14 octubre, 2016

Los nombres de mi infancia en Caibarién, rincón porteño

LAS ANDADURAS POR PUERTO ARTURO Y LOS CUENTOS DE "MONGO PEPE" 

                                   «A mi padre José, que llevó siempre mi mano de su mano por cada rincón de mi pueblo y me llenó de amor la memoria.» 

CUANDO yo vivía en Padre Varela, una de las calles por donde cada día se llenaba y se vaciaba el centro de Caibarién, mi pueblo cubano, marinero y pescador, el primer amigo que tuve delante fue "Pitirringa", y con él me fui directo a las andaduras callejeras cuando todavía éramos unos imberbes por la vida.

Había llegado allí de la mano de mi abuela Leonor, después de vivir en tres o cuatro casas más, porque esa fue una obsesión casi compulsiva de mis padres de ir cambiándose de casa cada dos por tres. Pero para mí nunca hubo mayor identidad que aquella convivencia idílica en el mismo corazón de Puerto Arturo.

Cuando ya "El Piti" era el carismático personaje de la sonrisa pícara que a cualquier hora se plantaba delante de una chica del pueblo, y ligaba, entonces me dijo con el afecto de sus mejores días:

—Serás mi amigo.

Detrás de Israel Obregón Moya, el eterno "Pitirringa" de Caibarién, apareció José Comas y una lista interminable de nombres: Vicentico Balbín (DEP) Juan Antonio Hernández y su hermano Jorge "Tiburón", que también se fue, Angel Luis Alvarez "El Indio" y Juan Carlos Dominguez, y así se fue sumando una generación entera que recorríamos palmo a palomo cada pulgada de tierra de aquel pueblo, impregnados de la esencial ilusión por vivir mejor. 

Cuando no íbamos al cine o al cabaret con la novia, nos reuníamos en el parque o en algún rincón de la ciudad otro piquete del pueblo. Entonces aparecían nombres como Remberto Delgado "El Meme", Albertico Parrado "Muñeco", Ramon Fundora Galan "Mongui", Ibrahim "El Crazy",  Juan Carlos Rojas Castro "El Peje" y un inolvidable: "Orlandito" Garciga Castex, que siempre llegaba con su música y su alegría. 
Sobre estas líneas, el parque de nuestra infancia y al fondo la cúpula de la Iglesia que señaliza el centro neurálgico de la ciudad portuaria. 

Cuando nos encontrábamos, ninguno se quería ir. Bebíamos toda la noche y amanecíamos dando voces por las calles de aquel rincón porteño con el sueño añorado de largarnos algún día. Un negro singular, Luis Tomás, estaba siempre en el centro de las juergas con su graciejo particular moviéndose sabroso. 

A pesar de tanta vida lúgubre que nos rodeaba, cada uno de mis amigos albergaba una gracia particular tras de sí. 
Cuando empezamos las andaduras por la villa, ninguno teníamos más de 10 años. Conservábamos todavía la ternura infantil de los años más inocentes y se nos pasaban los días con aquella aureola de belleza que emulaba con los retratos de las fiestas de las chicas de 15. Cada vez que quedábamos con la atracción inusitada por comernos la noche cangrejera a cualquier precio, nos decíamos:

—¿Nos vemos esta noche?
Jesús Díaz Loyola en la actualidad, paseando por Caibarién. 

Y nos quedábamos la noche entera en el silencio mudo de la ciudad acariciando parsimoniosamente la ilusión de emigrar un día. Muchos lo conseguimos con el tiempo, sin importarnos el precio del riesgo y del sentimiento familiar que rompíamos. 

En los fines de semana hacíamos lo que hacían todos los jóvenes de mi tiempo: íbamos a las matinées de la playa y el Malecón, después nos rifábamos la entrada al  cabaret Villa Blanca y acabábamos las noches en el parque, que a veces se volvía una persecución implacable sobre todos los que queríamos ir a la moda heavy cuando llevar el pelo largo y escuchar a la música prohibida de The Beatles o The Rolling Stones, era un pecado capital.    

En las mañanas de Caibarién, que está a más de 400 kilómetros de La Habana, yo prefería perderme en la biblioteca municipal, en la librería Medina o en el Kiosko de periódicos del parque, sitios adonde iba casi todos los días a conversar con otros amigos más puestos en la cultura de los libros. Allí siempre estaban Carlitos González y los hermanos Lenin y Pavel Flores, unos obsesionados por la historia de aquel pueblo y todo su pasado, y allí también nació mi temprana pasión por escribir.  

Confieso que el recuerdo más tierno que guardo de mi infancia fue el de la casa frente al Cuartel de la Marina, cuando nos dejábamos las primeras disputas tras las muchachas del pueblo.

Frente a "La Marina" vivían muchas familias numerosas como la de Cirilo con su hija Olguita, que era la más pretendida cuando salía a la calle con su cabello largo y negro hasta la cintura. De ella se podía decir “Es la mujer más hermosa que he visto nunca”. En la esquina junto a la vía férrea, vivía José "Pepe" Turó y toda la familia numerosa que formó. Al doblar, al borde de los raíles, se  hicieron inmortales las "hierroviejo" y "las bolitas". Las "bolitas" fueron célebres por la anécdota que todavía se cuenta de su madre sin cabeza. Dicen que un día se oyeron gritos ensordecedores en todo el barrio. Había sido decapitada a machete por intrusismos emocionales la mayor de las "bolitas". 

—Dile a tu madre que me deje tranquilo, estuvo pregonando días antes un negro robusto y maldito que se había emparejado con una de las bolitas.

