11 febrero, 2017

HÉROES DE LA MAR

La odisea de un hombre extraordinario: Alberto Pis narra su propia hazaña.

"LA HAZAÑA DE MIS HERMANOS MUERTOS EN LA MAR"

A todos los que zozobraron en su intento por cruzar y nunca llegaron.
           POR Jesús Díaz Loyola.

CUANDO de cruzar el estrecho de la Florida se hable, h

Hay héroes anónimos, a veces inigualables, en la gran odisea de la vida. Mientras viven, se los juega por falsas conductas. A veces se tarda siglos en juzgarlos bien. Alberto Pis es uno de ellos, pero él prefiere hablar de las mujeres, hombres y hasta niños sepultados en las profundidades en sus intentos por cruzar el océano y abrazar una vida nueva. Esos son los verdaderos héroes de la mar.

Un día insospechado planean irse, dejan atrás una vida de penurias y agonías. No les importa nada, ni debatirse con la muerte, porque para eso quieren vivir, y se lanzan a la odisea.

En Cuba se han pasado toda una vida hasta que el día menos esperado las novias se pierden, parejas formadas se rompen, familias enteras se separan. Pocos cubanos no guardan tras de si una historia cruenta en sus instintos por salir y cruzar la mar.

Voy a corroborar esta verdad con un solo nombre: Alberto Pis y el drama que supuso su odisea para salir de Cuba.

"Mi lucha estaba en no perder las esperanzas y no pensar en la muerte", es la mayor esencia de su testimonio.

El miércoles 27 de agosto de 1997 le cambió la vida. Ese día, hace ahora 16 años, se levantó con una idea fija, y Alberto fue adelante, sin importarle previsiones ni recursos, pero sobre todo, sin miedo. 

"Yo sabia que era un intento muy riesgoso, demasiadamente peligroso y difícil de lograr", narra en su relato del que ofrecemos un extracto. 

EL DRAMA DE ALBERTO PIS

«Íbamos cuatro personas a bordo de una rústica embarcación. Primero había que salir de Caibarién —un puerto del centro-norte de Cuba— Teníamos que superar el riesgo potencial que suponía  pasar frente al reflector del punto de Guardafronteras. Y lo superamos.

El estado precario de la pequeña embarcación que pudimos conseguir para marcharnos, nos exponía al peor de los riesgos. Pero a cualquier  precio había que irse, y ese día nos fuimos, jugándonos todo, a bordo de un chapín de madera vieja que hacia agua con bastante frecuencia. 

La embarcación de mi aventura no llegaba a los diez pies de largo —menos de tres metros— y los cuatro tripulantes nos amontonamos en ella. Poco a poco fuimos desafiando la mar.

En la chalupa siniestra que nos movía lentamente, no había más espacio que para la muerte. Juro que ese día llegué a pensar que me abría  al fin de mis días

En el lento avance sobre el agua, nos ayudaban dos remos de madera hechos por nosotros mismos. Una pequeña vela de sacos de harina cocidos entre si y sujetos a una vara del monte, nos servía como mástil y era todo lo que nos movía en un bote que olía a muerte. Así nos abrimos paso por las aguas mansas del Caribe con la sombra de la vela reflejándose sobre el agua a la luz de la luna.

Confieso que desde mucho antes de partir, ya era un hombre destrozado. En tierra, me despedí de mis dos hijos de nueve y quince anos. Creo que fue lo último que hice antes de abandonar la isla. La mirada de ellos, a la vez que me estremecía el alma, me daba fuerzas para partir.

Habíamos zarpado caída la noche, por el pedraplén que se prolonga desde la calle de Falero, en un rincón oscuro de la pequeña bahía de la ciudad donde nací. Eran poco mas de las nueve de la noche. Aprovechamos el horario de la telenovela y nos hicimos a la mar con el deseo de llegar en el tiempo que fuera a tierras de de libertad. Tuvimos suerte al salir, y con mucha estrategia conseguimos zafarnos de la luz detectora de los faros delatores que alumbran hacia al Caribe.

