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12 septiembre, 2012

A un lustro de los 100 años, otra vez Isabel Martínez llena "El Pardo" con su mundo de colores




Arte Naïf

LA GALERÍA AMBULANTE DE ISABEL MARTÍNEZ FERRERO VUELVE A "EL PARDO"
Su obra estará expuesta en el Centro Cultural Alfredo Kraus hasta el próximo 27 de septiembre.
...

 
La esencia y el carácter del arte naïf brotan en el campo anímico de la inocencia y la sencillez en la obra de Isabel Martínez Ferrero que hoy vuelve a cobrar escena en el Centro Cultural Alfredo Kraus, de Fuencarral, El Pardo.

Isabel, a sus 95 vuelve vital, segura de sí misma porque nunca ha abandonado la inocencia con que llena sus lienzos revelando siempre el clima de candidez infinita que traslada su arte.

Isabel vuelve a El Pardo, y lo hace con una selección de su obra que en cualquiera de sus dimensiones es reflejo de la perfección de su técnica, en la que la decana pintora ha demostrado moverse con una libertad que se transparenta en la materia de su composición.

La sensibilidad y receptividad están permanentemente en la obra de Isabel, su ejecutoria es una producción en serie que le ha brotado desde la ingenuidad y la espontaneidad imaginativa de la pintura.

En Isabel Martínez Ferrero, a quien tuve la suerte fortuita de conocer justamente en El Pardo, confluye todo lo esencial del arte naïf, desde lo ingenuo, sencillo y candoroso hasta lo fresco y espontáneo.

En cualquiera de las obras que permanecerán expuestas en Fuencarral hasta el 27 de septiembre resalta el colorido y la escasa técnica que hacen de la autora una genuina exponente de un arte libre de convenciones.

En "Rosaleda", "Recuerdo del pasado" o "Una vuelta por las afueras", la madre del arte naïf español nos entrega un paisaje incontaminado, que derrocha sus orígenes de inocencia creativa y se mueve con total libertad en las composiciones que su universo recrea.

El espíritu autodidacta triunfa en Isabel. Así la conocí. Su arte es innato, instintivo, y lejos de la pintora ocasional que descubrió su infancia en su pueblo zamorano de Villarrín de Campos, Isabel Martínez Ferrero es, hoy por hoy, una maestra popular de la realidad, una expresión del primitivismo moderno que en ella creció arrimado a la naturaleza.

Isabel le da vida al mundo que colorea, habita en él, porque de cualquier manera, es sensible a sus orígenes, a las artes y tradiciones populares que la forjaron entre Zamora y Madrid, donde ahora vive la placidez de su vejes, envuelta en el multifacético mundo de sus cuadros.

Isabel no se agota nunca y cada vistazo a su obra nos enseña siempre algo nuevo.

Yo que la vengo siguiendo hace años y he aprendido a admirar su arte, puedo afirmar que nuestra Isabel, se pasea entre los más destacados exponentes del arte naïf en España y en buena parte de Europa, por donde anda dispersa su obra.

La exposición que inaugura hoy en el Centro Cultural Alfredo Kraus, es una retrospectiva de su ya emblemática pintura y de su vida misma.

Las telas de Isabel embellecen hoy y decoran El Pardo. Su muestra, será un paseo por el universo de su pintura, entre las escenas de la vida cotidiana y la felicidad, siempre la felicidad que ella le imprime al mundo de sus rarezas. El día crece y se desvanece con la nostalgia del crepúsculo. en la galería ambulante de Isabel que hoy vuelve a El Pardo.


15 diciembre, 2011

Arte Naïf: Isabel Martínez Ferrero en sus 94 años: "Mejor estoy pintando"

“A mis 94 años sigo con la misma pasión
e ilusión por la pintura que cuando era joven.
Pintar para mí es vida, es vivir. Vivo entre mis     
bosques encantados, mis montañas azules y
nevadas, mis árboles y mis flores de colores”.
La veterana pintora española presenta en el madrileño distrito de Tetuán una exposición que permanecerá abierta hasta el 20 de enero.

Un mundo de colores con nombre de mujer     
Su pintura es un estilo propio dentro del arte naïf español

Jesús Díaz Loyola

Sentada y serena, instintiva en sus desvelos, rodeada de sus cuadros llenos, así conocí a Isabel Martínez Ferrero (Zamora, 1917), que este diciembre, enhorabuena, vuelve a ser noticia en Madrid, con la doble motivación  de presentarnos en Tetuán su más reciente exposición y hacerlo en los 94 que ya le cuenta la vida. 

Con su nombre de mujer vuelve Isabel con su ternura, entre el río y las montañas, las flores y la nieve, donde expresa mil ideas y muchas razones suyas.

