18 noviembre, 2015

La bella superviviente de Bataclan: «Fingí estar muerta; contenía la respiración, trataba de no moverme, no llorar y no darle a esos hombres el miedo que deseaban ver»

Isobel Bowdery
La joven que fingió estar muerta para no ser asesinada en París


Se llama Isobel Bowdery; es una preciosa rubia sudafricana de 22 años. Relató como se hizo pasar por muerta en la noche del viernes cuando los yihadistas del Estado Islámico irrumpieron en el concierto de la sala Bataclan de París. Lo ha contado en las redes. Este es su testimonio.

Joven sudafricana fingió estar muerta para no ser asesinada en París
“Nunca piensas que te va a pasar. Era un viernes por la noche en un concierto de rock. El ambiente era muy feliz y todo el mundo estaba bailando y sonriendo. Luego, cuando los hombres llegaron a través de la entrada principal y comenzaron los disparos, ingenuamente creíamos que todo era parte del espectáculo. No fue sólo un ataque terrorista, fue una masacre. Decenas de personas fueron disparadas justo enfrente de mí. Charcos de sangre llenaron el piso. Los gritos de hombres adultos que sostenían los cuerpos de sus novias muertas llenaron la pequeña sala de conciertos. Futuros demolidos, familias con el corazón roto, en un instante.
Conmocionada y sola, fingí estar muerta durante más de una hora, tendida entre las personas que podían ver a sus seres queridos inmóviles. Contenía la respiración, trataba de no moverme, no llorar y no darle a esos hombres  el miedo que deseaban ver. Fui extremadamente afortunada de poder sobrevivir, pero muchos no lo lograron.
Las personas habían estado allí por las mismas razones que yo – pasarlo bien un viernes por la noche – eran inocentes. Este mundo es cruel y actos como éste se supone que resaltan la depravación de los seres humanos. Las imágenes de esos hombres circulandonos como buitres van a atormentarme por el resto de mi vida. La forma en que meticulosamente dirigían sus disparos a la zona donde la gente estaba de pie sin ninguna consideración por la vida humana, no se sentía real. Esperaba alguien que me diga que todo fue sólo una pesadilla.
Pero ser superviviente de este horror me permite ser capaz de arrojar luz sobre los héroes. Al hombre que me tranquilizó y puso su vida en riesgo para tratar de cubrir mi cerebro mientras yo gemía, a la pareja cuyas última palabras de amor me mantuvieron creyendo el bien en el mundo, a la Policía que realizó el rescate de cientos de personas, a los desconocidos que me recogieron en la carretera y me consolaron durante 45 minutos porque realmente creía que el chico que yo amaba estaba muerto, al hombre herido que había confundido con él y luego de reconocer que él no era Amaury me sostuvo y me dijo que todo iba a estar bien a pesar de estar sólo y asustado, a la mujer que abrió sus puertas a los supervivientes, a la amiga que me ofreció refugio y se fue a comprarme ropa nueva, para no tener que llevar esta ropa con sangre manchada. A todos ustedes que han enviado mensajes de apoyo, ustedes me hacen creer que este mundo tiene el potencial para ser mejor. Nunca hay que dejar que esto suceda de nuevo. Pero sobre todo a las 80 personas que fueron asesinadas en el interior de ese lugar, que no fueron tan afortunados, y que hicieron que pueda llegar a despertar hoy. Por todo el dolor que sus amigos y familias están pasando, lo siento.
Nada solucionará este dolor. Me siento privilegiada de haber estado ahí para sus últimos suspiros. Y realmente, creyendo que iba a reunirme con ellos les prometo que sus últimos pensamientos no fueron sobre los animales que causaron todo esto, pensaban en las personas que amaban. 
Mientras yo estaba tirada en la sangre de extraños esperando mi bala para terminar con mis meros 22 años, me imaginé todos los rostros que he amado y suspiré ‘te amo’ una y otra vez. 
Reflexioné sobre los mejores momentos de mi vida. Deseando que a quienes amo sepan cuánto, con el deseo que sepan que no importa lo que me pasara mantuvieran su fe en lo bueno, en la gente, que no dejaran que esos hombres ganesen.
Anoche la vida de muchos cambió para siempre, y depende de nosotros para ser mejores personas. Vivir las vidas que las víctimas inocentes de esta tragedia soñaban y que lamentablemente ahora no podrán cumplir. Descansen en paz ángeles. Nunca serán olvidados”.

El marido de una víctima de la sala Bataclan a IS: «Robasteis el amordemi vida, la madre de mi hijo, pero no obtendréis mi odio»

"No tendréis mi odio. El viernes por la noche robasteis la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no obtendréis mi odio". 

                                              (Antoine Leiris)




Antoine Leiris es un periodista francés que perdió a su mujer, Hélène Muyal-Leiris, en el atentado de la sala Bataclan, Hélène y Antoine llevaban 12 años casados y tenían un bebé de 17 meses. Leiris, ha publicado en su muro de Facebook un emotivo mensaje donde se dirige directamente a los terroristas del Estado Islámico y en la que deja claro a los terroristas que ni él ni Melvil, su hijo de 17 meses, les "regalarán" nunca su "odio".



