13 noviembre, 2015

Por favor: ¡Hay que salvar a Omaira!

La Crónica 


Omaira y Consuelo:  La muerte y la vida, tan cercana una de otra


LA NIÑA QUE AGONIZÓ EN EL FANGO


«Todos le dimos la mano y le dimos la espalda para que no nos viera llorar. Y nos fuimos llorando un puñado de periodistas, entre ellos varios norteamericanos que habían conocido la muerte en los arrozales de Vietnam.»



A las diez y cinco minutos de la mañana de un sábado ingrato de noviembre, hace ahora 30 años. murió la pequeña Omaira Sánchez, con doce años, la niña que se hallaba atrapada en el lodo volcánico del "Nevado del Ruiz", pero que dos horas después, a medio kilómetro de su cadáver, nació Consuelo, cuando una señora incrustada en el mismo barro, dio a luz a una niña.
Fue la muerte y la vida, tan cercana una de otra. Fue el drama que todo país vivió. Esta es la crónica 30 años después. 



Fotos: Los socorristas lucharon por salvar a Omaira Sánchez, de apenas 12 años, en Colombia.
Por favor:¡Hay que salvar a Omaira!

Por Germán Santamaría/El Tiempo



DESDE LOS ESCOMBROS DE ARMERO.- La niña Omaira Sánchez, de doce años, agoniza con medio cuerpo por fuera del lodazal, pero está aprisionada de la cintura para abajo por rocas y ladrillo y dice que pisa el cadáver de su tía y tal vez el de su padre. ¡Hay que sacar a Omaira, por favor! 

La pequeña lleva dos días allí y mira asombrada a los socorristas y a los curiosos que la observan y dice. “Voy a perder el año, porque ayer y hoy fallé a la escuela”. 

Al pie de Omaira, el caso del niño de México, llamado “Monchito” es algo menor, ya que uno puede hablar con esta pequeña tolimense, se le puede tocar, se le puede acariciar, ella le cuenta a uno su historia, y sin embargo hasta las cinco de la tarde del día anterior no habían podido sacarla.

Aunque parezca increíble, Omaira  está fuera del agua del pecho hacia arriba pero de la cintura hacia abajo se encuentra atascada entre los escombros de lo que fuera la plancha del techo de su casa y dice que debajo de sus pies siente cadáveres y que son los de su tía María Adela Garzón y que posiblemente también allí está el cuerpo de su padre, Álvaro Enrique Sánchez, un conductor de combinada cogedora de arroz.

Durante dos horas conversamos con Omaira  Sánchez. Le dimos la mano. Le acariciamos la cabeza, hasta por un momento sonrió y a las cinco de la tarde de ayer nos dijo: “Váyanse a descansar un ratico y después vengan y me sacan de aquí". 

Todos le dimos la mano y le dimos la espalda para que no nos viera llorar. Y nos fuimos llorando un puñado de periodistas, entre ellos varios norteamericanos que habían conocido la muerte en los arrozales de Vietnam. Apretamos los puños y nos quedamos mirando la llanura de lodo que cubre lo que antes fue Armero.

Pero Omaira Sánchez aún está viva y es posible que hoy sábado aún esté viva y según los socorristas que la desenterraron hasta el pecho se puede salvar si se consigue una simple motobomba para succionar el charco de agua que se formó a su alrededor cuando lograron apartar la plancha de cemento que la tenía aprisionada.

¡Una simple motobomba! 

Desde las diez de la mañana los socorristas se la estaban pidiendo a los pilotos, pero allí en aquel caos infernal de los escombros de Armero, nadie fue capaz de llevar en todo el día una simple motobomba. “Hijueputa vida, no puede ser que esta niña se vaya a morir porque en este país no sean capaces de haberle traído en 2 días una motobomba”, pensó el cronista cuando se alejó de ella, y Omaira se quedó allí sola, ahora ayudada por un neumático para que no se hundiera en el charco.

Sola en la noche que venía, sola entre tantos muertos, sol sobre los escombros de su ciudad, sola abandonada por hombres y por Jesús y por Marx... por todos abandonada.