Hoy Isabel es vigencia en un lugar de Tetuán. El infinito mundo de sus colores es allí la razón entre muchas almas y ella, un alma entre mil razones: la diversidad de motivos de 34 cuadros de su autoría llenarán hasta el próximo 20 de enero la Sala Pablo Serrano del madrileño Tetuán.
Este mes, Isabel está cumpliendo 94, y cualquiera de sus cuadros le cuenta el paso a su vida. Isabel Martínez Ferrero, la más veterana pintora naïf española, nació un 15 de diciembre, en Villarrín de Campos, Zamora, y desembarcó en el Madrid de los treinta con su más adorada pasión: pintar.
Desde que era una niña comenzó con esa infantil locura que delatan los multicolores de sus pinturas. Lo hizo en Villarrín con la inocencia de su primera infancia, y ese su prodigio suyo llega ahora a Tetuán con las propuestas que la decana del lienzo nos deja en “Rosaleda”, “Recuerdo del pasado”  o en “La excursión” y muchos más entre una treintena de cuadros. 

Ya no que decir en su basta obra de sus retratos más tiernos a "Gabriela", a "La Novia" o a la "Nostalgia" misma. Todos trasladan esa ternura suya desde el encanto de los personajes que pinta en su visión surrealista del expresionismo naïf.

“Una vuelta por las afueras” y “Bienestar” (imagen de la derecha), obras de 2005, son una mezcla del universo de motivos que inspiran a Isabel en la diversidad de sus emociones que se mueven desde el amor, los sentimientos lejanos y los afectos más cercanos.
En los paisajes que dibuja hay un viejo amor, está el amor que se fue, el suspiro de un eco lejano, hay melancolía y añoranza que reviven en la exuberancia de un mundo multicolor los recuerdos de su pasado con los resuellos de su niñez.
La obra de Isabel Martínez Ferrero abarca una diversidad de colores que va desde el azul más celeste hasta el más verde intenso de sus bosques y sus montañas, pero tiene un mérito esencial cuando reencuentra amigos, hace parejas, nos acerca a un río, a una pradera, a un jardín o a la misma flor que es Isabel.

En ella, todo acaba confluyendo en la proximidad recordada del pasado y del presente, porque en sus cuadros fluye la vida. Su retrato mas familiar, otra de sus obras emblema, es el cara a cara de la familia que forjó.
Dice Isabel que pintar  es vida. Y ese ha sido su auto de fe, la recompensa mejor pagada a su inacabable afán por  la pintura, porque es donde ama y sueña, llora y ríe, mientras se adentra en sus rebuscamientos con sus tristezas y sus alegrías.
Ahora en Tetuán son los días de ella, la recompensa de sus jornadas más intensas, aferrada a sus pinceles, entre la paleta de sus óleos y el caballete de sus lienzos.

Todo lo que  desde hoy se expone en la Sala Pablo Serrano, es un viaje al pasado que se fue, adosado de un presente de ilusiones inacabadas en la perspectiva de la pintura de Isabel y el arcoíris de sus colores.

Ante cualquier cuadro suyo uno siente el abrazo de Isabel. Por eso hoy quiero abrazarle por los 94 que su fecunda vida, y atravesar con ella el océano de sus encantos con su mundo de colores y su nombre de mujer.

Gracias, Isabel.

Cada vez que levanta el pincel, Isabel se mueve en su mundo de bellas ingenuidades, un mundo de colores y encantos que es, en realidad, su mundo, y donde ella siempre acaba reinando como en "La Excursión".


Cualquiera de sus cuadros es expresión de su vida.
Como en cada apertura, Isabel estuvo en Tetuán, presidiendo el trono de la sala de su exposición, sosegada, siempre atenta, y llena con su obra que es un viaje permanente a su pasado o "Una vuelta por las afueras".

24 octubre, 2010

Andrés Puig salta del negro a la luz

“Una mirada sobre África”

El pintor hispano-cubano abre su etapa de luz en el Centro Cultural Pérez de la Riva
(Las Rozas, Madrid)
Jesús Díaz Loyola (ATP)
Fotos: Cortesía de Puig
Nueve óleos sobre lienzo y una docena de dibujos a pluma, un motivo y una razón: África y la luz. Ese es el presupuesto artístico con que el pintor hispano-cubano Andrés Puig, afincado en Madrid, se declara plenamente inmerso en el período luminoso de su obra.

