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09 octubre, 2019

El nieto del Che: "La revolución en Cuba no fue democrática y tampoco es comunista ahora".

Durante mi vida en Cuba, tuve la suerte fortuita de conocer a Hilda (Hildita) Guevara Gadea, madre de Canek e hija primogénita del Che; y solo ella sabe por qué su padre se fue de Cuba. "Hildita" murió en 1995, sola y olvidada en un hospital de La Habana, discrepando con el poder.

Canek Sánchez Guevara, el primer nieto del Che dijo en un magistral artículo: "la democratización de Cuba será pos-Castro, ni con Fidel ni con Raúl. El sistema político cubano se ha comportado como una monarquía y no sé por qué se le sigue llamando socialismo".

Reproduzco en Atrio Press, este trabajo escrito por Canek, donde hace un análisis de la Revolución Cubana, en cuyos ambientes nació y creció. (JDL-ATP).       

▪️Desafortunadamente, Canek Sánchez Guevara, (La Habana, 1974 – Ciudad de México, 2015),  murió en México el 20 de enero de 2015 a los 40 años, como consecuencia de una malograda cirugía cardiovascular. (DEP).

Habla Canek, el nieto del Che Guevara

"La revolución en Cuba
no fue democrática
y tampoco es comunista ahora,
sino un vulgar capitalismo de Estado llamado también 'fidelismo'.







Por Canek Sánchez Guevara.
Nací en La Habana en 1974, en una casona en Miramar, sobre la Quinta Avenida: en resumen, en plena Aristocracia esquina con Burguesía. La vida en casa, empero, era cualquier cosa menos aburguesada. Además de mis padres (Hilda Guevara Gadea y Alberto Sánchez Hernández) habitaba el lugar un grupo de guerrilleros mexicanos llegados a la isla un par de años atrás. Ellos no eran técnicos extranjeros ni nada por el estilo, eran unos malditos revoltosos que estaban en Cuba -digamos- sin haber sido invitados por el gobierno (en otras palabras: secuestraron un avión en México y aterrizaron en La Habana; para hacer corta la historia).

Creo que vivíamos unas doce o quince personas en aquella casa, no sé bien -por supuesto, mis recuerdos de aquella época no son míos, sino recuerdos de los recuerdos de otros, recuerdos de conversaciones, pues. En algún momento los revoltosos mexicanos (comunistas, anarquistas, socialistas libertarios, qué se yo) decidieron que esa realidad socialista distaba mucho del ideal de libertad que ellos tenían, así que mandaron a la mierda la realidad y se largaron de Cuba en pos de la Idea (creo recordar que alguno de ellos, incluso, fue invitado a salir del país…). Y allá nos fuimos todos -me llevaron, quiero decir- hasta la lejana Italia.

Durante los años 70, Italia era un hervidero de refugiados latinoamericanos de todas las tendencias de la izquierda. No "refugiados" en el sentido pasivo del término, sino militantes de sus respectivas causas en el exilio. Había argentinos, colombianos, nicaragüenses, salvadoreños, peruanos y sí, mexicanos también.

Qué hacían mis padres en Italia es algo que no concierne al texto en cuestión, baste saber que cuando me preguntan algo relacionado con canciones infantiles, siempre respondo: Bandiera Rossa... Sí, creo que Bandera Roja y La Internacional fueron las primeras canciones que aprendí de niño. Recuerdo (no sé por qué) que en esos años llevaba siempre colgada del cuello una tira de cuero negro con un puño verde olivo. Tengo vagos recuerdos también (como flashazos) del minúsculo departamento que habitábamos en Milán. En serio, minimalista...

Cuando tenía cinco años mi madre y yo volamos a La Habana. Durante varios meses (y ya sabes como es el tiempo en las Eras Infantiles: un verano puede ser infinito y un año entero apenas un segundo) vivimos en un apartamento en un edificio recién estrenado, justo tras el Hotel Riviera. En realidad eran dos edificios, de esos que llaman de Microbrigada, de unos siete pisos, pequeñas ventanas y balcones aún más chicos. Y yo la pasaba de lo más bien: había tantos niños con los que jugar, tanto sol y tanta vida...

Bien, ese año en La Habana asistí al preescolar y francamente, no tengo muchos recuerdos de la escuela... En realidad sí: recuerdo los días de vacunación (no tienes idea de lo cobardón que era -soy- para las inyecciones). Recuerdo también a un par de gemelos (jimaguas) que eran un verdadero desastre juntos, y ahora me vienen a la memoria las interminables repeticiones de ejercicios caligráficos. En fin, cosas de preescolar.

Terminado ese curso, mi madre y yo viajamos a Barcelona para reunirnos con mi padre. Habían pasado pocos años desde la muerte de Francisco Franco (estoy hablando del setenta y nueve u ochenta) y las izquierdas estaban, como quien dice, desatadas. Mis padres siempre colaboraron con sindicatos y publicaciones diversas, tanto periódicos como revistas de izquierda. Colaboraron profundamente, quiero decir.

El caso es que crecí entre salas de redacción y manifestaciones de tres días; el cuarto oscuro de revelado y un concierto de rock; entre mesas de diseño e interminables discusiones sobre el sujeto y el objeto de la revolución. Estudié el primer año de la primaria en una escuela bilingüe (castellano-catalán) de acuerdo con el discurso libertario de la época en España: el rescate de las Autonomías y sus valores culturales, comenzando por la lengua, claro. Recuerdo a mis amigos argentinos, hijos de unos refugiados amigos de mis padres, y recuerdo también las abiertas discusiones que los adultos sostenían por encima de la mesa -y los vinos- sobre la revolución permanente, mundial, en un sólo país, no sé; y siempre citando nombres en ruso, alemán, italiano o francés (vamos, no recuerdo qué discutían, sino el hecho de discutir -algo que, por supuesto, pasó a formar parte intrínseca de mi ser). Yo no entendía nada, y para ser franco, tampoco me interesaba: si Batman lucha por el bien, de qué se preocupan estos tontos, pensaba yo...

Mi padre pudo volver a México cuando el presidente López Portillo dictó una amnistía general para todos los involucrados en los movimientos armados de los 70. Mi madre tenía siete meses de embarazo y yo siete años de edad. (Aquí debo aclarar que apenas dos años atrás, cuando salimos de Italia, pude decir abiertamente los verdaderos nombres de mis padres, siempre sujetos al rigor del clandestinaje. Mi familia entonces eran los compañeros de ruta de mis padres, y sus nombres -los de todos ellos- otros muy distintos a los verdaderos...). Mi hermano Camilo nació en Monterrey, la ciudad de la que es mi padre y en medio de la numerosa familia paterna, tan ajena y acogedora a la vez: lo desconocido para mí.

