatura y su mirada callada, podía pasar inadvertido sin que muchos supieran la vida de héroe anónimo que llevó. Pero lo que era en puerto Arturo, todo el mundo conocía la entereza de Luisito, quien muchas veces se pasaba horas sobre su sillón, recostado a un mostrador o en las esquinas del barrio arrancándole a los paisanos la risa con su voz rasgada y las historias recurrentes y costumbristas que guardaba en el libro de sus memorias.


Se ha ido esta misma semana Luisito, cariñosamente “El Chivo” de muchos amigos; heredero de la estirpe de Los Araques y de un patriarca de la mar: Augusto Araque, que también partió en julio pasado dejando una vida fecunda tras de sí.


“El tigre no perdona”, siempre me decía aludiendo al dejo de satisfacción que exteriorizaba con la herencia que le dejó a la vida desde que se casó con mi prima Marina; y no se esquivocaba. Con el sudor de sus años levantó su propia casa en el mismo corazón de puerto Arturo y de su unión salieron tres hijos maravillosos: Luis, Leandro y Yasmiany, ya todos emprendidos por la vida.





Junto a Luisito en la tierra cubana que no abandonó nunca, su mujer y la menor de sus hijos.


En mis años de periodismo en Cuba, cuando yo me sumaba a la odisea de los pescadores de Caibarién, contemplaba el afán parsimonioso con que disfrutaban su arte sobre el mar. En esos años eran memorables "Los Pánfilos", "Los Montenegros" y "Los Araques" también,


En alta mar, yo veía a esos héroes del silencio y de la brisa maniobrar de popa a proa y de babor a estribor; y muchas veces junto al remolcador, veía a un hombre remando sobre un chapin con un sombrero que le cubría el rostro del sol abrazador. Ese hombre era Luisito Echemendía, que en cada jornada no ponía el pensamiento en otra cosa que en sacarle algo a las entrañas del mar. Cuando levantaba la tarralla cargada de pejes aleteando, su mirada era de satisfacción.


Desde la embarcación que tripulábamos los periodistas, el veterano “Cañón” Castro, nos decía.


—Ese peje que ustedes están viendo ahí peleándose sobre el chapin, tiene como principio que el mar es como el tigre que en días embravecidos no perdona a nadie. 


Pero ese día el mar estaba sereno y Luisito era un león en el arte de faenar y sacar lo que quisiera del agua.


En julio de 2016, la última vez que lo visité en Caibarién siendo ya un septuagenario, estaba lúcido, satisfecho de la vida que había llevado, pero ya su salud se resentía. Lo estuve contemplando una tarde entera y era el mismo ímpetu de aquel hombre dueño de sus instintos que siempre veía con sus pies desnudos por casa después de todo un día de faenar en el mar, porque Luisito “El Chivo” de Caibarién nació con una aureola de luchador que nada nunca se la cambió.


Por eso no voy a andar hablando de pesares ni de las complicaciones de salud que la arrebataron la existencia. Me quedo con su viva imagen cuando la enfermedad que lo aquejaba no había estragado su cuerpo aún y Luisito, ya apartado de la vida del mar seguía siendo el mismo conversador y era un amante empedernido del fútbol que destilaba su mayor pasión cuando veía jugar al Real Madrid.





Para la familia que forjó, para los que le conocimos y para todo un pueblo donde derrochó su cariño, José Luis Echemendia Araque, “Luisito”, durará toda la vida, porque su vida está enraizada por la tierra húmeda y fecunda que lo engendró y despidió el miércoles ingrato de esta misma semana.




➕Hasta siempre Luisito, “El Chivo” querido de Caibarién. 

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