Veintiuna obras en total justifican su más reciente propuesta: “Una mirada sobre África”, que durante octubre y noviembre ocupa el madrileño Centro Cultural Pérez de la Riva, en Las Rozas.
"Una mirada... es la pizca con que Puig se anticipa a "Serengueti", la exposición cumbre que ya ultima para llevar próximamente a salas y museos nacionales e internacionales y que conforman 70 obras de grande, mediano y pequeño formato, y medio centenar de dibujos.
Puig (con sombrero) y el autor de este blog.

Cuando este octubre, el propio Puig dejó felizmente inaugurada la muestra en la Sala Maruja Mallo, destapó nueve lienzos que justifican todo el colorismo y vestigios africanos que marcan la nueva etapa en que el artista deja lo negro para adentrarse en un período de luz.

La mirada diáfana sobre África que hace ahora, es una evocación artística que le sitúa en el período de máximo esplendor, a partir de las vivencias que guarda de un latiente viaje por el continente negro, tres décadas atrás, y que le llevó a Tanzania, Somalia, el Congo Brazzaville, Kenia y Egipto.

De cualquier modo, antes y ahora, en su línea negra primero y en su etapa de luz después, los cuadros de Puig son cada vez un reflejo del encierro maravilloso en que han convivido la pintura y él, con la infinidad de motivos y figuras que dibuja desde que se asentó en la sierra madrileña hace más de veinte años.

En ese mundo de magia y silencio, Andrés Puig ha hecho maravillas. Recuerdo su revelador período negro que hacia 2004 agotó en su colección La Fértil Reserva Infinita Casi Agoniza. Allí están "Conjuro", "Acecho", "Cicatrices" y "Día de Magia" como un canto imperecedero al gigante africano.
Pero ahora Puig, enhorabuena, se zafa de la sombra para explayar la luminosidad en su pintura: “Más color, más contraste, más nitidez y, sobre todo, luz”.

“Mujeres del Serengueti”, el tríptico de 2009 que lanza su nuevo proyecto, es una obra maestra que el autor ha de preferir con especial manera, porque fue allí donde Puig justificó toda la consumación de su etapa de luz. Son motivaciones supremas, en las que las mujeres se mueven como cuerpos celestes para formar una conjunción de ambientes luminosos.

"Mujeres del Serengueti" (a la derecha) debe su nombre al Parque Nacional tanzano, muy cerca de donde está la Zona de conservación de Ngorongoro, y entre sí, forman todo el ecosistema del Serengueti, fuente en la que ineludiblemente se ha inspirado Puig para su obra. Los dos destinos han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Por todo el Serengueti habitan fundamentalmente leones, leopardos, elefantes, rinocerontes y el búfalo cafre., aunque aquel confín africano es hogar también de hienas, guepardos, cebras, aves rapaces y muchas otras especies, cualquiera de las cuales llenan la imaginería plástica que se ha revelado como un estilo particular en Andrés Puig.
En su meta cumbre que es ya el proyecto Serengueti, con toda la carga de evocación del negro entre lo blanco, el artista ha plasmado en una vasta serie la viva imagen que retiene del África de los 70, con personajes y evocaciones que logra en un contexto de impoluta claridad, y en una abstracta interpretación de los orígenes de la Humanidad.

Su fama y prestigio como exponente de la vanguardia surrealista, le viene desde sus mismas raíces, cuando nació en 1948, en la oriental provincia de Las Tunas, pegado al campo, y en esa convivencia idílica con la tierra ha seguido toda una vida.

Todas las exposiciones anteriores, incluidas las colecciones permanentes donde sus obras viajan por el mundo, reflejan los más disímiles ambientes y personajes que han marcado la vida de Puig, y con los que no deja de convivir y hasta sueña.

Pero, como decía, ahora Andrés salta del negro a la luz y llega a un mundo de imágenes que alumbran y lleva consigo a cualquier parte, en un viaje imbatible entre el tiempo, la memoria y los recuerdos más vivos. Eso es lo que encierra ahora su atinada mirada sobre África y todo el espectro del Serengueti que palpita en él.

Me detengo en una más, “El cruce del río Mara” (a la izquierda), obra de 2009, una impresión de seres virtuales vistos en un contexto, donde las figuras, los colores y los contrastes, trasladan cualquier circunstancia. Hay selva, hay agua, hay cielo y hay odisea, todo un universo que Puig vuelca magistralmente sobre el lienzo.

Junto a sus grandes óleos, el artista lleva a Las Rozas un conjunto de dibujos a pluma: “Bajo el sol”, “Buscando paz”, “Nueva vida”... Todos, sin desperdicio, son cuadros cristalizantes que inyectan luz en la retina y conforman una serie que dibuja güijes -como los llama Andrés- seres de la fantasía que en ciertos lugares de la Isla de su pasado protagonizan leyendas populares, pero en las viñetas de Puig se mueven al antojo de los ojos.
El manchego Pedro Morillo, pintor y escultor de amplia ejecutoria, quien comparte motivos en la Fundación de Andrés Puig, valoró altamente la madurez consumada en el cubano con "Serengueti", en tanto la periodista y escritora riojana Julia Sáez Angulo, que coordina la muestra de Las Rozas, exaltó sus más nobles instintos a favor del arte y los aires fundacionales por los que ya transita su obra.

