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19 marzo, 2016

La muerte de mi padre y la confesión que le debía

La Habana, 5 de agosto de 2010.
La noche antes -4 de agosto-, mi padre, ignorándolo todo en medio de la enfermedad terminal que lo consumía, estaba consciente y hasta sonreía. Lo llamé desde Madrid y le prometí que volvería para Navidad. Ya no hablaba, pero estaba consciente: "Yo salgo de esta", me había dicho en dos viajes anteriores. Esa noche, se tomó un helado y durmió como un ángel, pero ya el corazón apretaba más su caja torácica. A la mañana siguiente, a las 7:35 a.m., mi padre quebró su último suspiro en tierra cubana. Nadie habría luchado tanto como él por ganarle la batalla a la muerte y seguir viviendo. Hace 10 años me fui de su lado y le debía una gran confesión. Esta crónica que ahora le escribo, es la imagen escueta de la vida que mi viejo y yo hemos llevado en el esencial empeño por luchar y salir adelante. Él lo hizo hasta el final.____________________________________________________________________

Mi mayor ídolo,
mi mejor consejero
Jesús Díaz Loyola

Si me preguntaran quien es el personaje de mi vida, sin duda alguna diría que es mi padre. Sólo por el hecho y el respeto al gen que me engendró, siempre diría que mi padre.

Pero resulta que mi padre es algo más, es el hombre de las confidencias más íntimas, de las grandes discrepancias, los mejores consejos y los besos más tiernos.

¡Y vaya putada que me hace ahora! Después de más de 40 años de andar juntos por la vida, mi padre se fue insospechadamente con el alba de un jueves del cálido agosto cubano de 2010, pero con el premio de habernos
dejado a todos, a la familia que fundó y a los amigos que se ganó, un gran legado: la constancia y el amor.

No me importó convivir junto a él una etapa de carencias y mil vicisitudes en la isla que los dos amamos como unos empedernidos, pero "conviví contigo y crecí a tu vera, que es lo que importa y tú lo sabes, porque Cuba fue la vida que nos tocó y tú el padre perfecto y luchador".

"Te recuerdo cuando yo comenzaba a vivir mis ansias desaforadas por la profesión que me marcó: el periodismo, y que solo a ti y a tú desdén puedo agradecer, porque tú me diste la vida y me la fortaleciste siempre en el sentido de hacerme un hombre de bien. Gracias, viejo".
En 2004, en el parque del
Buen Retiro de Madrid.

"No se me olvidan tus andaduras de recio buscavida, desde las maratónicas jornadas por las llanadas de Mayajigüa, allá en la tupida campiña cubana, hasta las horas infinitas buscándote el pan de cada día bajo el sol abrasador de La Habana. Lo hacías cuando eras un treintañero y yo un hijo de la inocencia que te seguía a cualquier parte. Y lo hiciste hasta el final de tus días, porque me sobran razones para saberte un padre ejemplar".

Gracias viejo,
por toda
tu grandeza.






Cuando yo era un niño que comenzaba a gatear, mi padre, que es José, se ganaba la vida como estibador del puerto donde los dos nacimos: Caibarién.

Ya yo era un veinteañero, y en esos avatares de los primeros años y las primeras pasiones, con unos deseos inmensos por vivir, "siempre que nos sentábamos hablabas de todo; tus rechazos y tus durezas me maduraban, y sabía que poco a poco estábamos forjando la vida sumergidos en el afán por salir adelante y hacerlo cada día mejor".

"Cada vez que te bajabas de tu fecundo día en las noches cálidas del Caribe, cuando nos ponías el café y te apretabas el puro que celebraba tu hornada, siempre decías con tu particular perspicacia: La vida a mi no me vence".

"Te recuerdo en el último verano que los dos pasamos juntos —2009—, que eras el mismo de siempre cuando un dictamen médico te detectó la enfermedad degenerativa que te arrebató la existencia. Aún así, con el presagio de tu inminente partida, fui capaz de prever el momento en que te quedarías paralizado y desde la lejanía suplí en casa tu invalidez y asumí tu papel responsable con esa perseverancia de echártelo todo encima que nos inculcaste desde el primer día".

