08 octubre, 2015

48 AÑOS DESPUÉS: Las últimas 24 horas del Che




EXTRACTO




-Soy "Che" Guevara.
Gary Prado, saca una foto y mira la cicatriz sobre la mano de "Ramón".
-¡Es él!
Coger a Guevara era un sueño imposible para cualquier oficial boliviano y él tenía al "Che" delante.

La puerta se abre. El suboficial Mario Terán entra con su fusil "M2" apoyado en la cadera.
-Siéntate.
-¿Por qué, si vas a matarme? -responde el "Che" con calma.
-No. Siéntate.
Terán cierra los ojos, trata de no mirarle y hace como que se va. Se oye una ráfaga y el "Che" cae.


En La Higuera, Bolivia, donde cayó abatido hace ahora 45 años temen que el "Che" les haya maldecido, como Jesús maldijo a aquella otra higuera.

Michéle Ray
El pueblo se llama La Higuera. Todos aquellos campesinos, muy bolivianos, muy supersticiosos, no piensan para sus adentros más que una cosa, nunca les gustó el nombre de su pueblo y ahora temen que el "Che" les haya maldecido, como Jesús maldijo a aquella otra higuera.

Montañas desiertas, cubiertas de malezas, con gran número de profundos puertos. A uno de ellos, el del Churó, de unos diez kilómetros de largo y unos seis a diez metros de ancho, según los sitios, llegaron hacia la medianoche "Che" Guevara, o mejor dicho "Ramón", y sus hombres.
Habían librado la última pelea el 28 de septiembre a tres kilómetros de ahí, cerca de La Higuera. Aquel día cayó Coco Peredo, el jefe boliviano de la guerrilla.


Escogieron para acampar un campo de batatas que tendría unos seis metros por diez, a orillas de un torrente y al pie de una gran higuera.
Un campesino que se había quedado dormido allí, por casualidad, mientras cuidaba sus sembrados, les oye llegar. Ya ha pasado media noche; es domingo. El campesino corre: va a avisar a la Compañía de los "rangers" del capitán Gary Prado, que se encuentra en La Higuera.
"Ramón", "Inti", "El Mauro" y los demás se instalaron para pasar la noche.
  

A la mañana siguiente el Ejército ha tomado posiciones: cuatro pelotones a cada lado del puerto; sobre ellos, dos secciones bloqueando la salida hacia el río Grande. Habían instalado cuatro morteros y una ametralladora "Browning". El mayor Vargas confirmaría días después.

-Estaban copados. Todos deberían haber muerto. Sin embargo, sólo siete en aquellos dos días fueron muertos o hechos prisioneros.

El primer combate empieza a eso de la una; lugar: donde comienza el puerto y se une al sendero que conduce a La Higuera. Esta salida estaba cortada; por tanto, lo único que podían hacer los guerrilleros era descender por el puerto y llegar, con gran esfuerzo, hasta el río Grande.
Hubo otra colisión veinte minutos después. Lucharon durante un cuarto de hora; luego nada. Cuatro muertos en las filas del Ejército.

Aquel silencio era más impresionante que el ruido de los disparos. A la altura de los cultivos donde pasaron la noche, hacia las tres de la tarde, se desencadena un ruido infernal: morteros, metralla, armas automáticas, granadas de mano... Las rocas se parten, las piedras ruedan...
La sección del sargento Huanca, que sube al puerto procedente de río Grande, juega el papel de "tapón".

Ramón", siempre el primero, como era costumbre en él, va herido en una pierna; le ayuda a andar Willy y sólo ve una solución: escalar. Sus camaradas a lo lejos le ven avanzar y atraen sobre ellos el tiroteo. Van subiendo agarrándose a la maleza, a los espinos. Willy le ayuda, tira de su jefe que, además de estar herido, sufre una terrible crisis de asma. Se paran: Willy otea; dispara y vuelve a disparar. Siguen subiendo, las manos sangran... Ante ellos, a menos de cuatro metros, surgen cuatro soldados que les rodean antes de que Wiliy pueda soltar a "Ramón" y disparar. Cinco, diez soldados: caen prisioneros.