Las obras que este otoño llegan a Las Rozas y se adelantan al gran proyecto Serengueti, un programa itinerante que ocupará varios años, justifican toda la luminosidad del contraste con que el artista expandió el óleo sobre el lienzo y entró en su período de luz para hacer todavía más expresiva su personal manera de dibujar, la técnica que domina en él y que nos es suficiente para leer sus cuadros.

El Andrés Puig que se pasea por Madrid, es autor además de las colecciones Camino de esperanzas (2004), La intemporalidad del retorno (2003), y tiene catalogadas en los noventa Afromística Cubana, Encuentros de Orishas y Algo por qué meditar, una exposición que cosechó éxitos en Argentina, Chile y la ciudad balneario de Miami (Estados Unidos).

Cualquier signo de la transculturación afrocubana confluye en su obra, permanentemente animada en la abstracta interpretación de ecos visionarios y surrealistas con un estilo que ya lleva el sello de Puig.

Y todavía me remonto seis años atrás, en 2004, cuando concibió Éxodo africano (foto de la derecha). Allí, Andrés Puig ya preconizaba el período de luz al que se afana ahora.
Pero la colección que llena toda la etapa luminosa es mucho más amplia de lo que aquí se cuenta. Diría que brotó también con su serie de bailarinas, que hace unos años tuvo un especial impacto.

En su casa-taller de la sierra madrileña, el artista le echa cuentas al tiempo y cada día, a cada paso por entre los cerros de La Cabrera, un trazo insospechado suyo le abre una rendija más a la luz en sus pinturas.

Puig en plena faena, en su estudio de la sierra madrileña
En Las Rozas le preguntaron si tenía autorretrato, y el artista sostuvo que cualquier cuadro suyo es una semblanza de la vida que ha llevado en sus estados más puros: bohemio, elegante y melancólico.

Todos los cuadros de Puig son una tentación a los ojos y no evitan que uno se rinda ante ellos. La exposición en el Centro Cultural Pérez de la Riva, en Las Rozas, Madrid, es una sugerente ocasión para encontrarse con la obra de este consumado artista y el mundo mágico que le rodea, lleno de mitos y leyendas.

LEA MAS SOBRE LAS PROYECCIONES Y PERSPECTIVAS DE PUIG EN SU SITIO WEB: http: //www.amdragos.es/puig/

20 octubre, 2010

Isabel Martínez Ferrero expone en Madrid (Tetuán)



El colorismo de Isabel

Una treintena de óleos de esta pintora naïf, La Nonagenaria de España, están expuestos y a la venta este octubre en el Centro Cultural Eduardo Úrculo de Tetuán, en Madrid.

Isabel le tiene un amor inusitado a”Nostalgia”, un óleo que le brotó hace casi veinte años, lo mismo que a “Pulgarcito”, una evocación de su más tierna infancia. Son lienzos floridos que trasladan paz y sosiego. Cualquier cuadro suyo justifica perfectamente todo el universo de la obra de Isabel Martínez Ferrero.

Con todo el colorismo y los vestigios de sus paisajes, una selección de obras nuevas y anteriores de esta artista nonagenaria se reunen en "Un mundo feliz", la muestra que este octubre toma el Centro Cultural Eduardo Úrculo del madrileño distrito de Tetuán (Plaza Donoso, 5).
A sus 92, Isabel sigue siendo un desafío a los años, sigue imparable en la vocación que más adora en su vida: la pintura naïf. Y eso la enaltece a ella y a cuantos sabemos valorar su obra. Lo demostró Amparo Martí, desde su crítica afinada sobre el arte naïf, y lo replanteó Paloma García Romero, la Concejala Presidenta de Tetuán, que en justo reconocimiento cedió espacios del Distrito para que la artista siga expandiendo su obra por Madrid.
Fiel exponente del arte primitivo desde la infancia, Isabel Martínez nos propone en “Un mundo feliz”, una selección de sus lienzos llenos de colorido, con los que la artista despide otra primavera y recibe espléndida la quietud del otoño.

“Un mundo feliz”, sugiere creaciones recientes: “El color de la magia” (2010), “La rosa de los vientos” o “Fantasía en el bosque” (2009), y así hasta superar la decena en los últimos tres años, pero también hay obras ya conocidas en el tren expositor en que se ha convertido la vida de esta mujer, siempre arropada en la familia, en sus flores, en el río, en el pueblo y en toda la infinitud de su horizonte.