"Ya estabas postrado y eras el vivo drama de tu injusta invalidez, y cuando las premoniciones de tu salud eran irreversibles, entonces hiciste derroche de tu dignidad paternal y me pediste perdón si en algo habías errado en esta vida".

"Y te dije: ¡Que tengo yo que perdonarte, viejo, si tú me diste la vida! Aún así me prometiste que en cualquier parte siempre velarías por nosotros".

La última imagen que guardo del hombre extraordinario que fue mi mayor riqueza, es la de sus diminutos ojos escondidos debajo de los párpados en una lucha constante por vivir. Nunca abandonó su fuerza de caribeño curtido por el sol y el salitre: "Yo salgo de esta", decías y te reías.

Cuando el seis de agosto me fui a La Habana y lo llevé dormido hasta el campo santo del pueblo pesquero donde se nos estiró la vida, el negro David, compañero de aquellos fogueos entre los sacos y la estiba al borde del Caribe, me dijo con clara satisfacción como tantas veces se gozaba afirmándolo a José: "Fue el único hombre en la historia portuaria que descargó
 él sólo, un vagón de 40 toneladas de cuero". Ese era el grande de mi padre.

Y te recuerdo con un dato más. "¿Te acuerdas en el otoño de 1985 cuando éramos unas almas marcadas por las adversidades de la convivencia que nos tocó en la isla?
Mi casucha, la tuya, en el rincón costero donde vivíamos, sudando el salitre todo el santo día, había sido barrida como tantas otras por la furia de los vientos del huracán Kate que azotó al centro la isla. Allí estabas tú, salvándolo todo y a todos".

En ese ambiente crecimos, corroborando cada vez el deterioro del cauce por la vida en la Cuba que nos tocó, "pero siempre estabas tú, dándonos unas ansias enormes por seguir adelante".

"Viniste desde los treinta cuando Caibarién, la Villa Blanca, era un esplendor de ciudad junto al mar, y ahora te vas cuando toda la isla es un lúgubre destino, donde la subsistencia es una conjunción de suerte y rumbo de todo un pueblo. Pero hoy, sin embargo, lloro de felicidad, porque aún en los tiempos que nos tocó vivir, me lo diste todo a cambio de nada, y esa es mi mayor gratitud".

Al alba cruel del cinco de agosto de 2010, la muerte inesperada se llevó a mi padre, José, con 77 años encima y unas ansias enormes por vivir. Un año atrás, su semblante de incansable luchador era un esplendor de vida llena, pero una atrofia acelerada le cortó la existencia. Mi padre se fue con el tesoro sagrado de habernos regalado casi medio siglo a su vera desde el lejano julio de los sesenta, en que eligió a Elisa, mi madre, para premiarnos a cinco hijos con la vida.

Adiós padre, tú has sido mi mayor riqueza.
Seguiré luchando con la misma fe con que tú lo hacías.

En la madrileña puerta de Alcalá durante el viaje que nos reencontró. Después, como el frondoso tronco que no abandona su raíz, regresó a la semilla.

06 agosto, 2014

CRÓNICA PARA EL RECUERDO


VARIOS días antes de morirse, mi padre había estado soñando despierto, viajando por su pasado y acordándose de sus años vitales. Soñaba con el mar y con el campo,  y con su faceta de incansable luchador por la vida. Por eso digo que el personaje de mi vida, no puede ser otro que mi padre. (JDL)

  MI PADRE JOSÉ

    Mi niñez

                                                                        —I—

TAL PARECE que fue una premonición del destino. A mi suegro Ángel, le gustaba el mar. A mi padre José, también. Los dos abandonaron la existencia en meses de verano. Hace tres semanas que Ángel Martín está con Dios. Mi padre, sucumbió en Cuba, un día ingrato de agosto, hace ahora cuatro años.