Su tragedia

Doña María, la madre de la niña, se vino para Bogotá el 4 de noviembre a diligenciar el asunto de un diploma en el Sena. Entonces allí en su casa del barrio Santander de Armero se quedó Omaira de 12 años y su padre y su tía y su hermano menor. A las once y media de la noche del miércoles los cuatro no se habían acostado, porque estaban preocupados con aquella lluvia de arena y ceniza que había estado cayendo desde las cinco de la tarde.

Habían acabado de cerrar la puerta, cuando sintieron un ruido espantoso y después el estrépito de las rocas y las aguas que derrumbaron las puertas y entraron en forma salvaje. A partir de ese momento, Omaira se sintió estremecida en aguas, sacudida, bamboleada y no supo nada más de su hermano ni de su padre ni de su tía. “Todo se me fue de la cabeza y cuando me desperté estaba debajo de esa cosa de cemento”, dice.

Allí debajo de “esa cosa de cemento”, que en realidad es una plancha, permaneció toda la madrugada del jueves y hacia mediodía logró sacar la mano por una rendija que dejaba la plancha. Entonces Jairo Enrique Guativonza, un socorrista espontáneo, vio aquella mano y con la ayuda de otros se puso a triturar la plancha. Escuchando la voz de la niña, trabajaron toda la tarde y la noche del jueves y solo en la madrugada del viernes lograron despejar el cemento fundido y las tejas y las maderas que estaban cubriendo a la fina.
Jalándola con sumo cuidado, lograron sacarla un poco, pero en determinado momento no pudieron seguir porque de hacerlo hubieran tenido que arrancarle las piernas. Lo único que hicieron fue construir como un nidito para que la pequeña pudiera girarla cabeza y su pecho hacia un lado y otro. El neumático Durante toda la mañana de ayer viernes, varios socorristas y policías trataron de sacar a Omaira.
Pero era imposible porque a cada momento el agua se encharcaba más y por instantes parecía que la pequeña se iba a ahogar. Entonces trajeron un neumático y se lo colocaron por debajo de los brazos y quedó como los niños en la piscina o los náufragos en el mar. Varios socorristas trataron de sumergirse entre el agua, que es una espesa sopa de lodo, y comprobaron que las piernas de la niña están incrustadas en algo asi como una puerta, que había ladrillos y palos y que metiendo las manos más abajo se tocan cuerpos.
"Si señor, yo siento que estoy pisando carne y esa es mi tía, y ojalá que no sea mi papá ni tampoco mi hermano”, dice la niña. Durante toda la mañana, Omaira estuvo un poco animada. Al mediodía le dieron primero un vaso de agua y después una gaseosa y un pan y Omaira dijo que deseaba comer algo de dulce. Preguntó qué día era y cuando le dijeron que era viernes, entonces “respondió: “Ay caramba, hoy era el examen de matemáticas”.
Ella está en primero de bachillerato. “Voy a perder el año”, dijo. Después del mediodía, los ojos de Omaira se comenzaron a poner rojos. Se le hinchó un poco la cara y sus manos eran muy blancas, aunque ella es una morenita crespa, de cara redonda y de labios gruesos.
Así con sus ojos enrojecidos y su carita hinchada, hacia las tres de la tarde, cuando llegaron los enviados de El Tiempo y otros reporteros especialmente extranjeros, Omaira ya estaba perdiendo la alegría para empezar a sumirse en los delirios de la agonía. Un mal vecino La pequeña se halla rodeada de escombros por todas partes, especialmente de tejas de zinc y techos de casas que fueron arrastrados por la corriente.