-Soy "Che" Guevara. 
 Gary Prado, que está dirigiendo el tiro de los morteros, acude. Saca una foto que ahora lleva siempre consigo y mira la cicatriz sobre la mano de "Ramón".
-¡Es él!
Coger a Guevara era un sueño imposible para cualquier oficial boliviano y él tenía al "Che" delante. Después contó:
-Verdaderamente quedé como aturdido, como maravillado.-¿Habló usted con él?
-Casi nada. No tenía tiempo. Tenía que ocupar mi puesto de mando. Lo más probable es que no hubiera sabido qué decirle...
Confía los dos prisioneros, con las manos atadas, a cinco soldados que tienen prohibido hablarle.
Cinco minutos después, la noticia llegaba a Vallegrande, al coronel Joaquín Zenteno Anaya, jefe de la 8a División. En clave:
-"500 canzada", "500 canzada". "500" significa Guevara.
"Canzada" significa prisionero.


Durante tres horas permanece allí el "Che" con Willy, a pleno sol, sentados sobre la maleza. Le vuelve el asma, la pierna le duele. Los soldados hablan entre sí y le observan cuando él no les mira. Pasa un rato y reina el silencio. ¿Dónde están sus camaradas, sus amigos? ¿Habrán muerto? ¿Habrán podido escaparse? ¿Cuántos?
El "Che" no lo sabe. Sólo puede pensar, escuchar las detonaciones.
A la tarde regresa la Compañía. Ha caído la noche cuando llegan al pueblo con los cadáveres sobre las mulas, los heridos cubiertos con mantas, el "Che" a pie y sostenido por dos soldados. Willy va sólo con las manos atadas.

La Higuera: cuatrocientos habitantes, casas bajas de tierra seca con techos de tejas. La calle principal es el sendero de las mulas. El sendero se ensancha un poco hacia el centro del pueblo y se forma algo así como una plaza. En ésta escuela: dos puertas bajas, dos ventanas con rejas, dos salas pequeñas; el primero y el tercer grado.
Encierran a Willy en una de estas salas mientras empujan a "Ramón" a la del tercer grado. Es un poco más grande.

Un soldado lo hace sentar en el último banco, apoyando la espalda contra la pared. A requerimientos de "Ramón" le prepara la pipa y se la enciende.

El "Che", separado de su último compañero, Willy, se queda solo, en la oscuridad. No hay electricidad ni lámpara de petróleo. Está solo consigo mismo en medio del barullo de voces que llegan hasta él.

El primero de los jefes militares que le visitan al día siguiente es el coronel Selich. Llega en helicóptero hacia las cinco de la mañana para traer provisiones y una orden del coronel Zenteno: evitar que los "rangers" hablen demasiado con los prisioneros, que reine la calma hasta que Ovando sea informado y que el alto mando tome una decisión.

Una vez herido, "Ramón" había tirado en la maleza la bolsa de cuero que contenía documentos (encontrada dos días después por un campesino), pero se había quedado con la mochila. En el pueblo, Prado decide distribuir entre sus hombres los objetos pertenecientes al "Che". Todos rodean la mochila y su contenido: unos a otros se arrancan los objetos, los intercambian, se pelean por ellos.
En una cajita hay unos gemelos de plata. El subteniente Pérez va a preguntar al "Che":,
-¿Son tuyos?
-Sí, y deseo que se los envíen a mi hijo. Pérez los guardó.

El oficial Espinosa quiere la pipa. Pero la que había en la mochila ya tiene dueño y no acepta cambiarla por otra cosa. Un rato después, muy excitado, se precipita en la clase, se acerca al "Che", le agarra del pelo, le sacude y le arranca a viva fuerza la pipa que estaba fumando.
-¡Ah!, tú eres el famoso "Che" Guevara.
-Sí, yo soy el "Che". ¡Y también soy ministro! Tú no me puedes tratar así.
Y le da tal patada que Espinosa cae sobre un banco.