    La madurez de la vida.

Voy a hacer lo que todos los días hacíamos mientras estuve junto a él. Hoy me voy a sentar con mi papá, pero lo voy hacer con esa dosis de felicidad que siempre trasladaba su presencia. Voy a escuchar a mi padre en sus consejos mas sanos con la energía vivificadora de sus años más tiernos.

Hace cuatro años que no está en este mundo. Hace mucho mas que yo me había marchado de su lado a emprenderme por la vida, y creo que he cumplido con mi padre.

Sin embargo, siempre le deberé esta confesión. Esta crónica es la imagen de la vida que él llevó, que llevamos los dos en el constante avatar que ha sido la convivencia cubana a lo largo de más de medio siglo, en el esencial empeño por luchar y salir adelante. 

Pero sucede que la lucha de mi padre se multiplicó al final de sus días. Nadie habría luchado tanto como él lo hizo por ganarle la batalla a la muerte y seguir viviendo. 

Por eso, siempre digo  que el personaje de mi vida, sin duda alguna, es y será siempre mi papá, el hombre y el amigo de las confidencias más íntimas, de las grandes discrepancias, los mejores consejos y los besos más tiernos.

Hay un gran mérito en mi papá que lo noté también en mi suegro, Ángel y lo he percibido en muchos padres buenos a lo largo de la vida: el amor y la constancia. 

Por eso no me importó convivir junto a él una etapa de carencias y vicisitudes en la isla. Cuando yo comenzaba a vivir mis ansias desaforadas por la profesión que me marcó: el periodismo, mi padre fortaleció mis afanes, siempre en el sentido de hacerme un hombre de bien. ¡Gracias, mi viejo!

No se me olvidan nunca sus andaduras de recio buscavida por las ciudades y pueblos de la serranía cubana, desde las maratónicas jornadas cuando los dos nos íbamos —yo a hombros de mi viejo y el trillando caminos— a "forrajear" al campo los frijoles que después nos ponía con una ilusión placentera sobre la mesa. Todo en mi padre fue vida férrea por subsistir en Cuba hasta las horas agotadoras de sus últimos días buscándose el pan de cada día bajo el sol abrasador de La Habana. Lo hacía desde que era un treintañero y yo un hijo de la inocencia que le seguía a cualquier parte.


Los años de juventud cuando aún estaba junto a mi padre.
                                                                     
                                                                            —II—

CUANDO yo era un niño que comenzaba a gatear, mi padre, José, se ganaba la vida como estibador del puerto donde a los dos se nos estiró la vida. Ese lugar siempre amado, en que naces, creces y donde un día quieres ir a morir, es Caibarién. 



   Los almacenes, el puerto y toda
una vida entre el sol y el salitre.

Ya yo era un veinteañero, y en esos avatares de los primeros años y las primeras pasiones, con unos deseos inmensos por vivir, siempre que nos sentábamos al suave aire costeño de la Villa, mi padre hablaba de todo con la forma recurrente y costumbrista de su vida junto al Caribe.

Sus rechazos y sus durezas me maduraban cada día. Cada vez que te bajabas de tu día fecundo en las noches cálidas de Caibarién, cuando nos ponías la colada de café y te apretabas el puro que celebraba tu hornada, siempre decías con tu proverbial satisfacción. "La vida a mi no me vence". Ese día, tu satisfacción más placentera estaba en que todos en casa dormíamos con los estómagos llenos.

Te recuerdo hace cuatro años, en el último verano que pasé contigo. Eras el mismo de siempre cuando un dictamen médico te detectó la enfermedad degenerativa que te sentenció a muerte, pero lo asumiste con puro realismo de la concepción de la vida.

Aún así, con el presagio de tu inminente partida, fui capaz de prever el momento en que te quedarías paralizado, y desde la lejanía suplí tu invalidez y asumí tu papel responsable en casa con esa perseverancia que nos inculcaste desde el primer día.