Poco antes del primer cumpleaños de mi hermano nos mudamos a la ciudad de México -una mole impresionante que contiene un mundo alucinante- y mis padres, por ironía o yo-que-sé, me inscribieron en una escuela de nombre José Martí. Mi hermano era asmático y yo estudié un año y medio en esa escuela. (Ya sé que una cosa no tiene relación con la otra, sólo intento resumir dos hechos en una sola frase). Camilo pasó su segundo cumpleaños en una cámara de oxígeno en el hospital cercano a casa, y la casa -toda- medía unos siete metros de largo por cuatro de ancho: la sala era también la habitación de mis padres, con la cocina a un lado, apenas separada por una barra o una mesa, no recuerdo. El micro-mini-nano baño y una estrecha habitación que compartíamos Camilo y yo completaban nuestro hogar.

Tuve tres buenos amigos cuando viví en ese sitio; uno de ellos murió, no regresó de las vacaciones y cuando le pregunté a su mamá por él, ella se echó a llorar. Después mi madre me explicó. Fue mi primer contacto con la muerte. He perdido a muchos amigos. (El enfrentamiento con la Muerte, afirma Savater marca el inicio del pensamiento en el humano. Cuando por primera vez se piensa en la muerte, se Piensa, en realidad, por vez primera porque la muerte despierta la conciencia de la vida, despierta el miedo y despierta las preguntas también…).

Terminé la primaria en la ciudad de México, en una pequeña escuela de la que tengo buenos recuerdos y en la que hice buenos amigos. Por entonces vivíamos en el sur de la ciudad, en una unidad habitacional con cuarenta y siete edificios, lo recuerdo bien. Estaba cerca de la Universidad Nacional, así que vivían algunos profesores e investigadores de dicha institución... con sus familias, claro. Durante las dictaduras latinoamericanas de los años setenta, México acogió a muchos perseguidos políticos de diversas nacionalidades, sobre todo argentinos y chilenos. Algunos de ellos encontraron trabajo en la UNAM, y unos cuantos vivían en los edificios cercanos al mío. De hecho, mi mejor amigo en esa época era un chileno a quien recuerdo con mucho cariño... nos hemos visto un par de veces después, seguimos siendo amigos. Entre nosotros teníamos un pacto, un secreto que nadie más debía compartir: éramos comunistas... (es decir, sabíamos que había algo diferente en nuestro pasado, en nuestra historia, y teníamos la vaga idea de que un vago sentimiento de justicia justificaba esa diferencia... En fin, todo un trabalenguas infantil).
Mi madre, mi hermano y yo nos fuimos a vivir a La Habana en el verano de 1986, e inmediatamente después, entré a la secundaria Carlos J. Finlay, en Línea y G, en pleno Vedado. Honestamente, fue un choque tremendo. No tanto por las diferencias tangibles, materiales, como por las otras, las incorpóreas, las no-cósicas: de ser la revolución una utopía o una conversación, se convirtió para mí en una realidad absoluta. Entendámonos, yo no entendía un carajo de la revolución, tan sólo intuía que era el núcleo de nuestra vida (de la vida que yo había vivido con mi familia) y que se trataba de algo de lo que sólo se hablaba en voz alta cuando se estaba en confianza. De hecho, mi relación familiar con Ernesto Guevara nació en Cuba, donde irremediablemente fui bautizado como El Nieto del Che, y eso ya a los doce años.
Me costó mucho aprender a lidiar con esa suficiencia revolucionaria tan llena de carencias, con ese discurso que se contradecía al abandonar el aula y con la maldita obsesión de algunos de mis profesores con que yo tenía que ser el mejor. Por otra parte, recuerdo con especial cariño a mi maestro de Español, a quien le agradeceré siempre la severidad con que revisaba mis trabajos; a cierta profesora de Matemáticas con quien de inmediato hice amistad, y a otro más de la misma asignatura, que era serio y jocoso a la vez; recuerdo a una profesora de Química de quien no aprendí mucho, pero me caía muy bien y a una de Fundamento de los Conocimientos Políticos que, involuntariamente, me hacía pensar.
Ser El Nieto del Che fue sumamente difícil; yo estaba acostumbrado a ser yo, a secas y de pronto comenzó a aparecer gente que me decía cómo comportarme, qué debía hacer y qué no, qué cosas decir y qué otras callar. Imaginen, para un preanarquista como yo, eso era demasiado. Por supuesto, me empeñé en hacer lo contrario. Mis padres me educaron (como a mis hermanos) con absoluta libertad. De hecho, a veces pienso que me educaron para ser desobediente... aunque quizás sólo esté buscando excusas, no lo sé. Lo cierto es que pronto comencé a sentirme a disgusto con tal situación.
Vivíamos en un apartamento amplio y confortable (quizá el único inconveniente es que estaba en un piso doce y el ascensor pocas veces funcionaba), pero bastante alejados de la nomenklatura. De los pocos contactos que tuve con la "alta sociedad" cubana no tengo recuerdos memorables (y no incluyo aquí a los buenos amigos que encontré en esos estratos: pocos pero sinceros), a no ser por el gusto amargo que me quedaba al comparar sus palabras y su forma de vida con las palabras y la vida del llamado Pueblo. Pero yo apenas me hacía adolescente, las valoraciones las hago ahora, en aquel momento no las comprendía del todo.