El coronel Selich interviene en aquel momento. "Che" lo conoce. Ha venido antes a interrogarle. Pero el "Che" se niega a hablar con los oficiales, a los que mira con ironía y desprecio, según confesión de los soldados que le custodiaron. Con éstos su trato era menos duro; les habla con dulzura, según confesión de Remberto Villarroel. Pero la declaración del enfermero Fernando Sanco a Jorge Torrico es muy importante:
-Tras haber pasado toda la tarde en la zona de combate y parte de la noche junto a los heridos del Ejército, fui a examinar al "Che": tenía una herida muy fea en la pierna... pero nada más en todo el cuerpo.

Tras una nueva oleada de preguntas, siempre infructuosas, que le hizo el coronel Selich, Guevara se queda solo en su celda; fuera se refuerza la guardia y todos los soldados dan el "¿Quién vive?"

Al día siguiente, el lunes por la mañana, Guevara quiere ver a la maestra de la escuela. Fue la única persona con la que "Che" quiso hablar y habló.
Es joven, tiene 22 años, morena, de ojos verdes. Julia Cortés cuenta:
-Tenía miedo de ir y enfrentarme a una bestia... y me encontré con un hombre de agradable aspecto, de mirada tranquila, dulce y bromista a la vez, al que no podía sostener la mirada.
-Con que es usted la maestra. ¿Sabe usted que no hace falta acento sobre el "se" en la frase "Ya se leer" -le dijo, como preámbulo, señalándole uno de los dibujos que colgaban de la pared.
Se burlaba sin mala intencion y sus ojos parecian alegres.
-¿Sabe usted? En Cuba no existen escuelas como ésta. Parece un calabozo... ¿Como pueden estudiar los hijos de los campesinos aquí? Es antipedagógico...
-Somos un país pobre. Usted ha venido a matar a nuestros soldados.
-Ya sabe usted, la guerra se pierde o se gana.

Y Jorge Torrico, que almorzó con ella, cuenta que no cesaba de repetirle:
-Tenía que bajar los ojos para hablarle... Su mirada era insostenible. Dulce, burlón, agudo... y tan tranquilo.

Hacia el mediodía el "Che" la volvió a llamar. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida, quizás una hora.
¿Qué querría decirle, qué iba a contarle? ¿Algo importante?
Pero ella se negó a ir.
-No sé por qué. Ahora me arrepiento. Puede que la culpa de ello la tuvieran sus ojos, su mirada.


El helicóptero del Ejército, pilotado por el mayor Niño Guzmán, no paraba de ir y venir.

-Es difícil -señala el alcalde, Aníbal Quiroga- decir quién llegaba con quién. Había mucho movimiento y no sé cuándo llegó cada uno. Sin embargo, allí estaban el general Ovando, el general Lafuente, el coronel Zenteno, el contralmirante Hugarteche, así como un agente de la CIA, González.

Nada más bajarse del helicóptero, el contralmirante recompensó a los "rangers" entregándoles dinero en propia mano.

Entonces todos pasan ante ese hombre que temen, ante ese Guevara que no tiene miedo a la muerte. Saben que los interrogatorios no servirán de nada; todo lo más que pueden sacar es una lluvia de insultos y una mirada de desprecio.

Con sus manos atadas se apoya contra la pared y se pone en pie. Su pierna le duele. Es casi la una de la tarde. Está cerca de la puerta. Oye voces. Una discusión.
-Yo también quiero ir.
-Yo voy primero.
-Tú te ocuparás de Willy y de "El maestro".