A unos diez metros del pozo de lodo donde se halla la niña, el cadáver de una mujer, con apariencia de anciana, se halla recostado contra un tronco. Es un cuerpo tumefacto bajo el sol ardiente y varios gallinazos acechan desde una ceiba cercana. Omaira ni siquiera sabe qué pasó, no entiende que Armero fue borrado de la faz de la tierra por el río Lagunilla y que posiblemente todos sus 39 compañeros de primero de bachillerato perecieron. Cuando llegaron los reporteros, la mayoría de los socorristas se habían ido a guarecerse del sol que a las tres de la tarde picaba inclemente sobre los escombros de la ciudad.
Estaba agachada sobre el neumático y cuando sintió las voces levantó la carita y nos miró. Intentó una sonrisa. Los labios le temblaron. Sus ojos enrojecidos parpadearon. “Ay...”, dijo pero no lloró, no nos miró con súplica, no estaba derrotada, sino que había mucho de valentía en su mirada. No dijo que le dolían las piernas sino que simplemente no las podrá mover. “Siento frío”, dijo y nos dirigió una mirada profunda Pero se le veía tranquila, valiente.
Era una niña toda coraje’ “Tengo miedo que el agua suba y me ahogue porque yo no nadar aunque soy aquí de tierra caliente”, balbuceó. “No sé dónde está mi mamá en Bogotá, pero mi tío es celador en Expreso Bolivariano”, narró y dijo: “Mi papá trabaja cogiendo arroz y sorgo en una combinada”.
Apoyó su rostro sobre el neumático, como para descansar. Estuvo así unos cinco minutos. Todos permanecimos en silencio Después, otra vez levantó el rostro y pronunció unas frases un poco incoherentes y ya sus ojos estaban más rojos y se notaba algo de delirio. “Tengo sed”, dijo e intentó tomar un poco de aquella agua putrefacta Se lo impedimos y le pasamos otro vaso de agua.
Seguimos allí hasta las Cinco de la tarde. Los Socorristas regresaron y después se volvieron a ir y señalaron que era imposible tratar dejarla con toda la fuerza, porque eso sería destrozarla de la cintura para abajo o por lo menos perdería los pies. Dijeron que era indispensable traerla motobomba para sacar el agua y poder proceder a retirar la materia que la aprisionaba.
Cuando los helicópteros pasaban sobre ella, Omaira levantaba sus ojos enrojecidos y los miraba alejarse “Tejuramos, Omaira que vamos ya. a traerte la motobomba para sacarte de aquí”. Nos miró con dignidad y nos dijo: ‘Váyanse a descansar y vuelvan a sacarme”.
Entonces le dimos la espalda y nos fuimos todos llorando, con rabia, carajo, como odiando a Dios, a los hombres y a la naturaleza... Ella quedaba allí solita, entre el charco, y la noche se aproximaba... Y como no pudimos ayer conseguirla motobomba, hoy sábado a las cinco de la mañana salimos con la motobomba en un helicóptero directamente hacia Omaira y esperamos, y escúchanos, Oh Señor, desde tu morada, que ella esté viva, porque de lo contrario será un dolor que nos perseguirá para siempre... Murió Omaira pero nació Consuelo desde donde existió Armero.
A las diez y cinco minutos de la mañana de este sábado desgraciado murió la pequeña Omaira Sánchez, de doce años, la niña que se hallaba atrapada, pero dos horas después, a medio kilómetro de su cadáver, nació Consuelo, cuando una señora incrustada en el barro, dio a luz a una niña.
Fue la muerte y la vida, tan cercana una de otra. Fue el drama que el país vivió y padeció a través de El Tiempo y Caracol. Primero fue la tristeza, el llanto, cuando la pequeña murió allí, junto a la motobomba que El Tiempo había llevado en helicóptero desde Bogotá, y entonces médicos, socorristas y periodistas se alejaron del lugar y Omaira quedó doblada aprisionada entre una plancha de cemento y el cadáver de su tía María Adela.