A Isabel Martínez, la fuerza de su denodada pasión por la pintura, le viene desde que era una niña en Villarín de Campos, el pueblo zamorano donde nació en 1917.
Cualquier cuadro suyo lleva la marca de su vida, su niñez, y quién sabe, si hasta sus ratos más bohemios, pero en la exposición “Un mundo feliz” que llega al Centro Cultural Eduardo Úrculo de Tetuán, vuelve a atrapar “Mujer entre flores”, otra favorita, realizada en 1988, y que es uno de los rostros más fervorosos salido de sus manos.

Lo mismo sucede con “Árboles Mágicos” (1990), “Retrato de Primavera” (1991) y “Retrato Familiar” (1992), obras también con casi veinte años de hechura, pero que brotaron con toda la pasión del paraíso infinito de belleza que es la pintura inacabable de Isabel.

“Templete árabe del Retiro”, realizada en 2001, es una evocación de las fisonomías emblemáticas del parque madrileño, donde el templo domina el entorno y se ofrece colorido y exultante con el lago que fluye tras de sí, un buen ejemplo del período azul de su pintura.

En la Exposición “Un mundo feliz” como en todas las anteriores (y en todas vende), los cuadros de Isabel Martínez Ferrero están al alcance de la mano.

El colorismo en ”Nostalgia”, “Pulgarcito”, “Mujer entre flores” o “Árboles Mágicos”, resalta como golpe de ternura, pero las obras que allí se exponen solo son una muestra de la ejecutoria de Isabel a lo largo de su carrera. Muchas perduran en su colección personal y otras, ya destinadas, han formado parte de etapas de su fecunda vida en el arte naïf.

En cualquier caso, “Un mundo feliz”, desde Tetuán, se rinde este octubre a los pies de Isabel, porque siempre que nos enseña un lienzo, nos devuelve el colorismo y todos los vestigios de su paisajismo, porque su pintura es así, donde cualquier color clasifica en ella con ternura y elegancia, provocando, incitando y arrastrando a los más nostálgicos instintos.
Y ella, como siempre, agradeciendo que pueda seguir pintando.

Isabel nunca va sola. Arropándole siempre están la familia, los colegas, los amigos. Le pregunté a quién dedica "Un mundo feliz" desde Tetuán y, sin duda alguna, "es para María Ángeles", uno de los tres tesoros que le dio la vida, porque sigue a su vera, impregnándole de todo el amor y la vitalidad que los ojos añosos de Isabel necesitan para seguir pintando.

28 junio, 2010

Isabel Martínez Ferrero vuelve a El Pardo

La magia del primitivismo de
la abuela del arte naïf español

La pintora hace derroche de su lucidez nonagenaria y regresa con veinte obras que justifican su madurez artística
"El color de la magia" es la nueva propuesta de la zamorana que se ha ganado un espacio en el distrito madrileño.
Jesús Díaz Loyola (ATP)
Mira el Río se llama la calle, como la pintura de Isabel, que siempre mira al río y al horizonte infinito de la naturaleza que dibujan sus cuadros. En el número cuatro de la calle Mira el Río de El Pardo, en Madrid, está el Centro Cultural Alfonso XII que acoge este verano El color de la magia de esta mujer extraordinaria.
Tal vez nunca antes Isabel Martínez Ferrero tuvo la perspicaz idea de resumir en una obra toda la fuerza expresiva de su pintura. El color de la magia, su última creación, da título a la nueva exposición que este junio lleva a El Pardo en un intento por abarcar todo el universo de su fecunda vida consagrada al arte naïf.
Digo yo, a veces la crítica sobre la plástica no es lo suficientemente justa a la hora de catalogar el arte en toda su dimensión. Se habla del post modernismo y se olvidan las esencias culturales de un mundo real, las que matizan cada obra de arte. Y ese es el caso de Isabel, diría también, por la carga de influencia de su vida y su cultura que atesora toda una obra. El primitivismo que Isabel desarrolla está en la libertad e imaginación con que llena el lienzo.
La influencia cultural en su pintura está dada en que ella fue una niña que creció pegada al pueblo, entre flores y arboledas, y fue de las adelantadas que pronto alcanzaron la ciudad. De manera que ha sido esa razón, la que le ha mantenido toda una vida con su atinada fijación por el campo, por el río y por las flores. Se la dio el genio adelantado de la infancia y brotó después con su pintura.
Por eso decimos que la obra de Isabel Martínez viene de entonces, desde la inocencia de una niña que cavó siempre en sus orígenes, allá en un pueblo de Zamora (Villarín de Campos, 1917).