En 2010, ya estabas postrado y eras el vivo drama de tu injusta invalidez, y cuando las premoniciones de tu salud eran ya irreversibles, entonces hiciste derroche de tu dignidad paternal y me pediste perdón si en algo habías errado en la vida.
Y digo yo: ¿De qué tiene que arrepentirse un padre bueno?

La última imagen que guardo del hombre extraordinario que fue mi mayor riqueza, es la de sus diminutos ojos escondidos debajo de los párpados en una lucha constante por vivir. Nunca abandonó su fuerza de caribeño curtido por el sol y el salitre de muchos de muchos años de trepidante vida cubana.

Cuando el seis de agosto de 2010 me fui a La Habana y lo llevé dormido hasta el campo santo del pueblo pesquero en que nacimos, el negro David, compañero de aquellos fogueos entre los sacos y la estiba al borde del Caribe, me dijo con clara satisfacción como tantas veces se gozaba afirmándolo a José: "Fue el único hombre en la historia portuaria de la isla —que se conozca— que descargó sólo, un vagón de 40 toneladas de cuero". Ese era mi padre.

EPÍLOGO 

Viniste desde los treinta cuando Caibarién, la Villa Blanca, era un esplendor de vida llena junto al mar, y te fuiste cuando toda la isla era ya un destino envilecido, una conjunción de suerte y rumbo por superar un día más.

En ese ambiente crecimos, corroborando cada vez el deterioro del cauce por la vida en la Cuba que nos tocó, pero siempre estabas tú, dándonos unas ansias enormes por vivir.

En el otoño de 1985 cuando éramos unas almas marcadas por las adversidades del huracán Kate, la casucha en el rincón costero, donde vivíamos sudando el salitre todo el santo día, había sido barrida por la furia de los vientos y las aguas. Allí estabas, dándolo todo por salvar lo nuestro. ¡Gracias, viejo!

Al alba de un día cruento de agosto, hace cuatro años, la muerte se llevó a mi padre, José, con 77 años encima. Pero mi padre se fue con el tesoro sagrado de habernos regalado casi medio siglo a nuestro lado desde el lejano julio de los sesenta, en que eligió a mi madre, Elisa, para llenarnos con la vida que nos dio. ¡Gracias, viejo, donde estés!


    Junto a Elisa, mi madre, de visita en Madrid, en 2004.

http://atriopress.blogspot.com.es/2010/08/mi-mayor-idolo-mi-mejor-consejero.html

       Atardecer en CAIBARIÉN.

16 junio, 2013

MI MEJOR CONSEJERO

CONFESIONES A MI PADRE 

A propósito del Día de los Padres que hoy celebra casi toda América.

HOY me voy a sentar con mi papá, como siempre hacíamos cuando compartíamos el mismo bocado en Cuba, pero sobre todo con esa dosis de felicidad que siempre da la presencia del padre. HOY voy a escuchar a mi padre en sus consejos mas sanos con la energía vivificadora de sus años más tiernos.

Hace tres años que mi papá no está en este mundo. Hace mucho mas que yo me fui de su lado a emprenderme por la vida, y creo que he cumplido.
Sin embargo a mi papá siempre le deberé esta confesión. Esta crónica es la imagen de la vida que él llevó, que llevamos los dos en el constante avatar que ha sido la convivencia cubana a largo de más de medio siglo, en el esencial empeño por luchar y salir adelante. Nadie habría luchado tanto como él por ganarle la batalla a la muerte y seguir viviendo. 

Jesús Díaz Loyola

Si me preguntaran quien es el personaje de mi vida, sin duda alguna diría que es mi papá. Sólo por el hecho y el respeto al gen que me engendró, siempre diría que mi padre.

Pero resulta que mi padre es algo más, es el hombre de las confidencias más íntimas, de las grandes discrepancias, los mejores consejos y los besos más tiernos.

Hoy me vuelvo a sentar con él, tal vez para compartir los frijoles en la misma mesa donde crecí, pero sobre todo a recibir la energía vivificadora de sus años más adorables.