La breve carta, que ya ha sido compartida más de 177.000 veces en Facebook, está escrita en francés y esta es la transcripción:

"No tendréis mi odio. El viernes por la noche robasteis la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no obtendréis mi odio. No sé quienes sois ni lo quiero saber, sois almas muertas. Si ese Dios por el que matáis nos ha hecho a su imagen, cada bala en el cuerpo de mi mujer habrá sido una herida en su corazón. No os haré este regalo de odiaros. Vosotros lo habéis buscado y sin embargo responder a vuestro odio con mi cólera sería ceder a la misma ignorancia que ha hecho de vosotros lo que sois. Vosotros queréis que yo tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con ojos desconfiados, que sacrifique mi libertad por la seguridad. Habéis perdido. El mismo jugador sigue jugando todavía.

La he visto esta mañana. Por fin, después de noches y de días de espera. Estaba tan hermosa como cuando se marchó el viernes por la noche, tan hermosa como cuando me enamoré perdidamente de ella hace más de 12 años. Por supuesto que estoy devastado por el dolor, os concedo esta pequeña victoria, pero esta durará poco. Yo sé que ella nos acompañará cada día y que nos reencontraremos en ese paraíso de las almas libres al cual no accederéis jamás.

Somos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo. No tengo más tiempo para dedicaros, debo reunirme con Melvil, que se despierta de su siesta. Tiene 17 meses apenas, va a tomar su merienda como todos los días, después vamos a jugar como todos los días, y toda su vida este niño os hará la ofensa de ser feliz y libre. No, tampoco tendréis su odio".

16 noviembre, 2015

Si todos somos Francia, repitamos con ellos: "¡al mismo nivel, golpe agolpe!"

Reportaje

¡ V I D A S   T R U N C A D A S !

Ahora, encima hay quien dice que la solución con los hijos de perra que se cebaron con tantas vidas inocentes, es "la pacífica". 

¿Con quién? ¿Con los que nos están matando? ¿Los que matan a sus mujeres? Entonces la solución es hablar con los monstruos, los mismos que hicieron  estallar a un niño para probar la potencia de los explosivos que nos meterán después...

A T E N T A N D O   C O N T R A  L A  V I D A

Los rostros de la tragedia

EN SUS MIRADAS está el vivo rostro de almas inocentes, de vidas truncadas cuando más deseaban vivir. 

Las imágenes las difunde estos días «FranceTV». La cifra provisional de los ataques del 13 de noviembre es de al menos 129 muertos, de ellos una treintena estaba ayer (el domingo 15 N) sin identificar.

Todas eran almas jóvenes: Mathias, Maríe, Pedro ..., vidas que destrozó la mano salvaje de los terroristas en los atentados de un viernes ingrato de París.

Más allá de la cifra de muertos, eran rostros alegres con ansias de vivir, y ahora son víctimas de Bataclan, de la rue de Charonne, del cumpleaños que celebraban en la terraza del equipo Belle Charonne Street., en fin de todo un país que les llora y de todo un mundo que se solidariza con Francia.



Muchos exclaman estos días que es imposible no llorar con los franceses al verles salir de Saint Denis cantando la Marsellesa. Lo hacen en cualquier parte. Nadie contiene sus lágrimas. Todos lloramos con ellos. 


Ahora, encima hay quien propone que la solución con estos hijos de perra es "la pacífica y el diálogo". Y dicen que "Pueden". ¿Con quién? ¿Con ellos? ¿Con los que nos están matando? ¿Los que matan a sus mujeres? 

Entonces la solución es hablar con los monstruos, los mismos que hicieron  estallar a un niño para probar la potencia de los explosivos que nos meterán después; con las bestias inmundas del Daesh, las que  ejecutaron a 200 menores sirios por negarse a unirse a sus filas. ¿Por esos hay que hablar? ¿Por los que obligan a los niños a tenderse boca abajo, y los acribillan a tiros —a quemarropa—, como quieren hacer con una humanidad entera. 

Son tiempos de ir sin piedad como no la tienen ellos con el resto del mundo. Entonces la solución está dicha. Si esos que matan y asesinan, estuvieran muertos o pudriéndose en la cárcel, no habría tanto dolor que lamentar.






Y todavía hay quien empuja a Europa a los populismos bananeros y extremistas; y con la que está cayendo, perdiendo más aún el tiempo con peliculones independentistas. 
Ojo por ojo y diente por diente. No hay más.
El presidente François Hollande ha asegurado que su país será "implacable" ante este "acto de guerra" cometido por Estado Islámico. Y lo está siendo ya.
Si todos somos Francia, repitamos con ellos: "al mismo nivel, ¡golpe a golpe!".

13 noviembre, 2015

Por favor: ¡Hay que salvar a Omaira!

La Crónica 


Omaira y Consuelo:  La muerte y la vida, tan cercana una de otra


LA NIÑA QUE AGONIZÓ EN EL FANGO


«Todos le dimos la mano y le dimos la espalda para que no nos viera llorar. Y nos fuimos llorando un puñado de periodistas, entre ellos varios norteamericanos que habían conocido la muerte en los arrozales de Vietnam.»



A las diez y cinco minutos de la mañana de un sábado ingrato de noviembre, hace ahora 30 años. murió la pequeña Omaira Sánchez, con doce años, la niña que se hallaba atrapada en el lodo volcánico del "Nevado del Ruiz", pero que dos horas después, a medio kilómetro de su cadáver, nació Consuelo, cuando una señora incrustada en el mismo barro, dio a luz a una niña.
Fue la muerte y la vida, tan cercana una de otra. Fue el drama que todo país vivió. Esta es la crónica 30 años después. 