No quiero que pase por sus cabezas la idea de que yo era un niño superdotado o algo por el estilo, sencillamente fui educado en el análisis, y el análisis decía que algo andaba mal. Digamos que sabía sin comprender; o que comprendía sin saber a ciencia cierta qué demonios ocurría a mi alrededor. Porque yo no vivía encerrado en una burbujita de cristal, de ninguna manera. Mis amigos vivían en el Vedado mismo, o en Centro Habana, o en Marianao, o en Miramar, o en Alta Habana, o en Alamar o en La Lisa.
Mi vida no quedó circunscrita al discurso oficial, si bien formaba, consciente o inconscientemente, parte de ese discurso... Asistía a conciertos de rock (semi-clandestinos mas tolerados... a veces), vagaba por la ciudad como uno más de sus habitantes; era joven y por ello sospechoso. ¿Sospechoso de qué? Pues eso, de ser joven, supongo. A veces me detenían en la calle y revisaban mis papeles y mis pertenencias, y una vez me revisaron el culo. En serio, recuerdo que estaba en la cola de Coppelia y se me acercó un tipo vendiendo pastillas (psicotrópicas, claro). Le dije que no quería y en cuanto dio dos pasos me cayeron encima. Me llevaron a los baños de la heladería, hicieron que me desnudara y me obligaron a hacer cuclillas mientras uno de ellos, con su uniforme de civil (la sempiterna guayabera blanca) se asomaba a ver si alguna pastillita asomaba por el ano... Qué obsesiones las de los policías...
En fin, era yo un greñudo más, un "desafecto", "antisocial" y algo muy cercano -según los cánones policíacos- a un lúmpen. Claro que no lo era, pero eso no importaba, y además en cuanto salía a relucir mi árbol genealógico, simple y llanamente me soltaban, no sin antes recordarme que esas no eran las actitudes que se esperaban de alguien como yo: El Nieto del Che no podía frecuentar tales compañías; en otras palabras, que no me juntara con "el pueblo", que no me contaminara con ellos. Comencé a comprender que Pueblo es una hermosa abstracción que tiene múltiples usos, sobre todo retóricos... Tendría yo unos quince o dieciséis años y por entonces ya había abandonado el Pre.
Sí, como tantos otros estudiantes de mi generación fui un desertor escolar. Navegaba con bandera de NadaMeImporta entre otras cosas para restarme importancia o, mejor aún, para restarle importancia a la imagen que de mí se esperaba (si es que a estas alturas se esperaba algo de mí).

Por esos años adquirí la costumbre de discutir, aún en términos superficiales, sobre lo real y lo simbólico, sobre el fondo y la forma, sobre la esencia y la apariencia. Comencé a enamorarme de las palabras y de las ideas. Me apasioné con Kafka y -lo admito con rubor- el primer pensador que en verdad me "llegó" fue Schopenhauer, tan antitropical él. Me interesaban por igual el rock y el mito de Trotsky, los dadaístas y el sonido electrónico; y al mismo tiempo, todo me daba igual. Era un chico un tanto silencioso: no triste ni nada de eso, por el contrario, siempre he sido feliz; quiero decir que era bastante introspectivo: Existencialista, decían mis amigos mayores, y aunque a mí no me quedaba muy claro qué significaba aquello, la palabrita me gustaba.
Comencé a interesarme en las formas culturales, a leer sobre pintura y música, a hundirme en novelas y películas, ensayos filosóficos y teorías artísticas; no sé, simplemente a buscar. Mi lucha, empiezo a darme cuenta, siempre ha sido cultural: digamos que el hombre es hombre a pesar de sí mismo, pero se hace plenamente humano por encima de su ser. Ser lo que somos es natural; lo cultural entonces, es preguntarnos qué somos, a dónde vamos, y también de dónde venimos. Y cuando afirmo que soy un hombre "culto" no refiero con esto al sentido aristocrático que se oculta tras el término; entiendo por hombre culto a aquel que sabe que además de su propia cultura hay otras más, ni mejores ni peores, tan sólo diferentes. Y en Cuba la dictadura es también cultural. O, ante todo, quizás... (Recuerdo ahora un acontecimiento que al igual que a tantos cubanos, me marcó como hierro candente. Me refiero al telenovelesco juicio al General Arnaldo Ochoa, a los hermanos De la Guardia y demás implicados en el tráfico de drogas, marfil, diamantes y divisas.
Si utilizo el término "telenovelesco" es sólo para acentuar el modo en que yo lo viví: a través del televisor, noche tras noche, a las ocho en punto, esperando un desenlace que de antemano conocíamos, con el morbo exacerbado y ese desagradable tonito inquisitorio que permeó todo el (pre)juicio… Entendámonos, no insinúo que esos hombres fueran inocentes, sino que a todas luces sus superiores conocían tales manejos. A nadie podía caberle en la cabeza (a menos que el cerebro dejase mucho espacio libre dentro de la cavidad craneana) que el mismísimo Comandante no estuviera al tanto de todo el asunto.
Evidentemente se trató de una operación de Estado, como muchas más que hemos presenciado; una operación destinada a procurar de preciosos dólares al gobierno cubano… Nadie en su sano juicio podía aceptar tal locura, tamaña farsa, tremenda broma de pésimo gusto. Sin embargo, mucha gente perdió el juicio en esos meses… Se hacían los locos, para decirlo en buen cubano; admitieron a pies juntillas la mentira judicial pero, ¿qué otra cosa podían hacer? Yo tampoco decía en voz alta lo que pensaba, lo comentábamos entre los amigos, nada más.

Lo discutíamos como uno de los tantos temas que por entonces nos interesaban: las tetas de Fulanita o la fiesta de mañana, la proyección de Metrópolis o el concierto de Carlos Varela, no sé… Se discutía mucho, pero nada se decía: ¿Cómo expresar la ausencia de expresión; ésa que silencia al individuo y lo vuelve zombi parlante?)
Después viví en El Cerro, en un minúsculo apartamento a unas cuadras de la Biblioteca Nacional, donde por cierto trabajé: restauraba libros. Olvidé decir que entre los quince y los diecisiete años fui aprendiz de fotógrafo, primero en Juventud Rebelde y luego en Granma (además de adentrarme en lo que, con algo de autoelogio, se da en llamar fotografía artística). Edité junto con algunos amigos una pequeña revistita fotocopiada dedicada al rock (unos pocos ejemplares, nada más), y comencé a escribir. Debo decir que todo esto lo hacía con la mayor ingenuidad del mundo, no como parte de un plan maestro sino con la espontaneidad del antojo. Me interesé por las vanguardias artísticas, culturales, estéticas, y también, claro, por las ideológicas y políticas. Me hundí en los ismos, he de admitirlo. Empecé a dedicarme al diseño gráfico, al tiempo que hacía fotografía, componía música y escribía pésimos poemas "abstractos". Me hice buen lector y poco a poco, editor.
En 1996 salí de Cuba, un año después de la muerte de mi madre y a diez de mi llegada a La Habana -mi hermano salió de Cuba justo después de la muerte de Hilda. Salí con el corazón hecho mierda y las ideas más revueltas que cuando llegué: había vivido desde los doce hasta los veintidós años ahí. Me hice en Cuba: la amé y la odié como sólo se puede amar y odiar algo valioso, algo que es parte fundamental de uno...
Ahora vivo en la ciudad de Oaxaca, en México, alejado voluntariamente de la comunidad cubana en este país, y del exilio en general -debo admitirlo, me harta la sola idea de dedicarme a hablar de Cuba: me interesan tantas cosas! Soy diseñador, editor, a veces promotor cultural o crítico de la cultura, según el caso. Colaboro con algunas publicaciones culturales o políticas; sigo componiendo música y me involucro en discusiones artísticas. Estoy editando una revista cuyo número 0 está pronto a aparecer (se llama El Ocio Internacional y aparecerá en papel y en internet a la vez -ya les avisaré): una revista dedicada al análisis y la discusión cultural; y además, escribo una novela, La inmortalidad del cangrejo, de la cual llevo unas 280 cuartillas. (En 1996 publiqué un librito titulado Diario de Yo -que para colmo ni siquiera es un diario-, texto que pronto pondré en red por si a algún despistado le interesa… La publicación corrió a cargo de una pequeñísima editorial hoy desaparecida y hasta donde yo sé, no se vendió un sólo ejemplar, lo que aumenta mi orgullo anticapitalista... jejeje!)
En cuanto a mí... ¿qué puedo decir? Sólo soy un egoísta que aspira a ser un hombre libre. Un egoísta que sabe que el Egoísmo nos pertenece a todos y que éste ha de ser solidario si se quiere pleno: en otras palabras, que mi libertad sólo es válida si la tuya también lo es, si mi libertad no aplasta tu libertad ni la tuya a la mía... Como decían los "Pistols: And I am an anarchist..."

