La Habana, 5 de agosto de 2010.
La noche antes -4 de agosto-, mi padre, ignorándolo todo en medio de la enfermedad terminal que lo consumía, estaba consciente y hasta sonreía. Lo llamé desde Madrid y le prometí que volvería para Navidad. Ya no hablaba, pero estaba consciente: "Yo salgo de esta", me había dicho en dos viajes anteriores. Esa noche, se tomó un helado y durmió como un ángel, pero ya el corazón apretaba más su caja torácica. A la mañana siguiente, a las 7:35 a.m., mi padre quebró su último suspiro en tierra cubana. Nadie habría luchado tanto como él por ganarle la batalla a la muerte y seguir viviendo. Hace 10 años me fui de su lado y le debía una gran confesión. Esta crónica que ahora le escribo, es la imagen escueta de la vida que mi viejo y yo hemos llevado en el esencial empeño por luchar y salir adelante. Él lo hizo hasta el final.____________________________________________________________________
mi mejor consejero
Jesús Díaz Loyola
Si me preguntaran quien es el personaje de mi vida, sin duda alguna diría que es mi padre. Sólo por el hecho y el respeto al gen que me engendró, siempre diría que mi padre.
Pero resulta que mi padre es algo más, es el hombre de las confidencias más íntimas, de las grandes discrepancias, los mejores consejos y los besos más tiernos.
¡Y vaya putada que me hace ahora! Después de más de 40 años de andar juntos por la vida, mi padre se fue insospechadamente con el alba de un jueves del cálido agosto cubano de 2010, pero con el premio de habernos dejado a todos, a la familia que fundó y a los amigos que se ganó, un gran legado: la constancia y el amor.
No me importó convivir junto a él una etapa de carencias y mil vicisitudes en la isla que los dos amamos como unos empedernidos, pero "conviví contigo y crecí a tu vera, que es lo que importa y tú lo sabes, porque Cuba fue la vida que nos tocó y tú el padre perfecto y luchador".
"Te recuerdo cuando yo comenzaba a vivir mis ansias desaforadas por la profesión que me marcó: el periodismo, y que solo a ti y a tú desdén puedo agradecer, porque tú me diste la vida y me la fortaleciste siempre en el sentido de hacerme un hombre de bien. Gracias, viejo".
Jesús Díaz Loyola
Si me preguntaran quien es el personaje de mi vida, sin duda alguna diría que es mi padre. Sólo por el hecho y el respeto al gen que me engendró, siempre diría que mi padre.
Pero resulta que mi padre es algo más, es el hombre de las confidencias más íntimas, de las grandes discrepancias, los mejores consejos y los besos más tiernos.
¡Y vaya putada que me hace ahora! Después de más de 40 años de andar juntos por la vida, mi padre se fue insospechadamente con el alba de un jueves del cálido agosto cubano de 2010, pero con el premio de habernos dejado a todos, a la familia que fundó y a los amigos que se ganó, un gran legado: la constancia y el amor.
No me importó convivir junto a él una etapa de carencias y mil vicisitudes en la isla que los dos amamos como unos empedernidos, pero "conviví contigo y crecí a tu vera, que es lo que importa y tú lo sabes, porque Cuba fue la vida que nos tocó y tú el padre perfecto y luchador".
"Te recuerdo cuando yo comenzaba a vivir mis ansias desaforadas por la profesión que me marcó: el periodismo, y que solo a ti y a tú desdén puedo agradecer, porque tú me diste la vida y me la fortaleciste siempre en el sentido de hacerme un hombre de bien. Gracias, viejo".
En 2004, en el parque del
Buen Retiro de Madrid.

"No se me olvidan tus andaduras de recio buscavida, desde las maratónicas jornadas por las llanadas de Mayajigüa, allá en la tupida campiña cubana, hasta las horas infinitas buscándote el pan de cada día bajo el sol abrasador de La Habana. Lo hacías cuando eras un treintañero y yo un hijo de la inocencia que te seguía a cualquier parte. Y lo hiciste hasta el final de tus días, porque me sobran razones para saberte un padre ejemplar".