Fotos: Los socorristas lucharon por salvar a Omaira Sánchez, de apenas 12 años, en Colombia.
Por favor:¡Hay que salvar a Omaira!

Por Germán Santamaría/El Tiempo



DESDE LOS ESCOMBROS DE ARMERO.- La niña Omaira Sánchez, de doce años, agoniza con medio cuerpo por fuera del lodazal, pero está aprisionada de la cintura para abajo por rocas y ladrillo y dice que pisa el cadáver de su tía y tal vez el de su padre. ¡Hay que sacar a Omaira, por favor! 

La pequeña lleva dos días allí y mira asombrada a los socorristas y a los curiosos que la observan y dice. “Voy a perder el año, porque ayer y hoy fallé a la escuela”. 

Al pie de Omaira, el caso del niño de México, llamado “Monchito” es algo menor, ya que uno puede hablar con esta pequeña tolimense, se le puede tocar, se le puede acariciar, ella le cuenta a uno su historia, y sin embargo hasta las cinco de la tarde del día anterior no habían podido sacarla.

Aunque parezca increíble, Omaira  está fuera del agua del pecho hacia arriba pero de la cintura hacia abajo se encuentra atascada entre los escombros de lo que fuera la plancha del techo de su casa y dice que debajo de sus pies siente cadáveres y que son los de su tía María Adela Garzón y que posiblemente también allí está el cuerpo de su padre, Álvaro Enrique Sánchez, un conductor de combinada cogedora de arroz.

Durante dos horas conversamos con Omaira  Sánchez. Le dimos la mano. Le acariciamos la cabeza, hasta por un momento sonrió y a las cinco de la tarde de ayer nos dijo: “Váyanse a descansar un ratico y después vengan y me sacan de aquí". 

Todos le dimos la mano y le dimos la espalda para que no nos viera llorar. Y nos fuimos llorando un puñado de periodistas, entre ellos varios norteamericanos que habían conocido la muerte en los arrozales de Vietnam. Apretamos los puños y nos quedamos mirando la llanura de lodo que cubre lo que antes fue Armero.

Pero Omaira Sánchez aún está viva y es posible que hoy sábado aún esté viva y según los socorristas que la desenterraron hasta el pecho se puede salvar si se consigue una simple motobomba para succionar el charco de agua que se formó a su alrededor cuando lograron apartar la plancha de cemento que la tenía aprisionada.

¡Una simple motobomba! 

Desde las diez de la mañana los socorristas se la estaban pidiendo a los pilotos, pero allí en aquel caos infernal de los escombros de Armero, nadie fue capaz de llevar en todo el día una simple motobomba. “Hijueputa vida, no puede ser que esta niña se vaya a morir porque en este país no sean capaces de haberle traído en 2 días una motobomba”, pensó el cronista cuando se alejó de ella, y Omaira se quedó allí sola, ahora ayudada por un neumático para que no se hundiera en el charco.

Sola en la noche que venía, sola entre tantos muertos, sol sobre los escombros de su ciudad, sola abandonada por hombres y por Jesús y por Marx... por todos abandonada.

Su tragedia

Doña María, la madre de la niña, se vino para Bogotá el 4 de noviembre a diligenciar el asunto de un diploma en el Sena. Entonces allí en su casa del barrio Santander de Armero se quedó Omaira de 12 años y su padre y su tía y su hermano menor. A las once y media de la noche del miércoles los cuatro no se habían acostado, porque estaban preocupados con aquella lluvia de arena y ceniza que había estado cayendo desde las cinco de la tarde.

Habían acabado de cerrar la puerta, cuando sintieron un ruido espantoso y después el estrépito de las rocas y las aguas que derrumbaron las puertas y entraron en forma salvaje. A partir de ese momento, Omaira se sintió estremecida en aguas, sacudida, bamboleada y no supo nada más de su hermano ni de su padre ni de su tía. “Todo se me fue de la cabeza y cuando me desperté estaba debajo de esa cosa de cemento”, dice.