Isabel tiene ahora 93 años, pero desde el principio sus cuadros han venido cargados de un innato aire primitivo que sólo ella sabe traducir desde la delicada y vigorosa imagen del paisaje rupestre que desarrolla.
No hay dudas de que el éxito de esta pintora naïf radica en el encierro con el mundo que la cautivó y la absolvió para siempre en la parábola conceptual de su pintura.
Veinte obras componen El color de la magia que ahora mismo está en El Pardo. Desde “Mujer entre flores”, un retrato que data de más de veinte años hasta el color propio de la magia que revela su más reciente creación, la pintura de Isabel es un reflejo de la vida misma: delicadeza, puerilidad, todo envuelto en la belleza de imágenes juguetonas, que cada vez intentan descifrar el sugerente mundo que ha marcado su paso por la vida.
Isabel Martínez, la abuela del arte naïf, como a mí me gusta llamarla, tiene su estudio en el mismo piso donde vive en la madrileña calle de Orense. Su casa es un atisbo de maestría en el arte de pintar. Allí, día a día, esta anciana voluntariosa que es un reto a los años, se pasa casi todo el santo día en su casa-taller inmersa en su mundo naïf, soltando por sus manos la viveza de los colores que lo combinan todo como las piezas que ahora inundan El Pardo: Árboles mágicos, Retrato de Primavera, El templete árabe del Retiro, La Vendimia, Las últimas nieves o El río que nace en las montañas azules.

Casi a punto de tomar el salón expositor del Centro Cultural Alfonso XII y después de más de un año incursionando en la pintura de Isabel, Pilar, una de sus tres hijas y, tal vez, su mejor crítica, me propuso comentar esta muestra, y me lo dijo con una clara fuerza interpretativa de la imaginación con que pinta su madre: “El color de la magia es ella con sus colores, sus niñas, sus árboles, sus flores, con esa paz y alegría que le son innatas de toda la vida”.
Y cierto es que en la pintura de Isabel, sobre todas las cosas, está el Villarín de su infancia, pero también está el Madrid donde se le acabó de estirar el cuerpo; están España y sus imaginerías que reflejan el espíritu y la cultura de este mundo.
El color de la magia, la última exposición de Isabel Martínez Ferrero, es un acercamiento nítido a la esencia cultural de este tiempo y de su tiempo y, en definitiva, la sazón coloreada del universo que sus imágenes hacen cantar.
La muestra abarca el quehacer de los últimos años, de las últimas décadas, quizás. Aunque faltará la verdosidad primigenia de sus inicios, Isabel Martínez nos presenta su última muestra haciendo derroche del color de la imagen de una artista ya madurada, donde cada obra viene tratada con una genialidad que la hacen dueña de sus dones y sus destinos.
La obra mejor acabada de los años maduros de Isabel está en El Pardo: veinte cuadros justos, y cualquiera de ellos lleva esa distinción particular de la pintura naïf, la magia del primitivismo en que se mueve Isabel. Hay que verlo para vivirlo.
En la calle Mira el Río está un pedazo del eden maravilloso de Isabel. Y de calles hablando, supe en El Pardo que el Ayuntamiento del Villarín de sus orígenes le dedicó una calle a quien hace mucho tiempo le tienen allí como una hija ilustre.
Una imbatible Isabel regresó a El Pardo este junio rodeada de familiares, amigos y muchos admiradores espontáneos No son pocos, porque a sus 93, Isabel todavía enamora.

02 mayo, 2010

Isabel Martínez Ferrero: La madre del arte naïf

Pintar a los 93

Decía Napoleón que "el porvenir de un hijo es siempre obra de su madre". Isabel hoy ha de andar orgullosa porque legó tres retoños a la vida, además de su fecunda obra en la pintura.

No podía ser de otro modo que hoy volviera a evocar a esta nonagenaria zamorana afincada en Madrid, de la que siempre he admirado su don innato sobre el lienzo.


«He necesitado toda mi vida para pintar como un niño»
Pablo Picasso.

Apuntando hacia sus cuadros, dije una vez que no hace falta ser Van Gogh para pintar maravillas. Se llama Isabel. Su obra impresiona, no deja de impresionar. Lo vivieron en su infancia de Villarín de Campos, allá en la Zamora de los años treinta, cuando de las manos de la niña Isabel salían los primeros cuadros; lo vive hoy Madrid y todo el que se sabe seguidor del arte naïf de Isabel Martínez Ferrero (Zamora, 1917).