(Publicado también en la web de la Unión Liberal Cubana el 14 de julio de 2006)
Notas:Hilda Guevara (1956-1995).

La hija mayor del "Ché" Guevara, fruto del primer matrimonio del Che (en la foto),fue bibliotecaria de la Casa de las Américas en La Habana (Cuba). Ernesto "Ché" Guevara conoció a Hilda Gadea en México en 1954, donde ella lo adoctrinó en el marxismo; se casaron en Guatemala en 1955. Fue Hilda, quien le presentó a Raúl y Fidel Castro. En 1956 nació su primogénita Hilda "Hildita" Guevara. Tenía 11 años cuando murió su padre en la selva boliviana. En apariencia vivió una vida tranquila en Cuba, en un importante centro de propaganda oficial y añorando ver llegar "la cara humana del comunismo". Murió a los 39 años (como su padre) de un tumor cerebral. En una famosa carta póstuma del Ché a sus hijos les decía "Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario".

En ocasión de uno de los aniversarios de su madre, el mejicano Canek Sánchez Guevara, nieto mayor del Ché, escribió: "La revolución en Cuba no fue democrática y tampoco es comunista ahora, sino un vulgar capitalismo de Estado llamado también 'fidelismo'.
"HILDITA" EN 1994, UN ANO ANTES DE MORIR
"Hildita" Guevara, escribió un libro: "Mi Vida con el Che". La primera edición fue realizada en México, en 1972. En 1973 hay otra edición inglesa. En el 93 se editó en portugués. En 1994 se publicó en Italia. En el 97 se publicaron dos ediciones francesas. En España, no se ha publicado aún. Tampoco se conoce su edición en Cuba. Prometo hablarles de este libro y de la Hildita que yo conocí. 






Hilda Gadea, la madre, durante los años del mayor esplendor de la pareja.


10 agosto, 2019

EL RELATO DE MAILÉN DÍAZ ALMAGUER

"Lo más bonito en la vida es saber que has podido con todo"


▪️Vio la muerte y durante 70 días se debatió su vida.
▪️Hoy, aclamada y besada en su país, Mailén Díaz Almaguer, la única sobreviviente del accidente de avión que el 18 de mayo de 2018 conmocionó a toda Cuba, confiesa que "el amor propio es una de las cosas más importantes.”


▪️”Nunca dejarás que alguien te haga creer que vales menos.", dijo 14 meses después de haber vivido el peor de los presagios.
🔴 Mailén se asoma a cada día como se asoman todos los cubanos.  Sueña, ríe y a veces llora por toda la carga de latientes recuerdos que lleva adentro. Se toma el café de cada mañana como los demás; conversa con sus amigas y sus amigos y, sobre todo, ama y sonríe porque cada día que pasa es un signo agradecido de su recuperación.
“Tiene una belleza natural y un corazón enorme”, escribió Mailín Díaz, su hermana, resumiendo toda la fuerza física y moral de Mailén, sin que su semblante haya abandonado la tristeza de las otras 112 vidas que el 18 de mayo de 2018, en La Habana, se subieron con ella al Boeing 737 que nunca llegó a su destino. Fue de los días peores que se recuerden en un país entero.
Sin embargo, Mailén tiene un espíritu extraordinario. "Lo más bonito en la vida es sentirte orgullosa de quien eres, creer en ti, verte al espejo y amarte, saber que has podido con todo y que podrás siempre", escribió 14 meses después del desenlace trágico de su vida.
"El amor propio es una de las cosas más importantes, porque nunca dejarás que alguien te haga creer que vales menos.", dijo.

En realidad, todos son signos de recuperación y esplendor en esta joven cubana de un encanto especial: “Tan bella mi reina”, afirmó su hermana al pie de varías fotos de esta criatura de fábula compartidas en la red social Facebook y que revelan toda la ternura de Mailén que el próximo diciembre alcanzará los 21 años. “Te amo mi muñeca, que Dios te siga bendiciendo cada día más”, escribió Mailín con la manifiesta satisfacción de la familia y de todo un país que la vuelven a ver vital.
UNA MIRADA DE ESTRELLA DE CINE 
En 'El avión de la Bella Durmiente’, uno de los 'Doce cuentos peregrinos' de Gabriel García Márquez, se descubre a una mujer "bella, con una piel tierna del color del pan..." Así es Mailén: bella y tierna, con una primavera eterna en su mirada de estrella de cine y con unos deseos inmensos por seguir viviendo la felicidad de sus días.
Siempre que reaparece Mailén, estremece el alma. Nos conmueve a todos. A sus espléndidos 20 años, esta belleza oriental nacida en la provincia de Holguín, todo lo que trasmite es felicidad y amor por la vida que fortuitamente le dio una segunda oportunidad cuando la muerte se le atravesó en su camino. 