Allí debajo de “esa cosa de cemento”, que en realidad es una plancha, permaneció toda la madrugada del jueves y hacia mediodía logró sacar la mano por una rendija que dejaba la plancha. Entonces Jairo Enrique Guativonza, un socorrista espontáneo, vio aquella mano y con la ayuda de otros se puso a triturar la plancha. Escuchando la voz de la niña, trabajaron toda la tarde y la noche del jueves y solo en la madrugada del viernes lograron despejar el cemento fundido y las tejas y las maderas que estaban cubriendo a la fina.
Jalándola con sumo cuidado, lograron sacarla un poco, pero en determinado momento no pudieron seguir porque de hacerlo hubieran tenido que arrancarle las piernas. Lo único que hicieron fue construir como un nidito para que la pequeña pudiera girarla cabeza y su pecho hacia un lado y otro. El neumático Durante toda la mañana de ayer viernes, varios socorristas y policías trataron de sacar a Omaira.
Pero era imposible porque a cada momento el agua se encharcaba más y por instantes parecía que la pequeña se iba a ahogar. Entonces trajeron un neumático y se lo colocaron por debajo de los brazos y quedó como los niños en la piscina o los náufragos en el mar. Varios socorristas trataron de sumergirse entre el agua, que es una espesa sopa de lodo, y comprobaron que las piernas de la niña están incrustadas en algo asi como una puerta, que había ladrillos y palos y que metiendo las manos más abajo se tocan cuerpos.
"Si señor, yo siento que estoy pisando carne y esa es mi tía, y ojalá que no sea mi papá ni tampoco mi hermano”, dice la niña. Durante toda la mañana, Omaira estuvo un poco animada. Al mediodía le dieron primero un vaso de agua y después una gaseosa y un pan y Omaira dijo que deseaba comer algo de dulce. Preguntó qué día era y cuando le dijeron que era viernes, entonces “respondió: “Ay caramba, hoy era el examen de matemáticas”.
Ella está en primero de bachillerato. “Voy a perder el año”, dijo. Después del mediodía, los ojos de Omaira se comenzaron a poner rojos. Se le hinchó un poco la cara y sus manos eran muy blancas, aunque ella es una morenita crespa, de cara redonda y de labios gruesos.
Así con sus ojos enrojecidos y su carita hinchada, hacia las tres de la tarde, cuando llegaron los enviados de El Tiempo y otros reporteros especialmente extranjeros, Omaira ya estaba perdiendo la alegría para empezar a sumirse en los delirios de la agonía. Un mal vecino La pequeña se halla rodeada de escombros por todas partes, especialmente de tejas de zinc y techos de casas que fueron arrastrados por la corriente.
A unos diez metros del pozo de lodo donde se halla la niña, el cadáver de una mujer, con apariencia de anciana, se halla recostado contra un tronco. Es un cuerpo tumefacto bajo el sol ardiente y varios gallinazos acechan desde una ceiba cercana. Omaira ni siquiera sabe qué pasó, no entiende que Armero fue borrado de la faz de la tierra por el río Lagunilla y que posiblemente todos sus 39 compañeros de primero de bachillerato perecieron. Cuando llegaron los reporteros, la mayoría de los socorristas se habían ido a guarecerse del sol que a las tres de la tarde picaba inclemente sobre los escombros de la ciudad.
Estaba agachada sobre el neumático y cuando sintió las voces levantó la carita y nos miró. Intentó una sonrisa. Los labios le temblaron. Sus ojos enrojecidos parpadearon. “Ay...”, dijo pero no lloró, no nos miró con súplica, no estaba derrotada, sino que había mucho de valentía en su mirada. No dijo que le dolían las piernas sino que simplemente no las podrá mover. “Siento frío”, dijo y nos dirigió una mirada profunda Pero se le veía tranquila, valiente.
Era una niña toda coraje’ “Tengo miedo que el agua suba y me ahogue porque yo no nadar aunque soy aquí de tierra caliente”, balbuceó. “No sé dónde está mi mamá en Bogotá, pero mi tío es celador en Expreso Bolivariano”, narró y dijo: “Mi papá trabaja cogiendo arroz y sorgo en una combinada”.
Apoyó su rostro sobre el neumático, como para descansar. Estuvo así unos cinco minutos. Todos permanecimos en silencio Después, otra vez levantó el rostro y pronunció unas frases un poco incoherentes y ya sus ojos estaban más rojos y se notaba algo de delirio. “Tengo sed”, dijo e intentó tomar un poco de aquella agua putrefacta Se lo impedimos y le pasamos otro vaso de agua.
Seguimos allí hasta las Cinco de la tarde. Los Socorristas regresaron y después se volvieron a ir y señalaron que era imposible tratar dejarla con toda la fuerza, porque eso sería destrozarla de la cintura para abajo o por lo menos perdería los pies. Dijeron que era indispensable traerla motobomba para sacar el agua y poder proceder a retirar la materia que la aprisionaba.
Cuando los helicópteros pasaban sobre ella, Omaira levantaba sus ojos enrojecidos y los miraba alejarse “Tejuramos, Omaira que vamos ya. a traerte la motobomba para sacarte de aquí”. Nos miró con dignidad y nos dijo: ‘Váyanse a descansar y vuelvan a sacarme”.
Entonces le dimos la espalda y nos fuimos todos llorando, con rabia, carajo, como odiando a Dios, a los hombres y a la naturaleza... Ella quedaba allí solita, entre el charco, y la noche se aproximaba... Y como no pudimos ayer conseguirla motobomba, hoy sábado a las cinco de la mañana salimos con la motobomba en un helicóptero directamente hacia Omaira y esperamos, y escúchanos, Oh Señor, desde tu morada, que ella esté viva, porque de lo contrario será un dolor que nos perseguirá para siempre... Murió Omaira pero nació Consuelo desde donde existió Armero.
A las diez y cinco minutos de la mañana de este sábado desgraciado murió la pequeña Omaira Sánchez, de doce años, la niña que se hallaba atrapada, pero dos horas después, a medio kilómetro de su cadáver, nació Consuelo, cuando una señora incrustada en el barro, dio a luz a una niña.
Fue la muerte y la vida, tan cercana una de otra. Fue el drama que el país vivió y padeció a través de El Tiempo y Caracol. Primero fue la tristeza, el llanto, cuando la pequeña murió allí, junto a la motobomba que El Tiempo había llevado en helicóptero desde Bogotá, y entonces médicos, socorristas y periodistas se alejaron del lugar y Omaira quedó doblada aprisionada entre una plancha de cemento y el cadáver de su tía María Adela.
Vino después, hacia las dos de la tarde, el momento en que Carmen Cecilia Moreno, dio a luz allí debajo de la plancha del techo de su casa, después de haber permanecido casi cuatro días enterrada de la cintura hacia abajo y recostada al cadáver de su hija de cinco años. Si esto que vimos, este morir y este nacer, fuera una historia que alguien me contara le diría que no fuera mentiroso, que se fuera para el carajo, que tan terrible pero tan hermosa casualidad no se pueden dar juntas, pero es cierto, por Dios o por Marx, y ahí están las fotos para comprobarlo.Omaira  empezó a morir a las 9 de la mañana.
El helicóptero de El Tiempo debido al mal tiempo en Bogotá solo pudo despegar a las 7 de la mañana ya las 8 ya estaba posado donde yacía la niña, allí en el pantano, junto a la loma del Barrio Santander. A las 8 y 14 ya la motobomba estaba funcionando, succionando el agua del pozo que se había formado alrededor de la niña, sobre los escombros de su casa.
La motobomba funcionó de manera lenta, ya veces se obstruía por el barro, a esa hora, ya la niña escasamente podía mantener los ojos abiertos, ya le habían quitado su blusita de color azul, y la pequeña yacía con su espalda descubierta, metida entre el neumático negro. Hasta las cinco de la mañana había estado sufriendo delirios y le había cantado y contado chistes a los médicos y socorristas que la acompañaron durante la noche.
El socorrista espontáneo Jairo Enrique Guativonza permaneció toda la noche abrazado de la niña, para darle calor, ambos metidos allí en el fango. Jairo Enrique cuenta que durante la noche le cantó varias canciones, le contó que había cumplido años el pasado 10 de noviembre y estuvo diciéndole que por ahí andaban su padre y su madre y que entonces le iban a volver a celebrar su cumpleaños. Al principio de la noche estuvo aún consciente, sosteniendo con sus acompañantes conversaciones coherentes. Pero después de la una de la madrugada comenzó a delirar.
Cantaba canciones extrañas y Guativonza relata que hacia las tres de la mañana le dijo que ya el Señor la estaba esperando. “Después cantó la canción de los pollitos”, afirma el socorrista, que fue su acompañante durante tres noches de muerte. Cuando amaneció ya estaba en camino hacia la agonía. Hacia las nueve de la mañana, cuando la motobomba que había llevado desde Bogotá el helicóptero de Helitaxi facilitado a El Tiempo para esta emergencia, ya la agonía se aproximaba a la muerte Había doblado su cabeza sobre su pecho y la vida era apenas unos leves estremecimientos del cuerpo.
La motobomba llevada desde Bogotá, y otra traída por el médico Fernando Posada, succionaban a veces con demasiada lentitud el agua y todos los presentes mirábamos con angustia con delirio, casi con fiebre. Pasaron los minutos. El agua fue lentamente descendiendo de nivel y entonces comenzó a aparece el cadáver en descomposición de la tía de Omaira. En determinado momento, todo fue claro: la niña yacía entre el cadáver de su tía y una plancha de cemento.
Omaira estaba como arrodilla Los médicos se miraron. La niña agonizaba. Todos tenía empuñadas las manos. Los médicos se reunieron. Y llegaron a la conclusión de que la única alternativa sería cortarle allí ambas piernas a la altura de la rodilla o dejarla morir.
Cortarle las piernas igualmente sería que ella muriera porque no había equipos de cirugía. No había más alternativa: había que dejarla morir. Entonces todos, médicos, socorristas y periodistas nos quedamos en silencio; pasaron tal vez 10 minutos y a las 10:05 de la mañana la niña se estremeció, frunció los hombros. Y murió...