La puerta se abre. El suboficial Mario Terán entra con su fusil "M2" apoyado en la cadera.
-Siéntate.
-¿Por qué, si vas a matarme? -responde el "Che" con calma.
-No. Siéntate.
Terán cierra los ojos, trata de no mirarle y hace como que se va. Se oye una ráfaga y el "Che" cae.


 En la pared hay dos agujeros del tamaño de un puño, ensangrentados. Ahí está en el suelo, agonizando. El subteniente Pérez entra, saca su revólver y termina con él, pegándole un tiro en el cuello.
Al día siguiente en Vallegrande el doctor Moisés Abraham dice a los periodistas: "Ese tiro le mató".
Mientras está ahí, envuelto en su propia sangre, dos o tres quieren disparar sobre él.
Está muerto.
-De acuerdo, pero no más arriba de la cintura -señala un oficial.
Entonces disparan a las piernas. Entre los que disparan está el enfermero, Fernando Sanco, que le había visto el día anterior.
El sargento Hunca se precipita en la sala contigua.

-¡Le habéis matado!-grita Wiliy-. No me importa morir porque me voy con él.
Una ráfaga. Sentados en el suelo, caen Willy y "El maestro".


En la pared se ven unos orificios manchados de sangre mezclada con cabellos.
La maestra, que vive cerca, a unos cincuenta metros, ha oído los disparos, uno tras otro. Cuando llega, todo ha terminado. Aquel que ella no podía mirar a los ojos "porque me hacía pensar mal" está ahí tirado por el suelo, sobre un charco de sangre. Llora mientras piensa que se arrepentirá toda su vida de no haber vuelto a verle.

Llegan más campesinos interrumpiendo el almuerzo. Van corriendo y se mezclan con los militares que están buscando camillas para los cadáveres. La gente está agitada. Los que han visto, los que lo saben, se lo explican a los que llegan... En diez minutos el pueblo está enterado de cómo y de quién. Y porque lo saben, las tropas siguen allí pese a que han pasado dos meses, y está prohibido el acceso al pueblo. Están cogidos entre las promesas y las amenazas que les hacen los oficiales.

Un oficial levanta el bajo del pantalón del "Che", abre su chaqueta y cuenta las heridas.
Cinco en las piernas, una sobre el pecho izquierdo, una en la garganta, una en el hombro derecho, una en el brazo derecho. Nueve heridas y no siete, como declararon los médicos de Vallegrande.

Una mujer va a buscar agua para lavarle la cara.
-¡Qué guapo es!
El pueblo se llama La Higuera. Todos aquellos campesinos, muy supersticiosos, no piensan para sus adentros más que una cosa: nunca les gustó el nombre de su pueblo y ahora temen que el "Che" les haya maldecido, como Jesús maldijo a aquella otra higuera.


Son las tres y las camillas están cerca del helicóptero cuando llega a caballo el padre dominico Roger Schiller. Pero ya es tarde.
-Cuando llegué -dice- "ellos" ya le habían matado.
Y mientras que el padre se dirige hacia el colegio, los oficiales dan órdenes. El soldado que había tomado fotos del "Che" prisionero tiene que quemar el rollo de película ante ellos.
-Fui a la escuela -continúa el padre-. Había que limpiarla. Encontré sangre por todas partes. Encontré una bala en el suelo. Miren, está rota. La guardo como recuerdo.
Los niños, al día siguiente, volvieron a sus clases...
En la pared quedaba el recuerdo de la víspera: dos agujeros de bala, grandes como puños.

El Gobierno había prometido 50.000 pesos al que (o a los que) capturaran al "Che" Guevara, alias "Ramón", vivo o muerto.
Sin embargo, a La Higuera no llegaron más que 40.000 pesos como recompensa.
A las cinco de la tarde llegó a Vallegrande el helicóptero que transportaba al "Che". Entonces empezarían las declaraciones contradictorias.


(por Michéle Ray, 1967. Aparecido en Crisis Nº 51, Febrero 1987. ©)




Documental de las últimas horas de Ernesto Che Guevara

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