Durante 70 días se debatió su vida, pero en su fortaleza estaba la voluntad de los médicos cubanos que lo hicieron todo por salvarla. Y la salvaron.
En el estrecho tramo de poco más de dos meses, su cuerpo tuvo que someterse al genio médico que la fue librando de las demoledoras lesiones que resintieron su frágil figura. Fue una proeza colosal para sanear el cuerpo dañado en toda su extensión: “columna, cervical, torácica, dorsal, en extremidades, tibia, peroné, pelvis, quemaduras, lesiones a nivel de glúteo, que requirieron de curas y drenajes frecuentemente”, narraron las crónicas desde Cuba los días posteriores a la desgracia cuando ya Mailén era la última sobreviviente que se debatía en el agujero de la muerte. Eran los días cruciales  de la convalecencia, en que por la afectación medular, quedó parapléjica.
“La joven tuvo que atravesar entonces por intervenciones quirúrgicas, estabilizaciones y desestabilizaciones, avances y retrocesos en su sistema hemodinámico. La evolución no fue nada lineal en una paciente en estado tan crítico, con constantes peligros para su vida y las enfermedades oportunistas que comprometen e inmunodeprimen”, contó el doctor Esteban Reyes, profesor principal de Medicina Intensiva y Emergencia del capitalino hospital Calixto García que atendió a Mailén, en un largo reportaje en Periódico Cubano, una página de noticias de la isla.
Cuando los 70 días habían pasado, la mayor proeza estaba en que Mailén seguía entre nosotros y podía contarlo. El habanero hospital Calixto García fue su segunda casa, casi la primera. Después vinieron largos meses de estabilización y rehabilitación en el “Hermanos Ameijeiras” para que Mailén Díaz quedara restablecida. 
Su fortaleza se reveló en ella nada más despertar de su inconsciencia. Mailén no era una paciente común. “Sí escuchaba, y mantenía comunicación”, precisó el médico.
Reflejaba pena o alegría. Todos los que la atendieron allí confiesan que es una muchacha muy hermosa, en lo externo, y en eso que va por dentro y le dicen alma. Tiraba besos a médicos y enfermeras, y les manifestaba que los quería.

EL MOMENTO MÁS DIFÍCIL DE MAILÉN
El momento más difícil llegó cuando debieron amputarle la pierna izquierda al nivel de la rodilla como consecuencia de complicaciones irreversibles. “Fue uno de los momentos más dificiles, pero ya comprometía su vida y hubo que tomar esa decisión para salvarla.”
Los partes médicos precisos de cada momento y el tratamiento certero con la familia y la propia paciente de lo que era ya impostergable, permitieron afirmar después que Mailén lo asimiló y no se derrumbó.
FUERA DE PELIGRO
Bajo el abrazador agosto de 2018 como son todos los agostos de Cuba, dos semanas antes de que entrara en su rehabilitación definitiva en el “Hermanos Ameijeiras”, un empeoramiento respiratorio y cardiocirculatorio producto de la lesión a nivel cervical, cambió todos los pronósticos y Mailén volvió a estar al borde del peligro. Pero la certera capacidad multidisciplinaria de todo el tándem médico que encabezó el decano doctor Armando González, acompañado siempre de la voluntad física de la joven, permitieron que los peores augurios fueran desapareciendo sin que el peligro nunca les fuera ajeno. Así fue como Mailén pudo entrar después en la fase de su recuperación definitiva.
UNA PACIENTE EXCEPCIONAL 
La excepcionalidad de Mailén como paciente fue revelándose en los días peores de su convalecencia, según lo contó el “Periódico Cubano”. “Ella expresaba su consentimiento y comprensión de cada paso, aunque tuviera dudas e incertidumbres. Siempre la salvaba su sensibilidad, su elevado componente afectivo, su cariño expansivo y una estoicidad a toda prueba, que emergió en las dolorosas y cruentas curas de sus lesiones, entre las caricias de sus enfermeras, que nunca evitaron la emoción.”

Las enfermeras que cuidaron a Mailén, atendiéndola como a una princesa.
“Teníamos un afán feroz por salvarla y nadie quería fallar en su especialidad. Aprendimos más medicina en el desenlace de su suerte que en todos los años de la carrera”, dijo el doctor Ifrán Martínez Gálvez cuando ya los malos augurios eran páginas pasadas. 
Antes del viernes ingrato del accidente, la última imagen que Marilín Almaguer, su madre, tenía de Mailén era la de la hija esbelta de 19 años, locuaz y activa. Tal vez recordaba la última vez que la había despertado en su casa de Holguín para abrirla a su día o a Mailén misma contándole el último sueño que tuvo, sin que reparara el giro que tendría su vida un día insospechado de la noche a la mañana. 
El 18 de mayo cuando saltó la noticia nefasta de la caída del avión en las proximidades de La Habana como si de una centella se tratara, la madre y toda la familia como el resto de los seres queridos de las 112 almas que nunca volvieron, cayeron todos en un estado de shock incontrolado que únicamente pudo aplacar la dedicación parsimoniosa de los médicos cubanos. 
En los días del desenlace terrible, familiares y médicos se volvieron una cofradía con toda la esperanza puesta en salvar a Mailén. Una familia sencilla, con unos valores humanos, de cooperación y receptividad, sobreponiéndose al dolor y las incertidumbres. Así describieron a la familia.
Familia de Mailén Díaz.
Especialmente, la abuela fue el pilar. Una señora de gran sensibilidad, fortaleza y confianza en que su nieta se salvaría. Con el ánimo siempre arriba. En los momentos más difíciles era quien levantaba al resto, y decía: “Vamos, hay que seguir luchando”.
Aún con los efectos de una traqueotomía, y sin poder hablar, Mailén hablaba, asentía o negaba con sus ojos bellos e intensos. Las crónicas precisas de los días más difíciles presentaban a una muchacha muy hermosa y dinámica que lanzaba besos a médicos y enfermeras, y les manifestaba que los quería. 
En 'El avión de la Bella Durmiente’, García Márquez describe a una aeronave que “se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope” y que sólo la mano de Dios conseguiría calmar. Y parece que si, que fue una obra de Dios la salvación de Mailén, del mismo Dios que no pudo cambiar, sin embargo, el suerte ingrata de las restantes 112 personas a bordo que no pudieron escapar del terror de la muerte.
Catorce meses después, con esa recobrada vitalidad de criatura de fábula y de sus mejores años, Mailén se asoma al cielo de su isla. 