Hay un gran mérito en mi papá y en todos los padres del mundo que quiero recordar hoy, y ese mérito es el premio de habernos dejado a todos, a la familia que fundó y a los amigos que se ganó, un gran legado: la constancia y el amor.

No me importó convivir junto a él una etapa de carencias y mil vicisitudes en la isla que los dos hemos querido hasta lo más profundo de nuestras entrañas. Conviví contigo y crecí a tu lado, que es lo que importa, porque Cuba fue la vida que nos tocó.

Te recuerdo cuando yo comenzaba a vivir mis ansias desaforadas por la profesión que me marcó: el periodismo, y que solo a ti y a tú desdén puedo agradecer, porque tú fortaleciste mis afanes, siempre en el sentido de hacerme un hombre de bien. Gracias, mi viejo.

¿Sabes una cosa? No se me olvidan tus andaduras de recio buscavida por las calles de Cuba, desde las maratónicas jornadas cuando te ibas al
campo a "forrajear" los frijoles que después nos ponías con una ilusión placentera sobre la mesa, hasta las horas infinitas buscándote el pan de cada día bajo el sol abrasador de La Habana. 

Lo hacías, papi cuando eras un treintañero y yo un hijo de la inocencia que te seguía a todas partes. Y lo hiciste hasta el final de tus días, porque sobran razones para saberte un padre ejemplar.
Gracias viejo.

CUANDO yo era un niño que comenzaba a gatear, mi padre, que se llama José, se ganaba la vida como estibador del puerto donde los dos nacimos: Caibarién. 

Ya yo era un veinteañero, y en esos avatares de los primeros años y las primeras pasiones, con unos deseos inmensos por vivir, "siempre que nos sentábamos al frescor del Caribe hablabas de todo". Tus rechazos y tus durezas me maduraban, y yo sabía que, poco a poco, nos estábamos forjando por la vida, sumergidos en el único afán por salir adelante cada día. Esa es la vida que nos tocó, y no me arrepiento de haberla compartido contigo, mi viejo.

Cada vez que te bajabas de tu fecundo día en las noches cálidas del Caribe, cuando nos ponías la colada y te apretabas el puro que celebraba tu hornada, siempre decías con tu proverbial satisfacción. "La vida a mi no me vence". Ese día tu satisfacción más placentera estaba en que todos en casa dormíamos con los estómagos llenos.


   
En la madrileña puerta de Alcalá, 
durante el viaje que nos reencontró en España en 2004. 
Después, como el frondoso tronco que no abandona su raíz, 
mi padre regresó a la semilla y allí murió.

Te recuerdo hace cuatro años, en el último verano que pasé contigo. Eras el mismo de siempre cuando un dictamen médico te detectó la enfermedad degenerativa que te arrebató la existencia. Y lo asumiste con tu optimismo realista.

Aún así, con el presagio de tu inminente partida, fui capaz de prever el momento en que te quedarías paralizado, y desde la lejanía suplí tu invalidez y asumí tu papel responsable con esa perseverancia que nos inculcaste desde el primer día.

En 2010, ya estabas postrado y eras el vivo drama de tu injusta invalidez, y cuando las premoniciones de tu salud eran irreversibles, entonces hiciste derroche de tu dignidad paternal y me pediste perdón si en algo habías errado.

Y te dije entonces: "¡Que tengo yo que perdonarte, si tú me lo has dado todo!"

Aún así, me prometiste que en cualquier lugar siempre velarías por nosotros. 
Gracias viejo, y un abrazo donde quiera que hoy estés.

La última imagen que guardo del hombre extraordinario que fue mi mayor riqueza, es la de sus diminutos ojos escondidos debajo de los párpados en una lucha constante por vivir. Nunca abandonó su fuerza de caribeño curtido por el sol y el salitre. "Yo salgo de esta", me decía y se reía.