Ademas de la fuerza física que me acompañaba, llevaba conmigo una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, y un crucifijo que me llenaba de fuerza en todo momento para pensar que si habíamos salido, podíamos llegar.

Ya habíamos superado las primeras dos horas cuando pensaba que dominábamos la mar, entonces aparecieron olas enormes y comenzaron las cavilaciones y la mente a viajar por todo mi pasado.

Me acordaba de mis hijos, de mi casa y de mi gente. En tierra, cada vez que aparecía una botella de ron, acariciábamos una y mil veces le idea fija de cruzar Las Bahamas y largarnos para siempre. Ahora que era un hijo del Canal, asumía un espíritu de resignación y le soltaba una carcajada al océano. ¡Voy a llegar! ¡Lo vamos a conseguir! 

Nos tornábamos los remos cada quince o veinte minutos, conscientes de que aquella manera rudimentaria de navegar nos estaba forjando mas que la mejor escuela naval del mundo. 

No todo era la balsa o el chapin desprovisto, había que tener cojones para enfrentarse al océano. Lo que mas martillaba a bordo era la certeza casi inevitable de estar cerca de la muerte. Y la muerte la tuve encima muchas veces durante el viaje.

Cualquier cubano enfrentado a las fuertes corrientes del Canal Viejo de Bahamas, es un desafío. Nadie ha vivido peor clima de adversidad que quien atraviesa la furia de las corrientes oceánicas que baten sobre el estrecho. Ni siquiera los embistes mas cruentos de las tempestades y los ciclones que cada año azotan el Caribe se comparan con el mar embravecido de Bahamas. 

El océano es un infierno, y en el infierno nos debatíamos aquel día en una lucha constante bajo un sol tórrido, hacinados por el salitre, el embiste de las olas y la amenaza permanente de los tiburones. 

Con el peor de los presagios, mis compañeros y yo, alcanzamos el amanecer del siguiente día —jueves 28 de agosto— a la altura de Cayo La Gua. Lo que mas nos reconfortaba era vernos sanos y salvos. Ya estábamos en aguas internacionales, y como nunca antes nos sentíamos ciudadanos del mundo. Seguimos remando todo el tiempo, rumbo Norte, en una lucha constante contra el viento y las corrientes.

Teníamos por delante dos días enteros de penurias y todavía faltaba lo peor. Y lo peor llegó la misma noche del jueves 28. Dos mercantes que aparecieron en el horizonte,  se nos venían encima cuando íbamos en la misma dirección. La suerte estaba echada. Si no abandonábamos rápido el curso de la travesía,  en diez minutos más, nos tragaba el mar. 

Saque fuerza de donde no podía después de muchas horas de insomnio, sin beber ni comer. En ese instante remábamos con mas fijación que nunca, pero ninguno conseguía desviar el chapín de la dirección que le imponía la corriente arrasadora que se movía con los mercantes. Mis compañeros, que todavía no habían llorado, lloraban como niños enternecidos cuando veían que el final estaba cerca. "Un rato más y seremos hombres muertos en el océano".

Ya era inminente que los cuatro sucumbiríamos sepultados bajo las aguas cuando un golpe de suerte fortuita desvió aquellos trasatlánticos enormes que unos minutos antes parecía que nos devoraban.

Cuando ya estábamos a salvo,  los nervios me dieron por reírme, y me reí largamente mientras escrutaba en el horizonte: "Hoy has vuelto a nacer, Alberto", me decía a mi mismo y hasta aborrecía la imagen siniestra de los mercantes alejándose. 

Había llegado a un minuto de la vida en que a uno poco le importa cualquier cosa, pero tuve fe y se que fue Dios quien nos salvó esa noche del peligro potencial de las olas inmensas que dejan los trasatlánticos a su paso por el océano.