Vino después, hacia las dos de la tarde, el momento en que Carmen Cecilia Moreno, dio a luz allí debajo de la plancha del techo de su casa, después de haber permanecido casi cuatro días enterrada de la cintura hacia abajo y recostada al cadáver de su hija de cinco años. Si esto que vimos, este morir y este nacer, fuera una historia que alguien me contara le diría que no fuera mentiroso, que se fuera para el carajo, que tan terrible pero tan hermosa casualidad no se pueden dar juntas, pero es cierto, por Dios o por Marx, y ahí están las fotos para comprobarlo.Omaira  empezó a morir a las 9 de la mañana.
El helicóptero de El Tiempo debido al mal tiempo en Bogotá solo pudo despegar a las 7 de la mañana ya las 8 ya estaba posado donde yacía la niña, allí en el pantano, junto a la loma del Barrio Santander. A las 8 y 14 ya la motobomba estaba funcionando, succionando el agua del pozo que se había formado alrededor de la niña, sobre los escombros de su casa.
La motobomba funcionó de manera lenta, ya veces se obstruía por el barro, a esa hora, ya la niña escasamente podía mantener los ojos abiertos, ya le habían quitado su blusita de color azul, y la pequeña yacía con su espalda descubierta, metida entre el neumático negro. Hasta las cinco de la mañana había estado sufriendo delirios y le había cantado y contado chistes a los médicos y socorristas que la acompañaron durante la noche.
El socorrista espontáneo Jairo Enrique Guativonza permaneció toda la noche abrazado de la niña, para darle calor, ambos metidos allí en el fango. Jairo Enrique cuenta que durante la noche le cantó varias canciones, le contó que había cumplido años el pasado 10 de noviembre y estuvo diciéndole que por ahí andaban su padre y su madre y que entonces le iban a volver a celebrar su cumpleaños. Al principio de la noche estuvo aún consciente, sosteniendo con sus acompañantes conversaciones coherentes. Pero después de la una de la madrugada comenzó a delirar.
Cantaba canciones extrañas y Guativonza relata que hacia las tres de la mañana le dijo que ya el Señor la estaba esperando. “Después cantó la canción de los pollitos”, afirma el socorrista, que fue su acompañante durante tres noches de muerte. Cuando amaneció ya estaba en camino hacia la agonía. Hacia las nueve de la mañana, cuando la motobomba que había llevado desde Bogotá el helicóptero de Helitaxi facilitado a El Tiempo para esta emergencia, ya la agonía se aproximaba a la muerte Había doblado su cabeza sobre su pecho y la vida era apenas unos leves estremecimientos del cuerpo.
La motobomba llevada desde Bogotá, y otra traída por el médico Fernando Posada, succionaban a veces con demasiada lentitud el agua y todos los presentes mirábamos con angustia con delirio, casi con fiebre. Pasaron los minutos. El agua fue lentamente descendiendo de nivel y entonces comenzó a aparece el cadáver en descomposición de la tía de Omaira. En determinado momento, todo fue claro: la niña yacía entre el cadáver de su tía y una plancha de cemento.
Omaira estaba como arrodilla Los médicos se miraron. La niña agonizaba. Todos tenía empuñadas las manos. Los médicos se reunieron. Y llegaron a la conclusión de que la única alternativa sería cortarle allí ambas piernas a la altura de la rodilla o dejarla morir.
Cortarle las piernas igualmente sería que ella muriera porque no había equipos de cirugía. No había más alternativa: había que dejarla morir. Entonces todos, médicos, socorristas y periodistas nos quedamos en silencio; pasaron tal vez 10 minutos y a las 10:05 de la mañana la niña se estremeció, frunció los hombros. Y murió...