Continúa la vida

Todos se alejaron y cada uno en silencio, como con pena de los otros, lloró. Después, al rato, volvimos y colocamos sobre Omaira varias puertas de madera y varias tejas de barro. Decidimos no sacarla, porque habría que despedazar el cadáver. Y era mejor dejarla en su tumba, donde con tanto valor y con tanta alegría había luchado contra la muerte durante 72 horas.

Cuando nos alejábamos, entre un charco yacía la primera página de El Tiempo donde aparecía el rostro de Omaira, aún con vida, doce horas antes. Caminábámos por el lodazal y pensábamos que el papel puede con todo, menos derrotar la muerte. Pero la vida Continuaba. En ese instante llega el médico voluntario Rodrigo Meléndez y grita desde lo alto de una colina que cerca, una mujer medio sepultada en el barro, está a punto de dar a luz. Grita que se necesita una motobomba.
Entonces la motobomba trasportada de Bogotá pero que llegó muy tarde para salvar a Omaira, es introducida en el helicóptero y tres minutos después éste se posa sobre la terraza de una casa, Situada allí en el Sector donde el estadio de fútbol contuvo en algo la avalancha, por lo cual varias casas apenas quedaron sepultadas hasta un poco más de la mitad.
Y allí desde el jueves al mediodía, es decir, dos noches, atrás, un grupo de Voluntarios y de médicos trabajaban para tratar de desenterrar a la señora Carmen Cecilia de Moreno, esposa del médico Lizardo Moreno. Ella estaba con su cuñada Gladys Moreno y con sus dos pequeños hijos, cuando la avalancha rompió las Puertas y penetró en el interior de la casa.
En una pieza quedó la Señora Carmen Cecilia, de unos 25 años, con 8 meses de embarazo junto al cadáver de sus dos hijos yen la pieza contigua su Cuñada Gladys de 19 años. Quedaron incrustadas en el lodo y los pedazos de concreto hasta la cintura, aprisionadas de manera brutal. El socorrista de Ibagué Álvaro Castro y el voluntario de la Fuerza Aérea Carlos Romero, las descubrieron al mediodía del jueves y desde entonces se juraron salvarlas. Con palas, sierras, picas y taladros trabajaron día y noche.
Auxiliados por médicos y voluntarios lucharon contra todo, aún contra la putrefacción de los cadáveres de los niños que se hallaban aprisionados cerca de Carmen Cecilia. Lo de ayer Durante las noches del jueves y del viernes, Álvaro Castro y Carlos Romero estuvieron allí acompañándolas, pues no había luz para trabajar. Entonces en la oscuridad las abrazaron toda la noche, para darles calor.