¡NOS RESCATAN!

Al mediodía del 29 de agosto después de la segunda noche en el mar, nos sentíamos hombres a salvo cuando alcanzamos las proximidades de  Cayo Anguila y de pronto uno de mis compañeros lanzó un grito despavorido:

-¡Miraaa!

No nos separaba ni un kilómetro desde que mis ojos incrustados por el salitre advirtieron la inconfundible presencia de los guardacostas. 
Los cuatro fijamos la vista en la misma dirección. Todo lo que buscábamos era el Norte, desde el primer minuto de la partida por Caibarién, dos noches atrás.

Hacía horas que ninguno nos sentíamos con fuerzas para remar. Pero se nos espabiló el alma y remamos con tanta prisa, de la misma manera que el guardacostas se dirigía a nosotros. En ese instante sólo queríamos estar a salvo. Estábamos dispuestos a ceder de cualquiera manera con tal de abandonar el mar. 

Ipso facto nos condujeron al Centro de Detención de Islas Nassau. Allí se me pasaron ocho meses de calvario, preso también de libertad hasta que una noche insospechada  de abril del noventa y ocho me soltaron en las calles de Nassau. Ocho meses después, yo seguía siendo un hombre sin luz ni sombra. No tenia adonde ir, y en medio de los infortunios, otro golpe esperanzador me salvó de dormir en la calle cuando la presencia de un amigo se ilumino por azar como si mi vida quisiera resistirse a mas desgracia.

EL PASO CRUENTO 
POR BAHAMAS

Bahamas es un campo de concentración donde mas bien se va a morir. Nadie tiene piedad en el reclusorio  de Bahamas. Es un destino sin Ley, escenario de la leyenda negra de la emigración. Allí van a parar todos los cubanos interceptados en alta mar y allí también viví el maltrato y la vejación de mis compañeros de la odisea de la mar. 

Vi de todo en Bahamas durante ocho meses de encierro que parecieron toda la eternidad. Desde golpes y hambre, corrupción y maltrato. Sobreviví de mil maneras, por mi propia cuenta, mendigando desde un jabón hasta una toalla con que asearme. Pero nunca pensé que era mejor quedarse, y seguí adelante.

Viendo torturar a mucha gente y destilando odio a toda hora, dejé aquel antro. No se que infierno es peor, si el océano o Bahamas. 

VIENDO AHOGARSE A 
TRES CUBANOS Y UNA NIÑA 

Mi desolación fue total. No recordaré otra cosa igual. Hasta yo también quería morirme. Fueron cuatro horas cruentas a la deriva en las mismas entrañas del océano, viendo como el mar se tragaba a vidas esperanzadas muy cerca de mi. Salieron y se sumergieron varias veces hasta que desaparecieron para siempre.

En un intento siniestro por llegar finalmente a Estados Unidos abandonamos Bahmas, pero el tiempo y las malas condiciones lo cambiaron todo. Un golpe de ola reventó sobre la embarcación indefensa que nos trasladaba a todos. En ese instante, todos perdimos la noción. 

En torno a mi, vi como flotaban todos mis documentos, fotos de familia, de mis hijos, amigos, en fin todo el pasado que llevaba conmigo se deshacía entre las olas y también se lo tragaba el mar. Ya solo me acompañaba el crucifijo que he llevado siempre desde que salí de Cuba. 

Por un instante oí gritos que después se acallaron. Ya yo había perdido de vista a tres hermanos cubanos incluyendo una nena de unos tres o cuatro anos. Todos sucumbieron en el naufragio. 

Volví a oír gritos y llantos. Ya casi había perdido todas mis fuerzas, pero saque de donde no podía y sosteniéndoles  a flote, ayudé a salvar la vida de dos menores por evitar que ellos también murieran como los otros inocentes que un rato antes se petrificaron en el fondo del mar.