Cuando el seis de agosto de 2010 me fui a La Habana y lo llevé dormido hasta el campo santo del pueblo pesquero donde a los dos se nos estiró la vida, el negro David, compañero de aquellos fogueos entre los sacos y la estiba al borde del Caribe, me dijo con clara satisfacción como tantas veces se gozaba afirmándolo a José: "Fue el único hombre en la historia portuaria que descargó solo un vagón de 40 toneladas de cuero". 
Ese era mi padre.

Viniste desde los treinta cuando Caibarién, la Villa Blanca, era un esplendor de vida llena junto al mar, y te fuiste cuando toda la isla es un destino envilecido, una conjunción de suerte y rumbo por superar un día más.

En ese ambiente crecimos, corroborando cada vez el deterioro del cauce por la vida en la Cuba que nos tocó, "pero siempre estabas tú, dándonos unas ansias enormes por vivir".
¿Te acuerdas en el otoño de 1985 cuando éramos unas almas marcadas por las adversidades de un ciclón —Kate—? 
La casucha, en el rincón costero donde vivíamos sudando el salitre todo el santo día, había sido barrida por la furia de los vientos y las aguas. Allí estabas tú, dándolo todo. Gracias, viejo.

POSTDATA: 
Al alba del cinco de agosto de 2010, la muerte se llevó a mi padre, José, con 77 años encima y unas ansias enormes por seguir viviendo. Un año antes —2009—, su semblante de incansable luchador era un esplendor de vida llena en La Habana.  Una atrofia insospechada le cortó la existencia, pero mi padre se fue con el tesoro sagrado de habernos regalado casi medio siglo a nuestro lado desde el lejano julio de los sesenta, en que eligió a mi mamá —Elisa— para darnos la vida que nos tocó. 
Gracias, viejo.
                                JESÚS 

22 noviembre, 2010

Los 78 de mi padre: “Porque fue savia y fue tronco”

Al final de uno de mis últimos viajes a Cuba y después de almorzar en La Habana ante la mirada atenta de mi padre, él, sollozante y con la voz rachada por la enfermedad terminal que lo extinguía, me dijo que, probablemente, sería la última vez que me vería, y que, aún así, siempre velaría por nosotros. Y en realidad, fue la última.

Hoy 22 de noviembre, José, mi padre, está cumpliendo 78 años, y aunque hace tres meses que no está entre nosotros, voy a almorzar con él, como casi siempre lo hacía en casa; y mientras esté tomando los frijoles que tanto nos gustaban, le diré en silencio que, de cierto modo, él y yo andaremos siempre juntos, con su savia y con su ejemplo, aunque siga llevándole la cuenta de sus años y de su ausencia.
Sé que mi padre se hubiera conformado con llegar a los 80, pero le faltaban dos años largos con los que no pudo su dañada existencia. Lo voy a recordar siempre sin edad, con esa fuerza de energía vivificadora cuando también decía, un poco optimista, “yo salgo de esta”.
“Donde quiera que estés, te voy a tener presente en tus tiempos más adorables, cuando nos inculcabas fe y esperanza en el sentido del bien. Y como jamás la muerte se llevará todo el amor que derrochaste y que te tengo, hoy, aunque sin velas y sin cake, quiero volver a recordarte”.
Unos días después del funeral de mi padre, en el pasado verano, como en casi todos los viajes que hago a Cuba, fui a encontrarme en Santa Clara con los colegas y amigos que habrían crecido conmigo, cuando mi padre tenía sus años nuevos.

Con el recuerdo fijo en su candidez, cuando nosotros éramos unos obsesionados del periodismo provinciano, mientras brindábamos por el alma de mi padre ausente, Mercy, mi colega más cercana, puso en mis manos una carta y dijo: “Esto es para tu padre” .
Hoy quiero compartirla con todos, pero especialmente con mi viejo, para ignorar por un instante el soneto de Borges hecho epitafio cuando dice: Ya somos el olvido que seremos /El polvo elemental que nos ignora / y que fue el rojo Adán, y que es ahora, / todos los hombres, y que no veremos. Gracias, Mercy.