Una selección de la obra de esta nonagenaria que acunó en los campos de Zamora las virtudes de su arte se alista para una nueva exposición este verano en Madrid.
Hoy es un día de flores, y cuando le pregunté por qué tantas flores, tanta arboleda y tantas casas rústicas del campo en sus creaciones, una frase justificó todo el ingenio del arte de pintar de esta mujer que se me antoja ver como la madre de los pintores naïf en España: “Ahí nací, crecí y me forjé”

Su mayor estímulo ha estado siempre en la familia y en el pueblo: “De niña siempre pintaba por los pasillos de casa, en el colegio, me gustaba pintar”.
Entre las cosas que he hablado con Isabel desde que vengo conociéndole hace poco más de un año, y en medio la atracción desmesurada que provocan sus pinturas, emociona, sobre todo, ver a una mujer que lejos del paso de los años, deslumbra por la facilidad con que rastrea en el pasado de su infancia, donde ella fundamenta el soporte de su gloria.

Isabel Martínez Ferrero va camino de los 100 años, el siglo. Tiene ahora 92 y cuando se asiste a su pintura, no se puede evitar decir que sus manos tienen un prodigio mayor que solo expresa cuando enfrenta el lienzo con el pincel. Su pintura es un reflejo del desenfreno de un tiempo no menos feliz, entre el color del campo y el calor pueblo.

No he profundizado mucho en su pasado, pero imagino que los padres que la engendraron se estarán gozando en la Gloria del prodigio de una niña adelantada, y la recordarán en su más tierna infancia de Zamora mirando al horizonte y después zambullida en los dibujos sobre un papel en los rincones de su casa con esa libertad inocente que tienen los niños en sus andaduras tempranas.
Isabel es una artista consumada. Lo es desde hace mucho tiempo. Leí su currículum. Es impresionante la constancia artística que lega a toda una vida. Decenas de exposiciones han dejado la impronta de su pincel en buena parte de España y en el extranjero. Cito algunas de sus colecciones personales con acuñado éxito: Palacete de Cruz Roja y Centro Gallego, en Madrid, entre 1985 y 1987. De otra parte, el Ayuntamiento de Madrid y el Palacio de Congresos y Exposiciones, vienen repitiendo sus exposiciones desde 1989, pero hay muchas otras.

Por todas esas razones se fundamenta la fecunda carrera artística de Isabel Martínez Ferrero, que atesora también premios: el que le adjudicó la VIII Exposición de Pintura Naïf “La Primavera”, en 1998; el primer accésit del IV Certamen de Arte Naïf “Madrid 2012 a soñar” (2003) y la mención de honor en el Salón Internacional de Pintura Naïf en Estoril, Portugal, en 2004.

La técnica de esta mujer, que por suerte afortunada sigue regalando esplendor aun superados los 90, deja a un lado el mundo real en que vivimos y nos traslada con fuerza imaginaria al escenario de sus orígenes zamoranos, cada vez que de sus manos brota un nuevo lienzo adosado en el expresionismo de la naturaleza que nos rodea.

La pintura de Isabel es un edén y el mundo maravilloso que son sus cuadros, paisajes y retratos, se funde en una naturaleza viva que ella no ha olvidado jamás desde sus días de infancia en Villarín.
Uno se detiene, por ejemplo, en La Rosaleda (2000) y admira a derroche el poder de traslación a lo real maravilloso del entorno, del pueblo y de la sierra que, en cualquier caso, trasmite Fernández Ferrero. La Rosaleda bien es un tributo de Isabel a las madres de este mundo.
Hay otros: El árbol amarillo, creación de 1990; Al final del camino o Flores en el camino, que le brotaron entre 1995 y 1999, todos sin excepción, trasladan una fuerza de sentimiento del bien y de la ternura impregnada en la pintura de Isabel.

En un punto de la madrileña calle de Orense, Isabel Martínez consume su vida abrazada a su arte, entre los trajines diarios de su casa, donde, sobre todo, se presenta complejo y singular el entorno donde esta anciana hace maravillas con el pincel. Tendrá cuadros por todas partes, las huellas de su pintura estarán en cualquier rincón. La imagino cada vez que se cruza entre la paleta de óleos y el caballete del que sale cada lienzo, inmersa siempre en el oficio que le ha llenado de colores la vida.

A sus 92, Isabel se muestra apacible y callada como las figuras de sus cuadros, o mejor de sus “caras” de la vida, como ella prefiere llamar a cada lienzo que dibuja con las vivencias guardadas de los caminos y veredas de su infancia.

El peso de los años le causa ya pérdida auditiva, pero en su pintura traslada esplendor, vitalidad y ternura en unos paisajes que son la fuerza de su dibujo, y así Isabel es feliz. Lo que pinta Martínez Ferrero tiene una fuerte dosis de impresionismo porque sus cuadros trasladan luz más allá de las formas de sus paisajes.