A veces ni caía en la cuenta del naufragio que estaba viviendo, y me parecía que todo aquel panorama conmigo dentro del agua era un sueño funesto. Pero recobré la razón y  me di cuenta de que no estaba solo en el mar y que los gritos zumbaban por todas partes, de unos a otros, en una lucha incontrolada por mantenernos todos a flote. Entonces yo también grité en un acto de piedad reverente por todo lo que estaba pasando. ¡Dios mío, ten piedad!

Ya yo había perdido todo el miedo al océano y así estuve  hasta que vinieron en nuestro auxilio. Me tranquilizaba saber que yo no estaba sólo en el naufragio y que a mi alrededor otros se encontraban en iguales o peores circunstancias, aunque desgraciadamente algunos estaban muertos en el fondo del mar.

Entre Bahamas y Florida, ocho meses después de mi primera detención, en la primavera del noventa y ocho, vivi cuatro horas terribles, horrendas, que no olvidaré nunca

Durante la travesía, mil veces nací. Uno de mis compañeros vio  rondar los escualos muy cerca del chapín. En realidad, no sabía ya que era mejor, si morir sepultado en las profundidades o en la boca de un tiburón. Cualquier cosa me podía haber pasado hasta que aparecieron los guardacostas de la Florida y fui rescatado junto a un grupo numeroso que si sobrevivió, 

Cuando nos encontraron los servicios de guardacostas, yo estaba más muerto que vivo. La deshidratación y las quemaduras pudieron más que todos nosotros. Pero al fin, con vida, llegamos a las costas norteamericanas. 

KROME

Después me esperaban  cinco meses en el Centro de detención de Krome por toda la investigación abierta tras el naufragio y la razón de mis hermanos muerto. No fue hasta un año después que recibí el asilo político de las Cortés de los Estados Unidos y pude traer finalmente a mis hijos y esposa conmigo.

Pero juro con toda sinceridad  que no me arrepiento de haberlo hecho, de haber estado expuesto durante más de un año a mil vicisitudes, entre el mar y las detenciones, y en las que muchas veces tuve la muerte cerca. Por eso si volviera atrás, lo volvería a hacer, por el futuro y el bien de mis hijos, y ahora de mis nietos, sin dejar de reconocer que la ausencia de la tierra que me vio nacer es un dolor que martilla toda la vida, porque Cuba se lleva siempre en el corazón.

Todavía dieciséis años después, la gente me pregunta, la misma gente que me daba por muerto las dos veces que estuve a la deriva. Aún así, a merced de todo el riesgo que supuso mi odisea en la mar, yo no me considero un héroe. Héroe, si a caso, hay que ser para ver morir delante de ti a personas con los mismos anhelos y las mismas esperanzas. Héroes son mis hermanos muertos en la mar.

EL AUTOR

Esta es solo la historia breve de Alberto Pis García, un hombre extraordinario. Su odisea es la de cientos de cubanos, miles tal vez, que han preferido enfrentar el desafío del océano antes que permanecer en su tierra, porque no les dejaron vivir.

Es así el por qué muchos protagonistas que salieron a buscar otra vida un día, vieron truncadas sus esperanzas a mitad del camino. Salieron decididos y aferrados, sin importarles que lo más seguro que tenían era encontrar la muerte en el mar. 

Por eso, digo yo que son estos los verdaderos héroes, y lo corrobora Alberto Pis. Muchos alcanzan su sueño; otros, desgraciadamente, sucumben en el intento. No se sus nombres. No hace falta. Hoy los evoco desde esta crónica, aunque ahora sólo queden sus nombres para recordarlos. La vida fue ingrata con ellos. Salieron un día en busca de la felicidad y acabaron siendo unos invitados de la muerte.

LAS FOTOS

Dos momentos en dos tiempos: Alberto Pis durante los años 80 cuando amansaba su idea, y hoy, 16 años después, gozándose de la libertad que procuró toda una vida. Los tiburones no pudieron con él, y ahora Alberto es un lobo de mar.




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