Marilín Almaguer, la madre de Mailén Díaz.
Aún con el peso de sus secuelas, Marilín, la madre, la sigue contemplando de la misma manera en que la habría visto los días que antecedieron a la tragedia. Ahora todo son miradas cruzadas en el día a día de Mailén, tratando de recomponer, quizá, el espejo roto de la memoria. 
El acto de que Mailén esté hoy entre nosotros con un semblante de probada felicidad, es un auténtico milagro. Probablemente, ya la única bella viva de este Boeing de la maldición haya contado a muchos su historia o lo que recuerde de ella. Le habrán homenajeado de mil maneras. Todos los días recibirá flores y le escribirán desde todas partes como lo hacen regularmente sus amigos. Su cuenta en Facebook es un puente que permanentemente le traslada alientos y buenos deseos.  

Mailén Diaz Almaguer, el corazón que sobrevivió a la tragedia, sobre todas las cosas, será para siempre el símbolo de 113 vidas que una mañana quieta de La Habana se subieron a un avión y se encontraron con las entrañas de la muerte. Solo Mailén sobrevivió. Será ella con el tiempo y la fuerza revitalizadora de sus años, quien desde los perturbados  recuerdos reconstruya la memoria de los hechos acaecidos aquel viernes ingrato. Ya lo está haciendo, solo cuando se le oye admitir “saber que has podido con todo y que podrás siempre".▪️
Mailén prosigue actualmente con su recuperación en el Centro Internacional de Restauración Neurológica de Cuba (CIREN) 

▪️Fuentes: Periódico Cubano, Juventud Rebelde e Isla Local.

07 febrero, 2019

11 AÑOS DE ATRIO PRESS, MI PACTO CON LA PALABRA

CÓMO NACIÓ ESTE BLOG Y 
UN GESTO AGRADECIDO


📃Hay personas a las que se agradecen siempre con una enorme dosis de satisfacción y felicidad porque son las que en determinadas etapas de la vida impregnan las buenas ideas. Y de esas personas es Juan Carlos Roque García, a quien agradezco haber puesto en la red, hace ahora 11 años, mi blog Atrio Press (http://atriopress.blogspot.com.es)
Hoy celebro con él este nuevo aniversario y dejo aquí mi gratitud al colega y amigo que me dio los primeros alientos y aporreó sobre mi ordenador en Madrid, las primeras palabras para que Atrio Press sea hoy un suceso real con más de una década. 
Con "JuanCa” me unen fuertes lazos desde que allá en Cuba éramos unos jovencitos afanados en el periodismo y la radio. Con él maduré muchas ideas en aquellos años jóvenes de gratos emprendimientos. 
Han pasado 10 años desde que publiqué mi primer post en la aventura fantástica de las redes y tengo que admitir que sois los amigos internautas, seres a veces anónimos, los coprotagonistas esenciales de este largo camino de la información: fuentes valiosas, entrevistados, postores de las noticias que nos marcan los días.
Son coprotagonistas de todo cuanto escribo, casi cinco mil amigos que me siguen en Facebook , los 76 mil visitantes al blog y las más de 108 mil veces en que os habéis detenido en las páginas de sus entradas a lo largo de una década.

Hoy hace 11 años que escribí mi primer post en este blog —más de mil trabajos en todo este tiempo—, y fue, precisamente "Crónicas de viaje a Egipto", una pasión que también marca mi vida. 

07 septiembre, 2018

HÉROES DE LA MAR

La odisea de un hombre extraordinario: Alberto Pis narra su propia hazaña.

"LA HAZAÑA DE MIS HERMANOS MUERTOS EN LA MAR"

POR Jesús Díaz Loyola.


A todos los que zozobraron en su intento por cruzar y nunca llegaron.

CUANDO de cruzar el estrecho de la Florida se hable, hay héroes anónimos, a veces inigualables, en la gran odisea de la vida. Mientras viven, se les juzga por falsas conductas, a veces se tarda siglos en juzgarlos bien. Alberto Pis es uno de ellos, pero él prefiere hablar de las mujeres, hombres y hasta niños sepultados en las profundidades en sus intentos por cruzar el océano y abrazar una vida nueva. Esos son los verdaderos héroes de la mar.

Un día insospechado planean irse, dejan atrás una vida de penurias y agonías. No les importa nada, ni debatirse con la muerte, porque para eso quieren vivir, y se lanzan a la odisea.

En Cuba se han pasado toda una vida hasta que el día menos esperado las novias se pierden, parejas formadas se rompen, familias enteras se separan. Pocos cubanos no guardan tras de si una historia cruenta en sus instintos por salir y cruzar el mar.

Voy a corroborar esta verdad con un solo nombre: Alberto Pis y el drama que supuso su odisea para salir de Cuba.

"Mi lucha estaba en no perder las esperanzas y no pensar en la muerte", es la mayor esencia de su testimonio.

El miércoles 27 de agosto de 1997 le cambió la vida. Ese día, hace ahora 21 años, se levantó con una idea fija, y Alberto fue adelante, sin importarle previsiones ni recursos, pero sobre todo, sin miedo. 

"Yo sabia que era un intento muy riesgoso, demasiado peligroso y difícil de lograr", narra en su relato del que ofrecemos un extracto. 

EL DRAMA DE ALBERTO PIS

«Íbamos cuatro personas a bordo de una rústica embarcación. Primero había que salir de Caibarién —un puerto del centro-norte de Cuba— Teníamos que superar el riesgo potencial que suponía  pasar frente al reflector del punto de Guardafronteras. Y lo superamos.

El estado precario de la pequeña embarcación que pudimos conseguir para marcharnos, nos exponía al peor de los riesgos. Pero a cualquier  precio había que irse, y ese día nos fuimos, jugándonos todo, a bordo de un chapín de madera vieja que hacia agua con bastante frecuencia. 

La embarcación de mi aventura no llegaba a los diez pies de largo —menos de tres metros— y los cuatro tripulantes nos amontonamos en ella. Poco a poco fuimos desafiando el mar.

En la chalupa siniestra que nos movía lentamente, no había más espacio que para la muerte. Juro que ese día llegué a pensar que me abría  al fin de mis días

En el lento avance sobre el agua, nos ayudaban dos remos de madera hechos por nosotros mismos. Una pequeña vela de sacos de harina cocidos entre si y sujetos a una vara del monte, nos servía como mástil y era todo lo que nos movía en un bote que olía a muerte. Así nos abrimos paso por las aguas mansas del Caribe con la sombra de la vela reflejándose sobre el agua a la luz de la luna.

Confieso que desde mucho antes de partir, ya era un hombre destrozado. En tierra, me despedí de mis dos hijos de nueve y quince años. Creo que fue lo último que hice antes de abandonar la isla. La mirada de ellos, a la vez que me estremecía el alma, me daba fuerzas para partir.