"No se me olvidan tus andaduras de recio buscavida, desde las maratónicas jornadas por las llanadas de Mayajigüa, allá en la tupida campiña cubana, hasta las horas infinitas buscándote el pan de cada día bajo el sol abrasador de La Habana. Lo hacías cuando eras un treintañero y yo un hijo de la inocencia que te seguía a cualquier parte. Y lo hiciste hasta el final de tus días, porque me sobran razones para saberte un padre ejemplar".
Gracias viejo,
por toda
tu grandeza.
Cuando yo era un niño que comenzaba a gatear, mi padre, que es José, se ganaba la vida como estibador del puerto donde los dos nacimos: Caibarién. Ya yo era un veinteañero, y en esos avatares de los primeros años y las primeras pasiones, con unos deseos inmensos por vivir, "siempre que nos sentábamos hablabas de todo; tus rechazos y tus durezas me maduraban, y sabía que poco a poco estábamos forjando la vida sumergidos en el afán por salir adelante y hacerlo cada día mejor".
"Cada vez que te bajabas de tu fecundo día en las noches cálidas del Caribe, cuando nos ponías el café y te apretabas el puro que celebraba tu hornada, siempre decías con tu particular perspicacia: La vida a mi no me vence".
"Te recuerdo en el último verano que los dos pasamos juntos —2009—, que eras el mismo de siempre cuando un dictamen médico te detectó la enfermedad degenerativa que te arrebató la existencia. Aún así, con el presagio de tu inminente partida, fui capaz de prever el momento en que te quedarías paralizado y desde la lejanía suplí en casa tu invalidez y asumí tu papel responsable con esa perseverancia de echártelo todo encima que nos inculcaste desde el primer día".
"Ya estabas postrado y eras el vivo drama de tu injusta invalidez, y cuando las premoniciones de tu salud eran irreversibles, entonces hiciste derroche de tu dignidad paternal y me pediste perdón si en algo habías errado en esta vida".
"Y te dije: ¡Que tengo yo que perdonarte, viejo, si tú me diste la vida! Aún así me prometiste que en cualquier parte siempre velarías por nosotros".
La última imagen que guardo del hombre extraordinario que fue mi mayor riqueza, es la de sus diminutos ojos escondidos debajo de los párpados en una lucha constante por vivir. Nunca abandonó su fuerza de caribeño curtido por el sol y el salitre: "Yo salgo de esta", decías y te reías.
Cuando el seis de agosto me fui a La Habana y lo llevé dormido hasta el campo santo del pueblo pesquero donde se nos estiró la vida, el negro David, compañero de aquellos fogueos entre los sacos y la estiba al borde del Caribe, me dijo con clara satisfacción como tantas veces se gozaba afirmándolo a José: "Fue el único hombre en la historia portuaria que descargó él sólo, un vagón de 40 toneladas de cuero". Ese era el grande de mi padre.
Y te recuerdo con un dato más. "¿Te acuerdas en el otoño de 1985 cuando éramos unas almas marcadas por las adversidades de la convivencia que nos tocó en la isla?
Mi casucha, la tuya, en el rincón costero donde vivíamos, sudando el salitre todo el santo día, había sido barrida como tantas otras por la furia de los vientos del huracán Kate que azotó al centro la isla. Allí estabas tú, salvándolo todo y a todos".
En ese ambiente crecimos, corroborando cada vez el deterioro del cauce por la vida en la Cuba que nos tocó, "pero siempre estabas tú, dándonos unas ansias enormes por seguir adelante".
"Viniste desde los treinta cuando Caibarién, la Villa Blanca, era un esplendor de ciudad junto al mar, y ahora te vas cuando toda la isla es un lúgubre destino, donde la subsistencia es una conjunción de suerte y rumbo de todo un pueblo. Pero hoy, sin embargo, lloro de felicidad, porque aún en los tiempos que nos tocó vivir, me lo diste todo a cambio de nada, y esa es mi mayor gratitud".
Al alba cruel del cinco de agosto de 2010, la muerte inesperada se llevó a mi padre, José, con 77 años encima y unas ansias enormes por vivir. Un año atrás, su semblante de incansable luchador era un esplendor de vida llena, pero una atrofia acelerada le cortó la existencia. Mi padre se fue con el tesoro sagrado de habernos regalado casi medio siglo a su vera desde el lejano julio de los sesenta, en que eligió a Elisa, mi madre, para premiarnos a cinco hijos con la vida.
Adiós padre, tú has sido mi mayor riqueza.
Adiós padre, tú has sido mi mayor riqueza.










Al final de uno de mis últimos viajes a Cuba y después de almorzar en La Habana ante la mirada atenta de mi padre, él, sollozante y con la voz rachada por la enfermedad terminal que lo extinguía, me dijo que, probablemente, sería la última vez que me vería, y que, aún así, siempre velaría por nosotros. Y en realidad, fue la última.