Allí en la oscuridad les hablaban y las animaban y por momentos mujeres semisepultadas y socorristas podían dormir algo. Cuando llegábamos ayer hacia las once de la mañana, Carmen Cecilia, la embarazada, y Gladys, la cuñada, yacían como hincadas entre el fango y el concreto, con los ojos enrojecidos y con máscaras médicas, para protegerse de la putrefacción. Eran dos mujeres padeciendo el más profundo y doloroso sufrimiento del mundo.
Pero lo miraban a uno esperanzadas, como pidiendo piedad. Entonces vino ese frenético e intenso trabajo. El helicóptero iba y venía trayendo pipas dc oxígeno, sierras, ampolletas para el dolor, relevo para los médicos y entretanto los voluntarios luchaban y luchaban ahí, succionado el lodazal con la motosierra, triturando los muros de concreto con picas y poco a poco tratando de ir destapando el cuerpo de las dos mujeres.

Entonces lentamente fue emergiendo del fango el vientre hermoso de Carmen Cecilia, con sus ocho meses de embarazo. Más tarde le pudieron liberar una pierna y después otra. Y vino el momento dramático en que se pudo sacar a toda la mujer. “No siento el niño”, dijo ella cuando se sintió libre.
La colocaron sobre una camilla y allí los médicos procedieron a realizar la cesárea. Fueron minutos dramáticos, de suspenso. Así como horas antes habíamos esperado con angustia la muerte de Omaira, ahora esperábamos con la misma angustia el nacimiento de un ser humano. “Fue una niña”, dijo el médico. “Y está viva pero puede morirse si no la sacamos ya de aquí”, agregó. “Que se llame Esperanza” gritaron unos. “No, Consuelo”, respondieron otros en coro. “Consuelo”, dijo la madre, con palabras que salían por entre el fango que estaba en su boca. “¡Consuelo!”, gritamos todos.

Entonces introdujeron a la madre ya la niña, y el helicóptero se elevó y todos quedamos allí llorando de alegría. No sabíamos si las dos finalmente iban a sobrevivir pero ahora las dos habían luchado contra la muerte durante tres días y dos noches, las dos allí sepultadas, en el fondo del fango y del martirio.


Habla el cronista que inmortalizó a Omaira, la niña heroína de la tragedia de Armero



Tomado de El País 

Germán Santamaría es  el cronista que narró la agonía de la pequeña Omaira Sánchez entre el fango de muerte en el que quedó convertido la ciudad de Armero el 13 de noviembre de 1985.
Desde Lisboa, donde hace cuatro años y medio ejerce como Embajador de Colombia en Portugal, el comunicador que inmortalizó a esta pequeña, pero gran heroína de la tragedia,  evocó esta experiencia periodística que hace 30 años lo puso frente al dolor y la muerte,  como enviado especial de  El Tiempo. 
¿Dónde lo sorprendió la noticia de la avalancha de Armero?
La tragedia de Armero fue un miércoles a las 10:30 de la noche y el jueves a las 6:30 de la mañana llegué allá, en un helicóptero de El Tiempo. Regresé a las 7:00 p.m. a Bogotá a escribir todo el reportaje. El helicóptero había aterrizado  en una colina y estaba  ahí con damnificados, con gente que estaba casi desnuda y alguien me dijo que una niña estaba atrapada cerca de ahí. Esa colina era como una isla, entonces caminamos entre el agua,  la empalizada, rocas y pedazos de cemento de las casas, con el agua  casi hasta la cintura y llegamos. Había  solo dos socorristas, un sargento de la Policía y ahí estaba la niña en un charco de agua sucia, rodeada de pepas de café,  tal vez de una bodega  cuyos bultos  habían estallado y  se habían regado en el pantano y comencé a conversar con ella. 
Su relato de ese diálogo es desgarrador. Uno lo vuelve a leer 30 años después y vuelve a llorar...
Eso fue más o menos a las 3:30 de la tarde del día siguiente de la tragedia. Yo la vi y ella me miró a los ojos. Estaba tranquila. Los socorristas la tenían de los brazos. Entonces le pregunté al sargento porqué no la podían sacar de ahí  y me contó que estaba atrapada de la cintura para abajo entre los escombros de la terraza de su casa y que debajo estaba su familia sepultada.  Le pregunté su nombre y comencé a conversar con ella,  habló de la tarea de matemáticas del día siguiente, de su mamá que estaba en Bogotá y cantó. Estuve como  una hora allí, pero yo no entendía porque no podían sacarla  y pregunté qué había que hacer. Me dijeron que se requería una motobomba para extraer el agua.