Habíamos zarpado caída la noche, por el pedraplén que se prolonga desde la calle de Falero, en un rincón oscuro de la pequeña bahía de la ciudad donde nací. Eran poco mas de las nueve de la noche. Aprovechamos el horario de la telenovela y nos hicimos a la mar con el deseo de llegar en el tiempo que fuera a tierras de libertad. Tuvimos suerte al salir, y con mucha estrategia conseguimos zafarnos de la luz detectora de los faros delatores que alumbran hacia al Caribe.

Ademas de la fuerza física que me acompañaba, llevaba conmigo una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, y un crucifijo que me llenaba de fuerza en todo momento para pensar que si habíamos salido, podíamos llegar.

Ya habíamos superado las primeras dos horas cuando pensaba que dominábamos el mar, entonces aparecieron olas enormes y comenzaron las cavilaciones y la mente a viajar por todo mi pasado.

Me acordaba de mis hijos, de mi casa y de mi gente. En tierra, cada vez que aparecía una botella de ron, acariciábamos una y mil veces le idea fija de cruzar Las Bahamas y largarnos para siempre. Ahora que era un hijo del Canal, asumía un espíritu de resignación y le soltaba una carcajada al océano. ¡Voy a llegar! ¡Lo vamos a conseguir! 

Nos turnábamos los remos cada quince o veinte minutos, conscientes de que aquella manera rudimentaria de navegar nos estaba forjando mas que la mejor escuela naval del mundo. 

No todo era la balsa o el chapin desprovisto; había que tener cojones para enfrentarse al océano. Lo que mas martillaba a bordo era la certeza casi inevitable de estar cerca de la muerte. Y la muerte la tuve encima muchas veces durante el viaje.

Cualquier cubano enfrentado a las fuertes corrientes del Canal Viejo de Bahamas, es un desafío. Nadie ha vivido peor clima de adversidad que quien atraviesa la furia de las corrientes oceánicas que baten sobre el estrecho. Ni siquiera los embistes mas cruentos de las tempestades y los ciclones que cada año azotan el Caribe se comparan con el mar embravecido de Bahamas. 

El océano es un infierno, y en el infierno nos debatíamos aquel día en una lucha constante bajo un sol tórrido, hacinados por el salitre, el embiste de las olas y la amenaza permanente de los tiburones. 

Con el peor de los presagios, mis compañeros y yo, alcanzamos el amanecer del siguiente día —jueves 28 de agosto— a la altura de Cayo La Gua. Lo que mas nos reconfortaba era vernos sanos y salvos. Ya estábamos en aguas internacionales, y como nunca antes nos sentíamos ciudadanos del mundo. Seguimos remando todo el tiempo, rumbo Norte, en una lucha constante contra el viento y las corrientes.

Teníamos por delante dos días enteros de penurias y todavía faltaba lo peor. Y lo peor llegó la misma noche del jueves 28. Dos mercantes que aparecieron en el horizonte se nos venían encima cuando íbamos en la misma dirección. La suerte estaba echada. Si no abandonábamos rápido el curso de la travesía,  en diez minutos más nos tragaba el mar. 

Saque fuerza de donde no podía después de muchas horas de insomnio, sin beber ni comer. En ese instante remábamos con mas fijación que nunca, pero ninguno conseguía desviar el chapín de la dirección que le imponía la corriente arrasadora que se movía con los mercantes. Mis compañeros, que todavía no habían llorado, lloraban como niños enternecidos cuando veían que el final estaba cerca. "Un rato más y seremos hombres muertos en el océano".

Ya era inminente que los cuatro sucumbiríamos sepultados bajo las aguas cuando un golpe de suerte fortuita desvió aquellos trasatlánticos enormes que unos minutos antes parecía que nos devoraban.

Cuando ya estábamos a salvo,  los nervios me dieron por reír, y me reí largamente mientras escrutaba en el horizonte: "Hoy has vuelto a nacer, Alberto", me decía a mi mismo y hasta aborrecía la imagen siniestra de los mercantes alejándose. 

Había llegado a un minuto de la vida en que a uno poco le importa cualquier cosa, pero tuve fe y se que fue Dios quien nos salvó esa noche del peligro potencial de las olas inmensas que dejan los trasatlánticos a su paso por el océano.

¡NOS RESCATAN!

Al mediodía del 29 de agosto después de la segunda noche en el mar, nos sentíamos hombres a salvo cuando alcanzamos las proximidades de  Cayo Anguila y de pronto uno de mis compañeros lanzó un grito despavorido:

-¡Miren!

No nos separaba ni un kilómetro desde que mis ojos incrustados por el salitre advirtieron la inconfundible presencia de los guardacostas. 
Los cuatro fijamos la vista en la misma dirección. Todo lo que buscábamos era el Norte desde el primer minuto de la partida por Caibarién dos noches atrás.

Hacía horas que ninguno nos sentíamos con fuerzas para remar. Pero se nos espabiló el alma y remamos con tanta prisa, de la misma manera que el guardacostas se dirigía a nosotros. En ese instante sólo queríamos estar a salvo. Estábamos dispuestos a ceder de cualquiera manera con tal de abandonar el mar. 

Ipso facto nos condujeron al Centro de Detención de Islas Nassau. Allí se me pasaron ocho meses de calvario, preso también de libertad hasta que una noche insospechada  de abril del noventa y ocho me soltaron en las calles de Nassau. Ocho meses después, yo seguía siendo un hombre sin luz ni sombra. No tenia adonde ir, y en medio de los infortunios, otro golpe esperanzador me salvó de dormir en la calle cuando la presencia de un amigo se ilumino por azar como si mi vida quisiera resistirse a mas desgracia.

EL PASO CRUENTO 
POR BAHAMAS

Bahamas es un campo de concentración donde mas bien se va a morir. Nadie tiene piedad en el reclusorio  de Bahamas. Es un destino sin Ley, escenario de la leyenda negra de la emigración. Allí van a parar todos los cubanos interceptados en alta mar y allí también viví el maltrato y la vejación de mis compañeros de la odisea de la mar. 

Vi de todo en Bahamas durante ocho meses de encierro que parecieron toda la eternidad. Desde golpes y hambre, corrupción y maltrato. Sobreviví de mil maneras, por mi propia cuenta, mendigando desde un jabón hasta una toalla con que asearme. Pero nunca pensé que era mejor quedarse, y seguí adelante.

Viendo torturar a mucha gente y destilando odio a toda hora, dejé aquel antro. No se que infierno es peor, si el océano o Bahamas. 