Santa Clara, Cuba, viernes 6 de agosto de 2010.
A Loyo. Por la muerte de su padre José, a quien conocí y traté, a quien como el mío y el de todos, le profesé respeto y admiración. Respeto por sus largos años y conversación agradable; admiración por su incansable andar sin temor a la distancia y sin miedo a los bultos: “Porque fue savia y fue tronco”.
Un padre sin edad en el tiempo;
de todas maneras,
semilla de semilla
Mercy Rodríguez
T
uvo los cabellos negros; luego, matiza
dos de blanco; más tarde, ente
ramente plateados, o su cabeza –ausente color- luzca ahora en las copas de los árboles un tono indefinido que el agua y la tierra se encargarán de convertir en naturaleza misma. En polvo del alma.

Me imagino que de domingo en domingo se puso su gabán y
zapatos carmelitas o negro, de dos tonos junto al blanco, aunque al fin decidiera elegir un extraño traje de jardín y césped punteado de flores y de pájaros.
Lo veo riendo. ¿Con firme dentadura? ¿Con dientes manchados por el tabaco? ¿Con encías donde apenas supervive un incisivo, o –por cuestiones de hombre presumido- treinta y dos piezas de sintético marfil?
De ahora en lo adelante han de salirse, con las noches y los días sucesivos, de su encaje en las quijadas huesudas para, como piedrecillas del río, dejarse pulir sin protestar hasta convertirse en arena.
De algún modo –digo, quizás- se haya ido tarareando una canción del Benny, Barbarito, Matamoros, y no tanto lamiéndose el dolor como pensamos. Por qué no, sin muchas despedidas, arrancó en el más absoluto de los silencios, o bailando una asteroide melodía sintetizada en acordes de algas y de peces, de caracolas y crustáceos, de marea alta, de chinchorro y sedal, de puerto y montacargas…
Lo sé. Ese hombre llamado José, sea cual sea el traje que llevara, el cabello –con o sin color- la vida que llevó, la muerte que descansó, fue savia y fue tronco.
De todas formas, vigoroso en la juventud, deseoso de tranquilidad y nostalgias en la media rueda al infinito incógnito –del final incógnito- seguirá andando preocupado por los hijos, pendiente de sus tribulaciones y felicidades.
De todas formas, ese hombre que fue vuestro padre (¿por qué escribo fue?) continuará sonriéndote, entregándote sus afectos, obligándote a obedecerle, brindándote consejos y experiencias, cuidándote y alimentándote eternamente, no importa desde que lugar. Y lo hará todo, sin descanso.
De todas formas, siempre le recordarás. Así que cada día, al levantarte, choca tus labios contra sus mejillas y agradécele la más mínima alegría. Porque al amor de hijo, y al amor de padre, le basta con un beso.
Te pido, amigo, que no le llores ni prendas para el viejo José el candil de las nostalgias.
De ese modo lo verás siempre desvistiendo las estrellas, poblando los jardines, llamando a los pájaros, susurrándole a la mar, aspirando el olor a puerto; tropezando con las piedrecillas de ríos y caminos, corriendo entre las nubes en busca de mejores e inexorables tiempos, siempre junto a ti.

Porque el amor más que las flores se entrega mejor en el silencio, que desde ahora será tu mejor confidente para que José te cuente maravillas, y tú le hagas el más fabuloso poema por todos los minutos de intercambio que quedaron pendientes.
Tú amiga y hermana,
Mercedes.

16 agosto, 2010

CAIBARIÉN TIENE OTRO ÁNGEL

El colega Luis Machado Ordetx, movido por el respeto y admiración que sintió siempre hacia mi padre, le escribió esta nota en su blog CubanosDeKilates, que reproduzco en agradecimiento al sentimiento de gratitud que profesa.
Gracias Luis.

http://cubanosdekilates.blogia.com/2010/080601-caibarien-tiene-otro-angel.php


Carta al amigo José Díaz,
un tierno hombre de Caibarién, Villa Clara, Cuba

Estimado amigo, ya en el cielo, todavía proteges nuestra existencia.