Desde la Asociación Española e Internacional de Críticos de Arte, Amparo Martí ha valorado la obra de esta nonagenaria: “Construye sobre contrastes un naïfauténtico, un mundo irreal, positivo y feliz” .

Otros artistas plásticos como Leticia Ortiz de Urbina, la define como una “pintora auténtica” que enseña su habilidad en el manejo del color, en tanto Villa-Toro apunta que “el naïf en las manos de Isabel se convierte en un exótico y maravilloso arte sin tiempo”

Isabel estudió pintura en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y sus primeras obras datan de 1939. Tiene colecciones y exposiciones individuales y colectivas por toda España. Una pintura suya fue donada a la Ciudad del Vaticano y otras tantas forman parte de muestras privadas.
Fuera de España sus obras se encuentran expuestas en Italia, Estados Unidos, Argentina, Paraguay y Venezuela.

Isabel Martínez Ferrero es una expresión de surrealismo de la geografía peninsular. Cada cuadro suyo atesora una historia personal afincada en sus orígenes, pero sobre todas las cosas, su obra expresa el sentido del bien en el complejo mundo que dibuja su óleo.
Feliz Día de la Madre, Isabel
y que sea por mucho tiempo
"Con mi pintura
me siento más joven.
Para mí, crear es existir,
es vivir entre bosques encantados
y montañas azules,
dando vida a paisajes
siempre con flores y agua
y personas llenas de paz"

05 octubre, 2009

Zamora: Isabel Martínez Ferrero se reencuentra con sus orígenes en Villarín de Campos

Dije sobre una de sus últimas exposiciones, que los cuadros de Isabel Martínez Ferrero son como un edén que envuelve y cautiva a primera vista. Ahora esta zamorana que no se resiste al pincel pasados los 92 años, se reencuentra con sus orígenes en Villarín de Campos, su Zamora natal.

Solo tres días bastaron para que sus lienzos volvieran a atrapar al Villarín de su lejana infancia. El pasado fin de semana, el primero de este octubre, los cuadros de Isabel han tenido una estancia relámpago en el Club Campo de Golf de Villarín, y suficiente ha sido para que el pueblo que le vio crecer se dejara una mirada atinada a una de sus más ilustres hijas.

"Isabel ha regresado a Villarín", "Han vuelto los cuadros de Isabel", comentaba más de un visitante al club de golf local, que entre viernes y domingo enseñó la innata pasión que justifican los lienzos de Isabel

Dicen los que la vieron, que estos días de recuento Isabel viajó lúcida por su pasado, y recordó los años treinta cuando en casa y todo el pueblo vivían los antojos de una niña ensimismada con el pincel.

Hablan allí que toda su obra le floreció con la imagen de Villarín porque "de niña siempre pintaba allí", dice. El último fin de semana ha vuelto a hurgar en el pasado de su infancia feliz, entre el desenfreno de sus cuadros, el calor de aquel pueblo suyo y el verde de su campo.

Isabel estuvo en Villarín en ese reencuentro imprescindible con la raíz. "Ya es una consumada", se congratulaban sus paisanos en ese dejo de satisfacción cuando hablaban de decenas de exposiciones que ha dejado la impronta de su pincel por España y por el mundo.


Habría que estar allí, en Villarín de Campos, entre Isabel y su jardín para admirar a derroche el poder de traslación a lo real maravilloso del entorno, del pueblo y de la sierra que, en cualquier caso, trasmite Martínez Ferrero.
El árbol amarillo, habrá estado allí como Al final del camino o Flores en el camino, trasladando esa fuerza de sentimiento del bien de destila la pintura de Isabel.

Hoy está de vuelta a su casa-taller de Madrid, otra vez entre el atisbo de los cuadros y las huellas de la pintura llenando de colores las "caras" de la vida. Hoy lo hará impregnada del recuerdo avivado de los caminos de aquella infancia que le habrán recordado estos tres días en Villarín.

Isabel estudió pintura en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y sus primeras obras datan de 1939. Su exposición de pinturas de este fin de semana en el club campo de golf de su Villarín, es una más entre decenas de colecciones y muestras individuales y colectivas dispersas por España.

Una pintura suya fue donada a la Ciudad del Vaticano y muchas forman parte de muestras privadas y otras andan expuestas en Italia, Estados Unidos, Argentina, Paraguay y Venezuela.
Cada cuadro suyo, lo digo siempre, atesora una historia personal afincada en sus orígenes, pero sobre todas las cosas, su obra expresa el sentido del bien en el complejo mundo que le rodea y con el que acaba de reencontrarse Isabel en Villarín.

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