Continúa la vida

Todos se alejaron y cada uno en silencio, como con pena de los otros, lloró. Después, al rato, volvimos y colocamos sobre Omaira varias puertas de madera y varias tejas de barro. Decidimos no sacarla, porque habría que despedazar el cadáver. Y era mejor dejarla en su tumba, donde con tanto valor y con tanta alegría había luchado contra la muerte durante 72 horas.

Cuando nos alejábamos, entre un charco yacía la primera página de El Tiempo donde aparecía el rostro de Omaira, aún con vida, doce horas antes. Caminábámos por el lodazal y pensábamos que el papel puede con todo, menos derrotar la muerte. Pero la vida Continuaba. En ese instante llega el médico voluntario Rodrigo Meléndez y grita desde lo alto de una colina que cerca, una mujer medio sepultada en el barro, está a punto de dar a luz. Grita que se necesita una motobomba.
Entonces la motobomba trasportada de Bogotá pero que llegó muy tarde para salvar a Omaira, es introducida en el helicóptero y tres minutos después éste se posa sobre la terraza de una casa, Situada allí en el Sector donde el estadio de fútbol contuvo en algo la avalancha, por lo cual varias casas apenas quedaron sepultadas hasta un poco más de la mitad.
Y allí desde el jueves al mediodía, es decir, dos noches, atrás, un grupo de Voluntarios y de médicos trabajaban para tratar de desenterrar a la señora Carmen Cecilia de Moreno, esposa del médico Lizardo Moreno. Ella estaba con su cuñada Gladys Moreno y con sus dos pequeños hijos, cuando la avalancha rompió las Puertas y penetró en el interior de la casa.
En una pieza quedó la Señora Carmen Cecilia, de unos 25 años, con 8 meses de embarazo junto al cadáver de sus dos hijos yen la pieza contigua su Cuñada Gladys de 19 años. Quedaron incrustadas en el lodo y los pedazos de concreto hasta la cintura, aprisionadas de manera brutal. El socorrista de Ibagué Álvaro Castro y el voluntario de la Fuerza Aérea Carlos Romero, las descubrieron al mediodía del jueves y desde entonces se juraron salvarlas. Con palas, sierras, picas y taladros trabajaron día y noche.
Auxiliados por médicos y voluntarios lucharon contra todo, aún contra la putrefacción de los cadáveres de los niños que se hallaban aprisionados cerca de Carmen Cecilia. Lo de ayer Durante las noches del jueves y del viernes, Álvaro Castro y Carlos Romero estuvieron allí acompañándolas, pues no había luz para trabajar. Entonces en la oscuridad las abrazaron toda la noche, para darles calor.

Allí en la oscuridad les hablaban y las animaban y por momentos mujeres semisepultadas y socorristas podían dormir algo. Cuando llegábamos ayer hacia las once de la mañana, Carmen Cecilia, la embarazada, y Gladys, la cuñada, yacían como hincadas entre el fango y el concreto, con los ojos enrojecidos y con máscaras médicas, para protegerse de la putrefacción. Eran dos mujeres padeciendo el más profundo y doloroso sufrimiento del mundo.
Pero lo miraban a uno esperanzadas, como pidiendo piedad. Entonces vino ese frenético e intenso trabajo. El helicóptero iba y venía trayendo pipas dc oxígeno, sierras, ampolletas para el dolor, relevo para los médicos y entretanto los voluntarios luchaban y luchaban ahí, succionado el lodazal con la motosierra, triturando los muros de concreto con picas y poco a poco tratando de ir destapando el cuerpo de las dos mujeres.

Entonces lentamente fue emergiendo del fango el vientre hermoso de Carmen Cecilia, con sus ocho meses de embarazo. Más tarde le pudieron liberar una pierna y después otra. Y vino el momento dramático en que se pudo sacar a toda la mujer. “No siento el niño”, dijo ella cuando se sintió libre.
La colocaron sobre una camilla y allí los médicos procedieron a realizar la cesárea. Fueron minutos dramáticos, de suspenso. Así como horas antes habíamos esperado con angustia la muerte de Omaira, ahora esperábamos con la misma angustia el nacimiento de un ser humano. “Fue una niña”, dijo el médico. “Y está viva pero puede morirse si no la sacamos ya de aquí”, agregó. “Que se llame Esperanza” gritaron unos. “No, Consuelo”, respondieron otros en coro. “Consuelo”, dijo la madre, con palabras que salían por entre el fango que estaba en su boca. “¡Consuelo!”, gritamos todos.

Entonces introdujeron a la madre ya la niña, y el helicóptero se elevó y todos quedamos allí llorando de alegría. No sabíamos si las dos finalmente iban a sobrevivir pero ahora las dos habían luchado contra la muerte durante tres días y dos noches, las dos allí sepultadas, en el fondo del fango y del martirio.


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