No pienses que el tiempo te llevó en rapidez; sigues ahí, latiendo, insuflando existencia.

Martí, fiero guardián de la cultura cubana y universal escribió frases de dolor, de alegría; de enaltecimiento, y hay una que prendida en mis engranas remueve la existencia y la prolonga a diabluras y delirios en todo hombre.

Es una frase que pregona el primer capítulo de mi último libro Ballagas en sombra (Editorial Capiro 2010, Colección Premio), y donde reza: «!Líbranos Dios del invierno de la memoria! !Líbranos Dios del invierno del alma!».

Ya lo dije, pertenecen al Apóstol Nacional Cubano, y hoy jueves 5 de agosto de 2010, entrado el zodiaco de LEO, la dedico por extensión a ti, José Díaz; José, padre generoso de una larga familia oriunda de Caibarién, Villa Clara, Cuba, un sitio jamás perdido en la geografía norte de esta Isla que corona mis esencias.

¿Cuántas veces el desvelo, el diálogo cariñoso, el consejo fiel, la bondad y la sencillez te hicieron perennes en mi existencia de trotamundo a la búsqueda de un dato para la investigación periodística o literaria?

De corazón, no lo sabría precisar. Como un hijo, también te insufló la notoriedad por el hallazgo, la risa fiel de Quijote en medio de los vendavales de ciclones, las cargas de sacos de mercancías en los almacenes del puerto de Caibarién, de andarín por las calles del Vedado o allá a la vera de Hemingway en San Miguel del Padrón.

Hoy José, el esposo de Elisa —musa coronadora de música y encanto—, el padre generoso de otros hermanos a quienes llevo dentro, vuelve al terruño; a Caibarién, para señorear en el camposanto, dispuesto a descansar y proteger otras existencias; y como un árbol frondoso perpetúa en la memoria.

Allá en La Habana falleciste, y tus ojos no permanecen cerrados, sino abiertos, en ese delirio permanente por sentir el calor de todos; de amar lo propio, de crecer y ver crecer el tiempo; de desafiar el viento o el insoportable peso de los huesos sin que un lamento de afiebre en tu suave y tierna voz.

Descansa en paz José, para todos, en Caibarién y el mundo, tu existencia no se traduce en dolor por el fallecimiento físico; sencillamente es brisa tibia, suave, fresca y deleite para todos aquellos que de un modo u otro aprendimos de un consejo tierno o de un responso verás.

Quédate allí quieto, en el camposanto de tu otrora Villa Blanca, siempre al cuidado de ese Ángel que te perpetúa; vela por nosotros; todos te queremos en la ensoñación del tiempo.

La muerte es como el rayo que no cesa; y la tuya no es cierta —al igual que otros—, por que sigues prolongado en la existencia soberana de nuestras raíces.


Llévate perpetuamente el cariño inmenso de quienes más allá del tiempo, siempre te queremos.

Tú fraterno amigo, Luis.

La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

@trio press-foro de noticias es una plaza pública en la red, un epicentro de atención cultural e invitación constante al foro libre.

El atrio triunfó en Roma tal como el ágora en Grecia como punto de encuentro y opinión tras la caída de la civilización micénica en el siglo VIII (Antes de Cristo). Hasta nuestros días, la más famosa, el Ágora de Atenas, es la única belleza arquitectónica de la Antigua Grecia que conserva, al menos, su techo original. Y allí, como marcándole el paso del tiempo está al aire libre el extenso corredor, el atrio, que se disipa al Ágora de Atenas.

En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

Esto es @trio press el espacio donde invitamos a contar la historia, la de este mundo y que, a veces, pasa inadvertida. Contáctenos y cuéntenos lo que quiera en Atrio Press, el foro de noticias. Nosotros lo diremos tal como nos lo cuenten. Bienvenido a @trio press.

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