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Entonces, ¿qué hizo?
Dije, voy por la motobomba (a Bogotá), pero el tiempo se puso muy malo, ya eran como las 4:00 de la tarde y nos tocó  desviar el helicóptero hacia Mariquita, donde había muchos aviones y mucha confusión. Logré irme en un avión ambulancia, como con diez  heridos. Fui al periódico y me dediqué a escribir su  historia. Y le dije  al   entonces subdirector del diario,  Juan Manuel Santos, que  por favor fuera a buscar una motobomba. Mientras yo escribía, él fue  a Paloquemao, hizo abrir un almacén  y llegó como a la medianoche con la motobomba, 
pero no se podía viajar sino al otro día. A las 5:30 de la madrugada aterrizamos y allí estaba la niña atrapada, rodeada de más socorristas y de más  gente.
Usted lanza  un madrazo muy bien puesto en la crónica, ante la impotencia de no tener la motobomba para salvar la niña...
Hace 30 años que no leo la crónica, porque me impacta y me duele mucho. No recuerdo el madrazo, pero sí recuerdo que sentí mucha rabia contra la naturaleza, contra la vida, aún contra Dios, contra los seres humanos, contra todo, porque no entendía cómo no podíamos sacar la niña de allí. Seguramente dije (escribí) eso, pero no recuerdo. Yo sí renegué, me sulfuré mucho, pero fue mucho más dramático el día sábado, cuando volvimos  con la motobomba.
Meses antes se instalaron alarmas ante una eventual catástrofe y el mes anterior  se distribuyeron cartillas   instructivas. ¿Hubo negligencia al no evacuar ante  señales como la ceniza que cayó en la tarde? 
Hubo dos negligencias fundamentales. Tres meses antes de la tragedia, fue a El Tiempo el alcalde de Armero, Ramón Rodríguez, amigo mío desde Ibagué. Lo entrevisté y dijo que en la vereda El Sirgo, en un cañón a  5 kms. de Armero, había  un derrumbe que había represado el río formando un lago artificial gigantesco y que temía  que si esa represa se rompía, iba a arrasar con Armero. Se tituló que una bomba de tiempo amenazaba a Armero. Pero nunca fue atendida esa denuncia. Estoy seguro de que con la erupción en el Nevado, el agua del deshielo bajó con tanta potencia, rocas y piedras que  se reventó la laguna y fue lo que multiplicó, en tamaño, la avalancha.  La segunda negligencia sí pudo ser que  al empezar a caer ceniza y lluvia, no se imaginaron –ni las alarmas lo dijeron –que el volcán iba a hacer erupción. Sí debieron haber evacuado de inmediato.   Sí hubo una negligencia esa noche, pero  fundamentalmente  hubo una omisión del Estado colombiano y el Gobierno de entonces, de no haber atendido el llamado para intervenir ordenada y técnicamente esa represa que crecía como una bomba de tiempo sobre Armero.
¿Cómo lo marcó en lo personal y en lo periodístico ese cubrimiento?
Siempre he pensado que lo de Armero me dejó  un poco o mucho más viejo, pero un poquito más sabio sobre la vida, sobre la humildad. Nunca he visto tanto dolor y tanta tragedia y lo he utilizado  como una terapia de mi vida, para que no se me suban los humos ni creerme  importante. Cuando me siento soberbio, prepotente, pienso en Omaira, para que me devuelva un poquito  la humildad, recuerdo Armero y pienso que la vida no vale nada,  que uno es muy frágil, que hay mucha gente que ha sufrido de tal manera, que las vanidades no importan. 
¿Quién es Omaira Sánchez?
Es una persona extraordinaria. Como periodista he visto sufrir, morir gente en Caquetá, en Beirut, en el Medio Oriente, en Centroamérica, pero nunca he visto una persona tan valiente, con tanta dignidad y coraje frente a la muerte como ella. Una  niña de menos de 13 años, que casi con alegría, con entereza y dignidad enfrentó la muerte. Fue destruida, pero no derrotada. Por eso sigue siendo reconocida en el mundo. En Europa sale mucho, fue declarada por la revista París Match entre los 50 personajes más famosos del Siglo XX. Hay escuelas con su nombre en Japón, en Francia es conocidísima, es una mártir colombiana universal,   que le mandó  a Colombia un mensaje de valentía y de dignidad.
¿Sabe que su crónica es material de referencia en las facultades de Comunicación Social y periodismo?
Seguramente que sí.  Espero que los estudiantes entiendan que fue en circunstancias muy difíciles. Llegué a la redacción a las 8:00 de la noche, me tocó escribir casi para tres páginas  en papel, en   máquina de escribir Remington –no existían computadores– y a una velocidad de 20 o 30 cuartillas en dos horas porque el periódico estaba cerrando. Don Enrique Santos, el director,  me arrancaba la mitad de la cuartilla y se la llevaba para ir levantando textos en armada, entonces yo no podía ver qué había escrito atrás. En el computador usted mira, analiza y corrige. Allí no,  fue a una velocidad vertiginosa, loca y bajo una gran presión. Terminé a  la 1:00 de la mañana y   a las 5:00  iba  otra vez para Armero.  No dormí esa noche, impresionadísimo. Cuando llegué a mi casa y vi a mi hija mayor dormida,  casi de la misma edad, parecida a Omaira, me puse a llorar;  mientras mi hija dormía en su camita, la otra niña agonizaba  entre el lodo. 
Si volviera a cubrir este  hecho hoy, ¿qué haría o dejaría de hacer?
Hoy en día la tecnología es diferente, me daría más capacidad de reflexión, de análisis, pero no haría nada diferente a lo que hice, porque no había otra alternativa. Es posible que haya inexactitudes, equivocaciones, conceptos apresurados, pero hice esa crónica, no con el cerebro, sino  con el corazón en la mano y el sentimiento. Me senté ante la máquina  de escribir embarrado, los zapatos y la ropa llena de lodo hasta los codos, solo me lavé las manos para escribir. Y tenía sangre porque viajé en el avión con los heridos. Fue una crónica escrita con sangre y dolor,  pero con honestidad. 
¿Volvió a saber de Consuelo, la niña que nació en ese mar muerto?
No, en ese momento  me dijeron que se había salvado,  después me dijeron que había muerto. Nunca tuve la certeza de si está viva o no. En ese maremagnum  uno iba y volvía, todo cambiaba, nadie daba razón, todo era un caos. Nunca más supe de ella.
Usted es de Líbano, Tolima, conocía el terreno...
A mí me mandaban a todas esas tragedias porque era el cronista, pero sí me ayudó ser de Líbano  y conocer muy bien Armero, porque mi tía había sido enfermera del Hospital allí. Cuando el helicóptero aterrizó el primer día en la terraza del hospital, me di cuenta que  donde mi tía había trabajado y  yo  había   hasta dormido muchas veces, había sido destruido. Miré a los lados y me dije: Armero está borrado del mapa. Estaba todo cubierto de lodo. Hasta el hospital que tenía dos pisos. Ese conocimiento me dio  ventajas para trabajar,  para identificar gente, personajes,   sitios.  
      