El día que la decapitó, entró a la casa con una cara de mil de demonios y los ojos encendidos. Y pasó lo que pasó.

Esa y muchas anécdotas se las oí contar en las noches de luna llena sobre la hamaca de su portal, al viejo "Mongo" Pepe que vivía frente a frente de la misma langostera. Mi padre siempre decía: «Una cosa tan horrible solo sucede en Caibarién». 
Como horrible fue también el tiro mortal que una mañana ingrata le dieron involuntariamente a "Carioquita" en los almacenes de víveres que cuidaba en el mismo litoral, y por donde muchas veces merodeaba Oscarito "patomacho" con sus juegos de personaje distraído. El disparo certero se lo asestó el sereno que lo relevó para siempre ese día. Sus hijos vivieron días de ingrata locura. 

En Caibarién todo el mundo atesora una historia, y son más conocidas sus gentes por sus apodos que por sus nombres, como las "tiburonas" que fueron célebres en Puerto Arturo, o los "pateplancha" y "Tranquilino" y Jesús "Pájaro Loco". 

Cuando yo llegué a Padre Varela, ya la calle era célebre por haber engendrado allí al escritor costumbrista Emilio Comas Paret, a sus hijas Marlene y Lourdes Comas, y a otros personajes no menos conocidos del pueblo: Victor Manuel De la Rosa, un hombre siempre agradecido, y más al centro a la personalidad incombustible de los doctores Virgilio Hernández López y René Pocurull, que todavía vivían el esplendor de sus emblemáticas casas consultas. Todo el mundo quería ir a la consulta del doctor Pocurull antes que someterse a la mano prohibida de Lacao, más famosa por sus rollos pasionales que por sus cualidades como excelente dentista. 

Era un desandar de arriba a abajo la calle del Padre Varela hasta llegar a la misma casa de los Martinez Illa herederos de Martinez Otero y acabar en la mismísima esquina de María Escobar, donde tienen su casa todavía los Alvarez de la radio. 

"Pitirringa" era ya un nombre célebre en todo Puerto Arturo; y Chelo, la madre de José Comas, la costurera auténtica de la que todos querían un pantalón vaquero. Así éramos, y éste es mi recuerdo más claro de aquella tierna infancia. 

Me he acordado mucho de esta foto toda la vida. Sabrán  quienes son, por supuesto. Al centro está Israel Obregón Moya, el mismísimo "Pitirringa", a la derecha José Comas, el más pequeño, pero que robaba todas las miradas con su cabello fino y negro como azabache. Y por la izquierda, no podía ser otro que yo. 

Éramos muy niños . No llegábamos a 10 años. Israelito "Piti", era el hijo de Israel "Pitirringa" el panadero y José Comas, uno de los dos hijos que dio Chelo, la costurera que nos hizo esos juegos de vaqueros a cada uno. Los dos vivían a la altura de Alonso cuando yo acababa de aterrizar en Padre Varela, después de muchos años viviendo frente al Cuartel de la Marina.

El primer día en que me vio, "Pitirringa" se me plantó de frente, y con la picardía de sus días mejores, me dijo: 

—Serás mi amigo. 

Y lo fuimos por mucho tiempo hasta que yo abandoné el pueblo, del que solo las mujeres de entonces podrán contar ahora porque siempre decíamos que el amor y Caibarién es lo mejor que se ha inventado.


       — • Israel Obregón Moya • —

Postdata 
He contado sus anécdotas y las mías, 40 años después, y ha sido como estar con  él.

Lo que yo ni muchos tal vez conocíamos, es que "El Piti" ya había muerto, hasta que hoy me lo contó Gladita, la prima más íntima: «Hace cuatro años que Israel murió, y su hermano Jorge, también.»

Murió "Pitirringa" y, poco a poco, toda su familia cuando la vida les fue dando el golpe ingrato de la existencia. 

Hoy imaginé al "Piti" con la cabeza apoyada en sus manos sobre una mesa como en los años de fiestas felices a orillas del mar, oyendo el suave batir del agua sobre la costa y su acento entrecortado. Le escuchaba hasta la respiración diáfana de los veinte años cuando bebíamos como unos condenados y después dormíamos como ángeles. 

—Vamonos a casa. —me decía cuando ya no podía más. 

Tal vez en sus últimas fiestas 40 años después —cuando yo no estaba en Caibarién—, Israelito no sabia que su salud se resentía.

Ya no eran los años mozos de secundaria en que soñábamos  con sirenas. No sé qué soñaba 'El Piti' el día ingrato que se lo llevó, pero seguramente no habría podido dormir tan tranquilo si hubiera sabido que días después acabaría su existencia de hombre bueno en Caibarién.

Para Israelito "Pitirringa", aquellos encuentros de juventud serían los  últimos que celebraríamos, porque jamás lo volví a ver y hace cuatro años el efecto fulminante del alcohol acabó con su vida cuando no tenía 50 años todavía. Hoy le estarán llorando en las dos orillas.

Esta entrada de ahora, deja de ser semblanza para convertirse en homenaje póstumo a "Pitirringa" y otros que ya no están.

A todos, les voy a seguir recordando en sus años más adorables como lo harán también en Florida, como lo estarán haciendo en Caibarién. 

Un abrazo, 'Piti', amigo, allí donde estés. Hoy he estado contigo como lo hacíamos ayer. 
DEP ➕
              _____________
Un chapín, embarcación rústica a bordo de la cual crecimos en Caibarién, la Villa Blanca de Cuba.

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