VIENDO AHOGARSE A 
TRES CUBANOS Y UNA NIÑA 

Mi desolación fue total. No recordaré otra cosa igual den mi vida. Hasta yo también quería morirme. Fueron cuatro horas cruentas a la deriva en las mismas entrañas del océano, viendo como el mar se tragaba a vidas esperanzadas muy cerca de mi. Salieron y se sumergieron varias veces hasta que desaparecieron para siempre.

En un intento siniestro por llegar finalmente a Estados Unidos abandonamos Bahamas, pero el tiempo y las malas condiciones lo cambiaron todo. Un golpe de ola reventó sobre la embarcación indefensa que nos trasladaba a todos. En ese instante, todos perdimos la noción. 

En torno a mi, vi como flotaban todos mis documentos, fotos de familia, de mis hijos, amigos, en fin todo el pasado que llevaba conmigo se deshacía entre las olas y también se lo tragaba el mar. Ya solo me acompañaba el crucifijo que he llevado siempre desde que salí de Cuba. 

Por un instante oí gritos que después se acallaron. Ya yo había perdido de vista a tres hermanos cubanos incluyendo una nena de unos tres o cuatro años. Todos sucumbieron en el naufragio. 

Volví a oír gritos y llantos una y otra vez. Ya casi había perdido todas mis fuerzas, pero saque de donde no podía y sosteniéndoles  a flote, ayudé a salvar la vida de dos menores por evitar que ellos también murieran como los otros inocentes que un rato antes se petrificaron en el fondo del mar.

A veces ni caía en la cuenta del naufragio que estaba viviendo, y me parecía que todo aquel panorama conmigo dentro del agua era un sueño funesto. Pero recobré la razón y  me di cuenta de que no estaba solo en el mar y que los gritos zumbaban por todas partes, de unos a otros, en una lucha incontrolada por mantenernos todos a flote. Entonces yo también grité en un acto de piedad reverente por todo lo que estaba pasando. ¡Dios mío, ten piedad!

Ya yo había perdido todo el miedo al océano y así estuve  hasta que vinieron en nuestro auxilio. Me tranquilizaba saber que yo no estaba sólo en el naufragio y que a mi alrededor otros se encontraban en iguales o peores circunstancias, aunque desgraciadamente algunos estaban muertos en el fondo del mar.

Entre Bahamas y Florida, ocho meses después de mi primera detención, en la primavera del noventa y ocho, viví cuatro horas terribles, horrendas, que no olvidaré nunca

Durante la travesía, mil veces nací. Uno de mis compañeros vio  rondar los escualos muy cerca del chapín. En realidad, no sabía ya que era mejor, si morir sepultado en las profundidades o en la boca de un tiburón. Cualquier cosa me podía haber pasado hasta que aparecieron los guardacostas de la Florida y fui rescatado junto a un grupo numeroso que si sobrevivió, 

Cuando nos encontraron los servicios de guardacostas, yo estaba más muerto que vivo. La deshidratación y las quemaduras pudieron más que todos nosotros. Pero al fin, con vida, llegamos a las costas norteamericanas. 

KROME

Por delante  cinco meses en el Centro de detención de Krome por toda la investigación abierta tras el naufragio y la razón de mis hermanos muerto. No fue hasta un año después que recibí el asilo político de las Cortés de los Estados Unidos y pude traer finalmente a mis hijos y esposa conmigo.

Pero juro con toda sinceridad  que no me arrepiento de haberlo hecho, de haber estado expuesto durante más de un año a mil vicisitudes, entre el mar y las detenciones, y en las que muchas veces tuve la muerte cerca. Por eso si volviera atrás, lo volvería a hacer, por el futuro y el bien de mis hijos, y ahora de mis nietos, sin dejar de reconocer que la ausencia de la tierra que me vio nacer es un dolor que martilla toda la vida, porque Cuba se lleva siempre en el corazón.

Todavía veintiún años después, la gente me pregunta, la misma gente que me daba por muerto las dos veces que estuve a la deriva. Aún así, a merced de todo el riesgo que supuso mi odisea en el mar, yo no me considero un héroe. Héroe, si a caso, hay que ser para ver morir delante de ti a personas con los mismos anhelos y las mismas esperanzas. Héroes son mis hermanos muertos en la mar.

EL AUTOR

Esta es solo la historia breve de Alberto Pis García, un hombre extraordinario. Su odisea es la de cientos de cubanos, decenas de miles, que han preferido enfrentar el desafío del océano antes que permanecer en su tierra, porque no les dejaron vivir.

Es así el por qué muchos protagonistas que salieron a buscar otra vida un día, vieron truncadas sus esperanzas a mitad del camino. Salieron decididos y aferrados, sin importarles que lo más seguro que tenían era encontrar la muerte en el mar. 

Por eso, digo que son estos los verdaderos héroes, y lo corrobora Alberto Pis. Muchos alcanzan su sueño; otros, desgraciadamente, sucumben en el intento. No se sus nombres. No hace falta. Hoy los evoco desde esta crónica, aunque ahora sólo queden sus nombres para recordarlos. La vida fue ingrata con ellos. Salieron un día en busca de la felicidad y acabaron siendo unos invitados de la muerte.

LAS FOTOS

Dos momentos en dos tiempos: Alberto Pis durante los años 80 cuando amasaba su idea, y hoy, 21 años después, gozándose de la libertad que procuró toda una vida. Los tiburones no pudieron con él, y ahora Alberto es un lobo de mar.




La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

Y eso es @trio press, un espacio permanentemente abierto a los acontecimientos que han rodeado y rodean la vida. @trio Press (ATP Foro de Noticias) es una ventana a la actualidad en todos los horizontes del quehacer humano, y que dibujaremos con la imagen, el sonido y la palabra hablada y escrita.

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El atrio triunfó en Roma tal como el ágora en Grecia como punto de encuentro y opinión tras la caída de la civilización micénica en el siglo VIII (Antes de Cristo). Hasta nuestros días, la más famosa, el Ágora de Atenas, es la única belleza arquitectónica de la Antigua Grecia que conserva, al menos, su techo original. Y allí, como marcándole el paso del tiempo está al aire libre el extenso corredor, el atrio, que se disipa al Ágora de Atenas.

En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

Esto es @trio press el espacio donde invitamos a contar la historia, la de este mundo y que, a veces, pasa inadvertida. Contáctenos y cuéntenos lo que quiera en Atrio Press, el foro de noticias. Nosotros lo diremos tal como nos lo cuenten. Bienvenido a @trio press.

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