Fue  enviado especial a sitios de conflicto y desastres naturales, ¿pero ha llegado a ver algo similar?
No, no. Al  terremoto de México llegué en cuatro o cinco horas. Al de Popayán,    hora y media después. La gente todavía estaba en la calle asustada y lo cubrí  muchos días. Estuve en Perú, en la Guerra de las Malvinas, en muchos eventos de orden público en Caquetá, pero lo de Armero sí es el tope de la tragedia y del dolor.
¿Regresó a Armero luego?
Muchas veces, pero a los dos años regresé con mis hijas, y pusimos una bandera blanca con el nombre de Omaira, escrito con (mancha de) pepas de aguacate. Esa bandera ha permanecido allí, porque la gente la cambia cada que se destruye. Para sorpresa mía, una vez estaba en Nueva York y la revista dominical de The New York Times había puesto en portada la foto de la bandera blanca en la tumba de Omaira. Imagínese. Eso nos demuestra que esa niña es un símbolo universal y que Armero es la tragedia  más triste y dolorosa que se ha producido en Colombia, un país que ha vivido con  violencia permanente y que  ha estado muy cerca de la muerte, pero esto sí fue la muerte en una dimensión terrible.
¿Qué incidencia tuvo esta catástrofe sobre la otra tragedia que acababa de vivir Colombia con la toma del Palacio de Justicia?
Es muy triste decirlo, pero de alguna manera, los  más de 20.000 muertos de Armero, sepultaron ‘momentáneamente’ los más de cien del Palacio de Justicia; fue como un telón de fondo, una cortina con que se cubrió o de lo contrario, las circunstancias políticas del país se hubiesen complicado más, porque la gente, la opinión pública apenas estaba digiriendo, asimilando lo del Palacio de Justicia cuando estalló lo de Armero. Tuvo una incidencia política.
Polémica
  • ”Por la crónica ‘La Niña que agoniza en el fango’,hubo controversia en Europa, en especial en Francia y en España, que cuestionó si era ético usar una niña o una persona como un instrumento periodístico- mediático”.
  • Pero pienso, que esa niña  fue el rostro de la tragedia, porque 20.000 muertos son muchos y no son nada, son una masa sin rostro, triste y dolorosa, solo recordada por su familia. Nuestro modesto aporte fue haberle dado identidad y personalidad, entrevistarla y mostrarla como un ser valiente y  ser humano excepcional.
  • Omaira le dio identidad universal a la tragedia, como  acaba de pasar en Europa con el niño sirio. La historia de Aylan, muerto tirado en la playa, en toda la prensa del mundo, obligó a David Cameron,  primer ministro británico, y a su homóloga de Alemania, Ángela Merkel, a cambiar la política y a recibir a los refugiados. Es muy triste, pero es la verdad.

Lea aquí la crónica completa de Germán Santamaría sobre la tragedia de Armero.

Nombre: Germán Santamaría B.Trayectoria: Escritor y periodista, nació en El Líbano, Tolima. Ex periodista de El Tiempo, ex director de la Revista Diners y desde 2011, embajador en Portugal. Ocupó cargos en Señal Colombia, Consejo Nacional de Televisión y en el consulado de Colombia en Nueva York.
Premios: Cinco veces  Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar; Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, Vancouver, 1987. Premio Iberoamericano de Novela 1994 y Nacional de Narrativa, 1984.

La palabra hablada y escrita

En la antigua Roma, atrio era un espacio abierto en sus míticas casas cercado de pórticos y destinado a reuniones familiares y a los huéspedes. En las iglesias romanas, atrio se describía en un patio amplio que miraba al exterior. Atrio son los extensos corredores al aire libre que se disipan a la majestuosidad de muchos templos y palacios en la fisonomía de las grandes ciudades de este mundo.

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En honor a esa pauta primera del derecho al foro y a la opinión sale @trio press. Como un foro público, un espacio para difundir actualidades. Vamos a contar la historia que vivimos a partir del testimonio que es uno mismo. Queremos, sobre todas las cosas, encontrar los protagonistas del pasado y del presente del derrotero que es la vida.

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