30 marzo, 2017

31 AÑOS SIN MANOLÍN ÁLVAREZ

El Padre de la Radio en Cuba
   Hoy recuerdo  a mi amigo y gran consejero profesional.

                                                    El asturiano Manolín en  su primera estación,
la 6EV en Céspedes 7, Caibarién, Villa Clara.

Jesús Díaz Loyola
Fotos: Archivo del autor

SU nombre es Manuel, para Cuba Manolín Álvarez, mi amigo y gran consejero profesional, el padre de la radio. Hoy, 30 de marzo, se cumplen 31 años de su deceso. Otra vez me vuelvo a regocijar con su obra, porque la radio cubana le debe mucho a este asturiano de la emigración. 

En Caibarién, mi pueblo cubano junto al mar, donde residió toda una vida, reza una placa en Céspedes, 7: “Desde este lugar trasmitió en 1917 Manolín Álvarez las primeras señales de radio de Cuba. Caibarién. Instituto Cubano de Radio y Televisión. 10 de Octubre de 1982”.

Mil novecientos diecisiete fue el año de los grandes emprendimientos por la radio  en la isla. Y ese año, y muchos otros, hay que agradecerlos a la figura de Manolín.

Un lustro faltaba para que su vida llegara al centenario: ¡el Siglo!, cuando Manuel Antonio Álvarez Álvarez (Santiago de Ambás, 1891- Caibarién, 1986),  quebró su vida en Caibarién, adonde llegó con 14 años.

En La Habana de 1905, Manolín vivió en Tiscornia la cruenta página de la leyenda negra de la inmigración en Cuba. Después, a lo largo del camino toreó el chantaje y las incomprensiones de petulantes cuando pretendió enseñar la radio como "el invento mas humano que se ha hecho".

En 1917 transmitió las primeras señales y en 1920 ya estaba en posesión de la primera estación de radiotelefonía de Cuba: la 6EV desde  Caibarién, a la que luego sucedieron la 6LO y la CMHD, sin contar los lugares adonde llegó su impronta de forjador de las ondas.

Yo no tenía veinte años cuando comenzaba mis andaduras por el periodismo, y tuve la suerte fortuita de conocer a este hombre extraordinario, el maestro y padre de la radio cubana.

Lo  voy a recordar siempre, porque  la muerte  no se lleva a un amigo, sino que lo guarda y lo retiene en sus momentos más adorables como los días en que él me contaba su historia y yo escuchaba a Manolín todo entusiasmado.
Querido Manolín: 
Este amanecer, cuando desperté, viajé 31 años atrás a Caibarién, mi pueblo que también fue tuyo. Escuché doblar las campanas de la iglesia, y el Caribe parecía salpicar lágrimas en la ciudad, donde los dos estiramos la vida, tú con tu tiempo ido y yo con los años nuevos. Me resistí a saber que no estás.
Aquel día cruento de 1986, te escribí esta crónica para recordarte siempre, con esa entereza glorificante con que irrumpiste en el éter cubano.
Te voy a recordar toda la vida con tus historias amontonadas y enriquecidas, frescas y llenas de verdades irrebatibles. Por eso, las campanas de mi pueblo, que acabó siendo tuyo, seguirán doblando por ti, señor y amigo Manolín.
Un abrazo,
Jesús,
30 de marzo de 2017.

Señor y amigo, Manolín
La vieja costumbre colonial despertó a todos recién el amanecer.  Las campanas de la iglesia parroquial no cesaban en su repiqueteo constante, como si dijeran el último adiós a uno de sus hijos más queridos.
Muchos preguntaban en plena confusión por quién lloraba el bronce a cada golpe de badajos. La triste repuesta corrió de boca en boca, y el dolor no pudo aplacarse: había quebrado su último suspiro en tierra cubana un hijo adoptivo nacido en España, era Manolín, pionero de la Radio en Cuba y de los radioaficionados del planeta.
Seis años faltaban para que su vida llegara al centenario, pero la muerte, con su inusitado paso y su presencia cotidiana, cortó la risa y dejó un profundo vaho de tristeza en todos los habitantes de la Villa Blanca. Lejos de su infancia en el terruño de Santiago de Ambás, en Carreño, reposa bajo la tierra que le moldeó el carácter. Manolín, hombre digno y de mirada amplia, fue también expresión de fuerza, vitalidad y enseñanzas.
Entonces, vienen a la mente las antológicas coplas de Antonio Machado sobre Don Guido, o mejor aún, ese canto postrero en que dice: «Son buenas gentes, que aman, sueñan y piensan, y que un buen día, como tantos, reposan bajo la tierra».
No equivocaba su mirada insomne y triste el lírico español. Así era Manolín, a quien las campanas, en sueños libres, lo despidieron como si tocaran simplemente la aldaba de una puerta amiga.
Vuelven a la memoria los versos legendarios impregnados de sabia de ambos españoles. Parece que escuchó a Manolín Álvarez, cuando a principios de la década del veinte dejó impreso su primer éxito al instalar la única planta radial cubana de la época: la 6EV, de 20 watts de potencia.
Era de los buenos, enérgico y varonil, lleno de vitalidad insospechada, aunque los años marcaron demasiado su paso. Nunca falló su memoria, que era como de golpes macizos desbrozados por el boxeo entre la vida y la muerte, y así parecía cuando me concedió su última entrevista y estampó el placer de vivir para acariciar la radio como primogénito y veterano de un medio que dominó a sus anchas.
Lloraron, pues, los habitantes de Caibarién, y entre ellos yo, que conocí las caricias de un profesional que amó a su medio y a la Asturias, Patria querida y tierra de sus amores, como solía cantar, a menudo, en su medio familiar.
En Cuba le recordarán para siempre cual emigrado emprendedor cuando golpeaba risueño el esplendor de la madurez, lo recordarán en las descripciones que hiciera de los más importantes eventos deportivos y en la instalación de radioemisoras que le hicieron vestir paradójicamente el aquello de la modestia y la ejemplaridad.
Sintió tanto el terruño bañado por el mar que lo acogió a los catorce años, como por la España querida. Por eso devoró sus mejores días para propiciarle esplendor a Caibarién, puerto del norte de Cuba. No obstante, ya su vida nonagenaria presentía el dolor y el corazón apretaba su caja torácica con más fuerza. Era el presagio españolino del «caminante, no hay camino, se hace camino al andar, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar».
Era el sueño por Asturias y por Cuba. Amores a la Patria, amores de sueños desempolvados por la vida en perfecta añoranza del bien. Por eso, en Cuba, no dejarán de repiquetear las campanas de su Caibarién, y en plegaria merecida a lo Hemingway, dirán, estoy llorando por ti… Señor, compañero, amigo Manolín Álvarez.





En el crepúsculo de su vida, Manolín muestra el hórreo de plata que le obsequió el Ayuntamiento de Carreño, como recuerdo de su tierra asturiana que no volvió a hacer nunca.


Junto a estas líneas la mítica 6EV, la primera estación de radio telefonía cubana, salida de las manos de un asturiano de la emigración: Manuel Álvarez Álvarez, de Ambás, en Carreño (a la derecha)

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